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La voz de la langosta: Henry Kuttner

La voz de la langosta (The Voice of the Lobster) es un relato fantástico del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1950) publicado en la edición de febrero de 1950 de la revista pulp Thrilling Wonder Stories.

En La voz de la langosta Henry Kuttner apela a su faceta más extravagante y rica en imágenes e impresiones. Como relato pulp está sujeto a algunas convenciones no del todo juiciosas, pero en definitiva no deja de ser un relato clásico de un hombre de larga trayectoria en el cuento fantástico.




La voz de la langosta.
The Voice of the Lobster, Henry Kuttner (1915-1950)

Llevando su cigarro a un cómodo ángulo en una de las comisuras de la boca, Terence Lao-Tse Macduff aplicó un ojo al orificio abierto en el telón y examinó al público para comprobar si había o no dificultades.

–Una catástrofe –murmuró entre dientes–, ¿o no? Tengo la inexplicable sensación de que cientos de ratones suben y bajan lentamente por mi espina dorsal. ¡Qué lástima no haber conseguido a esa Ao para que diese la cara por mí! ¡Ah!... Bien... allá voy...

Adelantó su rotunda figura al levantarse lentamente el telón.

–Buenas noches a todos –saludó jovialmente–. Me siento muy satisfecho de ver a tantos ansiosos buscadores de saber, venidos de todos los rincones de la Galaxia, para reunirse aquí esta noche, en el mundo más verde de Aldebarán...

Desde el público surgieron ruidos ahogados que se confundieron con el olor a almizcle de los aldebaraneses y los aromas de otras muchas razas y especies. Se celebraba la famosa Lotería de Aldebarán Tau, que había atraído, como de costumbre, a una multitud de fanáticos de la fortuna llegados de todas partes. Incluso había un habitante de la Tierra, con cabellos rojos y expresión de mal talante que se hallaba sentado en la primera fila mirando fijamente a Macduff.

Evitando aquella brillante mirada, Macduff continuó con cierta precipitación:

–Señoras, señores, y aldebaraneses... les ofrezco mi Elixir Rejuvenecedor de Hormonas Radi-isotópicas, el descubrimiento fabuloso que les proporcionará el dorado tesoro de la juventud a un precio fácilmente asequible y...

Un ambiguo proyectil pasó silbando junto a la cabeza de Macduff. Su buen oído percibió palabras en una docena de idiomas interestelares, dándose cuenta, a la vez, de que ninguna de ellas implicaba aprobación. El habitante de la Tierra, el hombre de los cabellos rojos, empezó a bramar:

–¡Es un sinvergüenza! ¡No hay la menor duda!

Macduff, agachándose automáticamente para evitar una fruta semipodrida, le miró pensativo.

“¿Cómo habrá averiguado que las cartas estaban marcadas para la luz negra?”, pensó para sí.
Alzó ambos brazos dramáticamente en demanda de silencio, dio un paso hacia atrás, y con el pie oprimió el resorte de la trampilla. Desapareció instantáneamente. El público lanzó un tremendo rugido de furia. Macduff, deslizándose con rapidez por entre restos de viejos decorados, escuchó el fragor que resonaba sobre su cabeza.

–Esta noche se derramará clorofila –musitó mientras corría–. No hay nada que hacer con esos aldebaraneses... todavía son vegetales de corazón. Carecen del sentido de la ética, siguen siendo simples tropismos.

Sus pies tropezaron, al correr, con una caja de progesterona medio vacía, hormona de singular aceptación.

–No pueden ser las hormonas –murmuró apartando a puntapiés las cajas que estorbaban su camino–. Deben ser los radi-isótopos. Escribiré una carta a esa instalación de Chicago. Una empresa poco segura por supuesto. Debí sospechar la calidad del producto a través de su precio. ¡Tres meses de garantía! Vaya... aún no hace quince días que vendí el primer frasco... y se precisa de todo ese tiempo para terminar los pagos e iniciar un nuevo beneficio.

La situación era grave. Aquella noche fue la primera ocasión en la que esperaba obtener beneficios del Elixir Rejuvenecedor de Hormonas Radi-isotópicas. Los funcionarios de Aldebarán se caracterizaban por una codicia que nunca se hubiera supuesto en un vegetal. ¿Cómo lograría el dinero suficiente para el pasaje espacial, en el caso de que fuera necesario apresurarse?

–Dificultades... dificultades –murmuró Macduff, huyendo velozmente por un pasillo.

Se agachó al salir, derribando una verdadera torre de cajas vacías que bloquearon la puerta. Tras él sonaron gritos de rabia.

–Parece un pandemónium –gruñó mientras seguía corriendo–. Esa es la dificultad de los viajes galácticos. Demasiadas razas supersensibles.

Fiel a una ruta prevista, continuó murmurando para sí, ya que Macduff se movía generalmente entre un halo de observaciones hechas sotto voce, por lo general de naturaleza ratificadora.

Al cabo de un rato decidió que ya había puesto distancia suficiente entre él y la justicia. Se detuvo en una deslucida tienda y sacó unas cuantas monedas de su miserable bolsa. A cambio le entregaron una pequeña maleta vieja que contenía todo lo necesario para un viaje apresurado... excepto lo más importante. Macduff no tenía billete. Si hubiese conocido de antemano toda la extensión de la rapacidad aldebaranesa, quizá hubiese llevado consigo más fondos. Pero quiso que su llegada coincidiese con el gran festival de las semillas y el tiempo apremiaba. Sin embargo, aún había medios de solucionar el problema. El capitán Masterson, del Sutter, le debía un favor, y el Sutter debía partir la mañana siguiente.

–Posiblemente –rumió Macduff, caminando–, algo podría arreglarse. Veamos... veamos... asunto número uno, está Ao.

Ao era la muchacha de Pequeña Vega, cuyos notables poderes semihipnóticos hubieran hecho de ella un excelente presentador, hablando metafóricamente.

–Pedir dinero prestado para el billete no resolverá el asunto número uno. Si consigo a Ao, tendré que tratar con su guardián, asunto número dos.

Se trataba de un nativo algoliano llamado Ess Pu. Macduff se tomó la molestia de averiguar el paradero de Ess Pu, y sabía que el algoliano, sin duda alguna, continuaba jugando la misma partida de dados comenzada dos días antes en el Molino de Sueños, no lejos del centro de la ciudad. Su contrario, probablemente, sería aún el alcalde de la ciudad de Aldebarán.

–Además –reflexionó Macduff–, tanto Ess Pu como Ao tienen billetes para el Sutter. Muy bien. La respuesta es obvia. Todo cuanto tengo que hacer es meterme en esa partida de dados, ganar a Ao y los dos billetes y luego sacudir de mis pies el polvo de este planeta inferior.

Haciendo oscilar airosamente la maleta en una mano, se deslizó por callejones apartados, consciente de un lejano tumulto que se acrecentaba más y más, hasta llegar a la puerta del Molino de Sueños, una baja arcada cerrada por cortinas de cuero. En el umbral se detuvo para mirar hacia atrás, intrigado por el tumulto creciente. Soterrados sentimientos de culpabilidad, sin contar su natural autoestima, le hicieron preguntarse si no sería él la causa de aquel barullo. Sin embargo, dado que una sola vez había alzado a los habitantes de un planeta entero en contra suya * , concluyó vagamente que quizá acababa de estallar un incendio en cualquier parte. Apartó hacia un lado las cortinas de cuero y entró en el local, mirando a su alrededor para asegurarse de que Angus Ramsay no se hallaba presente. Ramsay, como el lector sospechará, era el caballero de cabellos rojos que había insultado a Macduff en el teatro.


–Después de todo, fue él quien insistió en comprar un frasco de Elixir... –murmuró Macduff–; bien, no está. Pero allí veo a Ess Pu. Para ser justos, le he dado toda clase de oportunidades para que me vendiese a Ao. Ahora le toca pagar las consecuencias.

Cuadrando sus estrechos hombros (pues no se puede negar que Macduff tenía aspecto de botella), avanzó por entre la multitud hacia la parte posterior del salón, donde Ess Pu aparecía inclinado sobre el tapete verde junto al alcalde de la ciudad. Un observador no cosmopolita diría que una langosta estaba jugando al póquer de dados con uno de los seres vegetales de la localidad. Pero Macduff era cosmopolita en el sentido literal de la palabra. Y desde su primer encuentro con Ess Pu, semanas atrás, había reconocido en él a un formidable oponente. Todos los algolianos son peligrosos. Tienen fama por sus contiendas, sus enfados y su inversión afectiva.

–Es extraordinario –musitó Macduff, mirando pensativamente a Ess Pu–. Sólo se sienten a gusto cuando odian a alguien. Las sensaciones de placer y dolor están invertidas. Los algolianos consideran necesarias para sobrevivir las demostraciones de rabia, odio y crueldad. Un lamentable estado de cosas.

Ess Pu clavó sobre la mesa un codo escamoso y agitó el cubilete de los dados ante el rostro de su oponente. Puesto que todo el mundo está familiarizado con los vegetales aldebaraneses a causa de sus populares video-films, no será necesario describir al alcalde. Macduff se dejó caer en una silla cercana y abrió la maleta sobre su regazo, revolviendo su contenido que incluía algunas prendas de ropa, artículos de plutonio grabado (sin valor) y algunas muestras de hormonas e isótopos. También llevaba una pequeña cápsula de polvo Leteo, una desagradable droga que afecta al mecanismo psicógeno. Daña al cerebro, produce duda en los propósitos y un temblor general. El polvo Leteo podía también ejercer su efecto sobre los dados. Macduff decidió que una razonable cantidad de oscilación psíquica en Ess Pu podría ser beneficiosa para sus propósitos. Con el pensamiento puesto en ello, observó el juego atentamente. El algoliano clavó sus ojos de cazador sobre la mesa. Las arrugadas membranas que rodeaban su boca se tornaban azules. Los dados giraron alocados y cayeron sobre el tapete... un siete. Las membranas de Ess Pu se tornaron verdes. Uno de los dados osciló, dando luego otra media vuelta. Las garras del algoliano se cerraron con satisfacción, mientras el alcalde se retorcía las manos; Macduff, con un grito de admiración, se inclinó hacia delante para aplicar una palmada sobre el caído hombro de Ess Pu, a la vez que, con destreza, vaciaba la cápsula en la bebida del algoliano.

–¡Muchacho! –exclamó Macduff admirativamente–. He recorrido toda la Galaxia de extremo a extremo y jamás había visto...
–¡Bah! –farfulló Ess Pu agriamente, mientras apilaba sus ganancias; luego añadió que no vendería a Ao a Macduff, aunque pudiera–. ¡Así que vete de aquí! –concluyó, agitando ante el rostro de Macduff una de sus garras.
–¿Por qué no puedes vender a Ao? –preguntó Macduff–. Aunque vender no es el término adecuado, desde luego. Lo que quiero decir es...

Ess Pu le hizo entender que Ao pertenecía ya al alcalde. Macduff volvió la vista al otro personaje, quien furtivamente evitó su mirada.

–No había reconocido a su señoría –dijo–, hay tantas especies no humanoides difíciles de distinguir. ¿He entendido acaso que vendiste a Ao al alcalde, Ess Pu? Creo recordar que el Control de este planeta arrienda simplemente sus súbditos guardianes adecuados...
–Fue una transferencia de tutela –explicó el alcalde apresuradamente.
–Vete de aquí –repitió Ess Pu–. Ao no te servirá para nada. Es un object d’art.
–Para ser una langosta, tu francés es excelente –dijo Macduff con delicado tacto–. Y en cuanto a la presunta inutilidad de esa encantadora criatura te diré que mis investigaciones científicas incluirán muy pronto la adivinación de reacciones en grandes grupos. Ya que los naturales de este planeta poseen la curiosa habilidad de emborrachar a la gente, una muchacha como Ao en escena me daría plena seguridad ante mi público...

Una pantalla video estalló con un fuerte chirrido. Todo el mundo alzó la cabeza. Unas pantallas infrarrojas suplementarias, para el uso de clientes con visión especializada, lanzaron invisibles imágenes duplicadas del rostro de un presentador.

–...La Organización para la Pureza de los Ciudadanos acaba de convocar un mitin en masa...

El alcalde, con expresión atemorizada, comenzó a levantarse, pero luego pareció pensarlo mejor. Parecía que algo pesaba sobre su conciencia. Ess Pu instó groseramente a Macduff para que se fuera, llegando casi al insulto.

–¡Bah! –exclamó Macduff bravamente, sabiéndose mucho más ágil que el algoliano–. ¿Por qué no te mueres, muchacho?

Las membranas de la boca de Ess Pu adquirieron un tono rojizo. Antes de que pudiese hablar, Macduff se ofreció con presteza a comprar el billete de Ao, proposición que no tenía la menor intención ni posibilidad de llevar a la práctica.

–¡No tengo su billete! –rugió Ess Pu–. ¡Lo tiene ella todavía! Ahora sal de aquí antes de que...

Ess Pu contuvo su furia, tosió, y bebió un trago. Ignorando a Macduff, arrojó un seis sobre la mesa y empujó hacia el centro una pila de fichas. El alcalde, con nerviosa repugnancia, lanzó una ojeada a la pantalla video y aceptó la apuesta. En aquel momento la pantalla emitió de nuevo:

–...¡La multitud marcha sobre la Administración! El populacho encolerizado exige la destitución de los actuales funcionarios, acusándoles de extremada corrupción. Esta coyuntura llegó hoy a su punto álgido a causa de la aparición de un supuesto timador llamado Macduff...

El alcalde de la ciudad de Aldebarán se puso en pie de un salto e intentó echar a correr. Una de las garras de Ess Pu le asió por el faldón de la levita. La pantalla continuó sus metálicas palabras, proporcionando una exacta descripción del timador del Elixir Radi-isotópico; sólo la espesa neblina que flotaba en el aire libró a Macduff de ser descubierto en el acto. Macduff vaciló, mientras la razón le decía que algo de interés estaba desarrollándose en la mesa de dados, aunque el Instinto le impulsaba a salir corriendo.

–¡Tengo que irme a casa! –se quejó el alcalde–. Asuntos vitales...
–¿Apuestas a Ao? –preguntó el crustáceo blandiendo significativamente sus garras–. Sí, ¿verdad? ¡Entonces dilo!
–Sí –respondió el acosado alcalde–. ¡Oh, sí, sí, sí, lo que quieras!
–Seis es mi punto –indicó Ess Pu, agitando el cubilete de los dados.

Sus membranas acababan de motearse extrañamente. Sus protuberantes ojos se desorbitaron y Macduff, al recordar el polvo Leteo, comenzó a desplazarse hacia la puerta. El algoliano emitió un rugido de tremenda sorpresa cuando los desobedientes dados mostraron un siete. Ess Pu se llevó una garra a la garganta, agarró el vaso y miró con desconfianza en su interior. Furiosos rugidos resonaron en cien ecos sobre las paredes del Molino del Sueño cuando Macduff apartó las cortinas de cuero y salió a la calle, bajo la fría obscuridad de la noche aldebaranesa.

–A pesar de todo sigo necesitando un billete –reflexionó–. También necesito a Ao si es posible. Esto me conduce, evidentemente, al palacio del alcalde. Con tal de que no me descuarticen antes...

En aquel momento se deslizó hacia otro callejón, para esquivar la multitud que surgía con sus antorchas en alto.

–¡Ridículo! En momentos como éste me alegro de haber nacido entre una raza civilizada. No hay sol como el Sol –resumió, arrastrándose apresuradamente bajo un vallado para no ser visto.

Saliendo por el otro lado, por un estrecho sendero llegó hasta la puerta posterior de un lujoso palacio de pórfido rosa, e hizo sonar firmemente el llamador contra su placa. Se oyó un sonido suave y deslizante. Y Macduff miró el espejo que había en la puerta.

–Mensaje del alcalde –anunció con tono seco–. Se halla en dificultades. Me envía para llevarle inmediatamente a esa muchacha nativa. Es un caso de vida o muerte. ¡Rápido!

Una exclamación ahogada sonó al otro lado de la puerta. Se oyeron pasos en la distancia y, un momento después, se abrió la puerta, apareciendo en su umbral el propio alcalde.

–¡Aquí está! –gritó frenético el funcionario–. Es tuya. Llévatela. No la he visto en toda mi vida. Nunca he visto a Ess Pu. Jamás te he visto a ti. Nunca he visto a nadie. ¡Oh, esos malditos reformadores! Cualquier indicio de culpabilidad, por pequeño que sea, y estoy perdido... ¡perdido!

Macduff, un poco asombrado de su buena fortuna, aprovechó debidamente la ocasión.

–Confía en mí –consoló al desgraciado vegetal, mientras que un ser esbelto y encantador era empujado desde la puerta hacia sus brazos.

Al cabo de una pausa añadió:

–Ao dejará Aldebarán Tau en el Sutter mañana al amanecer. La llevaré a bordo inmediatamente.
–Sí, sí, sí –asintió el alcalde, tratando de cerrar la puerta.

Pero un pie de Macduff la mantuvo abierta.

–¿Tiene su billete espacial?
–¿Billete?... ¿Qué billete? ¡Oh... eso! Sí. En su muñequera lo tiene. ¡Oh, ahí llegan! ¡Cuidado!

El aterrorizado alcalde cerró la puerta con fuerza. Macduff tomó una mano de Ao y corrió con ella hasta los arbustos que crecían en una plaza. Un momento después desaparecían en los tortuosos laberintos de la ciudad de Aldebarán. En el primer quicio conveniente que hallaron, Macduff se detuvo y miró a Ao. Valía la pena hacerlo. La muchacha permanecía en el umbral de la puerta sin pensar en nada. No tenía por qué hacerlo. Era demasiado bella.

Nunca nadie ha logrado describir con éxito a los seres de Pequeña Vega, y probablemente nadie lo conseguirá jamás. Los computadores electrónicos se averían y sus unidades de mercurio se coagulan cuando intentan analizar esa esquiva cualidad que hace de los hombres una masa blanda y espesa. Sin embargo, como sus hermanos de raza, Ao no era muy brillante. Macduff la contempló con codicia enteramente platónica. No cabía imaginar más perfecto cebo. Alguna sutil emanación debe surgir de los cerebros de los nativos de Pequeña Vega que actúa como hipnótico. Con Ao en escena, Macduff sabía que una hora antes hubiese podido ganarse al público y evitar el tumulto. Hasta el salvaje corazón de Angus Ramsay se hubiese suavizado ante la mágica presencia de Ao. Caso curioso, la relación varonil con Ao era enteramente platónica, excepto, claro está, los varones de Pequeña Vega. Los individuos ajenos a aquella especie de diminuto cerebro tenían suficiente con mirar a Ao. Aunque la visión propiamente dicha tenía muy poco que ver con aquel encantamiento, ya que las normas de belleza son diferentes para cada especie, casi todos los organismos vivientes respondían en forma parecida ante el encanto de Ao y de sus hermanos de raza.

–Nos aguarda un incierto trabajo, querida –dijo Macduff echando a andar nuevamente–. ¿Por qué estaba tan ansioso el alcalde por desembarazarse de ti? Pero no vale la pena preguntarte nada. Mejor será que embarquemos en el Sutter. Estoy seguro de que el capitán Masterson me prestará el dinero para otro billete. De haberlo pensado antes, podría haber pedido un préstamo al alcalde... pequeño o tal vez grande...

Macduff se detuvo al recordar la reacción de culpabilidad del alcalde, y añadió tras breve pausa:

–Sí, grande. Creo que he perdido una buena oportunidad.

Ao parecía flotar delicadamente sobre un charco de fango. Estaba pensando en cosas más elevadas y encantadoras. En aquel momento se encontraban cerca del aeropuerto espacial y el rumor que se oía a distancia hizo pensar a Macduff que el populacho había prendido fuego al palacio de pórfido del alcalde.

–De todas maneras no es más que un vegetal –se dijo Macduff–. Pero mi débil corazón no puede soportar... ¡cielo santo!

Se detuvo sorprendido. El aeropuerto espacial se hallaba ante ellos sumido en la neblina, en la que se destacaba la figura ovoide del Sutter deslumbrante de luz. Se oía un fragor distante como un apagado trueno. Sin duda el Sutter calentaba ya sus motores. Una gran multitud de pasajeros rodeaba la pasarela de embarque.

–¡Por mi alma! ¡Van a despegar! –exclamó Macduff–. ¡Es ultrajante! Sin avisar siquiera a los pasajeros... o quizá hayan dado un aviso por video... sí, supongo que eso será. Pero puede crear complicaciones. El capitán Masterson estará en la sala de control con un cartel de No molestar en la puerta, porque el despegue no es fácil. ¿Cómo podremos embarcar con sólo un billete para los dos?

Los motores zumbaban monótonamente. La niebla flotaba sobre el lugar como un grueso fantasma que tratara de cubrir los relieves en blanco y negro de la pista. Macduff echó a correr arrastrando a Ao.

–Tengo una idea –murmuró–. Lo primero que hay que hacer es entrar en la nave. Cuando se efectúe la regular inspección de billetes el capitán Masterson ya procurará...

Macduff observó al revisor de pie en un extremo de la pasarela recogiendo billetes y comprobando nombres en una lista que tenía en la mano, tras una rápida mirada a los viajeros. Aunque los viajeros parecían nerviosos, conservaban el orden, tranquilizados al parecer por la calmosa voz del oficial de a bordo que se encontraba detrás del revisor. Macduff irrumpió en escena corriendo desesperadamente, mientras arrastraba a Ao, y gritaba con todas sus fuerzas:

–¡Vienen hacia aquí!

Se metió por entre la multitud, hizo caer a un grueso saturniano, exclamando:

–¡Otra rebelión Boxer! Cualquiera creería que han aterrizado los Xerianos. Van por todas partes gritando: “¡Aldebarán Tau para los aldebaraneses!”

Con Ao y maleta incluidos, Macduff embistió a un grupo y lo desintegró, gritando acerca de supuestas amenazas proferidas por los aldebaraneses. En la escotilla de la nave, el oficial trataba de que le escucharan, pero sin resultado. Al parecer intentaba ceñirse a su rutina habitual. Explicaba que el capitán estaba herido, pero que no había motivos para preocuparse.

–¡Demasiado tarde! –gritó Macduff en el mismo centro de un hirviente núcleo de pánico–. ¿No oyen lo que están gritando? “¡Matar a esos diablos extranjeros!”... Sí, oigan a esos salvajes sanguinarios. Demasiado tarde, demasiado tarde...

Y acto seguido, atravesó otro grupo con Ao a rastras.

–¡Cierren las compuertas!... ¡Cierren todas las entradas!... ¡Ya vienen!

Por entonces había desaparecido ya toda noción de orden. Los desmoralizados pasajeros se habían convertido en una especie de brigada ligera y Macduff, sujetando a Ao, subió por la pasarela pasando por encima de los derribados cuerpos del revisor y del oficial, hasta entrar en la nave. Luego huyó por un pasillo, hasta que se puso a caminar normalmente. Se hallaba solo con Ao. A lo lejos llegaban hasta sus oídos diversas maldiciones.

–Es útil la confusión –murmuró Macduff–. No había otra forma de subir a bordo. ¿Qué dijo ese estúpido... que el capitán estaba herido o algo así? Espero que no sea nada grave. Tengo que verle y pedirle un préstamo. Ahora veamos, ¿dónde está tu cabina, querida? ¡Ah, sí! Camarote R... aquí está. Mejor sería escondernos hasta el momento de despegar. ¿Oyes esa sirena?... Eso significa despegue. ¡Redes espaciales, Ao!

Macduff abrió la puerta del camarote R y empujó suavemente a la muchacha hacia una malla parecida a una tela de araña, que colgaba como si fuese una hamaca.

–Métete ahí dentro y espera mi regreso –ordenó–. Tengo que buscar otra hamaca para mí.

La finísima red atrajo a Ao como el mar a una sirena, e inmediatamente se acomodó en ella con una expresión soñadora en su angélico rostro.

–Muy bien –dijo para sí Macduff, saliendo y cerrando la puerta.

Pasó al camarote X, afortunadamente abierto y desocupado, en el que también colgaba otra fina hamaca de malla.

–Bien. Ahora...
–¡Tú...! –exclamó una voz demasiado familiar para él.

Macduff se volvió rápidamente en el umbral. Al otro lado del pasillo y mirándole desde la puerta vecina a la de Ao se erguía el malhumorado crustáceo.

–¡Qué sorpresa! –exclamó Macduff–. Mi viejo amigo Ess Pu. Justamente el... ¡ah!... algoliano que yo quería...

No tuvo tiempo de terminar la frase. Con un rugido en el que se distinguieron claramente las palabras “polvo Leteo”, Ess Pu se lanzó hacia delante mientras sus ojos casi salían de sus extrañas órbitas. Macduff cerró la puerta apresuradamente y después hizo girar la llave en la cerradura. Se produjo un fuerte choque contra la puerta, y alguien comenzó a arañar con rabia el panel.

–Un ultrajante ataque contra la vida privada –comentó Macduff.

Los golpes sobre la puerta fueron en aumento, aunque pronto quedaron ahogados por el fragor ultrasónico del despegue. Los golpes cesaron. El sonido de unas garras que se arrastraban sobre el pavimento se alejó. Macduff se acomodó en la hamaca. Luego confió en que el temible algoliano no llegase a tiempo a la suya y que la aceleración de la nave fracturase todos los huesos de su cuerpo. Rugieron los reactores y el Sutter abandonó el suelo de Aldebarán Tau. Fue entonces cuando Macduff comenzó realmente a encontrarse en dificultades.

Tal vez sea ya tiempo de hablar con algún detalle acerca de un asunto en el que Macduff estaba ya implicado, aunque todavía no lo supiera. En las perfumerías más lujosas de todos los mundos pueden verse en diminutos frascos cantidades aún menores de un líquido de color paja con la famosa etiqueta de Sphyghi Nº 00. Este perfume de perfumes –que tiene el mismo precio vendido en un simple frasco de cristal o en otro de platino cuajado de piedras preciosas– resulta tan costoso que, en comparación, el Cassandra, el Patous Joy o el Melée Marciano parecen baratos. Sphyghi procede de Aldebarán Tau. Sus semillas están sometidas a una vigilancia tan estricta que ni siquiera Xeria, la gran rival comercial de Aldebarán, ha conseguido mediante el soborno, el robo, o incluso medios honestos, una sola semilla.

Desde hace mucho tiempo es sabido que los Xerianos venderían su alma por conseguir alguna de estas semillas. Dado la semejanza de los Xerianos con las termitas, siempre existieron dudas de si poseían mente propia individualmente y operaban según su libre albedrío, o si todos ellos se movían gobernados por un cerebro central. El principal problema del sphyghi es que su ciclo de crecimiento debe ser casi continuo. Cuando el fruto se separa de la planta madre, sus semillas se esterilizan al cabo de treinta horas. No había sido un mal despegue, pensó Macduff al abandonar la hamaca. Sería mucho esperar que Ess Pu hubiese sufrido una simple fractura de caparazón. Abrió la puerta, y esperó hasta que un movimiento de la puerta opuesta reveló la vigilante masa del algoliano. Macduff saltó hacia el interior del camarote X con la agilidad de una gacela atemorizada.

–Atrapado como una rata –murmuró, comenzando a examinar el camarote–. ¿Dónde está el dispositivo de comunicación interior? ¡Esto es ultrajante! ¡Ah, aquí está!... ¡Comuníqueme con el capitán inmediatamente, por favor...! Me llamo Macduff. Terence Lao-Tsé Macduff... ¿El capitán Masterson?... Permítame felicitarle por su despegue... ha realizado un magnífico trabajo. Tengo entendido que ha sufrido un accidente y confío en que no sea nada grave.

La línea hizo un ruido metálico y sonó el nombre de “Macduff” en una voz ahogada.

–¿Una herida en la garganta? –aventuró Macduff–. Pero vayamos al grano, capitán. En el Sutter hay un maníaco homicida. Una langosta algoliana se ha vuelto loca y se encuentra ante mi puerta... camarote X... dispuesta a matarme si salgo de aquí. Por favor, envíeme algunos guardianes armados.

Del dispositivo de comunicación surgieron algunos sonidos ambiguos que Macduff tomó por una señal de asentimiento.

–Gracias, capitán –dijo con tono alegre–. Sólo queda otro pequeño asunto. Tuve que embarcar en el Sutter en el último momento, y no pude adquirir el billete porque el tiempo apremiaba. Tengo además bajo mi protección a una nativa de Pequeña Vega para salvarla de las endiabladas maquinaciones de Ess Pu. Creo necesario que esa langosta no conozca su presencia en el camarote R.

Macduff respiró hondo y se reclinó familiarmente contra el dispositivo de comunicación, añadiendo:

–Han ocurrido cosas terribles, capitán Masterson... fui perseguido por una multitud sedienta de sangre, me acusaron asimismo de fraude en una partida de dados que jugaba Ess Pu, sufrí amenazas de violencia por parte de Angus Ramsay...
–¿Ramsay?...
–Quizá haya oído usted ese nombre, pero puede tratarse de un alias. Me parece que fue destituido del Servicio Espacial por contrabando de opio.

Sonó una llamada en la puerta. Macduff interrumpió la conversación para escuchar. Luego añadió:

–Rápido trabajo, capitán. Supongo que son sus guardianes.

Hubo un gruñido afirmativo al otro extremo de la línea.

–Au revoir –dijo Macduff alegremente.

Abrió la puerta. En el umbral aguardaban dos tripulantes uniformados. Al otro lado del pasillo la puerta de Ess Pu aparecía entreabierta, mientras el algoliano respiraba agitadamente.

–¿Están ustedes armados? –preguntó Macduff–. Prepárense para un posible ataque traicionero de ese crustáceo asesino que está detrás de ustedes.
–Camarote X –dijo uno de los hombres–. ¿Se llama usted Macduff? El capitán desea verle.
–Naturalmente –replicó Macduff, sacando un cigarro del bolsillo.

Salió al pasillo, no sin asegurarse de que hubiera un hombre entre él y Ess Pu. Con gesto de total indiferencia se detuvo, sujetó el cigarro entre los dientes, y temblaron las ventanillas de su nariz.

–Vamos –dijo uno de los hombres.

Macduff no se movió. Detrás del algoliano llegaba hasta él una suave fragancia, como si fuese un murmullo del Paraíso. Macduff encendió su cigarro rápidamente, expulsó una bocanada de humo, e inició la marcha ante los dos hombres, al mismo tiempo que decía:

–Vamos, amigos míos... veamos al capitán. Hay que solucionar asuntos muy importantes.

Macduff se dejó escoltar hasta el alojamiento de oficiales, donde su imagen se reflejó en un brillante mamparo. Se lanzó una rápida ojeada a sí mismo y expulsó otra bocanada de humo sumamente complacido.

–Hago impresión –murmuró para sí–. No soy ningún gigante, por supuesto, pero sin duda hago impresión a mi manera. La ligera redondez de mi cintura indica que vivo bien. ¡Ah, capitán Masterson! Muy bien, amigos míos, nos pueden dejar solos. Y cierren la puerta al salir. Capitán...

El hombre que se encontraba detrás de la mesa dé despacho alzó la cabeza lentamente. Y como hasta el más estúpido lector ya habrá sospechado, se trataba de Angus Ramsay.

–¿Contrabando de opio... eh? –exclamó Angus Ramsay, esbozando una terrorífica sonrisa ante el aún más aterrorizado Macduff–. Destituido del Servicio espacial. ¡Repugnante calumniador! ¿Qué voy a hacer contigo?
–¡Un motín...! –exclamó Macduff nerviosamente–. ¿Qué has hecho? ¿Arrastrar a la tripulación a un motín y apoderarte del Sutter! Te advierto que ese delito no quedará sin castigo. ¿Dónde está el capitán Masterson?
–El capitán Masterson –replicó Ramsay, conteniendo su ira con violento esfuerzo– está en un hospital de Aldebarán Tau. Al parecer, el pobre hombre fue atropellado por la furiosa multitud. Yo soy ahora el capitán del Sutter. No me ofrezcas cigarros, repugnante granuja. Sólo me interesa una cosa. Que no tienes billete.
–Creo que has interpretado mal mis palabras –dijo Macduff–. Claro que tenía billete. Se lo entregué al revisor cuando embarqué. Estos dispositivos de comunicación interior...
–Igual que tu maldito elixir de la inmortalidad –replicó el capitán Angus Ramsay–. Y tus partidas de póquer, sobre todo cuando las cartas están marcadas para luz negra.

Las grandes manos de Angus Ramsay se crisparon significativamente.

–Atrévete a ponerme la mano encima... –dijo Macduff no muy seguro de sí mismo–, tengo derechos como ciudadano.
–¡Oh, sí! –convino Ramsay–. Pero no derechos como pasajero de esta nave. Por lo tanto, eres un polizón que trabajará para pagar su pasaje hasta la próxima parada, Xeria. Allí serás definitivamente expulsado del Sutter.
–Adquiriré un billete –respondió Macduff–. Lo que pasa es que estoy en un pequeño apuro y...
–Si te descubro mezclándote con los demás pasajeros o jugando con alguno de ellos, te meteré en el calabozo de a bordo –prometió con firmeza el capitán Ramsay–. ¿Luz negra, eh? ¿Contrabando de opio, eh? ¡Vaya, vaya!

Macduff comenzó a hablar con precipitación, mencionando derechos y códigos de justicia, pero Ramsay se echó a reír burlonamente.

–Si vuelvo a cogerte en Aldebarán Tau –dijo–, tendré sumo placer en hacerte caminar a puntapiés por todo el planeta. Por el momento, me satisfará mucho saber que trabajarás bien aquí. A bordo de esta nave serás una persona honrada, aunque esto te resulte perjudicial. Y si piensas que vas a usar el billete de esa nativa, estás muy equivocado...
–¡No puedes separar de esta forma a un tutor y a su protegida! ¡Es inhumanoide! –gritó Macduff.
–¡Fuera de aquí, granuja! –replicó iracundo Ramsay, poniéndose en pie–. ¡A trabajar!
–Espera –dijo Macduff–. Lo sentirás si no me escuchas. Se está cometiendo un delito a bordo de esta nave.
–¡Eres tú quien lo está cometiendo con tu simple presencia! ¡Largo!

Se abrió la puerta y en el umbral se presentaron, expectantes, los dos miembros de la tripulación.

–¡No, no! –chilló Macduff, viendo ya como se abría a sus pies el terrible abismo del trabajo–. ¡Se trata de Ess Pu! ¡El algoliano!
–Le estafaste a él como me estafaste a mí... –comenzó Ramsay.
–¡Es un contrabandista! –gritó Macduff, luchando contra los dos hombres que ya le arrastraban hacia la puerta–. ¡Trata de pasar contrabando de sphyghi desde Aldebarán Tau! Lo olí desde el pasillo. ¡Es verdad! ¡Llevas contrabando a bordo, capitán Ramsay!
–Esperad –ordenó Ramsay–. Soltadle un momento... ¿no será otro de tus trucos?
–Lo olí –insistió Macduff–. Ya sabes cómo huele el sphyghi. Su aroma no puede confundirse con ningún otro. Debe esconder las plantas en su camarote.
–¿Plantas...? –murmuró Ramsay–. De acuerdo. Muchachos, tráiganme a ese Ess Pu.

Y tras haber pronunciado estas palabras se dejó caer en su sillón estudiando a Macduff. Este último se frotó las manos y dijo:

–No digas más, capitán Ramsay... no necesitas disculpar tu equivocado celo profesional. Habiendo denunciado ya a este granuja algoliano, haré que confiese de plano su delito. Irá a parar al calabozo, desde luego, por lo que dejará vacante su camarote. Confío este asunto a tu buen sentido...
–¡Silencio! –exclamó Ramsay–. ¡Cierra la boca!

El nuevo capitán del Sutter miró hacia la puerta con el ceño fruncido. Al cabo de un rato ésta se abrió, dejando paso a Ess Pu. El algoliano avanzó torpemente hasta que, de repente, vio a Macduff. Instantáneamente sus membranas comenzaron a sonrojarse. Una crispada garra se alzó amenazadora.

–¡Tranquilo, muchacho! –advirtió Ramsay.
–Por supuesto –añadió Macduff por su cuenta–. Recuerda donde éstas. Te hemos descubierto, Ess Pu. Mentir no te llevará a ninguna parte. Eres un espía pagado por los Xerianos. Robaste las semillas sphygui en Aldebarán, que ahora mismo te acusan en tu camarote.

Ramsay miró pensativo al algoliano.

–¿Y bien...? –preguntó al cabo de un Instante.
–Espera –dijo Macduff–. Cuando Ess Pu vea que ha sido descubierto, comprenderá la inutilidad de su silencio. Permíteme continuar...

Ante la imposibilidad de detener a Macduff, el capitán Ramsay se limitó a responder con un gruñido y tomó el Manual de Normas de encima de su mesa. Comenzó a estudiar el grueso volumen, frunciendo el ceño en señal de duda. Ess Pu retorció sus garras.

–Haré un resumen desde el principio –dijo Macduff–. Incluso para mí, simple visitante de Aldebarán Tau, se hizo evidente de inmediato que allí imperaba la corrupción. En este momento nos dirigimos a Xeria, un planeta que durante muchos años ha empleado toda clase de recursos para romper el monopolio sphygui...

Tras pronunciar estas últimas palabras, apuntó acusadoramente con su cigarro al algoliano, añadiendo:

–...Con dinero Xeriano, Ess Pu, llegaste a Aldebarán Tau para sobornar a altos funcionarios, conseguiste algunas semillas sphygui y las ocultaste a la aduana. Compraste al alcalde con Ao. No, no es preciso que respondas todavía...

Ess Pu produjo un repugnante sonido con su garganta.

–Polvo Leteo –dijo, recordando algo–. ¡Ahhh...!

E hizo un súbito movimiento hacia delante. Macduff se refugió con premura tras la mesa de despacho, junto a Ramsay.

–Llama a tus hombres –dijo–. Se está enfureciendo. Que le desarmen.
–No se puede desarmar a un algoliano sin desmembrarle –replicó el capitán Ramsey distraídamente–. ¡Ess Pu! No niegas estas acusaciones, ¿verdad?
–¿Cómo podría negarlas? –cortó Macduff–. Este imbecil granuja ha plantado las semillas en su propio camarote, sin preocuparse siquiera de utilizar un buen desodorante. No merece piedad alguna.
–¿Y bien...? –preguntó nuevamente el capitán.

Ess Pu sacudió sus estrechos hombros, batió la cola enfáticamente contra el suelo, abriendo ambas mandíbulas en un remedo de sonrisa.

–¿Sphygui? –preguntó–. Sí, ¿y qué?
–Convicto y confeso –decidió Macduff–. No es necesario más. Enciérrale, capitán. Repartiremos la recompensa, si la hay.
–No –contestó Ramsay, dejando el Manual sobre la mesa–. Has dado un nuevo resbalón, Macduff. No eres experto en leyes interestelares. Hemos superado los límites de la ionización, es decir, la jurisdicción de Aldebarán Tau. El contrabando de sphygui incumbe a los aldebaraneses; si no han impedido su salida, el caso no me concierne. Ni siquiera puedo intervenir. Violaría las normas.
–Así es –murmuró Ess Pu muy complacido.

MacDuff abrió la boca y luego tragó saliva, para preguntar:

–¿Acaso permites el contrabando, capitán Ramsay?
–Estoy a cubierto –comentó Ess Pu haciendo un gesto grosero a Macduff.
–Sí –confirmó Ramsay–. Tiene razón. Las normas lo dicen con perfecta claridad. En lo que a mí concierne, me tiene sin cuidado que Ess Pu oculte en su camarote sphygui, narcisos, o al mismísimo diablo.

Ess Pu resopló y se volvió hacia la puerta. Macduff apoyó una mano suplicante sobre un brazo del capitán.

–¡Pero si me amenazó! –exclamó–. ¡Mi vida no está segura junto a ese algoliano! Fíjate en esas garras.
–Eso es cierto –contestó con desgana Ramsay–. ¿Conoces el castigo por el delito de asesinato, Ess Pu? Muy bien. Si no quieres obligarme a cumplir las Normas procura que no te pille atacando a Macduff cerca de mi o de cualquier otro oficial. ¿De acuerdo?

Ess Pu pareció conforme. Rió groseramente, alzó una garra hacia Macduff y salió del camarote balanceándose torpemente. Los dos miembros de la tripulación se hallaban todavía en el pasillo.

–Entrad –ordenó el capitán Ramsay–. Tengo trabajo para vosotros. Llevad a este granuja a Calefacción y entregadle al jefe.
–¡No, no! –chilló Macduff, retrocediendo–. ¡No os atreváis a ponerme la mano encima! ¡Soltadme! ¡Esto es un ultraje! ¡Capitán Ramsay... le exijo...!

Los días transcurrieron sin prisas a bordo del Sutter. Ao yacía encogida en su fina hamaca sumida en sus propios pensamientos y mirando sin ver. En lo alto de la pared sonó un ligero rumor, luego un gruñido. Tras la rejilla de ventilación apareció el rostro de Macduff.

–¡Ah, mi pequeña amiga! –exclamó amablemente–. Ahí estás, mientras me obligan a recorrer los tubos de ventilación de esta nave como si fuese un fagocito.

Macduff probó con cuidado la resistencia de la rejilla.

–Bien soldada como todas las demás –observó–. Sin embargo, supongo que te tratan bien, querida.

Luego contempló con avidez la bandeja cubierta que se hallaba sobre una mesa cercana. Ao miró distraídamente.

–He enviado un cable –anunció Macduff desde la pared–. Trafiqué con algunos pequeños bienes que tenía a mi disposición y reuní dinero suficiente para enviar un cable, bajo la tarifa de prensa. Por fortuna aún conservo mi tarjeta de prensa.

La vasta colección de credenciales de Macduff quizá incluiría también algún carnet de monarca. Todo era posible con Macduff.

–Además –continuó–, acabo de recibir respuesta. Ahora tengo que correr un grave riesgo, querida, un riesgo muy grave. Hoy se anunciará una lotería en el gran salón. Tengo que estar presente, aun a riesgo de que me encierre el capitán Ramsay o me asesine Ess Pu. No será fácil. Puedo afirmar que me han sometido a todas las indignidades imaginables, querida, excepto... ¡Esto es un ultraje!

Macduff se puso a gritar cuando una soga atada a su tobillo derecho se tensó, arrastrándole velozmente tubería arriba. Sus distantes gritos se desvanecieron poco a poco, mientras anunciaba con voz débil que poseía un frasco de ácido triclorofenoacético de 2, 3, 4 y 5 unidades en su bolsillo como medida de seguridad. Ao no había advertido su presencia y permaneció totalmente impasible.

–¡Vaya! –musitó Macduff filosóficamente, volando por un pasillo delante del inspector atmosférico–. La justicia es ciega. Así me agradecen haber trabajado horas extraordinarias, por lo menos tres minutos más de la hora. Pero ahora estoy libre de servicio y llevaré a cabo mis planes.

Cinco minutos más tarde, tras esquivar al inspector, Macduff se encaminó rápidamente hacia el gran salón.

–Hay un punto a mi favor –reflexionó–. Ess Pu parece ignorar la presencia de Ao a bordo. La última vez que me persiguió, me acusaba aun de haberle obligado a abandonarla en Aldebarán Tau. Por desgracia, ésta es prácticamente mi única ventaja. Ahora debo mezclarme con los pasajeros en el gran salón, sin que me vean Ess Pu, el capitán Ramsay, ni ningún otro oficial. Me gustaría ser un Ceresano.
-Los habitantes de Ceres tenían reputación de ser invisibles. Posteriormente se descubrió que Ceres no tiene habitantes.

Macduff dirigióse cautelosamente al salón, recordó, en imágenes demasiado vividas, su reciente tránsito de la riqueza a la miseria.

–¿Montaríais un cinematomo para cavar zanjas? –había preguntado–. ¿Pesaríais elefantes en un torquémetro?

Se le advirtió que no dijera más tonterías y le dieran una pala. Al punto comenzó a trabajar, empleando eficientemente la ley de las palancas. Hubo alguna demora mientras alargaba sus decimales para incluir el factor influyente de una baja radiactividad sobre las ondas alfa del cerebro.

–De lo contrario, cualquier cosa podría ocurrir –explicó haciendo una demostración.

Y ocurrió un desastre. A demanda de Calefacción fue trasladado a otro departamento. Pero allí procuró, por todos los medios, demostrar que no poseía habilidad alguna para transformar las basuras en combustible, engrasar los mecanismos de ajuste simbiótico-hemostáticos al servicio de los viajeros, ni comprobar los índices de refracción en la coagulación de los termostatos bimetálicos. Y lo hizo a conciencia. También a petición fue entonces trasladado a Hidroponia, donde produjo un accidente con el indicador del carbono radiactivo. Macduff alegó que la culpa no era del carbono, sino del gammenxeno o, mejor dicho, de su negligencia para suplementar el insecticida con mesoinositol. Pero cuando seis metros cuadrados de plantas de ruibarbo comenzaron a exhalar monóxido de carbón como consecuencia de los súbitos cambios producidos por el gammenxeno, Macduff fue trasladado inmediatamente a las cocinas, donde introdujo una hormona de crecimiento en la sopa con resultados casi catastróficos.

Así se había convertido en un subestimado miembro de Control Atmosférico, donde realizaba aquellas tareas que todos rehusaban. Paulatinamente había aumentado el aroma de sphygui que reinaba en la nave. Nada podía evitar su inequívoca fragancia, que se filtraba por ósmosis a través de las membranas y se deslizaba sobre la superficie de las películas moleculares. Al dirigirse hacia el salón, Macduff comprobó que la palabra sphygui se hallaba en todas las bocas, tal como suponía. Se detuvo dubitativamente en el umbral del gran salón, que se extendía como una especie de cinturón (o corbata) alrededor de toda la nave, de forma que en dos direcciones el suelo parecía inclinarse hasta que uno trataba de ascender por él. Parecía una jaula de ardilla, que compensaba automáticamente la velocidad propia.

Allí había lujo. El alma sibarítica de Macduff le impulsaba a acercarse a los tentadores bufetes cargados de smorgoasbord, ti-pali, y otras delicadas viandas. Como un palacio de hielo, un ornado bar ambulante avanzaba muy lentamente sobre un único raíl. Una orquesta interpretaba Días estrellados y noches soleadas, pieza muy indicada para una nave espacial, y la fragancia del sphygui se extendía por todo el local. Macduff permaneció inmóvil, junto a la pared, adoptando una postura de gran dignidad, mientras contemplaba a la multitud. Esperaba la aparición del capitán Ramsay. Muy pronto sonó un murmullo de comentarios interesados y una multitud de pasajeros comenzó a descender por los declives del enorme salón. El capitán había llegado. Macduff se mezcló con la multitud, desapareciendo entre ella como una rata asustada.

Ramsay se hallaba en pie, en el fondo de un anfiteatro cóncavo, dirigiendo al público una sonrisa poco familiar. No se veía a Macduff por ninguna parte, aunque de vez en cuando se oían murmullos a la espalda de un hermoso representante de los lepidópteros plutonianos. El capitán Ramsay tomó la palabra:

–Como probablemente ya todos ustedes saben, vamos a celebrar las tradicionales apuestas de la nave. Tal vez algunos de ustedes nunca hayan hecho hasta ahora un viaje espacial, de manera que uno de nuestros ayudantes les informará oportunamente... Señor French, por favor...

El señor French, un joven serio, ocupó el estrado. Aclaró la garganta, vacilando un instante al sonar unos breves aplausos detrás del lepidóptero plutoniano.

–Gracias –dijo–. Bien... muchos de ustedes estarán ya familiarizados con las antiguas apuestas acerca de nuestra hora de llegada a destino. A bordo existen unos dispositivos especiales que controlan nuestra nave tan exactamente, que sabernos cuándo llegará el Sutter a Xeria, es decir, que...
–Vamos, vamos, amigo... al grano –exclamó una voz desde el público.

El capitán Ramsay miró hacia el lepidóptero plutoniano.

–¿Cómo...? Bien... –murmuró el señor French–. ¿Acaso alguien desea hacer una sugerencia?
–Calcular la fecha con una moneda –dijo una voz que inmediatamente quedó ahogada por muchos gritos que mencionaban la palabra sphygui.
–¿Sphygui? –preguntó el capitán con hipócrita ignorancia–. ¿Se refieren ustedes al famoso perfume?

Hubo una carcajada general. Un ratonesco Callistano subió al anfiteatro.

–Capitán Ramsay –dijo–. ¿Por qué no celebramos aquí una lotería de tipo sphygui, tal como hacen en Aldebarán Tau? Creo que se trata de apostar cuántas semillas hay en el primer fruto de la cosecha. El número siempre es variable. Unas veces salen unos cuantos centenares, otras unos pocos miles. No hay manera de contarlas hasta que se abre o corta el fruto. Si pudiésemos convencer a Ess Pu, tal vez...
–Un momento –respondió el capitán Ramsay–. Consultaré con Ess Pu.

Y así lo hizo, mientras el crustáceo miraba distraídamente a su alrededor. Al principio se mostró duro, pero luego, a cambio de una compensación, accedió a cooperar. El atractivo del sphygui y la maravillosa oportunidad de contar los detalles de aquella lotería durante el resto de su vida indujeron a los pasajeros a aceptar la desusada codicia del crustáceo. Los términos pronto quedaron fijados.

–Los camareros pasarán entre ustedes –advirtió el capitán Ramsay–. Escriban su pronóstico y sus nombres en estas hojas de papel, y deposítenlas en una caja que ahora dispondremos a tal propósito. Está bien, está bien, Ess Pu... también tú podrás apostar, si tanto insistes en ello.

El algoliano insistió. No podía perder tal oportunidad. Tras larga meditación, anotó un número, garrapateó coléricamente una transcripción fonética de su nombre. Se disponía a alejarse, cuando algo más sutil que la fragancia del sphygui comenzó a invadir todo el salón. Las cabezas se volvieron. Se acallaron las voces. Al dar media vuelta con lentitud, el sorprendido Ess Pu dirigió una mirada hacia la puerta. Su furioso rugido resonó en mil ecos en todo el salón durante una larga pausa. Ao, de pie en el umbral, permaneció impasible. Sus ojos maravillosos miraban a lo lejos. Círculos concéntricos de magia irradiaban soñadoramente de la muchacha. El tono afectivo de todos los presentes empezó a aumentar. Sin embargo, como ya se ha dicho anteriormente, cuando un algoliano se siente satisfecho o feliz, su ira no tiene límites. Pero esto no pareció importarle mucho a Ao.

–¡Mía! –exclamó Ess Pu, volviéndose hacia el capitán–. ¡La muchacha... es mía!
–Aparta tus garras de mi rostro, muchacho –dijo el capitán Ramsay con suma dignidad–. Si me acompañas a este rincón tranquilo, tal vez podamos solucionar el caso con la debida urbanidad. Veamos, ¿qué ocurre?

Ess Pu exigió que le entregaran a Ao, exhibiendo un certificado que probaba haber viajado con Ao hasta Aldebarán Tau como su guardián. Ramsay se rascó una mandíbula, pensativo. Mientras tanto, se produjo cierto movimiento entre los pasajeros, que depositaban las hojas de papel en las cajas de los camareros. La figura agitada de Macduff surgió de entre la multitud, a tiempo de impedir que las garras de Ess Pu cayesen sobre Ao.

–¡Atrás, langosta! –ordenó en son de amenaza–. Pon una garra sobre esta muchacha y te arrepentirás inmediatamente.

Tomando a la muchacha se ocultó detrás del capitán, pero Ess Pu también avanzó lentamente.

–Lo sabía –murmuró Ramsay alzando un dedo conminatorio–. ¿No se te prohibió claramente que te mezclaras con los pasajeros, Macduff?
–Este es un problema de tipo legal –replicó Macduff–. Ao está bajo mi tutela y no bajo la de esa langosta criminal...
–¿Puedes demostrarlo? –inquirió Ramsay–. Su certificado.

Macduff arrancó el certificado de las garras de Ess Pu, lo examinó para luego arrugarlo y arrojarlo al suelo.

–¡Tonterías! –exclamó con desprecio, mientras sacaba del bolsillo un cablegrama con ademán acusador.
Luego añadió:
–Lee esto, capitán. Como verás es un cable de la Administración de Control de Pequeña Vega. Señala que Ao fue deportada ilegalmente del planeta, y la sospecha de que un algoliano cometió tal delito.
–¿Cómo? –preguntó Ramsay–.Un momento, Ess Pu.

Pero el algoliano ya se retiraba del salón con torpe paso. Ramsay leyó el cable, frunciendo el ceño, alzó luego la cabeza e hizo una seña a un abogado Cefano de doble cerebro, que se hallaba entre los pasajeros. Ambos sostuvieron un breve coloquio, hasta que Ramsay meneó la cabeza.

–No puedo hacer gran cosa, Macduff –manifestó–. Por desgracia, no se trata de un delito punible. Sólo tengo jurisdicción para entregar a Ao a su guardián legal, como no tiene ninguno...
–Estás en un error grave, capitán –interrumpió Macduff–. ¿Quieres disponer de un tutor legal? Pues ya lo tienes delante. Lee el resto del telegrama.
–¿Cómo...? –preguntó el capitán Ramsay.
–Terence Lao-Tsé Macduff. Eso es lo que dice. La Administración de Pequeña Vega ha aceptado mi oferta para ser loco parentis de Ao, pro tem.
–Muy bien –contestó Ramsay–. Ao queda bajo tu tutela. Arréglatelas con las autoridades de Xeria a nuestra llegada, porque tan cierto como que me llamo Angus Ramsay, te tiraré de cabeza por la pasarela de desembarco en cuanto aterricemos en Xeria. Tú y Ess Pu podréis discutir allí vuestro pleito. Entretanto, no permitiré que un miembro de la tripulación se mezcle con el pasaje. ¡Largo de aquí!
–Reclamo mis derechos de pasajero –exclamó excitado Macduff, retrocediendo uno o dos pasos–. El precio del billete incluye las apuestas y exijo...
–No eres un pasajero. Eres un maldito insubordinado de...
–¡Ao es una pasajera! –replicó Macduff con voz chillona–. Tiene perfecto derecho a apostar en esta reunión, ¿no es así? Bien, entonces... una hoja, capitán, por favor.
Ramsay lanzó un gruñido entre dientes, pero luego hizo una seña al camarero que sostenía una caja cerca de ellos.
–Que sea Ao quien escriba su pronóstico –insistió tercamente el capitán.
–Tonterías –dijo Macduff–. Ao está bajo mi tutela. Yo lo escribiré por ella. Además, si por alguna milagrosa casualidad ella ganara esta lotería, es mi deber administrar su dinero de modo conveniente, es decir, tomar dos billetes con destino a Pequeña Vega para nosotros.
–Bien... de acuerdo –dijo Ramsay de pronto–. Si tienes la suficiente suerte como para que ocurra un milagro, está bien.

Ocultando lo que escribía, Macduff plegó la hoja de papel y la dejó caer por la ranura abierta en la caja. Ramsay tomó un sello especial de manos del camarero y lo pasó por encima de la tapa de la caja.

–A título personal y solamente –murmuró Macduff contemplándole–, me siento un poco deprimido por el ambiente del Sutter. Aquí se autorizan el contrabando, las tácticas de picapleitos y los juegos de azar... La única conclusión posible, capitán, es que mandas una nave delincuente. Vamos, Ao, respiremos un poco de aire puro.
Ao se chupó el dedo índice, pensando en algo muy agradable. Quizá en el sabor de su dedo. Pero nadie lo sabría jamás.

Pasó el tiempo, tanto el bergsoniano como el newtoniano. En cualquier escala parecía probable que el tiempo de Macduff se agotara rápidamente.

–¿Qué debemos hacer, Auld Clootie? –preguntó el capitán Ramsay a su ayudante el día previsto para la llegada del Sutter a Xeria–. La cuestión es que Macduff ha evitado hasta ahora las garras de Ess Pu, aunque está intentando llegar hasta las plantas sphygui. Lo que me desorienta son sus andanzas en torno al camarote del algoliano con contadores de yoduro de sodio y espectroscopios de microondas. De todas formas, lo escrito en la hoja de pronóstico no se puede cambiar. La caja está en mi cámara de seguridad.
–¿Y si encuentra la forma de abrir la cámara? –sugirió el ayudante.
–La cerradura de tiempo está acoplada a las radiaciones alfa de mi propio cerebro –señaló el capitán Ramsay–, así que de ningún modo puede... ¡Ah, hablando del diablo...! Mire quien llega...

La redonda, aunque ágil figura de Macduff apareció a todo correr, perseguido por el algoliano. Macduff respiraba agitadamente. Al ver a los dos oficiales, Macduff forzó el ritmo y buscó refugio tras ellos. Ess Pu, ciego de ira, agitó dos garras ante el rostro del capitán.

–¡Contrólate, amigo! –advirtió Ramsay con irritación.
El algoliano gruñó algo ininteligible y agitó en el aire un papel.
–Capitán –gimió Macduff desde su precario refugio con amargura–. No es más que una langosta acromegálica. Hoy cualquier objeto puede ser clasificado como humanoide, mientras permanezca dentro de los límites establecidos. Los marcianos abrieron la marcha, y ahora el diluvio. Comprendo la necesidad de una cierta tolerancia, pero ponemos en peligro la dignidad de los auténticos humanoides al aplicar el orgulloso título de hombre a una langosta. Si esa criatura ni siquiera es un bípedo... De hecho hay incluso una indecente exposición en cómo usa sus huesos.
–Silencio, granuja. Basta ya de discursos. Vamos a ver... ¿qué es eso, Ess Pu? ¿Qué significa ese papel?

El algoliano respondió que Macduff lo había dejado caer en su huida y recomendaba al capitán que lo leyera cuidadosamente.

–Más tarde –replicó Ramsay, guardándolo en un bolsillo–. Tenemos que aterrizar en Xeria muy pronto y debo trasladarme al cuarto de control. Largo de aquí, Macduff.

Macduff obedeció con sorprendente presteza, al menos hasta que se perdió de vista. Ess Pu, murmurando en voz baja, le siguió. Solo, Ramsay extrajo el papel de su bolsillo. Lo estudió, soltó un resoplido, y lo tendió hacia su ayudante. La clara escritura de Macduff cubría una de las páginas en la forma siguiente:

“Problema: Descubrir cuántas semillas existen en el primer fruto maduro de sphygui. ¿Cómo examinar el interior de un fruto cerrado en el que quizá aún no se hayan formado todas las semillas? La visión ordinaria es inútil.

“Primer día: Intenté introducir un contador de radio en el sphygui a fin de controlar la radiactividad día por día y obtener gráficos útiles. Fracasé. Ess Pu instaló un engañabobos, señal de mentalidad baja y criminal. No se produjeron daños.

“Segundo día: Intenté sobornar a Ess Pu con el Elixir de la Inmortalidad. Ess Pu se encolerizó. Yo había olvidado que los algolianos consideran la adolescencia como despreciable. Las mentes pequeñas valoran las magnitudes sin orden ni concierto.

“Tercer día: Intenté emitir rayos infrarrojos sobre el sphygui para recoger radiaciones secundarias con el interferómetro acústico. Fracasé. Experimenté con enfoques de color a larga distancia sobre las células del sphygui mediante ondas luminosas. Fracasé.

“Cuarto día: También fallaron los intentos de introducir cloroformo en el alojamiento de Ess Pu. Imposible acercarse lo suficiente al fruto para analizarlo con emisiones de iones positivos. Estoy comenzando a sospechar que Ess Pu fue el responsable de la hospitalización del capitán Masterson en Aldebarán Tau. Probablemente se le acercó por detrás en algún callejón obscuro. Todos los fanfarrones son cobardes. Nota, intentar que los Xerianos se vuelvan contra Ess Pu, pero ¿cómo?”

Allí terminaba el breve diario. El señor French alzó la cabeza inquisitivamente.

–No sabía que Macduff estuviese aplicando métodos científicos tan a conciencia –observó Ramsay–. Pero ello confirma la indicación que me hizo Ess Pu hace unas semanas. Dijo que Macduff intentaba constantemente acercarse al sphygui. Pero no lo logró, ni puede... Y ahora debemos prepararnos para el aterrizaje, señor French.

Ramsay se alejó seguido del ayudante. El pasillo permaneció desierto y silencioso durante unos instantes. Después sonó un altavoz en la pared.

–Advertencia general. Por favor, atención todos los pasajeros y tripulación del Sutter. Prepárense para el aterrizaje. Los pasajeros se reunirán en el gran salón para la acostumbrada inspección de aduana. Se anunciará también el resultado de la lotería. La asistencia es obligatoria. Gracias.

Hubo un silencio. Se oyó un profundo suspiro, y luego una nueva voz añadió:

–Eso va por ti, Macduff, ¿de acuerdo?

Cuatro minutos más tarde el Sutter aterrizaba en Xeria. Pese a sus protestas, Macduff fue sacado de su camarote a rastras y conducido hasta el gran salón donde todos aguardaban. Un grupo de funcionarios Xerianos, reprimiendo su gozo no sin dificultad, se hallaban allí examinando superficialmente a los pasajeros, a la vez que otros registraban la nave con diligencia en busca de contrabando. No cabía duda que el contrabando que les interesaba era el sphygui. Se había dispuesto una mesa en el salón, sobre la que aparecían multitud de plantas sphygui. Maduros frutos dorados colgaban de sus ramas, los cuales emitían un delicioso perfume. Ess Pu custodiaba las plantas, cambiando a intervalos alguna que otra palabra con uno de los funcionarios Xerianos que previamente había prendido una medalla en el caparazón del algoliano.

–¡Esto es un verdadero ultraje! –exclamó Macduff, debatiéndose con furia–. No necesitaba más que unos cuantos minutos para terminar el importante experimento que...
–Cierra esa maldita boca –gruñó el capitán Ramsay–. Será un enorme placer para mí echarte a patadas del Sutter.
–¿Y abandonarme a merced de esa langosta? ¡Me matará! Apelo a nuestra común condición humanoide...

El capitán Ramsay conferenció un instante con el jefe de los Xerianos, quien asintió con un movimiento de cabeza.

–Está bien, capitán –respondió con tono pedante–. Según nuestras leyes cada inculpado paga sus deudas. Las mutilaciones se califican según los resultados, y el agresor queda obligado a una completa reparación. El homicidio, como es lógico, sé castiga siempre con la pena de muerte. ¿Por qué lo pregunta?
–¿Se refiere esto incluso a Ess Pu?
–Naturalmente –replicó el Xeriano.
–Bien, entonces... –murmuró Ramsay mirando de forma significativa a Macduff.
–Entonces... ¿qué? Ess Pu será tan rico que no le importará pagar lo que sea por el placer de mutilarme. Soy excesivamente delicado...
–Pero no te matará –dijo Ramsay, tratando de consolarle irónicamente–. Y creo que será para ti una buena lección, Macduff.
–Al menos trataré de adelantarme –exclamó Macduff, tomando un grueso bastón de Malaca que sostenía una ave cercana y con el que propinó a Ess Pu un resonante estacazo en el caparazón.

El algoliano lanzó un sibilante rugido de furia y se arrojó hacia delante, mientras Macduff, que blandía el bastón como un estoque, saltaba hacia atrás y hacia delante, poniéndose en guardia.

–Ven aquí, molusco superdesarrollado –gritó Macduff valientemente–. ¡Ahora liquidaremos cuentas, langosta humanoide!
–¡Animo, Macduff! –exclamó un erudito y entusiasta ganimediano.
–¡Alto! –rugió el capitán Ramsay, haciendo una seña a sus oficiales.

Pero ya se habían adelantado los Xerianos. Formaron una rápida barrera entre ambos combatientes y uno de ellos arrebató el bastón de manos de Macduff.

–Si te han hecho daño, Ess Pu, tu agresor lo pagará –dijo el jefe de los Xerianos–. La ley es la ley. ¿Estás herido?

Pese a los inarticulados sonidos que surgían de la garganta de Ess Pu, era evidente que no lo estaba. Y la jurisprudencia xeriana no tenía en cuenta las heridas sufridas por los sentimientos. Las termitas son humildes por naturaleza.

–Bien, acabemos de una vez –dijo el capitán Ramsay, molesto por el hecho de que su elegante salón se convirtiera en campo de batalla–. Sólo hay tres pasajeros que desembarcar: Ao, Ess Pu y Macduff.

Macduff miró a su alrededor en torno a Ao, tratando de ocultarse tras su espalda.

–¡Naturalmente! –asintió el funcionario xeriano–. Ess Pu ha explicado ya el asunto de la lotería. Permitiremos que se celebre. Sin embargo, han de observarse ciertas condiciones. No se acercará a esta mesa nadie que no sea xeriano y yo mismo contaré las semillas.
–De acuerdo –dijo Ramsay, recogiendo la caja donde se guardaban los pronósticos, y retirándose–. Cuando abra usted el más maduro de los frutos y cuente las semillas, abriré yo esta caja para anunciar el nombre del ganador.
–¡Espera! –gritó Macduff desesperadamente.

Pero nadie le escuchó. El dirigente xeriano tomó un cuchillo de plata, eligió el fruto sphygui más maduro de todos y lo partió limpiamente en dos. Las dos mitades se separaron, para revelar un perfecto vacío dentro del fruto. La exclamación de decepción del xeriano resonó por todo el salón. El cuchillo de plata continuó cortando el fruto, pero no apareció ni una sola semilla.

–¿Qué ha sucedido? –preguntó Macduff–. ¿No hay semillas? Se trata entonces de un engaño. Nunca confié en Ess Pu. Ha estado disfrutando con el mal ajeno...
–Silencio –ordenó el xeriano fríamente.
Y de nuevo empleó el cuchillo entre un ambiente de creciente tensión.
–¿No hay semillas? –preguntó Ramsay de modo mecánico, al ser abierto el último fruto.
Estaba vacío.

El xeriano no replicó. Jugueteaba con el cuchillo, contemplando a Ess Pu. El algoliano parecía tan asombrado como los demás. El capitán Ramsay quebró el opresivo silencio avanzando unos pasos para recordar a los xerianos que él era el jefe supremo de la nave.

–No tema nada –replicó el dirigente xeriano fríamente–. No tenemos jurisdicción en su nave, capitán.

Se alzó en son de triunfo la voz de Macduff:

–Nunca confié en esa langosta –anunció mientras se adelantaba–. Recibió el dinero de ustedes, e hizo un trato para embarcar sphygui sin semillas. Sin duda se trata de un delincuente. Su apurada salida de Aldebarán Tau, sin contar su conocida afición por el polvo Leteo...

En aquel momento Ess Pu se lanzó sobre Macduff rugiendo furiosamente. En el último momento la redonda figura de Macduff salió disparada por la escotilla de salida, quedando bajo el débil sol xeriano que lucía en el exterior. Ess Pu le persiguió gritando furiosamente y mostrando las membranas de la boca enrojecidas por la cólera. A una rápida orden del dirigente xeriano, los funcionarios a sus órdenes corrieron tras Macduff. Durante unos segundos se oyeron extraños rumores procedentes del exterior. Luego reapareció Macduff, solo y jadeante.

–Malos bichos los algolianos –dijo, dirigiéndose al jefe xeriano–. Veo que los suyos han detenido a Ess Pu.
–Sí –admitió el xeriano–. En el exterior, se encuentra bajo nuestra jurisdicción.
–Ya había pensado en ello –murmuró Macduff, avanzando hacia Ao.
–Un momento, esperen... –rogó el capitán Ramsay a los xerianos–. No pueden...
–No somos bárbaros –le interrumpió el jefe xeriano con tono de dignidad–. Entregamos a Ess Pu quince millones de créditos Universales para que trabajara con nosotros y ha fracasado. A menos que pueda devolver los quince millones, más los gastos, tendrá que pagarlos de alguna otra forma. La hora-hombre –Macduff parpadeó inquieto al oír estas últimas palabras–... la hora-hombre equivale en Xeria a la sexagesimaquinta parte de un crédito.
–Todo esto es muy irregular –dijo el capitán–. Sin embargo, carezco de jurisdicción. Tú Macduff... no pongas esa cara. Recuerda que también desembarcas en Xeria. Y te aconsejo que te alejes de Ess Pu.
–Confío que estará muy ocupado la mayor parte del tiempo –contestó Macduff alegremente–. No me complace recordar sus deberes, a un funcionario competente, pero, ¿no has olvidado el pequeño detalle del concurso?
–¿Cómo...? –murmuró Ramsay, mirando los frutos vacíos–. El concurso ha quedado suprimido, naturalmente.
–Ni hablar –objetó Macduff–. Nada de evasivas. Cualquiera creería que tratas de eludir un pago, capitán.
–No seas estúpido, amigo. ¿Cuál es ese pago? La lotería se basaba en el número de las semillas del sphygui, y ha quedado perfectamente claro que no hay ninguna... Si no hay más objeciones...
–¡Protesto! –gritó Macduff–. En nombre de mi protegida exijo que se haga el recuento y la tabulación de cada pronóstico.
–Sé razonable –cortó Ramsay–. Como trates de demorar el momento de abandonar el Sutter...
–Tienes que poner término a la lotería de forma legal –insistió Macduff.
–¡Cierra esa boca de una vez! –replicó Ramsay agriamente, mientras tomaba la caja señalada para colocar un pequeño dispositivo–. Como quieras. Pero te vigilo, Macduff. Ahora, tranquilo todo el mundo.

Cerró los ojos y sus labios se movieron murmurando algo. La, caja se abrió para mostrar un paquete de hojas plegadas. A una señal de Ramsay, leyó nombres y pronósticos.

–Ganarás al menos cinco minutos –dijo Ramsay a Macduff en voz baja–. Luego tendrás que salir como Ess Pu. Permíteme decirte, a propósito, que resulta evidente que obligaste a Ess Pu a abandonar el Sutter.
–Tonterías –replicó Macduff con sequedad–. ¿Tengo yo la culpa de que Ess Pu dedicase sus ridículas y antisociales emociones a mi persona?
–Sabes muy bien lo que quiero decir.
–Korze Kabloom, setecientas cincuenta –anunció el pasajero al abrir otra hoja–. Loma Secundus, dos mil noventa y nueve. Ao, per...
Hubo una pausa.
–¿Y bien...? –preguntó el capitán Ramsay, asiendo por el cuello a Macduff–. Siga...
–Terence Lao-Tsé Macduff –leyó el pasajero, deteniéndose de nuevo.
–¡Lea de una vez! –gritó Ramsay.
Y se detuvo ante la pasarela de desembarco con un pie levantado, dispuesto a arrojar por ella a Macduff al parecer muy tranquilo.
–Cero –respondió el pasajero débilmente.
–¡Exacto! –declaró Macduff, liberándose de Ramsay–. Y ahora, capitán Ramsay, te agradeceré me entregues como tutor de Ao, el premio de la apuesta, restando, claro está, el precio de nuestro pasaje hasta Pequeña Vega. La otra parte de Ess Pu puedes enviársela con mis felicitaciones. Tal vez pueda comprar unos cuantos meses de su condena que, si mis cálculos no son erróneos, ascenderá a novecientos cuarenta y seis años xerianos. Un Macduff siempre perdona a sus enemigos. Vamos, Ao, querida. Tengo que elegir un camarote a mi gusto.

Macduff encendió un cigarro, mientras se alejaba lentamente, dejando boquiabierto al capitán Ramsay.

–¡Macduff! –exclamó Ramsay–. ¡Macduff! ¿Cómo lo conseguiste?
–Porque soy un científico –replicó Macduff por encima del hombro.

El cabaret de Pequeña Vega, se hallaba alegremente abarrotado. Un par de cómicos contaban chistes por entre las mesas. En una de ellas, Ao, se hallaba sentada entre Macduff y el capitán Ramsay.

–Todavía estoy esperando, Macduff –advirtió este último–.Un trato es un trato, ¿no? Puse mi nombre en tu solicitud, ¿verdad?
–No me queda otro remedio que admitirlo –respondió Macduff–. Y, sin duda alguna, tu firma facilitó mi tutoría sobre Ao. ¿Un poco de champán, Ao?
Pero Ao no respondió. Estaba cambiando miradas, menos vacías que de costumbre, con un joven varón de su planeta, sentado ante una mesa cercana.
–Vamos, muchacho –insistió Ramsay–. Recuerda que debo entregar mi diario de navegación al final del viaje. Necesito saber todo lo concerniente al sphygui. Tú pusiste aquel cero mucho antes de que el fruto madurase.
–Así es –replicó Macduff bebiendo un sorbo de champán–. Fue un simple problema de dirección. Espero no perjudicar a nadie si te lo cuento. Aunque, estabas a punto de anclarme en Xeria en compañía de esa maldita langosta. Era obvio que debía desacreditar a Ess Pu ante los xerianos. Ganar el concurso fue un acontecimiento secundario que no esperaba. Un simple golpe de suerte, bien merecida, ayudado por una técnica científica.
–¿Te refieres a ese papel que Ess Pu encontró...?
–Naturalmente –replicó Macduff observando el contenido de su vaso–. Escribí aquella nota para él. Tenía que mantenerle ocupado con su sphygui, y dándome caza a fin de qué no tuviera un solo minuto para pensar.
–Sigo sin entenderlo –confesó Ramsay–. Aunque supieras la solución de antemano, ¿cómo podías prever que la lotería sería precisamente el sphygui?
–¡Oh, eso fue lo más fácil de todo! Considera las circunstancias. ¿Podría ser de otra forma con la Lotería de Aldebarán presente en la memoria de todos, y llevando la nave contrabando de sphygui? De no haberlo sugerido nadie, estaba ya dispuesto a hacerlo... ¿Qué es esto?... ¡Fuera de aquí! ¡Largo!

Macduff se dirigía a los dos cómicos que en aquel momento llegaban a su mesa. El capitán Ramsay alzó la cabeza a tiempo para ver cómo iniciaban su número. La técnica humorística del insulto no ha cambiado fundamentalmente con el paso del tiempo, y la expansión galáctica simplemente amplió y profundizó su variedad. La sátira siempre ha incluido a todas las especies y razas. Los cómicos, parloteando alocadamente, iniciaron una hábil imitación de dos manos que se buscaban mutuamente las pulgas. Estalló una carcajada general, que no compartieron los clientes de simia estirpe.

–¡Cuerno! –exclamó Ramsay en tono iracundo–. No me fastidiéis...
Macduff alzó una mano con ademán pacificador.
–Calma, capitán, calma. Punto de vista puramente objetivo. Después de todo, la cosa se reduce a una cuestión de semántica... –Macduff se detuvo y rió alegremente antes de añadir–: Haz como yo. Elévate por encima del provincianismo, y disfruta con la habilidad de estos pobres cómicos en el arte abstracto de la imitación. Estaba a punto de explicarte el porqué de mantener distraído a Ess Pu. Temía que se diera cuenta de la rapidez con que maduraba el sphygui.
–¡Bah! –exclamó el capitán, acomodándose de nuevo en su silla, mientras los cómicos atacaban un nuevo número–. Bien, continúa...
–Un problema de dirección como dije antes –prosiguió Macduff–. O mejor dicho, de desorientación... ¿Viste alguna vez en tu vida a un tripulante más incompetente que yo?
–No –replicó Ramsay–. Por supuesto que no...
–Por supuesto. Recorrí empleo tras empleo hasta que finalmente llegué a Control Atmosférico, exactamente donde yo quería estar. Arrastrarse por las tuberías de ventilación ofrece ciertas ventajas. Por ejemplo, no necesité más que un segundo para vaciar un frasco de ácido triclorofenoxilacético en el ventilador de Ess Pu. El producto tuvo que penetrar en todas partes, incluso en el sphygui.
–¿Tricoloro... qué? ¿Quieres decir que modificaste el sphygui antes del concurso?
–Ciertamente. Ya te dije que el concurso no era más que subproducto. Mi objetivo principal era poner a Ess Pu en dificultades con Xeria para salvar mi propia persona. Por suerte llevaba conmigo un buen suministro de hormonas de varias clases. Esta, en particular, como saben hasta los niños, evita la polinización. Por una simple ley biológica los frutos se fecundan siempre sin semillas. Pregunta a cualquier horticultor. Es un procedimiento que se produce con frecuencia.
–Frutos sin semillas... –murmuró Ramsay pensativo–. Fecundación por polini... ¡Oh, que el diablo me lleve!

Macduff iba a formular, sin duda, una frase de modestia personal, pero en aquel preciso instante se fijó en el trabajo de los dos cómicos y se detuvo. El más bajo de los dos comediantes trazaba un círculo alrededor de la mesa, haciendo los gestos de un fumador que se da importancia. Su compañero saltaba tras él, propinándole suaves golpes en la cabeza.

–¡Dime unas cosa, hermano! –gritó este último con chillona voz de falsete–. ¿Quién era el pingüino que te acompañaba la última noche?
–No era un pingüino –replicó su compañero–. ¡Era un venusiano!

Y al pronunciar estas últimas palabras el cómico señaló con una mano y el foco de luz del reflector cayó sobre la cabeza de Macduff.

–¡Cómo...! ¿Cómo te atreves...? –gritó el ofendido Macduff sin lograr hacerse oír entre las carcajadas del público–. Difamación... calumnia... ¡jamás he sido insultado así en toda mi vida!

El capitán emitió un resoplido. El iracundo Macduff miró a su alrededor con furia. Luego se puso en pie y tomó una mano de Ao.

–Ignórales –sugirió Ramsay con insegura voz–. Después de todo, no puedes negar que tu estirpe es venusiana, Macduff... aunque insistas en haber sido empollado en Glasgow... nacido, quiero decir. Eres escocés de nacimiento y humanoide de clasificación, ¿verdad? Y tan pingüino como yo mono.
Pero Macduff se alejaba hacia la puerta. Ao le seguía obedientemente, lanzando angélicas miradas al varón veganiano.
–¡Un ultraje! –exclamó Macduff.
–Vuelve aquí, muchacho –le llamó Ramsay, reteniendo una exclamación de alegría–. Recuerda el arte abstracto de la imitación. Es una pura cuestión de semántica...

Macduff no le hizo el menor caso. Arrastrando a Ao y moviendo su redonda figura con suma dignidad, Terence Lao Tsé Macduff despreció irrevocablemente en la noche, farfullando palabras ininteligibles.

Macduff, como habrá comprendido el lector, no era todo lo que pretendía ser...

–¡Vaya! –exclamó el capitán Ramsay sonriente–. ¡Por fin le he perdido de vista! ¡Camarero! ¡Un whisky con soda... y llévate de aquí este insulso champán! Estoy celebrando una fiesta! ¿Sabes que por primera vez en su vida ese granuja sin principios de Macduff, se ha largado sin timar a nadie...? Pero, ¿qué es esto? ¿Qué significa esta factura? ¡Pero si fue Macduff quien insistió en que esta noche fuera yo su invitado! ¡Ohhh!... ¡maldita sea!

Henry Kuttner (1915-1950)





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El resumen del relato de Henry Kuttner: La voz de la langosta (The Voice of the Lobster) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com