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Los testigos del amor


Los testigos del amor.

Séneca sostiene que para ser un testigo válido, es decir, uno con credibilidad, se debe ser el tercero en una disputa o cuestión a resolver, siendo su opinión imparcial por no verse involucrado más que como observante del suceso.

Luego menciona que todo amor que valga la pena requiere de un pequeño testigo dolorido, afirmación que generó estupor en sus seguidores, que rápidamente asociaron el comentario a un desborde etílico del poeta. Acto seguido, Séneca se burla de los amores bárbaros, foráneos, a los que califica con epítetos picarescos, ajenos a la sutileza romana.

Lo que pocos intuyeron, acaso por estar íntimamente involucrados en el idioma en el que Séneca hacía sus afirmaciones, es que aquel testigo del amor era en realidad una broma, un doble sentido, un juego por el cual compara los matices del latín y de las lenguas bárbaras para calificar el amor, demostrando con ello que importa menos lo que se quiere decir, en definitiva, lo mismo, con el medio por el cual se expresa aún lo más sencillo.

Es así que Marcio, uno de los alumnos más despiertos de Séneca, se precipitó a los burdeles más peligrosos de Roma tras oir las reflexiones de su maestro, dejando a sus compañeros en un estado de perplejidad absoluta.

Y es que aquel pequeño testigo del amor dolorido al que hace referencia el poeta es nada menos que un testículo (testis, "testigo", y culus, sufijo usado para formar diminutivos); voz que podemos hallar en las palabras testamento, testimonio, testificar y, por supuesto, testigo. Más aún, los testículos, literalmente, "pequeños testigos", operan -según Séneca- como terceros en las maniobras amorosas, atestiguando lo que sucede a escasos centímetros de ellos.

Cuando Marcio retornó de su noche de lujuria le preguntó al maestro porqué se había reído de los bárbaros y sus lenguas extrañas y ásperas. Séneca, aplomado, respondió que ninguna lengua bárbara posee una sutileza lingüistica semejante, y que todos denominan a los "pequeños testigos" con alusiones a piedras, rocas, bolas y huevos.

Ciertamente, los bárbaros adoptaron rápidamente la denominación latina de los pequeños testigos por considerarla mejor y más prolija que las suyas. En Inglés Antiguo, por ejemplo, se los llamaba herþan, es decir "bolsa de cuero", y heorþa en las viejas lenguas escandinavas, "piel de ciervo"; denominaciones reñidas con la estética poética relacionada con los testigos presenciales, y acaso imprescindibles, de todo encuentro amoroso.




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