Dompareli Bocanegra: Agustin Pérez Zaragoza


Dompareli Bocanegra (Dompareli Bocanegra) es un relato gótico del escritor español Agustin Pérez Zaragoza, publicado en la colección de cuentos de terror de 1831: Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas.

Poseedora de una ironía inevitable, Dompareli Bocanegra nos detalla el pacto un bandido con el demonio, ambos, bastante alejados de los estereotipos.



Dompareli Bocanegra.

Agustin Pérez Zaragoza (1800- )


Hay crímenes que la ira de Dios no perdona jamás, porque nunca el criminal quiere arrepentirse.

Dios hizo la noche y los astros para elevar el alma, fomentar el genio y mantener en el corazón del hombre el amor de la sublime sabiduría; pero el hombre, audaz contra sus designios, destruye el orden que había establecido y corrompe los beneficios de la naturaleza. De este velo sagrado de admiración y de respeto, tendido sobre las maravillas del universo para inspirar la virtud, se hace el hombre un abrigo profano que le anima al crimen. Los malhechores ocultan durante el día sus monstruosas cabezas. El ladrón, el asesino duermen en el fondo de su cavernas, de sus grutas tenebrosas, hasta que desciende la sombra de la noche: entonces velan unidos y se lanzan juntos sobre las huellas de su presa, entonces los astros espantados los ven marchar con la frente serena en las tinieblas y redoblar el horror de la noche con el de sus atrocidades. El avaro, escondiendo su tesoro, es espiado por el ladrón que le desentierra, y mañana el desgraciado se levantará en la indigencia. Las horrendas maquinaciones y las tramas infernales salen de la oscuridad de las cavernas; ella sola es la confidenta de sus perversos designios. Preparando lejos de la luz el desorden y la devastación, meditan los atentados que deben conmover los reinos, atentar contra la fortuna y la vida del ciudadano pacífico, y afligir a las familias con homicidios y robos. He aquí también el momento en que los agentes del crimen, maldiciendo hasta la claridad, importuna para ellos, del opaco planeta nocturno, se abandonan con furor a sus últimos excesos y muy frecuentemente derraman la sangre humana. A estas mismas horas... (¿Lo diré o habré de callarlo? ¡Ah! ¿Por qué el rayo divino no extermina de la tierra a tales monstruos?). A estas mismas horas el infame adúltero entra con seguridad en el tálamo nupcial de su amigo, cuya indigna esposa medita en el silencio el uso del tósigo, y se ríe así neciamente de Dios y de los hombres... De este modo los mortales insensatos, siempre en contradicción con el Criador y consigo mismos, sin temor y sin pudor, presentan sus crímenes desnudos a los ojos castos del cielo, mientras ellos se inmutan y estremecen a la vista de sus jueces. Los astros de la noche, ¿han sido formados para favorecer al malvado? ¿Su claridad confusa ha sido mezclada acaso con las tinieblas para guiar el puñal asesino?...

Estas reflexiones, tan tristes a la humanidad, me han conducido naturalmente a escribir las aventuras maravillosas y los prestigios incomprensibles del famoso Dompareli, llamado Bocanegra, uno de los más célebres ladrones que han infestado las provincias de la Lombardía bajo el reinado de los duques de Milán, y que muy frecuentemente se valió de la oscuridad de la noche para cometer sus horrorosos atentados. Dompareli, llamado por apodo popular Bocanegra, había nacido en Cremona de una familia honrada, pero oscura; estudió en Milán, y, aunque desplegó un talento singular y un genio brillante y precoz, se descubrió en él un germen de inclinaciones muy funestas. Su semblante, aunque aparentemente agradable, descubría ciertos rasgos en el juego de su fisonomía que demostraba la perversidad de su alma; y si efectivamente, según el profundo sistema del doctor Gall la naturaleza nos da los órganos de buenas o malas inclinaciones, no hay duda en que Dompareli tenía ciertamente desde su más tierna infancia las marcas de su criminal vocación.

Tomaremos la historia de nuestro héroe desde que concluyó sus estudios, época en que ya sus fuerzas físicas y su carácter malhechor, aun en sus primeros lustros, anunciaban deberle hacer correr una carrera monstruosa. Si su placer favorito era el de entregarse al estudio de los antiguos y de envidiar hasta la suerte de Alejandro el grande, por otra parte, una disposición supersticiosa le había conducido a profundizar con ardor todos los secretos de la física instrumental del galvanismo práctico, así como de todas las ilusiones que empleaban los oráculos del Egipto, de la Grecia y de Roma, para fascinar los ojos del vulgo y adquirir una fama en el pueblo de un ser prodigioso y superior. Todos los misterios ridículos le eran familiares; y uniendo a estos conocimientos abstractos los de las matemáticas universales de Arquímedes de su espejo combustible y de sus fuegos griegos (mixtos incendiarios), Dompareli poseía bastante ciencia para fascinar y sorprender en aquellos tiempos la imaginación de un pueblo tan crédulo como el de Italia. Poseído de esta manera de toda la ciencia cabalística, sabiendo toda la gringuería del libro mágico y demás aparentes invenciones, se cerró una noche en su cuarto y tomó consejo de su destino en estos términos:

«De dos toneles continuamente abiertos derrama Júpiter, según la fábula, a ríos sobre los humanos el influjo del bien y del mal; y el mundo (decía entre sí en sus sofismas) es un teatro frívolo, en que el hombre sencillo y bueno viene a ser la víctima del más fuerte y del más astuto. De estos dos papeles tan opuestos que el hombre tiene que hacer, ¿tomaré yo el del tonto?... No: mi talento y mi valor se oponen. Mi fortuna, pues, está en mis manos, si acierto a emplear con destreza los medios que la naturaleza me ha prodigado. Yo no veo (continuó en su culpable soliloquio) que deba balancear un momento. Gengis-Kan, Tamerlán, el charlatán Mahoma, ¿no me trazan el camino de la gloria? Del exceso de mi audacia resultará el exceso de mi fama... Ven, pues, fantasma protector, poderoso genio del mal, y guía en su carrera a uno de tus más ardientes prosélitos.»

A esta invocación infernal, una nube negra bajó al cuarto de Dompareli, y ved que, de repente, cubriéndose todo de un crespón fúnebre, se presenta una divinidad encantadora, la Seducción, rodeada de flores, regalando el olfato con sus esencias; y enlazados en su seno los anillos de una serpiente de conchas brillantes, le dirige este discurso: «Hombre digno de tus altos destinos, yo te confiero el poder de agradar y seducir, y a este don precioso te aumentaré el de engañar: ninguna mujer en adelante podrá resistirse al encanto de tu voz y de tus miradas siempre victoriosas; y favoreciendo el amor tus empresas, no tendrás más necesidad que de presentarte para ver en tus brazos amorosos a las Lucrecias más esquivas.» A este discurso seductor sucedieron los mil prestigios bellos que nacieron bajo la varita irresistible de la Seducción. Vapores deliciosos y embriagantes embalsamaron el aire con sus nubes odoríficas, y este encanto se desvaneció después insensiblemente en el seno de la más agradable magia. Luego que fue disipada esta especie de sueño, y que no quedó en el aposento de Dompareli más que el olor de la presencia de la Seducción, dirigió sus miradas con admiración a todas partes, y vio sobre un mueble filtros, tósigos, bebidas embriagantes y brebajes narcóticos encerrados herméticamente en frascos de diferentes colores. «Con estas nuevas armas, dice Dompareli lleno de contento, podré correr en pos de las princesas.» Aún no se había terminado su agradable sorpresa por tan precioso descubrimiento cuando, volviendo la vista a su mesa, vio en ella un hermoso gato negro, que tenía al cuello una chapa de bronce con estas palabras: Quemarme y recoger mis cenizas será para Dompareli el mismo anillo de Giges. Nadie ignora que este anillo tenía la propiedad de hacer invisible al pastor griego que se le puso para robar los ganados de su Rey. Dompareli sentía ejecutar esta orden cruel con un animal tan hermoso, que le parecía allí como una poderosa hechicera; pero tales eran las órdenes del libro mágico infernal, que era preciso ejecutarlas con la más respetuosa puntualidad. Nuestro impío, pues, quemó el soberbio gato negro, recogió las cenizas en una redoma de cristal de roca y, según las instrucciones proféticas que había ya recibido en otras apariciones nocturnas, puso sobre su corazón aquella redoma diabólica y, colocándose delante de un espejo, se convenció con admiración y alegría de que ya era invisible. Esta inclinación criminal a las divinidades malhechoras del género humano tenía que revestirse aún de algunas otras ceremonias para ser protegida de los silfos de Asmodeo, príncipe de los demonios, protector del crimen y dios tutelar de los malvados. Dompareli, pues, recogió en un cráneo algunas gotas de sangre, y, sobre un fragmento de piel humana, arrancada de las horcas que tenían cadáveres de ajusticiados, firmó un juramento espantoso de no incensar a otra divinidad ni hincar su rodilla ante otros altares que los de las potencias infernales; después, poniéndose a pronunciar en alta voz las más execrables imprecaciones, concluyó su pacto horrible con Satanás y acabó de sofocar en su culpable corazón las débiles semillas de virtud que la naturaleza le había acordado.

Al hacer este horroroso juramento, se llenó el aire de nuevo de vapores bituminosos, de sombras ensangrentadas que parecían, en su paso fugitivo, querer evitar los golpes de un puñal asesino; los estallidos del rayo se mezclaron con este horrible espectáculo, y el prestigio no se disipó aún, sino dejando en el aire un puñal magnífico guarnecido de pedrería, suspendido del techo por un simple cabello...

Al ver este brillante acero, tan ricamente adornado de diamantes, se acercó Dompareli estremeciéndose de placer y de alegría. Sobre la hoja de este puñal se hallaban grabadas en letras de sangre estas palabras: Al homicida. «Yo soy quien debe llevarle, (exclamó de nuevo en un exceso de su frenesí). Si algún hombre ha de apoderarse del centro del crimen, ¿no es Dompareli quien debe adornar con él sus manos encantadas por la Seducción? ... » El crimen tiene su heroísmo, su fanatismo; y la demencia furiosa de este malvado, entregado ya a los infiernos, había llegado hasta el más alto grado de exaltación.

Sin embargo, un respeto, una especie de terror contenía a nuestro héroe: el puñal estaba suspendido por un cabello, y el romperle sin un consentimiento expreso le parecía un sacrilegio contra el genio del mal. Consulta, pues, a su libro infernal para saber las intenciones de sus silfos protectores, y en la página del parricidio lee estas palabras: «Así como la espada de Damocles estaba colgando de un hilo para indicar los peligros del trono, del mismo modo Dompareli, nuestro querido hijo adoptivo, tienen los delitos sus gloriosos peligros; y debes saber que la seguridad de un asesino no depende más que de un cabello. Valor, pero prudencia.»

Dompareli, con este nuevo beneficio alegórico, dio gracias a todos los dioses del Averno y, saltando el cabello emblemático, guardó en su pecho como un tesoro el principal instrumento de sus crímenes. Nada le faltaba ya para asolar la tierra, afligir a la humanidad y declarar una guerra a muerte al genio del bien: medios de seducir con tres copas encantadas, poder para hacerse invisible con la redoma mágica; y más poderoso, más terrible que estos talismanes homicidas: un acero parricida que la fuerza y la astucia van a sumergir alternativamente en el corazón del hombre de bien o en el pecho de una joven inocente... Una sola reflexión dolorosa era la que acibaraba el contento de este monstruo; pues, a pesar de lo bárbaro que era, temía el porvenir la idea de sus remordimientos, el freno de una conciencia importuna, cuya voz acusadora temía continuamente, tenía ya a su espíritu en agitación, pues parecía tener anticipadamente un gusano roedor asido de sus entrañas, como el buitre de Prometeo, para no dejarle ningún reposo en medio de sus mayores triunfos. Acordándose del parricida Orestes y de las serpientes de Alecto y de Tisífona marchaba ya con un paso tímido en la carrera del crimen cuando, acordándose de los beneficios de Asmodeo, le suplicó en una nueva invocación le librase del yugo de los remordimientos. A esta súplica, una voz sepulcral le dio esta horrorosa respuesta:

«El remordimiento es superior a todos los poderes infernales, y en esto es en lo que triunfa siempre el genio del bien en el corazón del criminal ... »

No dejó de aterrar y contristar algo a Dompareli esta declaración fulminante; pero sofocando al instante este grito interior y continuo que debía siempre resonar en sus oídos en medio de sus mayores victorias, se resolvió a marchar al crimen y no seguir más que sus destinos homicidas. Recogió, pues, en una caja de oro sus preciosos caduceos y, divorciándose con las leyes (¿qué digo con las leyes?, con la naturaleza entera), se internó a favor de las sombras de la noche en los montes de Ferrara, y ganó los célebres Apeninos, enteramente infestados de bandas de asesinos. Dompareli, así como un joven héroe se abrasa por derramar en la guerra la primera sangre de su valor, estaba impaciente por ensayar la punta de su puñal. «¿Qué pecho (tiene la audacia de decir) tendrá el honor de ser el primero que tiña esta hoja temible, este acero invencible consagrado por el mismo Lucifer, y del que toda la Italia conservará una eterna memoria?... ¿Qué víctima expirará a mi primer golpe?»

No tardó en servir a sus infames proyectos una ocasión desgraciada, pues un caballero toscano, señor conde de Silos, volvía de su campaña y se dirigía a Florencia. Atacarle, coserle a puñaladas con toda su comitiva, apoderarse de su equipaje, ponerse sus vestidos y sus cruces, usurpar sus títulos, y mandar a algunos de sus cómplices subalternos, que había reunido cerca de una caverna de estas famosas montañas, que tomasen también las libreas de los lacayos asesinados y precipitasen todos aquellos cuerpos ensangrentados en un foso profundo: todo fue para nuestro héroe cosa de un momento. Este desembarazo en obrar, este tono de superioridad, que justificaban plenamente su espíritu activo y su singular audacia, impusieron a estos malhechores de segundo orden en tales términos, que todos se sometieron con un cierto sentimiento de admiración a las órdenes de Dompareli y abandonaron de común acuerdo el servicio de otro jefe famoso llamado Barocal, que no había dejado de granjearse una reputación bastante grande en varias provincias. Dompareli, con un aire de desprecio y compasión, hizo que le informasen de las circunstancias de ese Barocal y, llevado de una secreta envidia de un rival que le incomodaba por su celebridad, se informó del paraje donde tenía su caverna este audaz personaje. Frantzefi, uno de los más inteligentes de la banda, se ofreció a conducirle cerca de su guarida; pero le advierte que el ataque será muy peligroso, porque Barocal cuenta sesenta muertes por igual número de sortijas que lleva ensartadas, como un rosario, al pecho. «La Calabria, los mares de Túnez, añadió, no tienen un facineroso de más fama; y en vano han intentado exterminarle las tropas de línea, pues nunca han podido librar a los pueblos de esta plaga.» Dompareli no hizo más que reírse al oír estos elogios indiscretos y, disponiendo su tropa después de haber confiado sus equipajes a Frantzeli, marcha en dirección a la caverna de Barocal, como un genio poderoso que se burla de los esfuerzos de los débiles humanos. El encuentro fue obstinado, mas Dompareli fue el vencedor; y, después de haber degollado a cuantos halló en la caverna de Barocal, envió al senado de Milán la cabeza de este ilustre facineroso en un cofre lleno de oro con otras riquezas inmensas tomadas a los vencidos, todo en nombre del conde de Silos. Después, dirigiéndose sobre Módena, habiendo ya dado antes sus instrucciones a la canalla que componía su banda y comitiva, resolvió divertirse un poco de tiempo con el florido elemento de la galantería, y hacer también algunas víctimas de amor mientras se le presentaban acciones más gloriosas.

Veamos el uso que va a hacer de los irresistibles talismanes que la diosa de la Seducción le había dado, y cómo el bello sexo va a pagar con su reputación el falso amor de un monstruo que no abriga más ternura que su lenguaje seductor, mientras que en el fondo de su alma renegrida el crimen estará acechando su presa bajo la máscara de la perfidia.

Apenas llegó a Módena, tomó una casa magnífica en la calle de Lodi y la adornó con el gusto más delicado y costoso. Los personajes de la primera clase fueron al momento a visitarle y le felicitaron de haber destruido con tanto valor al más perjudicial de los malvados de la Toscana. Todos desearon ver también las cartas lisonjeras que con este motivo había recibido del senado de Milán con la gran cruz de la orden de Lombardía, cuyo Príncipe le permitía llevar la condecoración en memoria de este gran servicio que había hecho a la patria. Al principio dio grandes bailes de máscaras, cenas espléndidas y fiestas de todas clases, con lo que el falso Conde, prodigando el oro, se adquiría más y más entre las damas esta fama brillante que proporciona en la carrera de la galantería los más rápidos progresos.

¡Ah!, ¡qué suceso! Si la imprudencia y la veleidad natural en las mujeres facilitan frecuentemente el camino cuando se trata de especulaciones de amor, y particularmente de su amor propio (que es acaso el principal resorte de todos los enamorados), ¿por esta debilidad merecerán estas desgraciadas pagar con su vida un momento de falsa satisfacción?... Porque muchas jóvenes, las más hermosas y principales de Módena, habían desaparecido ya sin saber cómo; y principalmente en medio de la confusión de ciertos bailes de máscaras que había dado Dompareli, tres hijas de marqueses y cinco baronesas o condesas hermosas habían sido arrebatadas con una temeridad prodigiosa, sin que las investigaciones más rigurosas de la policía hubiesen podido descubrir la menor noticia ni indicio de unos raptos tan audaces. Frantzeli, el ayuda de cámara, o más bien el cómplice, confidente principal de todos estos atentados, favorecía tales raptos; y luego que hicieron algunos sin ser al pronto notados, ejecutó la astucia de hacer disfrazar de mujer a uno de los ladrones de su banda, y, presentándose otros tres enmascarados, fingiendo arrebatar a esta misma del baile, le colocaron en la grupa de sus caballos y desaparecieron en la espesura del monte inmediato. Con estas estratagemas fue como engañó al público y a la justicia, que no pudieron formar la menor sospecha sobre la integridad de su corazón; pero el hecho es que el monstruo, el horroroso Dompareli adornaba (ésta era su expresión) su templo de Apolo con estas sombras ensangrentadas, que llamaba por irrisión sus Musas; y para completar su divina Galería no le faltaba más que la sabia Urania, y ésta era la joven condesa de Cardini, que debía ser víctima de los más crueles lazos para concluir la colección de cuadros de su sanguinario museo.

Sin duda el lector experimenta la más viva curiosidad de saber a qué se reducía esta Tebaida, este harén sepulcral en el que Dompareli colocaba, después de haberlas degollado, a las desgraciadas jóvenes que caían en sus lazos..., y vamos a explicarlo.

Debajo de las bóvedas de su palacio había una caverna impenetrable a los rayos del sol. Dompareli la adornó por sí solo, sin más ayuda que la de su confidente, con lo más exquisito que pudo hallar en muebles y en magnificencia de toda especie, con baños y arcos emparrados deliciosos, y una cama exquisita vestida con la mayor elegancia y llena de perfumes y de flores; y habiendo mandado hacer en una de las piezas un escotillón a torno, llamaba hacia allí disimuladamente la víctima, y, como en un columpio insensible, se hallaba descendida en medio de un aposentillo encantador iluminado de magníficas arañas y millares de bujías. Los gritos, la resistencia, las súplicas, los lamentos eran inútiles: era preciso sucumbir bajo el yugo de una mano de fierro. ¡Que una mujer de honor, unas vírgenes viniesen a ser la presa infeliz de un infame corruptor y que, desvanecida la ilusión de la novedad, bañasen con su sangre los placeres homicidas de este monstruo-... «Los muertos no se vengan, decía Dompareli en sus máximas atroces: su silencio es eterno y no deja temer ninguna revelación.»

Su atroz placer consistía en meter a sus infelices víctimas en un baño de leche, y con una mortal puñalada hacer salir entre aquella blancura fuentes de púrpura y de sangre... La naturaleza se estremece con semejantes monstruosidades, y sólo el infierno, que había fijado su residencia en el corazón de este malvado, podía inventar semejante barbaridad.

Ya estaba en el octavo sacrificio: ya, digo, ocho baños homicidas, o más bien ocho féretros ensangrentados, colocados en anfiteatro medio circular, hacían de este piscina una mansión de horror y de espanto, causando el llanto y desesperación de las familias de Módena, ¡a quienes había privado este infame de unas personas tan queridas!!!... Sin embargo de tantos asesinatos, aún quería completar la corte de Apolo; y sus miras ambiciosas se dirigían a apoderarse de la hermosa condesa de Cardini, de la que ya hemos hablado. La empresa era difícil, pues la Condesa, aunque joven, viuda y privada de luces y de consejos de su esposo, estaba dotada de una profunda penetración. La dulzura aparente de Dompareli, su talento, sus fingidos sentimientos y la prontitud indiscreta de su pasión, en lugar de interesarla, no habían hecho más que alarmar su virtud; y las señales del crimen, que ella había creído entrever bajo los esfuerzos de la seducción, habían acabado de alarmar su espíritu ya prevenido. En vano Dompareli puso en contribución todas las galanterías imaginables, como fiestas brillantes, comidas espléndidas para hacerla llegar al sitio donde estaban sus traidores lazos. La Condesa tenía un presentimiento muy profundo de alguna catástrofe oculta en las sombras de un horroroso porvenir, para dejarse llevar con confianza de los acontecimientos; y cuando recibió las visitas de Dompareli, fue siempre teniendo el cuidado de armar a sus criados y de mandarlos estar ocultos en los gabinetes inmediatos. Todos los recursos de Dompareli habían sido inútiles: no había podido usar de la copa de la seducción, todos sus talismanes se habían estrellado y, últimamente, sus encantos, sus soporíficos sus bebidas hallan por primera vez sus obstáculos. Afligido de su impotente astucia, se quejó con respeto a sus divinidades tutelares y, prosternándose ante su libro infernal, con el puñal desnudo en la mano, les suplicó le dijesen si había faltado algún misterio augusto en su culto. A estas nuevas invocaciones se cubrió su cuarto al momento de fuego y de nubes negras: no se oyó ninguna protectora, pero, entre los patíbulos y espectros que se presentaron a su vista, Dompareli vio a la implacable Themis con su balanza en la mano, acompañada de Isis, su fiel conductora, que pasaba con aire amenazador, dejando caer en el suelo esta terrible sentencia: No hay perdón para el crimen inexpiado.

Desde este momento fatal se turbó su espíritu, lleno de terror, y se establecieron en su imaginación para siempre un tribunal, un Juez severo y un acusador, destrozando su corazón continuamente sus vanos remordimientos. Su mismo palacio le espantaba ya, y cada vez que marchaba sobre las trampas asesinas que conducían a la horrorosa mansión de las ocho inocentes víctimas, que él llamaba sus ocho Musas, le parecía que las Euménides, en igual número, le perseguían con látigos de culebras vivas. Muy frecuentemente se acongojaba entregándose a ideas mortales; el sudor del crimen cubría su cuerpo, temblando al pensar el fin desastrado que le esperaba; sus cabellos se erizaban, todas sus entrañas palpitaban de miedo, y su corazón, devorado por los remordimientos, sucumbía en este estado de angustias infernales.. .

En vano Frantzeli le anima, admirándose de sus pueriles pusilanimidades. Dompareli, viéndose abandonado del genio del mal, se cree perdido, y no sigue ya al crimen en adelante sino como tímido criminal. Su presentimiento de los peligros inmensos que corría era bien fundado, y el cielo no tardó en disparar sobre sus manos homicidas el rayo vengador.

El verdadero conde de Silos, a quien Dompareli había hecho arrojar en un profundo precipicio de los Apeninos, persuadido de que no podría sobrevivir a los golpes redoblados de su infernal puñal, había vuelto a abrir sus párpados después de una larga efusión de sangre, que había corrido por veinte heridas; pero ninguna, sin embargo, era mortal, y, esforzándose a recuperar su espíritu desfallecido en el abismo en que se hallaba sumergido sobre los cuerpos ensangrentados fríos de sus criados, usa de las pocas fuerzas que le quedaban y, ayudándose a beneficio de algunos arbustos y de las puntas de aquellas escarpadas rocas, logra salir del precipicio y llegar arrastrando al camino de las montañas. Algunos aldeanos le vieron, se acercaron a él, cubrieron de ropa su desnudez y, colocándole sobre una camilla que fueron a buscar sin dilación a la aldea inmediata, le condujeron en este estado a la ciudad de Florencia, donde tenía a todos asombrados su repentina desaparición.

La fábula del impostor que había usurpado su nombre y sus títulos en Módena era igualmente el objeto de todas las conversaciones: la vuelta del Conde asesinado destruía todas las historias forjadas sobre las imposturas de Dompareli.

El verdadero conde de Silos estaba demasiado delicado para poder recibir las noticias que tanto le interesaban de estas ocurrencias. Conducido a su palacio, sólo los médicos tuvieron derecho a acercarse a él, y por mucho tiempo no trataron sino de ver si podían curarle perfectamente; y hasta pasados más de dos meses de medicamentos y cuidados, no le informaron de que un falsario se había revestido en Módena de todas sus cualidades, y que había llegado su audacia hasta el extremo de fingir la destrucción del bandido más cruel de la Toscana, tomando, para mejor fascinar, el nombre del conde de Silos: instruyéronle también de las recompensas que su impostor había recibido del Príncipe, y de cuanto decían los papeles públicos sobre este punto. El conde de Silos, al oír un caso tan extraordinario, y reuniendo todas las circunstancias, no duda sea su mismo asesino el que ha tenido la audacia de tomar su nombre. «La conformidad de su edad y aire con el mío le habrán favorecido, decía, para ejecutar tan execrable invención.» Le consume la impaciencia por presentarse a los magistrados de Módena para descubrirles tan criminal impostura. Todos sus amigos aprueban y favorecen sus intenciones, pero le advierten solamente que con un hombre de esta índole era preciso obrar con tanta precaución como destreza.

En este estado de cosas, el genio del bien, justamente irritado de los sucesos de su mortal antagonista, obraba sordamente para recuperar los derechos que los criminales usurpan algunas veces momentáneamente, pero que no destruyen jamás. Afligido de las numerosas calamidades ocasionadas por el crimen, este divino genio, cuyos altares jamás debieran abandonar los hombres, había llamado en su ayuda a su celeste hermana la Virtud y a Themis, su poderosa protectora sobre la tierra, a fin de terminar la carrera sanguinaria del más audaz y feroz de todos los malvados. De sus divinas conferencias había resultado el volver a la vida casi milagrosamente el Conde, la impotencia de los talismanes de la Seducción, y los remordimientos que día y noche destrozaban el corazón de nuestro héroe hasta el extremo de desfallecer y perder el valor.

Los hombres que creen la mayor parte del tiempo obrar sólo por su natural impulso, no son sino las máquinas ciegas de los genios invisibles que influyen en sus buenas o malas acciones; a ellos toca, pues, seguir las inspiraciones de esta divina conciencia en la que Dios ha hecho brillar más las luces de la razón y de la virtud, y no dejarse cegar por la magia falaz del genio del mal. Pero dejemos estas alegorías y veamos cuál fue la conducta y fin de Dompareli.

El conde de Silos, según su designio, se había marchado secretamente a Módena con una buena escolta y había reconocido perfectamente a su asesino en el teatro; y habiendo hecho una declaración circunstanciada ante el magistrado superior de su asesinato en los Apeninos, esperaba en el silencio hacía ya algunos días que la justicia hubiese instruido el proceso para apoderarse de Dompareli y sus cómplices, evitando lo más que fuese posible la efusión de sangre tan preciosa como la de la tropa que fuese encargada de esta peligrosa comisión. En fin, después de muchas juntas secretas, se decidió conferir al valor y talento de la condesa de Cardini el encargo de contribuir al arresto de tan intrépido malhechor.

La condesa, pues, de Cardini empezó a disimular poco a poco aquel aire de rigor y de severidad imponente que hasta entonces había mostrado a Dompareli en sus visitas: sus bellos ojos, medio rendidos, le dieron a entender que estaba próxima ya la hora de su triunfo; y llegando nuestro héroe a ser más exigente que nunca, la dio motivo a convenir en una cita a las doce de la noche, momento de silencio y de oscuridad favorable a los amores, y que permitiría la presencia de un amante feliz, sin temor de ser comprometida por las sospechas de los criados. Este momento terrible que debía vengar para siempre al genio del bien en la persona de uno de sus más crueles enemigos, y, para Dompareli, este momento deseado en que sus ojos sanguinarios deben gloriarse viendo nadar en su sangre a la más hermosa de las mujeres, ¡es ya llegado!!!... ¡Qué de reflexiones!, ¡qué de satisfacciones! Este último atentado no sólo lisonjeaba sus secretas intenciones, a pesar de la actividad de sus remordimientos, sino que le daba a conocer el grado de poder de sus caduceos, y le enseñaba los límites que debe guardar en el uso del poder que le fue concedido por el pacto con los infiernos. Se apresura para asistir puntualmente a la cita y, con el favor de una linterna o farol de ronda, atraviesa un largo vestíbulo que conduce al gabinete de la Condesa y, tentando una mano suave que agarra la suya y le guía con un aire misterioso al través de la oscuridad, avanza a paso lento y silencioso hasta que, al fin, desapareciendo la persona que le guía, se halla junto a un sofá color de rosa, sobre el cual estaba descansando nuestra hermosa heroína, vestida de una túnica bordada de oro y perlas finas.

Es preciso, para la apología de ciertas circunstancias ulteriores, decir que este sofá estaba muy elevado sobre una tarima en escalinata artística, pero muy escasamente alumbrado por unas luces medio muertas cubiertas de una triple gasa, que no dejaba penetrar sobre todos los objetos sino unos rayos de claridad pálida e incierta; estaba resguardado, a más de esto, por una galería semicircular que le rodeaba, compuesta de adornos de ramas y flores, mirtos y pámpanos, que no permitían acercarse enteramente a la condesa de Cardini. (En el discurso de esta historia se conocerá mejor el motivo de estas precauciones misteriosas.) Dompareli, al ver este objeto encantador, con tantos atractivos como ofrecía a una vista codiciosa su hermoso traje y una garganta que avergonzaba al alabastro, se dejó arrastrar al primer impulso de los efectos de una poderosa seducción; pero, recordándose bien pronto de la ferocidad de sus primeros progresos, y particularmente de lo que debía al honor de sus juramentos infernales, sofocó en su alma todo sentimiento de amor y de ternura, para no dejarse dominar, como otro Otelo, sino de la sed de sangre y del amor al asesinato. Así, pues, lejos de pensar, según sus horrorosas doctrinas, como un amante vulgar, en respirar los suspiros del amor a la presencia del objeto deseado, no trató más, como audaz malhechor lanzado a la carrera de los grandes crímenes, que de inmortalizarse por el atentado más extraño que un mortal puede cometer. En este instante la Condesa, extendiendo el brazo por el efecto de un resorte diestramente dispuesto para ofrecerle un anillo de brillantes y una rosa deshojada: «Sean estos emblemas, le dice, las señales de nuestro eterno amor.»

Esta rosa estaba empapada de un licor narcótico que al momento conoció nuestro héroe; pues que si el genio del mal, que era su dios protector, tenía mal suceso en sus iniquidades algunas veces, todo lo que era del simple resorte de la sutileza y de la seducción no tenía ningún poder sobre Dompareli, que se hallaba siempre provisto de su puñal y de sus caduceos. Así, pues, al concebir la idea sólo de que la Condesa pretendía engañarle y embriagar sus sentidos con tan pérfidos designios, furioso, sin acusación, sin examen, se lanza como un tigre, rompe la barrera de las flores, saca su abrillantado puñal y le sumerge una y más veces en el tierno pecho de la Condesa, cubriéndose en un instante de salpicaduras de la sangre que brota por sus heridas... En su ciego furor no advierte la poca resistencia que encuentra el puñal, ni la impasibilidad de la figura de la Condesa, que había bárbaramente cosido a puñaladas y que, sin embargo, no había mudado de semblante, a pesar de los golpes mortales con que había sido acribillado su cuerpo. Pero, ¡cuál fue su admiración cuando, llegando a examinar el personaje que la oscuridad le había impedido ver bien, se convenció de que había herido a una mujer de cera, imagen perfecta de la condesa de Cardini, por la que ella misma había respondido estando oculta detrás de un espejo sin estaño, cubierto de seda y débilmente iluminado por unas luces opacas, colocadas cautelosamente a gran distancia... A más de esto, todo, con respecto a este personaje ficticio, completaba la ilusión; y para hacerla aún más fuerte, el seno de esta figura de cera ocultaba una vejiga llena de sangre de algún animal, con lo que nuestro héroe había sido más fácilmente engañado, causándole aquella creída muerte un horror que nunca le había tenido igual.

Después de completado el suceso de esta ingeniosa sustitución, empezó la Condesa a dar gritos de triunfo, haciendo la señal al mismo tiempo a la justicia y tropa, que se hallaban prevenidos en las piezas inmediatas, para que simultáneamente cayesen sobre Dompareli.

El peligro de nuestro héroe era sin duda tan inminente que nunca conoció hasta entonces la sorpresa en su espíritu, pues se quedó como un mármol al principio. ¿Cómo desembarazarse de veinte hombres que con las espadas y las pistolas, y el vengativo conde de Silos a la cabeza, echaban fuego por sus ojos y amenazaban su vida, sin recurso ya para no perecer?... Mas Dompareli, convencido de que sólo en su valor está su seguridad, se lanza sin detenerse, como el demonio que le inspiraba, sobre sus enemigos, repartiendo puñaladas por todas partes; mata a muchos y, después, echa en medio de los demás una caja preparada que estalla y los deja a todos en la más profunda oscuridad, apagando todas las luces; y a beneficio de otros encantos de su magia blanca logra escaparse del palacio de la Condesa, dejando allí a sus enemigos en la más estúpida admiración.

Llega a su casa y refiere a Frantzeli los peligros que ha corrido: no había un momento que perder, y, entre los consejos que Lucifer da a los criminales, el principal es la mayor actividad en sus expediciones. Dompareli, pues, mandó ensillar los caballos y, después de haber cargado en maletas sus más preciosos tesoros, partió a gran galope con su banda de pícaros.

Aquí es donde Themis gime de la impotencia de sus tentativas, y el infierno se sonríe y redobla sus esfuerzos para hacer valer su poder. Dompareli triunfaba, y, ya insensible a la voz de los remordimientos, da gracias a sus dioses del favor que le dispensan. Después de haberse apoderado con su gente de las gargantas de Cagliari y haberse instalado allí en grutas impenetrables, tuvo un consejo en el que se decretó abrir comunicación con Nápoles; que se harían dueños de un castillo antiguo inmediato, ocupado entonces por un señor octogenario, y que se pondrían sus inmediaciones tan peligrosas que sería necesario el cañón y un sitio regular para tomar la plaza. Dompareli añadió que él se encargaba de encantarle, y terminó su discurso con tanto charlatanismo que sus cómplices quedaron persuadidos de que obedecían a algún genio infernal.

Degollar todo cuanto tuviese vida en el castillo de que acabamos de hablar, arrojar los cadáveres a unos fosos profundos, y rodearle de prestigios, ilusiones y encantos de toda especie, fue la obra de veinte y cuatro horas para nuestro jefe de bandidos. Los primeros meses se pasaron en piraterías, asesinatos atroces, cometidos en viajeros ilustres, embajadores y príncipes que perecían víctimas de tanta audacia; y el terror, así como la credulidad del vulgo, era tal que el pueblo estaba persuadido de que era imposible resistir a los golpes del puñal de brillantes del Mágico de la Banda Negra, que era el nombre que le daban. Dompareli, para fortificar esta creencia fanática, hace poner su puñal brillante colgando de un fanal junto a una de las torrecillas más elevadas del castillo, y una cabeza acabada de cortar igualmente, fijada por los cabellos junto al mismo fanal, de manera que durante la noche inspiraba este espectáculo un mortal espanto a los que tenían la imprudencia de acercarse. Dompareli, el monstruo Dompareli sólo, era capaz de una idea tan atroz. El genio del mal aplaudía los atentados de su favorito y le ponía en el primer rango de los más famosos facinerosos de la Italia. En efecto, nuestro héroe contaba ya setenta asesinatos de su propia mano, cincuenta violaciones y veinte raptos; y, para conservar las pruebas de sus infames acciones, arrancaba a cada una de sus víctimas un ojo y los colocaba en línea sobre una tabla de ébano detrás de la cabecera de su cama, lo que producía un efecto horroroso en su gabinete secreto.

Entre sus acciones espantosas de crueldad, Dompareli, instruido por sus compañeros de Nápoles del viaje de la hermosa Laura para Roma con su joven esposo, coronel de dragones de la Reina, marqués de Giacomeli, se propuso contar otra, echándose sobre tan preciosa presa; y efectivamente le fue fácil robar esta joven beldad en su coche de camino, dejando bañado en su sangre al desgraciado Coronel. Laura, afligida y desesperada al oír las proposiciones de Dompareli, prefería la muerte a cualquiera otra suerte degradante; y por un capricho de la suerte este bárbaro sentía por la primera vez el poder del amor, y fue con ella de un exterior sensible y humano al principio; mas en vano después empleó las súplicas, las amenazas y las promesas. Laura respondía a todos sus discursos: la muerte quiero, y no podía mirar sino con horror al asesino de su esposo, que aún estaba cubierto de su preciosa sangre. No le hubiera sido difícil a Dompareli obtener por la violencia lo que deseaba poseer por un libre consentimiento; pero en esta ocasión sólo hizo efecto en él la idea de la fuerza, de la violencia y de la brutalidad. Laura, respetada, adorada, colocada en un aposento de que ella sola tenía la llave, era dueña absoluta de su conducta y de sus acciones, y no podía menos de admirar en secreto hasta qué punto llegaba a veces el poder del amor, pues que ella acababa de humanizar y sujetar el corazón de uno de los hombres más feroces de la Italia. Era mujer al fin, y, por horroroso que fuese el homenaje, se dirigía a su vanidad, que en su sexo (perdonadme si lo digo) rara vez es despreciado; pero, por otra parte, ¿cómo Laura, poseída de la más ciega pasión por su joven esposo, hubiera podido olvidarle en el amor de su mismo asesino? Esta composición con su honor, con sus sentimientos era imposible. Dompareli, pues, estaba reducido a suspirar sin esperanza; y este monstruo alevoso, que había sumergido el acero homicida en el seno de las mujeres más interesantes, por la primera vez derramaba lágrimas, se prosternaba de rodillas, avergonzaba y hacía rabiar a sus compañeros con tan impropias debilidades.

Mientras que, como nuevo Celadón, suspira junto a la insensible Laura, el marqués de Giacomeli se había restablecido de sus heridas, que parecieron mortales y por ellas se le creía muerto; y después de haber excitado la tibieza del gobierno a vengar de una manera ejemplar los crímenes de Dompareli, después de haberse apoyado sobre todo lo que la fama había publicado sobre los atentados que nuestro jefe de ladrones había cometido en su palacio de Módena con la persona del conde de Silos y otros mil delitos más execrables, marcha hacia el castillo encantado a la cabeza de doscientos hombres de infantería y ciento cincuenta caballos, persuadido de que con estas fuerzas lograría destruir no sólo a Dompareli y toda su banda, sino el castillo de fondo en colmo.

Lo primero que hizo fue asegurar todas las avenidas de esta guarida, colocar sus puestos y asegurarse de que nadie pudiese escapar. Después, en lo más alto de los árboles del monte, hizo poner una bandera en la que se podían leer distintamente estas dos palabras: Amor, esperanza. Este era un anuncio consolador para la desgraciada Laura, que afortunadamente pudo leerlo desde sus ventanas y conocer al momento con la más viva emoción que su valiente esposo estaba inmediato. El Marqués no perdía un instante día y noche por asegurar su victoria, reconquistar el objeto adorado de su amor y arrancarle del poder de un malvado. En esta situación tan alarmante, los facinerosos, reunidos en la sala de sus crímenes al rededor de la silla de Dompareli, al que apretaban las rodillas como su único libertador, le piden sus órdenes, atacados todos de un terror mortal; y al momento Frantzeli, su fiel Frantzeli, abriendo las puertas de la sala con todas las demostraciones de terror, anuncia a su jefe que ya están colocadas las obras contra el castillo, que muchos infantes se acercan al puente levadizo y que otros están formando escalas en el monte inmediato para verificar el asalto... A todas estas demostraciones de inquietud y de temor, Dompareli, pareciendo muy animado y protegido por el espíritu infernal, les habla en estos términos: «Hombres vulgares, ¿podéis imaginaros un momento que Dompareli ha triunfado hasta aquí sólo por los medios comunes y conocidos de todos?... Sabed, débiles átomos, que sólo con una palabra, con una señal, puedo yo reducir todo eso a la nada; que me es tan fácil desplomar las bóvedas de este castillo como pulverizar con una mirada a los enemigos que se atreven a sitiarme.» Después de tan arrogante arenga, sigue con esta imprecación al espíritu infernal: «Ven, pues, sombra protectora del poderoso Asmodeo, introduce en mi seno un rayo de] fuego de tus ojos, y mátame con este puñal antes que sufrir sea humillado uno de tus protegidos en esta ocasión.»

A esta invocación impía se estremecieron las columnas de la sala del crimen, un olor de azufre sucedió al terrible y redoblado trueno, y la hoja del puñal de Dompareli se prolongó más de una mitad, arrojando mil chispas y produciendo el ruido que se oye al sumergir un hierro ardiendo en el agua; sobre la hoja del puñal se leía: Por veinte y cuatro horas invencible. «Ya lo veis, exclamó entonces nuestro héroe; los infiernos me favorecen, y yo triunfo del genio del bien.»

Este suceso efímero no debía ser de larga duración, como las demás prosperidades pasajeras del crimen; mas, sin embargo, este último esfuerzo del genio del mal no dejaría de producir grandes desastres, como sucede frecuentemente en el mundo, cuando lucha contra el tribunal de Themis y el santuario de la virtud.

Dompareli, pues, sintiendo correr por sus venas un fuego corrosivo, y en su corazón y en su espíritu penetrar llamas infernales, parece un demonio poderoso que nadie podrá vencer en adelante. Manda a Frantzeli hacer la prueba en él introduciéndole su espada en el pecho. Frantzeli obedece estremeciéndose; pero esta misma espada se dobla, se quiebra como una débil caña sobre una muralla de bronce. Sus ojos despiden rayos; son los del basilisco que mata con sus mortales miradas, y con una sola señal hace salir de todas partes mil fantasmas, mil máquinas, mil trampas homicidas.

El primer sentimiento de este monstruo, hijo de los demonios, fue de ensayar su nueva magia en el corazón de Laura; pero el infierno, que tanto poder tiene para el crimen, no le ejerció ahora en el amor: Laura fue siempre inflexible, colocada en una de las troneras de su aposento, amenazaba darse la muerte con su puñal, si Dompareli daba un solo paso para acercarse a ella. Sus fuerzas habían tomado nuevo vigor al aspecto de la preciosa señal de Giacomeli, y Dios y su inocencia la inspiraban las mayores esperanzas.

En medio de estos acontecimientos interiores, se oye un clarín por debajo del puente levadizo del castillo: es el Marqués que, lleno de valor y de audacia, precedido de un trompeta parlamentario, desafía a Dompareli a batirse solo con él. Todos los facinerosos reprueban este desafío imprudente; pero su jefe, con una sonrisa desdeñosa, manda que bajen el puente levadizo, y dejan entrar al marqués de Giacomeli. Éste, inaccesible al miedo, teniendo siempre a su querida Laura por móvil de todas sus acciones, entra en el castillo, y ni el ruido de las cadenas, ni el aspecto sanguinario y los restos pútridos de cien cadáveres mutilados, hechos cuartos por aquellos tránsitos horrorosos, le impidieron entrar intrépidamente en una grande y sombría sala abovedada, que no se hallaba alumbrada más que por los ojos inflamados de un búho.

Giacomeli en nada repara, nada le intimida ni detiene, y si alguna cosa puede trastornar sus sentidos, es la voz de su querida Laura que le parece oír: aquellos gemidos penetrantes que salen de su boca son los que despedazan su corazón. Apenas se halla en medio de esta sala abovedada, aparece, como bajo el poder de una hechicera protectora, un magnífico sillón de oro y una gran mesa con una comida elegantemente servida. «No vengo yo aquí a buscar obsequios ni fantasmagorías, exclama furioso Giacomeli, vengo a dar la muerte al más infame de los malvados o a recibirla de su mano.» A este nuevo desafío, Dompareli se presenta solo, sin armas, si no es el puñal de brillantes que nunca quitaba de la cintura. «¿Qué quieres tú, joven imprudente?, dice al Marqués con un tono soberano. ¿Quieres medirte conmigo? No, mi gloria no necesita de ese pueril triunfo, y yo desprecio laureles tan fáciles.» Esta declaración insultante enfurece más al Marqués, y, creyéndose dispensado de todas las leyes de la hospitalidad por el rapto de su esposa, no escucha ya más que su justa venganza; se considera también autorizado a vengar en este día las cute;, joven imprudente?, dice al Marqués con un tono soberano. ¿Quieres medirte conmigo? No, mi gloria no necesita de ese pueril triunfo, y yo desprecio laureles tan fáciles.» Esta declaración insultante enfurece más al Marqués, y, creyéndose dispensado de todas las leyes de la hospitalidad por el rapto de su esposa, no escucha ya más que su justa venganza; se considera también autorizado a vengar en este día las leyes, la patria, la humanidad entera; y sacando sus pistolas de la cintura, las descarga a un tiempo sobre el pecho de Dompareli... Los ecos repiten con un estruendo horroroso la detonación multiplicada en todas las cavernas del castillo: pero Dompareli, el invulnerable Dompareli queda en calma, con la sonrisa en los labios, en medio de las nubes de la pólvora que se disipan con un soplo que da; y, presentando en sus manos al Marqués las balas que ha lanzado sobre su pecho a boca de cañón: Toma Giacomeli, le dice; procura hacer en adelante mejor uso de tus armas, y desiste de la temeridad de atacarme.» El Marqués, lleno de confusión y no pudiendo comprender este prodigio, se retiró desesperado; pero lo que más destrozaba su corazón sensible era la idea de no poder arrancar de los hierros de aquel malvado a su adorable esposa Laura: al pasar el puente levadizo vio a muchas de sus centinelas luchando con dragones volantes, asaltados por serpientes enormes; y, en fin, vio con el mayor dolor que por todas partes sus tropas eran víctimas de un encanto infernal. Sin embargo, es inútil que sus oficiales le aconsejen abandonar una expedición tan peligrosa y dejar a la Providencia la suerte de la desgraciada Laura: Giacomeli, lejos de ceder a estas razones especiosas, no ve más que un triunfo efímero en todos estos prestigios, y las leyes divinas le dan en su corazón la seguridad de que la equidad sola debe quedar victoriosa.

Se limita, pues, a retirarse en la espesura del monte con su tropa y a no hacer nuevas tentativas sino pasadas veinte y cuatro horas, para dejarla tomar aliento. Éste era casualmente el término del poder de Dompareli, término del que su imprudencia y falsa confianza no le habían permitido hacer atención. Apenas doraban la cima de los árboles los primeros rayos de la aurora cuando Giacomeli, reuniendo y disponiendo sus tropas para un asalto general, se avanza el primero con una furiosa intrepidez hacia el puente levadizo; llena los fosos de fajina y, tomando una escala, sube el primero con la espada en la mano a lo alto de las murallas. Esta resolución dio valor a los soldados que, perdido ya el miedo a los encantos, penetraron furiosos en todas partes del castillo. El único temor de Giacomeli era que su querida Laura no fuese la primera víctima de su victoria, y que aquellos monstruos no se vengasen con su muerte; pero el genio del bien velaba sobre ella, y ella misma, habiendo hecho una escala de cuerdas, se había desprendido de las ventanas que daban al campo de los sitiadores. Ya Frantzeli y la mayor parte de los forajidos habían mordido la tierra. Dompareli, solo contra todos, semejante al viejo roble que en vano los vientos pretenden arrancar de la tierra, se bate como tigre rabioso, a pesar de verse ya cubierto de mortales heridas; al Marqués solo correspondía derramar su sangre odiosa: hizo fuego sobre él y le dividió el corazón con tres balas. Ganada ya esta victoria, su primer sentimiento fue precipitarse en la prisión de Laura; pero ésta, animada de la venganza, electrizada por la felicidad de volver a ver a su esposo, no había querido hallarse lejos del ataque y corría a partir los peligros de su marido, quien la estrechó en su seno con los más vivos transportes de ternura. No habiendo escapado ningún asesino a la justicia de los hombres, el Marqués, ante todas cosas, hizo sacar del castillo todos los tesoros que se hallaron en los subterráneos; mandó colocar el cuerpo de Dompareli sobre unas angarillas y, dando orden de tocar retirada, volvió a tomar con toda su gente la posición de su campamento, después de haber hecho volar el castillo con unos barriles de pólvora. Tomadas estas disposiciones, cogió una hacha, y por su mano fue cortada la cabeza de Dompareli, de sobrenombre Bocanegra, y la hizo elevar en la punta del árbol más alto para que el pueblo y los viajeros viesen el castigo ejemplar de uno de los facinerosos más temibles de la Italia, que había infundido tanto terror por el pacto que había hecho con su impotente protector Asmodeo. Dompareli, pues, sufrió la pena del talión.

Su puñal mágico, que los más intrépidos de sus soldados no se atrevían a mirar sino temblando, despojado ya de todos sus prestigios, no era un talismán peligroso: Themis le había quitado el encanto homicida que tantos estragos había hecho en manos de aquel monstruo, y con una sola mirada había reducido a la nada aquellas potencias infernales que por tanto tiempo se habían eludido de su justicia.

De este modo la Italia, libre ya de aquel azote, respiró un aire más puro que el que el crimen había infestado con su aliento emponzoñado. Giacomeli y sus compañeros de gloria fueron grandemente recompensados por el Príncipe; y si el terror que habían infundido Dompareli, el jefe de la Banda Negra, y la mujer de cera no se disipó en mucho tiempo, tampoco se habló jamás sin recordar la acción heroica del libertador que destruyó a este monstruo vomitado por los infiernos.
, el jefe de la Banda Negra, y la mujer de cera no se disipó en mucho tiempo, tampoco se habló jamás sin recordar la acción heroica del libertador que destruyó a este monstruo vomitado por los infiernos.

Agustin Pérez Zaragoza Godinez (1800- )



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El resumen del cuento de Agustin Pérez Zaragoza: Dompareli Bocanegra (Dompareli Bocanegra) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

warlord dijo...

Heroes,siempre necesarios para dar lo justo



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