El reclamador de Pompeya.

-Si, querido. El Pulpo para acá a la vuelta. -declaró, lacónico, un mozo del bar La flauta dulce, cerca del cabarulo La quena picarona, en Pompeya.
-¿Y cómo lo ubicamos? -interrogó el profesor Lugano- ¡Señas, mi amigo, necesitamos señas!
Aquí el mozo se inclinó sobre nuestra mesa para darle mayor intimidad al asunto.
-Al Pulpo lo ubican fácil: siempre suena una especie de música cuando anda cerca.

Salimos. Lugano se quejó de su próstata. Entramos. Volvimos a salir. Caminamos hasta el puente Alsina, donde el profesor pensaba recoger información sobre el paradero de Alcides Dámela, AKA el Pulpo, AKA el Asfixiador, AKA el Sobador, AKA el Reclamador del sur.

Las correrías de este personaje siniestro no nos eran desconocidas. Ya en San Cristóbal habíamos tenido la ocasión de entrevistar a Felisa de Rottencul, quien nos advirtió sobre los peligros de cruzarse con semejante esperpento. El modus operandi de Dámela era sencillo: agotaba a las damas hasta convertirlas en espectros irreconocibles, las consumía con una serie interminable de reclamos, que eventualmente derivaban en la completa aniquilación de sus concubinas.

Cerca del puente nos aguardaba Isabel Dos Puntos, una veinteañera de pasado libertino que ahora se dedicaba a la callomancia (lectura de callos y sabañones). Tras un examen meticuloso de durezas pédicas, nos puso al tanto del perfil psicológico de nuestra presa. Al parecer, hasta 1981 Dámela era un tipo normal. Se ganaba la vida honradamente en una fábrica de cordones, siendo el encargado de colocar las puntas plásticas de los mismos. Su ascenso en la cadena alimenticia empresarial fue meteórico. En 1983 ya era jefe de planta, luego supervisor, y dos años después adquirió su propia fábrica, dedicada al montaje de glandes y escrotos de silicona en diversos adminículos sexuales importados del Paraguay.

Aquí comenzó la pesadilla. Dámela perdió todo contacto con la realidad, vinculándose con zonas astrales bajas, incluso con católicos y testigos de Jehová. Comenzó a reclamarlo todo. Nada le satisfacía, nada saciaba su apetito voraz. Necesitaba dominar, poseer, adquirir como fuese la voluntad de sus personas cercanas. Pero su rasgo más aterrador era aquella ansiedad insensata por quebrar a las mujeres.

Una vez seducidas, las damas caían en lo que luego se denominó por los escolásticos El círculo de Dámela. Primero reclamaba atenciones desmedidas, como recibir puntualmente la cena o asumir descaradamente que el lavado de camisas y rompevientos recaía en el género femenino. Luego solicitaba informes precisos sobre cualquier tema, llegando a imprimir una tabla en donde se cronometraban los tiempos hasta la panadería. Sus novias (Porque hay que aclarar que estos ejemplares suelen ser atractivos durante un tiempo, que varía entre un mes y la vida), por amor, o acaso por aburrimiento, se sometían temporalmente a estos arranques estratégicos. Pero la tragedia ocurría, inevitablemente, cuando ellas decidían abandonarlo.

Una vez planeada la huída, las damas en cuestión descubrían que habían perdido algo, que no eran las mismas. El lento y pausado asedio de Dámela se revelaba en toda su maquiavélica eficacia. Las mujeres ya no tenían voluntad. De este modo transitaban una existencia oscura, como el resplandor de las estrellas detrás de las nubes, o el del sol que se demora sobre los párpados cerrados, conservando algo del brillo original, pero siempre oculto, amortajado.

Así se consumían hasta que Dámela, hastiado, buscaba otra presa. Aclaramos que las mujeres abandonadas recuperaban, después de un tiempo, su vitalidad, llegando incluso a la ilusión de cierta felicidad, que no se diferencia en nada a la verdadera felicidad.

Los rumores después del año 2000 hablaban de un Dámela renovado, aputazado, como afirmaba Lugano. El nuevo siglo había ampliado su capacidad digestiva: ahora también se la lastraba.

Nos acercamos a la esquina que el mozo nos había señalado. Simulando una falange griega amputada, avanzamos.

Entonces una sombra, una silueta espantosa y calva, se asomó detrás de un árbol. Dos grietas ambarinas destellaron en la penumbra, y una música, una melodía malsana e inhumana, comenzó a sonar mientras la figura se acercaba.

Este artículo prueba nuestra huída. El profesor Lugano luego escribiría una emotiva égloga en donde se narran los avatares del escape, cuyo título es Rajando hasta Cnel Bonorino.

Esto fue lo que escuchamos aquella noche: El himno infame de Alcides Dámela, el Reclamador de Pompeya.



Más misterios miserables.

2 comentarios:

Maika Duvnj'ack dijo...

Al llegar a la parte que habla de "lavar rompevientos" mi mente se quebro ante tanto espanto y no pude seguir leyendo...jjejejeejejeje...=P

Aelfwine dijo...

No te culpo, Maika. Fue un momento realmente aterrador... :P



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