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Balada de Veronica y el padre Martin.

Nos llega un curioso poema y una leyenda:

El espectro alcoholizado del padre Martín urdió sus versos en la penumbra del confesionario. Algunos entusiastas afirman que su fama es injusta, incluso que su ordenamiento sacerdotal es dudoso. Pero lo cierto es que el poema fue escrito en la solapa de su sotana, y que fue rigurosamente estudiado por el clero.

Nosotros preferimos callar sobre los detalles sórdidos de esta aventura, o como bien nos ha sugerido una joven (fervorosa políglota que actualmente padece del síndrome de cuyo), simplemente relajar.

Y relajados nos retiramos sigilosamente, en puntas de pie, a pesar de que nuestros miembros (all of them, diría nuestro cura) se estremecen al evocar la magia diminuta, ínfima, acaso inexistente, de estos versos.


Balada de Verónica y el padre Martín.

Vanos peregrinos erosionan la montaña,
Elementos partidos que no cobran forma,
Roja se hunde la tarde cuando ella retorna;
Ocaso árido, en tus ojos hecho mañana.

Nunca sabremos el nombre, aquel secreto
Indiferente de las sílabas que surgen y mueren,
Como el aire que asaltó tus labios un jueves,
Ahora inmóvil, de estos versos apenas un velo.

Ícono silencioso, monte injusto, ladrón sincero
Corriendo infantilmente en el gris de la ciudad,
Orgullosas lágrimas lejos de toda eternidad:
Nunca sabremos tu nombre, sólo que es verdadero.

Yace el escándalo apagado de las voces,
El palpitar nocturno de la plaza;
Llenando mis torpes alabanzas,
Palabras que se astillan como entonces

Astilladas caían las conversaciones.
Duerme ahora el pobre escenario,
Recuerdo el hastío, el arrebato precario
En donde lo escrito quebró sensaciones.

Música sobre tus besos robados a medias,
Asfalto que aturdía estos oídos,
Ritmos que torcían los sonidos,
Trémula noche de tus besos dados a medias.

Insensato noctámbulo que soñabas con escribir cantos,
Nunca pensaste que el verbo muere al tocar sus labios.



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1 comentarios:

Anónimo dijo...

"El verbo muere al tocar sus labios".

Y esa si no es una verdad divina, es, siquiera y en el rigor divino de un pecado, una confesión universal.

Bellísimo y deliciosamente ignoto.