«Las manos de mármol»: Bernard Capes; relato y análisis


«Las manos de mármol»: Bernard Capes; relato y análisis.




Las manos de mármol (The Marble Hands) es un relato de terror del escritor inglés Bernard Capes (1854-1918), publicado originalmente en la antología de 1915: Los fabulistas (The Fabulists).

Las manos de mármol, uno de los grandes cuentos de Bernard Capes, es un relato corto y espeluznante sobre dos niños que ven algo extraño en un cementerio: una tumba muy particular, adornada con dos manos de mármol con un significado misterioso.

SPOILERS.

El narrador y su amigo, Heriot, entran al cementerio de noche. Mientras caminan entre las lápidas, Heriot se detiene y le pide al narrador que vaya a mirar una tumba en particular y luego le cuente lo que ha visto. Esa tumba no tiene lápida, sino un par de manos de mármol, tan blancas y relucientes como si fueran reales, tanto que el narrador, por un momento, siente que son manos vivas que salen de la tumba.

Inquieto, el narrador corre de vuelta con Heriot, y le dice que las manos de mármol todavía están allí. Recién entonces Bernard Capes cuenta la historia de la tumba: es el lugar de descanso de la tía de Heriot, una mujer obsesionada con sus manos, a las que consideraba la parte más hermosa de su cuerpo; de hecho, las hizo fotografiar y luego esculpir en mármol. Sin embargo, había algo perverso en esa actitud. Su deseo era tener esas manos de mármol en su tumba una vez que estuviera muerta, y así sucedió (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Su esposo volvió a casarse y su nueva esposa exigió que quitaran las manos de mármol. Pero cuando Heriot visitó la tumba vio que las manos todavía estaban allí. No estaba seguro si era su imaginación, o si las manos en realidad habían sido restituidas a su lugar. Por eso le pidió al narrador que fuera a revisara la tumba.

Las manos de mármol de Bernard Capes es un cuento breve, tanto que extenderse en un análisis más detallado constituye una especie de profanación a su sencillez. Extraño es la palabra que mejor lo define.




Las manos de mármol.
The Marble Hands, Bernard Capes (1854-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Dejamos nuestras bicicletas junto a la pequeña verja y entramos en el antiguo patio de la iglesia. Heriot me había dicho que francamente no quería venir; pero en el último momento, prevaleciendo en él algún sentimiento, o solo la curiosidad, había cambiado de opinión. Sabía indefinidamente que había algo desagradable en las asociaciones del lugar, aunque siempre se había referido con cariño al familiar con el que se había quedado aquí de niño. Quizás ella yacía debajo de una de estas losas verdes.

Caminamos alrededor de la iglesia, con su aguja achaparrada y sus tejas. Era absolutamente pacífico, aquí, en la cima de la pequeña ciudad donde comenzaban los campos florecientes. Los huesos de la colina eran huesos de muertos, y su carne era hierba. De repente, Heriot me detuvo. Nos encontrábamos entonces al noroeste del presbiterio y una penumbra de árboles inmóviles nos cubría con su sombra.

—Me gustaría que vayas hasta allí un momento —dijo—, y regreses y me digas qué viste.

Señalaba hacia una pequeña bahía formada por un muro bajo, cuyo suelo verde estaba oculto a nuestra vista por las ramas gruesas y un par de tumbas interpuestas, enormes, en forma de cofre y encerradas entre rieles. Su voz sonaba extraña; había una mirada «hundida» en sus ojos, para usar la frase de un jugador. Lo miré un momento, seguí la dirección de su mano; luego, sin decir palabra, me agaché bajo las densas ramas, di un largo rodeo al terreno y llegué a una tumba solitaria.

Yacía allí, completamente sola en la bahía escondida, algo extraño, fantástico y espantoso. No había lápida, solo una losa de mármol biselado, sin nombre ni epitafio, encerraba un espacio de grava del que sobresalían dos manos. Eran de mármol blanco, ligeramente salpicado de verde, y transmitían en ese lugar silencioso y solitario una sensación de realidad sumamente curiosa, como si realmente hubieran salido, mortal y seductor, de la tumba de abajo.

La impresión creció en mí mientras miraba, hasta que pude haber pensado que se movían sigilosamente, conscientemente, revolviéndose en el suelo como para saludarme. Era absurdo, pero... me volví y regresé apresuradamente a Heriot.

—Todo bien. Veo que todavía están allí —dijo; y eso fue todo.

Sin una palabra más abandonamos el lugar y continuamos nuestro camino.

A millas del lugar, tendido en un lado soleado, con cientos de ovejas a nuestro alrededor cortando la hierba caliente, me contó la historia:

—Ella y su esposo vivían en la ciudad en el momento de mi primera visita, cuando yo tenía siete años. Eran conocidos por la tía Caddy, a quien no le agradaba la mujer. A mí no me desagradaba en absoluto, porque, cuando nos conocimos, me convirtió en un favorito. Ella era una cosita bonita, frívola y superficial; pero de verdad, lo sé ahora, con un lado abominable.

»Ella era excesivamente vanidosa de sus manos; y de hecho eran las cosas más hermosas, más suaves y modeladas que las de un niño. Solía hacerlas fotografiar, en cincuenta posiciones diferentes; y una vez fueron exquisitamente hechas en mármol por un escultor, un amigo suyo. Sí, esas fueron las manos de mármol que viste. Pero eran manos crueles, a pesar de toda su belleza. Había algo perverso e inmundo en la forma en que las miraba.

»Murió mientras yo estaba allí, y fue conmemorada por su propio deseo explícito de la manera que viste. Las manos de mármol serían su único epitafio, más elocuentes que las letras. Deben preservar su nombre y la tradición de su rasgo más exquisito hasta épocas más remotas de las que podría alcanzar cualquier inscripción desmoronada.

»Y así se hizo.

»Esa fantasía no era popular entre los feligreses, pero no me dio ningún escrúpulo infantil. Las manos estaban modeladas de manera realmente hermosa, y las originales me habían acariciado a menudo.

»Nunca tuve miedo de ir a mirarlas, brotando como apio blanco del suelo.

»Me fui y dos años después estaba visitando a tía Caddy por segunda vez. En el transcurso de la conversación me enteré de que el marido de la mujer se había vuelto a casar —una señora perteneciente al lugar— y que las manos habían sido retiradas poco tiempo atrás. La nueva esposa se había opuesto a ellas —por alguna razón quizás no difícil de entender— y habían sido desarraigadas por orden del marido.

»Creo que lo sentí un poco, las manos siempre me habían parecido algo personal, y, en la primera ocasión que se me ofreció, me escabullí solo para ver cómo se veía la tumba sin ellas. Recuerdo que era un día cerrado y deprimente, y el cementerio estaba muy silencioso. Inmediatamente, agachándome bajo las ramas, vi el lugar. Comprendí que la tía Caddy había hablado prematuramente. Las manos no se habían retirado, sino que estaban en su antiguo lugar y actitud, luciendo como si estuvieran extendidas para darme la bienvenida. Me alegré; y corrí, me arrodillé y bajé mis propias manos para tocarlas. Eran suaves y frías como carne muerta, y se cerraban acariciando las míos, como invitándome a tirar, a tirar.

»No sé qué pasó después.

»Quizás había estado enfermo todo el tiempo por la fiebre que se apoderó de mí. Hubo un período de horror y vacío, de mucosidades arrastrándose, llenas de gusanos y huesos agitados, y luego, por fin, la bendita luz del día.

Heriot se detuvo y se sentó a arrancar el pasto fresco.

—Nunca supe —dijo de repente— qué otras experiencias se sincronizaron con la mía. Pero el lugar de alguna manera ganó una reputación asombrosa, y las manos de mármol fueron retiradas. La imaginación, sin duda, puede jugarte una mala pasada.

Bernard Capes (1854-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Bernard Capes.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Bernard Capes: Las manos de mármol (The Marble Hands), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

No queda claro que de siniestro tiene la mujer, quien ha tratado bien al amigo del personaje narrador.

Poky999 dijo...

Evaluando las manos de mármol, son un elemento que no logran generar el aspecto siniestro, quizás el ambiente en este cuento breve, jugó una mala pasada.



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Análisis de «En la cripta» de Lovecraft.
Relato de David H. Keller.
Análisis de «El Templo» de Lovecraft.

Consultorio paranormal.
Tierra Media.
Relato de Henry Hasse.