El olor de los libros de la tía Ernestina


El olor de los libros de la tía Ernestina.




Las novelas de terror editadas en los años '70 tienen un olor particular. Algunos huelen a pulpa de madera podrida, a cartón húmedo, con un dejo ácido, superficial, que hace que se te seque la lengua y que probablemente haga que tengas que secarte los ojos antes de la página cinco (ver: El secreto del olor de los libros viejos).

Pero los libros de mi tía Ernestina tenían un olor singular debajo de esos olores. Una fragancia subyacente, profunda, densa. No podría definirla exactamente, pero hoy la recuerdo como una mezcla de olor a piel bronceada, té (mucho, en cantidades industriales), y quizás un toque de esmalte de uñas.

Ernestina andaría por los cuarenta años a finales de los ’80. Muy bien llevados, probablemente porque era soltera, y en ese entonces las presiones sin dudas eran considerables. A Ernestina no parecía importarle demasiado, pero siempre estaba arreglada. Exageradamente, según mi madre.

Los sábados a la tarde nos cuidaba en su casa, a mi y a mi hermana. Nos dejaba jugar en el patio sin demasiados condicionamientos mientras hiciéramos silencio a la hora de la siesta. Pero, ¿cuánto puede un chico de doce años jugar con su hermana menor antes de buscar otros intereses más ambiciosos?

La biblioteca de Ernestina era el mío.

No era exactamente una biblioteca, sino más bien un mueble enorme, repleto de portarretratos, botellas cubiertas de polvo, recuerdos de viajes, y una buena cantidad de libros apilados sin un orden aparente.

La mayoría de estos libros tenían títulos sugestivos, pero el arte de tapa me hacía sentir que su lectura conformaba algún tipo de delito. Los hombres en esas ilustraciones siempre parecían estar al acecho. Las mujeres, escapando de algo.

El olor de esos libros era intoxicante. Sin haber leído ni uno solo, hasta entonces, podría haber reconocido cada uno de los libros de la tía Ernestina por su olor.

Cuando visitábamos a la tía con mis padres, algo que no ocurría regularmente, notaba cierta incomodidad en presencia de aquellos libros. Mi padre siempre les daba la espalda, aunque solía arrojarse vorazmente sobre cualquier biblioteca desconocida. ¿Acaso los había leído ya? No lo sé. ¿Quién sabe lo que realmente leen los padres? Mi madre, en cambio, a veces se llevaba una de estas novelas clandestinamente. La tía Ernestina la deslizaba cuidadosamente en la cartera de mi madre mientras mi padre estaba distraído.

Un sábado, mientras la tía Ernestina dormía la siesta, decidí aventurarme en uno de sus libros. Tomé uno al azar: El ente (The Entity), de Frank De Felitta. Trataba sobre una mujer cuya casa es invadida por una entidad sobrenatural que la obliga a tener relaciones, o que la golpea salvajemente (a menudo en ese orden), dependiendo de su estado de ánimo (ver: Encuentros calientes con fantasmas y espíritus).

Aun entonces advertí que era una buena idea pobremente ejecutada, pero esa lectura —y el olor, ¡Dios! ¡El olor de ese libro!— me hicieron abandonar definitivamente los juegos en el patio. Cuando la tía dormía la siesta, yo leía.

Recuerdo haber leído auténticos esperpentos como Sátiro (Satyr), de Linda C. Gray; Íncubo (Incubus), de Ray Russell; y el que más me impresionó de todos: El visitante nocturno (The Night Visitor), de Laura Wylie.

Entonces, mientras la tía dormía (cada tanto me asomaba a su habitación para verificarlo) leí la historia de Nina y Martin Gerard, una pareja que se muda desde Italia a un edificio de Nueva York donde viven dos lesbianas, Elva y Tracy, aficionadas al tablero ouija, donde además el doctor Kaufman realiza observaciones científicas sobre las prácticas onanistas de su hija, Helga, y donde Halley y Vince, una pareja de idiotas, disfrutan encamándose en todos los espacios públicos del edificio.

Sabemos todo esto porque hay una entidad en el edificio, un Íncubo, que observa de cerca a todos los inquilinos. Cuando las lesbianas tienen una sesión de espiritismo, él aparece y hace que Helga irrumpa en el departamento y se toque frenéticamente delante de ellas. Además, influye en un artista mediocre, Steven, para que pinte verdaderas abominaciones, no tan escandalosas como los arrebatos del doctor Kaufman, que pasa de estudiar a su hija a convertirse en un completo degenerado con ella. Por suerte, esas actividades son descubiertas por la esposa del doctor, quien le destroza el cráneo con una pequeña estatua.

En medio de este caos aparece un sujeto llamado Isaaic, que es un antropólogo retirado pero que en realidad bien podría ser considerado un incubólogo, ya que parece saberlo todo sobre este tipo de entidades. Es él quien resuelve el motivo del comportamiento extraño, cuando no directamente delictivo, de los inquilinos del edificio.

Parece que, mientras estaban en Italia, los Girard tuvieron un pequeño altercado con su vecina, una condesa, quien desencadenó la sexualidad de la señora Girard a través de un objeto mágico y, de paso, mantuvo encuentros ilícitos con su esposo. Esta condesa, lo sabemos al final, es en realidad un demonio, un íncubo (raro, porque los demonios femeninos suelen ser súcubos), con más de un milenio de experiencia seduciendo a personas incautas y llevándolas a cometer toda clase de atrocidades.

Finalmente, Isaaic derrota a este espíritu diabólico arrojando al río aquel objeto mágico, que la condesa entregó a la señora Girard en Italia, mientras tiene una gran erección.

Todas estas cosas leí, y de algún modo cambiaron mi forma de ver a la tía Ernestina. Cuando vacié su biblioteca, cuando terminé de leer cada una de sus novelas amarillentas, cuando fui capaz de reconocer cada título por su olor, empecé a aventurarme cada vez más en su habitación mientras dormía la siesta.

Me gustaba sentarme en un rincón y mirarla, y a veces algo más que eso. Por pudor, o tal vez por una sutil comprensión de la imaginación de un muchacho, creo que ella simulaba que dormía. Había algo hipnótico en su forma de girar sobre las sábanas, de destaparse, de permitirme ver, en la penumbra, ese delicado juego de intermitencias (ver: La sutil atracción de las intermitencias).

En ese entonces ni siquiera sospechaba una posible simulación. Creo que la imaginaba soñando algunos de esos argumentos truculentos, quizás con aquellas lesbianas que conversaban abiertamente sobre la diversidad de género mientras mantenían sesiones de espiritismo juntas, cuando no estaban participando de algún exorcismo multiétnico que, lamentablemente, las terminó curando de su desviación.

Me gustaba sentarme, decía, y mirar a la tía Ernestina mientras dormía la siesta; y desde entonces, creo, comencé a prestarle más atención en otras situaciones. Me gustaba verla charlando con mis padres sobre asuntos banales, como la política o la situación económica del país, sabiendo lo que ella también sabía, habiendo leído lo que ella había leído.

Ernestina murió unos diez años después. Todavía joven, todavía atractiva. Me quedé con sus libros. Ya tenía edad suficiente como para que nadie lo objetara.

Todavía los conservo, alrededor de treinta libros en un estado calamitoso. Los mantengo lejos de la biblioteca, en una caja bien cerrada. De vez en cuando, algunos sábados especialmente melancólicos, la abro con la excusa de limpiarlos. Entonces los huelo, no mucho, solo apenas, lo suficiente como para encontrar aquel estado emocional, el contorno de aquellos sábados a la tarde. Me gustar recorrer esas páginas amarillentas y luego sentarme a escribir con el olor de la tía Ernestina impregnado en los dedos.




Diario Éxtimo. I Taller Gótico.


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2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que interesante la biblioteca de la tal Ernestina, las temáticas que prefiere. Y que interesante Ernestina, toda una sugestiva mujer.

Luciano dijo...

Tu tía Ernestina, de alguna mandera, te había iniciado en los misterios.



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