«El demonio de las serpientes»: Farnsworth Wright; relato y análisis


«El demonio de las serpientes»: Farnsworth Wright; relato y análisis.




El demonio de las serpientes (The Snake Fiend) es un relato de terror del escritor norteamericano Farnsworth Wright (1888-1940), publicado en la edición de abril de 1923 de la revista Weird Tales.

El demonio de las serpientes, quizás uno de los cuentos de Farnsworth Wright más destacados, relata la historia de Jack Crimi, un sujeto oscuro, perturbado, que decide asesinar a sus dos mejores amigos, Marjorie y Jimerson, cuando éstos dos entablan una relación de pareja.

Ahora bien, Crimi está obsesionado con las serpientes. Ya de pequeño mostraba una fuerte e inexplicable inclinación por este tipo de criaturas, de manera tal que su venganza, para resultar satisfactoria en su retorcida mente, es planeada cuidadosamente para que sus víctimas sean mordidas decenas de veces, sin posibilidad de escapar.

Uno de los aspectos más interesantes de El demonio de las serpientes es la forma en la que Farnsworth Wright, probablemente de manera intuitiva, establece la idea de que la crueldad con los animales, a temprana edad, puede ser el rasgo de un futuro psicópata en la adultez. Algo de eso le sucede a Jack Crimi, como decíamos, un sujeto sumamente perturbado, cuya personalidad incluso asume algunos rasgos típicos de las serpientes que tanto venera.

El demonio de las serpientes de Farnsworth Wright no es un gran relato; de hecho, su final es abrupto y predecible desde el momento en que conocemos el plan del asesino, sin embargo, también posee algunos rasgos muy interesantes para los amantes del género.




El demonio de las serpientes.
The Snake Fiend, Farnsworth Wright (1888-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli)

Incluso cuando era niño, Jack Crimi se deleitaba coleccionando reptiles, y parecía absorber gran parte de su naturaleza venenosa. Su mascota más querida era una gran serpiente negra; pero cuando esta intentó atacarlo mientras se arrastraba hacia la habitación de su padre, la asó a fuego lento en una olla grande, escuchando con alegría su silbido agonizante, empujándola hacia el fondo con un palo cuando el animal se esforzaba para salir de ese infierno abrasador. No es de extrañar, entonces, que su ardiente amor por la chica de sus sueños se transformara en un odio feroz cuando se convirtió en la novia de otro.

El sentimiento de Crimi por Marjorie Bressi fue despertado por su belleza italiana, que le recordó a su madre. Podría haberse enamorado de cualquier otra chica con la misma facilidad, si se lo hubiera propuesto. A fuerza de compararla con la foto de su madre, concibió una gran admiración por ella: luego quiso poseerla, ser su amo y señor, casarse con ella. Mirándola todos los días con este pensamiento en su mente, su admiración se convirtió en una pasión ardiente. De todo esto no le dijo nada a Marjorie, y luego fue demasiado tarde.

Marjorie amaba, y fue amada por Allen Jimerson, un joven ingeniero civil. Crimi simplemente aceptó el hecho y meditó en la venganza. Él era todo sonrisas, hasta en su boda, y les dio un regalo que estaba más allá de lo que razonablemente podía permitirse, mientras planeaba derrumbar su felicidad.

Después de una corta luna de miel, Jimerson partió con su esposa para asumir sus deberes como ingeniero residente de algunos trabajos de construcción en el Ferrocarril Occidental. Crimi, cuyo rostro resplandeciente de amistad y buena voluntad, fue el último en abrazar a Marjorie cuando el tren salió de la estación.

—Escríbeme a menudo, Marjorie —fue su mandato de despedida—. Envíame una carta tan pronto como te instales y avísame cómo te va. No quiero perder el contacto con ninguno de ustedes.

Y lo decía en serio.

A Marjorie le gustaba el apuesto joven italiano de aspecto varonil, y le quería inmensamente como amigo, aunque nunca había estado familiarizada con él. Tan pronto como se instaló en su nuevo hogar, le escribió una larga carta, contándole sobre el trabajo de su esposo, la desolación del país desértico y la extraña novedad de su vida. Ella y su esposo ocuparon una cabaña juntos, aparte de las literas del campo de construcción, en la región del norte de California, no lejos de la frontera con Nevada.

El corazón de Crimi dio un salto de júbilo mientras leía la carta de Marjorie.

—La zona está infestada de serpientes de cascabel —decía la carta de la muchacha—. Las rocas desnudas del desierto, en la cresta, a unas cuatro millas de nuestra cabaña, están repletas de ellas. ¡Ugh! Se asolean en masas enredadas, dice Allen, pero realmente no puedo acercarme al lugar. Ya tengo suficiente con las serpientes. Las estamos matando constantemente en el campamento. A excepción de un buscador ocasional, no había nadie para matarlas antes de que llegaran los topógrafos. Los indios nunca molestan a las serpientes, sino que las dejan en paz.

Crimi marcó estas líneas con tinta roja, palabra por palabra, como para repetirlas en su memoria, y dibujó pequeñas imágenes de serpientes en el margen.

Quemó la firma de Marjorie con ácido, observando cómo las letras que se desvanecían, y obteniendo una satisfacción salvaje al ver que el papel se pudría. Luego entregó la carta a las llamas. Al igual que cuando había asado su serpiente negra, años antes, ahora observaba cómo la misiva se convertía en cenizas, lentamente, página por página.

Jimerson y Marjorie no esperaban su llegada, pero fue, sin embargo, bienvenido, ya que a ambos les gustaba el italiano amable y cordial. La vida al borde del desierto tenía pocas distracciones en el mejor de los casos. Los ojos de Crimi se iluminaron con genuino placer al ver a sus posibles víctimas. La alegría en ambos lados fue sincera.

—No, este no es un viaje de placer —les explicó—, aunque espero obtener suficiente placer antes de irme. He pasado de coleccionar reptiles a estudiar sus hábitos. Tengo la intención de escribir una monografía sobre serpientes de cascabel. Cuando recibí tu carta. Marjorie, sabía que no podía hacer nada mejor que venir aquí. Espero conocer muy bien esa cresta sobre la que escribiste, donde las serpientes toman el sol en masas enredadas.

Marjorie se estremeció y Crimi se echó a reír.

—Bueno, no traigas ninguna de tus serpientes por aquí —dijo ella—. Cada vez que escucho un ruido afuera de la cabaña siento escalofríos.

Crimi se construyó una pequeña cabaña a una milla de los Jimerson, en dirección a la cresta de la serpiente de cascabel. Adornó la vivienda con buen gusto, y la mano hábil de Marjorie le dio un encanto claramente femenino a su apariencia. Naturalmente, también se convirtió en un visitante frecuente en la cabaña de los Jimerson, y tarde, de noche, les leía con su voz melodiosa y bien modulada. A veces jugaban a las cartas hasta altas horas de la noche.

Parecía disfrutar mucho de la compañía de Marjorie y su esposo, y su rostro siempre se iluminaba al verlos, especialmente cuando estaban juntos. Pero fue la alegría de un niño que ve las manzanas madurar para él en el árbol de su vecino y sabe que pronto estarán listas para que las arranque. Estaba más feliz cuando meditaba su espantosa venganza. A medida que sus preparativos se acercaban a su fin, a menudo pasaba horas enteras regodeándose sobre el atroz destino reservado para la pareja. Porque Marjorie, al amar a Jimerson, le había despertado celos enfermizos, locos, y Jimerson, habiéndole robado el deseo de su corazón, le infundía un odio feroz.

Cuando, una noche, la pareja se encontraba en la cabaña de Crimi, Marjorie expresó su horror ante el pensamiento de Crimi deambulando entre las rocas infestadas de serpientes de la cresta. El cazador de serpientes la sentó en una caja que contenía un nudo retorcido de reptiles venenosos.

Marjorie, serenamente inconsciente, hablaba alegremente, y la risa de Crimi se escuchaba a intervalos regulares. Estaba de un humor jovial esa noche, porque estaba listo para lanzar la trampa mortal preparada para sus dos amigos. Solo esperaba una oportunidad favorable para atacar.

La oportunidad llegó cuando el cocinero de los topógrafos, enloquecido por el mal whisky, destrozó la cocina. Jimerson lo despidió, y el cocinero murmuró amenazas de una venganza horrible.

—¡Cállate! —ordenó Jimerson—. Esta es la tercera vez que has sido impertinente como una serpiente, y ahora has destrozado la cocina. Debería enviarte a la cárcel, o a un manicomio.

—Eres tú quien verá las serpientes —farfulló el cocinero—. Tú y esa esposa italiana tuya verán muchas de ellas: rojas y verdes, y...

Jimerson lo golpeó en la boca y lo envió de regreso. Esto fue durante la noche. El dibujante y un sujeto llamado Rodman fueron a la ciudad al día siguiente para contratar a un nuevo cocinero, mientras que Jimerson y Marjorie visitaron las aguas de Feather Creek. Era domingo y tenían la intención de pasar el día allí.

Crimi rechazó su invitación para acompañarlos. Era la temporada de muda, explicó, cuando las serpientes estaban cambiando sus pieles. No podía permitirse perder un día de observación en este momento, ya que tenía varios puntos desconcertantes que aclarar antes de escribir su monografía.

Crimi caminó sin miedo, de roca en roca, de la cresta del cascabel, riéndose para sí mismo, entre las enredadas masas de serpientes.

Al mediodía, el pequeño grupo de cabañas ocupadas por los ingenieros estaba desierto. Marjorie y su esposo se habían ido desde que salió el sol, y los topógrafos estaban en la ciudad. Ni un alma se agitaba en el vecindario de las chozas, y los hombres de la construcción estaban en su mayoría tumbados o jugando a las cartas. Crimi trabó rápidamente las ventanas de la cabaña de Jimerson. Luego entró y aseguró la cama al suelo para que no se pudiera mover. Llevaba laboriosamente sus cajas de serpientes desde una milla de distancia, o más. Las escondió en un barranco detrás de las cabañas de los topógrafos.

Marjorie y su esposo regresaron de su paseo al anochecer, muy cansados. Ella cocinó una cena ligera, y a las diez en punto los dos estaban dormidos. Crimi entró en la cabaña hacia la medianoche. Dormían tan profundamente que ni siquiera encontró necesario amortiguar sus pasos. Quitó las sillas, los zapatos, la ropa, e incluso el espejo de mano y los artículos de tocador. Todo lo que podría servir como un arma, sin importar cuán leve sea, se lo llevó.

Luego sacó sus serpientes del barranco, las colocó frente a la cabaña, y golpeó la parte superior de la caja más grande. En la audacia de su cierto triunfo, arrojó la masa retorcida de serpientes de cascabel en la cama donde Marjorie y su esposo dormían.

Las otras cajas se vaciaron rápidamente y se retiró. No deseaba pisar las serpientes venenosas. La venganza nunca se satisface si la retribución supera al vengador, y Crimi no deseaba compartir el destino de sus víctimas.

Cerró la puerta desde el exterior y la trabó. Luego sacó las cajas que contenían las serpientes y regresó a su cabaña. Se durmió pacíficamente.

Marjorie se despertó con los primeros rayos del sol y abrió los ojos perezosamente. Su corazón saltó repentinamente a su garganta, y estuvo completamente despierta en un instante. La cabeza plana y rechoncha de una serpiente de cascabel se arrastraba por su pecho.

Sus ojos pequeños y brillantes estaban fijos en su rostro, y su lengua roja parpadeaba ante ella como una llama bifurcada. Por un momento pensó que todavía estaba soñando, pero los contornos familiares de la habitación se perfilaron en su conciencia, y supo que lo que veía era real.

Su chillido rasgó el aire, mientras tiraba la ropa de cama y saltaba al suelo. Pisó una serpiente enroscada, que sonó como una advertencia ominosa cuando la golpeó a ciegas.

Rápidamente se subió a la cama y se paró sobre la almohada, gritando. Su esposo estaba a su lado, súbitamente incorporado, tratando de comprender el significado del torrente histérico de palabras que su esposa estaba sollozando en sus oídos. Por un momento pensó que debía estar en medio de una horrible pesadilla. Luego, una rápida mirada de sorpresa por la habitación convirtió su sangre en hielo.

Ahora había un traqueteo continuo, como de hojas secas que soplan contra una pared de piedra, porque los gritos de Marjorie habían activado a las serpientes. La sala se llenó de un estruendo de silbidos encolerizados. Sonó en los oídos de Jimerson como el estallido de la fatalidad. El suelo parecía cubierto de reptiles. Algunos estaban enrollados, las puntas zumbantes de sus colas haciendo un borroso zigzagueo mientras se sacudían, y sus cabezas se balanceaban lentamente de un lado a otro. Otros se retorcían por el suelo, sus venenosas cabezas rechonchas empujaban hacia adelante y se retiraban, y sus lenguas salían proyectadas como llamas rojas.

En la cama había un movimiento debajo de la colcha arrojada y la fea cabeza gris de una serpiente gruesa de cuatro pies sobresalía por debajo, sus ojos malvados brillaban tenuemente, como a través de una película de polvo. Se soltó y se enroscó como para atacar, mientras Marjorie se encogía temerosamente contra la pared, con los ojos muy abiertos de horror.

Jimerson atacó al reptil con una almohada y lo barrió de la cama al suelo. Rápidamente buscó un arma a su alrededor y vio de inmediato que estaba atrapado. Ni siquiera había un zapato o un alfiletero con el que luchar contra las criaturas reptantes. Trató de mover la cama hacia la ventana pero estaba firmemente sujeta al suelo, y en sus esfuerzos por soltarla fue mordido en la muñeca.

Jimerson arrojó al reptil a través de la habitación y saltó al suelo maldiciendo. De casualidad, aplastó a una gran cascabel con el talón. Luego corrió hacia la puerta y luchó con ella durante un minuto antes de descubrir que él y Marjorie estaban encerrados en ese nido de serpientes.

Saltó hacia la ventana y sintió una punzada de dolor en la pantorrilla. Un par de colmillos venenosos quedaron incrustados profundamente en la carne. La ventana, como la puerta, estaba trabada, pero logró romper el cristal con los puños desnudos. Sin pensar en la sangre que brotaba de sus manos laceradas, regresó a la cama, pisando reptiles con los pies descalzos. Marjorie yacía en la cama, inconsciente.

La levantó con manos sanguinolentas y la arrojó a través de la ventana a un lugar seguro. Maniobró como pudo, pasando su pierna mordida entre los pedazos de vidrio que aún quedaban en el marco de la ventana. Finalmente se apoyó, débil y mareado, contra el exterior de la cabaña justo cuando tres de sus topógrafos llegaban corriendo, atraídos por los gritos de Marjorie.

Con palabras casi incoherentes, les contó lo que había sucedido. Les pidió que hicieran una búsqueda inmediata del cocinero despedido, porque no había duda en la mente de Jimerson de que había sido él quien había colocado las serpientes en la habitación. Entonces el cielo se volvió repentinamente negro ante sus ojos, y perdió el conocimiento.

En ese momento Crimi estaba despertando de un sueño pacífico. Recordó lo que había hecho la noche anterior y reflexionó sobre lo que debía estar ocurriendo en la cabaña de Jimerson.

Una sucesión fantasmagórica de imágenes surgió en su mente: Marjorie y su esposo peleando con las manos desnudas contra las serpientes, mordidas varias veces por los colmillos enojados de las cascabel, aferrándose el uno al otro, en pánico, hundiéndose en el suelo agónicamente mientras el veneno inflamaba sus miembros torturados, y, finalmente, yaciendo verdes y azules, con serpientes arrastrándose y silbando sobre sus cuerpos sin vida.

Es notable cómo pocas personas mueren a causa de las mordeduras de serpientes de cascabel, incluso cuando fueron tantas veces mordidas como Jimerson. Probablemente no haya una víctima adulta entre cien que sucumba ante el veneno, aunque la creencia popular, equivocada, considera que el veneno de serpiente de cascabel es tan fatal como la poción de los Borgia.

Jimerson había conocido demasiados casos de mordeduras de serpientes para creer que su alivio no tenía remedio. No se rindió, ni murió, ni trató de envenenar su sistema con whisky. Sabía que su condición era grave, pero dejó descansar a su cuerpo, cubrió las heridas con barro, y esperó. El sangrado de la pierna había eliminado casi por completo el veneno, y había poca hinchazón. El dolor de su muñeca hinchada, sin embargo, aumentó. Le impidió dormir y el tono verde enfermizo de la picadura lo angustió. Pero no lo mató.

Aunque Crimi, observador cuidadoso de los reptiles, compartía la ilusión popular de que la mordedura de una serpiente de cascabel condena inexorablemente a la víctima. Por lo tanto, estaba seguro del éxito de su venganza, y su regocijo ni siquiera estaba empañado por una sombra de duda. Solo esperaba la alegría suprema de conocer los detalles de su éxito para sentir la emoción exultante de la victoria completa.

Mientras Crimi se sentaba, solo, dos días después de esa horrible mañana, Jimerson cojeaba lentamente hacia su cabaña. Su mano hinchada todavía le dolía, y sentía un dolor sordo en el tobillo, pero pensó que el aire fresco lo beneficiaría.

Apoyándose en un bastón, y fuertemente en Marjorie a veces, fue dolorosamente hacia la casa del joven italiano en el desierto. Ni una sola vez su sospecha había apuntado a Crimi como autor del ataque, porque la culpa del cocinero loco parecía demasiado clara en su mente. Además, le gustaba Crimi por su genial camaradería, su jovialidad, su buen humor, su franco interés en todo lo que le preocupaba a él o a Marjorie.

El demonio de las serpientes estaba tan fascinado reproduciendo los tormentos de sus víctimas ante su imaginación que no escuchó el golpe en la puerta de su cabaña. Su cerebro estaba demasiado ocupado celebrando las torturas físicas y mentales que Jimerson y Marjorie debieron haber soportado antes de morir sobre el frío suelo de su cabaña, horriblemente descoloridos por el veneno de las serpientes de cascabel.

Gradualmente, se dio cuenta de que no estaba solo. Dos personas se pararon ante él. Levantó los ojos con ansiosa anticipación, para alimentar su espíritu vengativo con la historia que había esperado dos días para escuchar.

Incluso cuando miraba a aquellos a quienes había enviado a una muerte horrible, la idea de que estaban vivos no penetró en su conciencia. La idea del fracaso nunca había entrado en su mente ni por un instante. Estaban muertos, sin duda alguna, y ahora, sus fantasmas vengativos estaban ante él.

Crimi cayó de rodillas, pálido, y se arrastró detrás de su silla. Se frotó las manos en una especie de agonía. El sudor brotó de su rostro y bañó su cuerpo. Imploró misericordia. Gritó por perdón. Gimió como un simio asustado. Palabras en italiano, medio olvidadas, aprendidas en la falda de su madre, cayeron de sus labios. Suplicó y rogó por su vida, arrastrándose, reptando hacia la asombrada pareja en un esfuerzo por abrazarse a sus rodillas.

A medida que el significado de sus balbuceos fue cobrando sentido para la pareja, un odio y un asco mortal los vencieron. Marjorie se aferró a su esposo, desconcertada ante la repulsiva visión del cobarde malicioso que se arrastraba por el suelo y trataba de besar sus pies.

Crimi chilló y se mordió las manos al ver a los ángeles vengativos de sus víctimas salir de la cabaña. Era imposible para la mano de la ley infligir un castigo mayor a Jack Crimi de lo que su propia malicia había forjado para él. Hoy ocupa una celda acolchada en un hospital psiquiátrico.

Farnsworth Wright (1888-1940)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli)




Relatos góticos. I Relatos de Farnsworth Wright.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Farnsworth Wright: El demonio de las serpientes (The Snake Fiend), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Me parece un final efectivo. Lo tenía merecido.
Gracias por la traducción.

Emmett dijo...

Hallé bastante entretenido el cuento. No me esperaba el final.



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