Dios sediento: Margaret St. Clair


Dios sediento (Thirsty God) es un relato de terror de la escritora norteamericana Margaret St. Clair, publicado en la edición de marzo de 1953 de la revista Fantasy and Science-Fiction, y firmado bajo el seudónimo Idris Seabright.

Dios sediento es una especie de fábula galáctica sobre el abuso y el castigo. La historia se desarrolla en el planeta Venus, sede de las criaturas más extraordinarias, desde humanos amorales a seres intergaláticos con severos problemas de comportamiento.




Dios sediento.

Thirsty God
, Margaret St. Clair (1911-1995)


Brian cabalgaba briosamente cuando, al crepúsculo, llegó al santuario. Había reventado dos monturas desde el día anterior, y a pesar de su marcha los Hrothy, aullando como una manada de derviches, estaban muy cerca. Se alzó sobre los estribos y miró angustiadamente hacia atrás.Sí, dentro de cuarenta segundos, aproximadamente, les parientes de Megath estarían a tiro de ballesta. Si lo atrapaban, lo colgarían por los tobillos y le dispararían unas aguzadas flechas que le harían agonizar dos o tres días antes de morir. Se estremeció. La entrada de la capilla estaba a oscuras y no resultaba muy alentadora, pero estaba casi seguro de que los Hrothy la respetarían por su carácter sagrado, y el santuario le parecía, por su inexperiencia en tales cuestiones, una capilla semejante a las que punteaban la superficie del segundo planeta. Era una suerte que la hubiese encontrado. Saltó del ruano y se hundió en la oscuridad.

Los Hrothy atraparon al animal cincuenta segundos después. Era fácil adivinar dónde estaba Brian. Se contemplaron mutuamente en silencio. El tío de Megath, que había sido el más ansioso en la persecución, lanzó una corta risotada. Los hombres fueron desmontando sin hablar. Los Hrothy consideraban que Brian, por su violación y subsiguiente abandono de Megath, acababa de cometer un pecado imperdonable. En realidad, no les importaba tanto la violación de la joven como el abandono cuando se cansó de ella. A esto se oponían rotundamente. Iba en contra de sus costumbres. Deseaban que el violador aceptase para siempre a su víctima. Pero pensaban, por los relatos que habían leído y por sus experiencias, que si Brian permanecía en el interior de la capilla doce horas, sus ansias de venganza quedarían satisfechas. Megath quedaría vengada. Silenciosamente, los hombres de la tribu se sentaron en semicírculo delante de la capilla.

Brian, atisbando desde el interior, se sintió a la vez asombrado y aliviado. Había temido que recogiesen la hierba que crecía a la orilla del fangoso río y tratasen de ahumar el sagrado recinto. Y todo ese ajetreo, por culpa de una mujer cuya piel era decididamente purpúrea. Bien, por lo visto, contaban con que se muriese de hambre. Acarició los tubitos de pastillas alimenticias que llevaba en el bolsillo y sonrió. También tenía un frasquito. Tendrían que esperar largo tiempo. Continuaron en silencio - los Hrothy eran naturalmente ruidosamente emocionales -, y el silencio comenzó a molestarle. Los acechó dubitativamente una vez más. Pero al parecer respetaban la santidad de la capilla. No tenía por qué preocuparse..

Retrocedió unos pasos hacia el interior. Estaba muy oscuro. El suelo parecía estar hecho de barro resbaladizo. En realidad, se trataba de un plástico resistente a la humedad pero Brian no lo sabía. Vaciló y se tendió en el suelo. Estaba agotado. Quería mantenerse despierto, en guardia, pero la fatiga lo rindió. Al cabo de diez minutos estaba profundamente dormido. Tan pronto como su respiración regular dio la señal, los rayos sonda comenzaron a actuar sobre él. Le tomaron el pulso, la. frecuencia respiratoria, la consumición de oxígeno. Un paño se deslizó bajo su axila y tomó una muestra del sudor para el análisis. Cuando empezó a roncar, otro paño entró momentáneamente en su boca abierta. Y cuando estuvo completamente dormido, una diminuta aguja hipodérmica le extrajo una gota de sangre del lóbulo de la oreja. Sobre la muestra se llevó a cabo una refinadísima técnica de electroforesis. La noche se hallaba muy avanzada cuando las sondas completaron su diagnóstico. En cierto sentido, Brian las intrigaba. Fisiológicamente, se hallaba muy lejos de lo acostumbrado. Pero allí yacía, escasamente dentro del limite de variación permisible. El mecanismo de los rayos sonda estaba ya un poco desgastado. Después de una pausa casi humana, las instalaciones de acondicionamiento de la capilla comenzaron a actuar sobre él.

Los Hrothy, fuera en la noche oscura, aguardaban con un silencio de lobos. No era el carácter sagrado de la capilla lo que respetaban, sino su competencia como factoría. Brian se despertó por fin. Tenía la impresión de que había transcurrido mucho tiempo, y aunque esto no era cierto cronológicamente, sí lo era fisiológicamente, ya que le habían sucedidos muchas cosas mientras dormía. La idea del tiempo transcurrido le alarmó ¿Qué estuvieron haciendo los Hrothy durante su sueño? Todavía adormilado, corrió a la puerta de la capilla y miró afuera. Los Hrothy estaban sentados igual que antes, en cuclillas y en torno a la penumbra que formaba un leve cono de luz delante de la capilla, envueltos en sus capas brillantemente coloreadas. Intentaban esperar hasta que el hambre le hiciese salir de la capilla. Brian lanzó una burlona risita y volvió al interior del santuario. Cuando giró sobre sí mismo, su cabeza chocó penosamente y de manera inesperada contra el dintel de la entrada.

Por un momento, el dolor físico oscureció el significado de lo sucedido. De sus ojos surgieron unas lágrimas de dolor y lanzó una maldición. Después, el significado del incidente se le apareció claro de repente. Acababa de tropezar contra el dintel de la puerta. Pero la primera vez, el dintel estaba dos o tres palmos, al menos, más arriba de su cabeza. Levantó la mirada. Su negro y lustroso cabello rozaba el techo. ¿Qué diablos...? ¿Qué le había ocurrido? ¿Había crecido, era más alto que antes? Por un momento pensó que padecía una fiebre alucinatoria. En Venus abundaban y la idea del crecimiento era característica de un par de ellas. Además, tenía sed y sentía un extraño calor. Contemplóse las manos. Los puños quedaban sólo a unos cuatro dedos de los codos. A menos que se tratase de una alucinación muy persistente... No podía ser la fiebre. No se sentía febril, sólo sediento y acalorado. Bien, había tomado varias vacunas contra todas las epidemias endémicas de Venus antes de salir de Dyndimene. No cabía duda; había crecido durante la noche.

La idea, cosa rara, no le alarmó. Más bien se sentía complacido. Por un momento, pensó en salir atrevidamente de la capilla y causar un gran estrago entre los Hrothy. Les enseñaría a molestar a un hombre que medía dos metros y medio... no, más, casi tres metros de estatura. Pero eran unos veinte y poseían gran cantidad de flechas. Era preferible no salir. Además, se sentía somnoliento y letárgico, sin ganas de pelear. No podía imaginarse qué le había sucedido, aunque no le importaba. Decidió sentarse en el suelo y tomar un trago de agua del frasco. El recipiente de plata parecía muy pequeño en sus enormes manos. Bebió hasta la última gota de líquido y luego arrojó el frasco con petulancia. Era agua, sí, pero él no deseaba agua. Lo que necesitaba era algo más denso. Cruzó las piernas y se recostó contra la resbaladiza pared. Cerró los ojos, pensando que ello le ayudaría a pensar. Pero poco después volvía a estar dormido.

Esta vez se despertó cuando caía la tarde. Llovía intensamente. Sin moverse de postura, miró hacia fuera, notando distraídamente que tenía la espalda envarada. Los Hrothy se hablan marchado. No se veía ni uno solo boñiga. Probablemente sería una trampa. Debían hallarse escondidos por el entorno. O tal vez hubieran regresado al poblado en busca de refuerzos. Brian sonrió. No se dejaba engañar fácilmente. Decidió levantarse. Trató de moverse. No pudo. Bien, estaba entumecido por la mala postura. Tenía dormidas las piernas. De nuevo le dio la orden al cuerpo. Tampoco ocurrió nada. Brian se humedeció nerviosamente los labios. ¿Estaba paralítico? ¿Qué le pasaba? Empezó a estar asustado. Y fue entonces cuando entró el plunp. El plunp era el más raro de los naturales de Venus. Algunos obreros que lo habían estudiado insistían en que su extraña apariencia escondía una rica y singularmente variada vida espiritual. Otros etnólogos lo negaban apasionadamente y afirmaban que sus leyendas de la creación y sus figuras tótem mostraban la vacuidad de su vida espiritual.

Fuese como fuese, los plunp no producían buena impresión. Poseían una piel gris y correosa, largas mandíbulas con feroces colmillos y crueles ojos amarillentos. No llevaban ropa, ni siquiera una hoja de parra. Y olían como ranas. Éste penetró en el santuario Y se detuvo delante de Brian. Esbozó un gesto con una mano; tanto podía tratarse de un saludo solemne, o bien simplemente de un «hola» familiar. Contempló calculadoramente a Brian e inclinó la cabeza. Abrió la especie de coco que llevaba colgando de un largo sarmiento en torno a su cuello. Brian estaba interesado. No podía hacer nada y la llegada del plunp tenía que significar algo. Contempló a aquel ser con extremada repulsión (los plunp no son bellos), mientras sacaba un pellizco de ungüento amarillento del coco y se lo pasaba por todo el cuerpo. Después, comenzó a girar lentamente delante de Brian, con sus retorcidos brazos, de piel untuosa, extendidos adelante.

Casi tan pronto como el ungüento amarillo tocó la piel del plunp, Brian se sintió extrañamente excitado. Era como la intensidad de un impulso sexual, pero no había nada sexual en su mando imperioso y frío. Era como si todas las miríadas de su cuerpo tuviesen sed, sed individual, una rara sed del ungüento amarillo y la humedad de la piel del plump. El agua del frasco de Brian no era bastante densa para satisfacer su sed. Aquella humedad, sí. Experimentó como un aura, una proyección de sí mismo. No era un caso de voluntad consciente; incluso cuando realizó el contacto inmaterial con el plunp, se resintió de ello. Era sed, sí, pero le parecía que al deshidratar al plunp estaba realizando un servicio íntimo, sometiéndose a una odiosa familiaridad con un ser que le repugnaba odiosamente. Un íntimo contacto, por muy impalpable que fuese, con un plunp... ¡Se odió a sí mismo! Pero no podía hacer nada por impedirlo. (El paralelismo entre este impulso y lo que él le había infligido a Megath se le escapó. Y aunque lo hubiese observado, no le habría edificado. No era un hombre que se edificase fácilmente.)

El plunp continuó girando lentamente volviéndose primero a un lado y luego al otro, hacia la intoxicante sequedad que Brian sentía emanar de su persona. Brian llegó a pensar que su actitud era la de un devoto hacia un dios, un dios muy servicial. Sus ojos amarillentos estaban cerrados; su untuosa piel parecía estar más arrugada y resbaladiza a cada momento, a medida que la deshidratación de los tejidos iba en aumento. Su afilado rostro tenía una expresión de repulsiva dicha. De haber podido moverse, Brian habría vomitado. Era odioso. Un odioso servicio ejecutado por un ser odioso. Y resultaba autodestructivo, pese a la necesidad de humedad de Brian. Era como si Brian, en su nuevo cuerpo, no estuviese a gusto. En su contacto con el plunp, era como una planta que, a falta de azufre en el suelo, se ve forzada a absorber selenio. Era como si estuviera envenenándose a sí mismo.

En esta suposición, Brian estaba acertado. La capilla no era una capilla. Anteriormente había sido una factoría. Fue originalmente destinada por los biólogos del cuarto planeta a ayudar a los colonos del segundo planeta a reajustarse al avasallador y húmedo ambiente de Venus. Existen dos formas de batallar con la humedad. Una es ser impermeable, como lo son las plumas de los patos. Los marcianos probaron este sistema y no les gustó. Se sentían desfallecer en el húmedo calor de sus cuerpos impermeables. Por lo tanto, adoptaron segundo sistema, que es gozar del agua, vivir en el agua corno las ranas. Esta solución significaba una adaptación fisiológica mucho mayor, pero los marcianos quedaron mucho más satisfechos. Una vez adaptados, continuaron absorbiendo agua a través de sus poros, agua que extraían del húmedo ambiente, usándola en su metabolismo y exhalando de nuevo aire seco. Había cierto grado de selección en el proceso. Podían elegir entre varios objetos para la extracción del agua, los marcianos vivían felices con este sistema, aunque en la estación de sequía padecían cruelmente, - lo mismo que cuando regresaban a Marte a pasar sus vacaciones - Pero Brian, no era marciano, y las sondas estaban estropeadas y desequilibradas por el mucho tiempo transcurrido desde que los últimos marcianos abandonaron Venus. Por esto con él era diferente. Para el plunp, él era un dios deliciosamente higroscópico. Para sí mismo, era un hombre maldito.

El plunp se marchó por fin, con la piel colgándole en grandes pliegues. Se tambaleó ligeramente al trasponer el umbral, como si estuviese bebido, Brian le vio marchar por entre la cortina de lluvia. Dejó el coco en la capilla. No podía moverse; ni siquiera agitarse. Tenía la espalda completamente envarada. No sabía cómo lograba respirara pero estaba seguro de una cosa: no volvería a extraer agua de ningún otro plunp. Si volvía a estar sediento tendría que impedirlo de algún modo. ¿Pero cómo? No lo sabía, pero aquella ignorancia no afectó su decisión. Inmóvil, mientras contemplaba la lluvia en medio de la creciente oscuridad, sintió surgir en su interior un hálito de esperanza. Era imposible lo que le estaba ocurriendo. No podía ser verdad. No podía durar eternamente. Más pronto o más tarde, alguien lo encontraría. Un recolector de plantas, un agente del Gobierno... Alguien. Todo lo que tenía que hacer era continuar vivo hasta entonces. Al día siguiente seguía lloviendo copiosamente. Brian recordó haber oído decir que en aquella parte de Venus la lluvia podía, durante la estación lluviosa, pasar de setenta centímetros en veinticuatro horas.

A mediodía del día siguiente volvió el plunp. Brian había podido saciar su ardiente sed gracias a la humedad del aire, y ahora tenía sus planes. Cuando el plunp, untado con la crema amarillenta, giró delante de Brian, éste se retiró dentro de sí mismo. Era como mostrarse sordo al estruendo del trueno, como negarse a ver una cegadora luz. No sabía cómo lo lograba, pero lo hacía. El plunp se detuvo. Se contemplaron mutuamente sin pronunciar palabra y luego él empezó a mover sus retorcidas manos. Brian sintió la caricia del triunfo en su interior; había vencido a la odiosa criatura. Y se sintió aún más victorioso cuando, después de otro silencio, el plunp desapareció. Pero al cabo de un momento llegaron varios, transportando un cofre de madera de agudas esquinas. (Los plunp no poseían suficiente habilidad como para fabricar tales objetos, por lo que traficaban para obtenerlos de los Hrothys, más civilizados.) Lo abrieron. En el interior se veía una pasta gelatinosa, rojiza, untuosa. Los plunp ya poseían suficiente experiencia de los dioses recalcitrantes.

El plunp cuya piel era más gris, colocó un poco de pasta en la punta de un palo. Cautelosamente, alargó el mismo hacia Brian. Lo movió atrás y adelante, a través del pecho del joven y debajo de su nariz. El resultado, para Brian, fue catastrófico. Le pareció que se volvía todo su ser de dentro afuera. Con odiosa, forzada rapidez, empezó a deshidratar al plunp de la piel grisácea. Era como caer interminablemente por un precipicio vertical, y sentirse mareado al mismo tiempo. Los plunp se marcharon por fin, al oscurecer. Desaparecieron, con unos pasos de baile y ejecutando gestos histriónicos para saludar a Brian. Éste los vio marchar, inmóvil. Ni siquiera podía temblar. La humedad aceptada de ellos a la fuerza, le había hecho engordar un tercio; asimismo, sentía una inmensa furia y un lamentable desamparo. Esta vez había sido diez... no, cien veces peor que la primera. Después de esto aceptaría la degradación con docilidad. Cualquiera cosa era mejor que verse obligado a ello.

Estuvo sentado toda la noche en un trance de horror. En ocasiones, no estaba seguro de quién, era. Sólo sabía que estaba sospechando algo que él mismo no habría resistido. Alguien había aprendido un pavoroso secreto respecto a Brian. Con la mente ofuscada esperó la llegada del nuevo día. Llovía menos y sólo compareció un plunp. El dios que era Brian pensó:

«Si sólo viene uno podré resistirlo. Ayer fue mucho peor».

Pero el día siguiente vinieron cinco, y después, dos, y más tarde, tres... y prosiguieron acudiendo cada día, cada vez más, a medida que avanzaba la estación y la lluvia se espesaba. Día tras día los Hrothys debían hallarse más que satisfechos. Brian odiaba a sus adoradores de ojos vidriosos con un odio que al principio era asesino y que después se tornó furor interno. De poder moverse, habría hecho cualquier cosa menos deshidratar a los plunps; tal vez se habría matado. Acariciaba interiormente todos los detalles de su autodestrucción. No estaba bien decidido si terminaría con su vida mediante el cuchillo, el fuego o un veneno corrosivo. Deseaba el medio que más le doliese.

Desde un punto de vista, su ingeniosa preocupación con los detalles de su muerte era una bendición. Ello le impedía padecer la aprensión o la ansiedad de su creciente degeneración física. Su masoquismo era genuino; cada nueva evidencia de fallo - visión torpe, mala audición, hinchazón permanente - lo recibía con deleite. Incluso podía recibir alborozado el servicio de deshidratación que los plunp requerían de él, puesto que era ésta la causa primordial de su degeneración. Esto, sin embargo, apenas se le ocurrió. La violencia a su ego era demasiado grande. Pasó el tiempo. Llovió a raudales. A veces, veinte plunps se hallaban en la capilla, girando como embriagados, inexpresivos sus rostros. Después, a medida que los días se fueron alargando, la lluvia comenzó a amainar. Hubo un día claro, luego otro y después dos seguidos. Llegaba el seco verano.

Los adoradores comenzaron a frecuentar menos la capilla, y cuando venían, no estaban mucho tiempo. La gradual sequía de los tejidos de sus cuerpos por el calor del verano no los intoxicaba; les tornaba soñolientos. Ya no estaban interesados en los dioses, en la higroscopia ni en el ungüento amarillo. En realidad, empezaban a sestear. Brian, al principio no se atrevía a creerlo. Pero cuando transcurrió una semana sin que se presentase un solo plunp para ser deshidratado, se sintió invadido por el mayor de los alivios. No habría más demandas. Los días eran ya más largos y brillantes. No habría más plunps. Después, a medida que el aire se tornaba más seco, Brian descubrió que empezaba a encogerse.

No se alarmó, pero sí se sintió intrigado. Permaneció inmóvil en su rincón, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo, pero cada día era más pequeño, más ligero, más seco, que el día anterior. Traspasó el punto de la estatura normal que tenía antes de que el mecanismo de la capilla lo cambiase, y siguió encogiéndose. Su piel comenzó a colgarle como a jirones. Y seguía encogiendo. No estaba alarmado..Su preocupación era una emoción vaga solamente. Y a medida que transcurría el tiempo, en sus ideas se producían grandes lagunas llenas de voluptuosa negrura. Lentamente comprendió que aquellas tinieblas mentales, aquella incesante y bienvenida aniquilación de su mentalidad, significaba la muerte. ¿La muerte? No las destrucciones agonizantes que había estado planeando, sino algo mucho mejor. Y se gozó en esta idea. Pero... (aún sentía cierta curiosidad)... ¿por qué?

Bien, supuso, los dioses no viven eternamente, y él se había esforzado hasta la extenuación al deshidratar a los plunps. Se había agotado por completo con esta operación, y la estación de sequía le estaba exterminando. Al año siguiente, los plunps - por primera vez en su agonía comenzó a reír -, al año siguiente los plunps tendrían que buscar otro dios. Al fin se sentó en su rincón, del tamaño de un muñeco. Ya no oía, veía ni sentía. Su mente se había detenido. Estaba reducido casi a la nada; sus brazos y piernas eran más pequeños que huevos de zurcir. Ya no existía Brian.

De haberle quedado una chispa de ego para efectuar una declaración, habría jurado que estaba muerto. Pero los plunps no corrían peligro inmediato de perder a su dios. Cuando llegara la estación de las lluvias, Brian despertaría de nuevo. Y una vez más se vería obligado a reemprender su forzado servicio hacia ellos. Como adorado, como dios, a Brian le quedaba aún muchos años de acción higroscópica en favor de los plunps. Pero ahora era verano. Sincronizando con el ciclo de sus adoradores, el dios de los plunps también sesteaba.

Margaret St. Clair (1911-1995)



Más relatos de Margaret St. Clair. I Relatos góticos. I Cuentos de terror.


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El resumen del cuento de Margaret St. Clair: Dios sediento (Thirsty God) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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