La noche del gran secreto: Jean Ray


La noche del gran secreto (La nuit du grand secret) es un relato de terror del escritor belga Jean Ray, publicado de manera póstuma en 1970.

El cuento fue firmado bajo un seudónimo: John Flanders, cosa habitual en Jean Ray. También el título del relato está sujeto a cierta confusión. Su forma original fue absorbida por la versión en inglesa del título, Drummer-Hinger.



La noche del gran secreto.

La nuit du grand secret, Jean Ray (1887-1964)

Era un milagro el que Harvey Simenson no estuviese borracho al contar su aventura. No era éste el caso cuando la vivió. Desde luego, él mismo admitía que estaba ebrio como un cosaco cuando vivió aquella espantosa experiencia.

Hacía ya mucho tiempo que el Ptarmigan había zarpado del puerto de Altona cuando llegué al muelle. Me dolía mucho la cabeza y aún me duraban los vértigos que me produjera la borrachera de la noche anterior. Aún podía ver el humo que salía por la chimenea de mi barco. ¡Los muy canallas! No habían tenido siquiera la delicadeza de esperar unos minutos y recoger a un compañero de tripulación, que sólo había cometido el pequeño pecado de pasar una buena noche en tierra después de haber navegado durante tantos días.

Lo primero que se me ocurrió fue matar al capitán, al piloto y al timonel apenas se me presentase la ocasión. Luego me fui a ver al cónsul, quien no sólo me echó a la calle como a un perro sino que, además, me aseguró que, si volvía a molestarlo, no sólo haría que me dieran una buena paliza, sino que avisaría a la policía para que me encerrasen una buena temporada a la sombra. «Otro miserable más de los muchos que hay en este cochino mundo», me dije a mí mismo mientras lanzaba un escupitajo sobre el umbral de la puerta de entrada al Consulado. No me quedaba ni un triste centavo. Me había gastado todo el dinero emborrachándome en Hamburgo. ¿Conocen ustedes Sankt-Pauli? Pues allí estuve a punto de estirar la pata, con la turca que pesqué vaciando botellas y más botellas.

Imagínense, mis queridos amigos, un flamante coche de nueve caballos. A lo mejor eran caballos de madera, pero esto no tiene ninguna importancia, ni viene al caso. Pues bien, fue en un chisme como ése donde me harté de beber Sekt y Berenfang hasta llenar esta bodega que tengo por estómago. ¿Saben lo que es el Berenfang? Una maravillosa bebida hecha con excelente miel y alcohol. ¡Tan buena que no me importaría que me llevasen al mismo infierno, a cambio de un buen barril de ella! Y tan suculenta que, después de cada sorbo, uno tiene la impresión de que va a caerse de la silla tieso como un muerto.

-Limítate a los hechos, charlatán -exclamaron todos los que le estaban escuchando.
-¡Era la introducción! -respondió Simenson-. Después de todo, en todos los librejos hay unos preliminares como éstos. Y mi historia vale tanto como un librejo.

Cuando no se tiene un céntimo en el bolsillo y el barco en que uno va enrolado se ha largado, dejándole a uno en tierra, mientras en la mente las ideas se vuelven cada vez más lúcidas, decidme, amigos, ¿adónde se dirige entonces un hombre? Yo os lo diré: de diez probabilidades hay nueve de que se dirija a una estación de ferrocarril. ¿No están de acuerdo conmigo, eh, compañeros? Se sube uno al primer vagón que encuentra, escoge el compartimento con más cojines por todas partes y nos dejamos adormecer de un modo placentero por el movimiento monótono del tren en marcha. Y así continuamos, hasta que de pronto aparece un revisor y nos expulsa del vagón al llegar a la próxima estación, acompañando su gesto con una sarta de frases nada agradables. Pero, por fortuna, en mi caso, la estación en la que el revisor me echó del tren era realmente magnífica. Estaba iluminada como una piedra preciosa en el escaparate de una joyería, pero muy abandonada, sin un alma viviente, pues era de noche.

Entonces me hice el borracho, con el fin de no contestar a las posibles preguntas que pudieran hacerme dos empleados de la estación. Me fijé en que uno de ellos le dijo en voz baja a su compañero:

-Este ya está maduro para Drummer-Hinger.
-¡Cállate! Estas cosas no se pueden decir -le contestó el otro, que tenía una especie de quepis dorado sobre su orondo cráneo.

Luego se acercaron unos cuantos tipos bien rellenos de grasa, me cogieron como si fuera un baúl, y me metieron sobre el entarimado de un miserable tabuco.

-Aquí te quedas, amigote, y a ver si revientas de una vez -dijeron bromeando, mientras se alejaban dejándome solo en aquel inmundo lugar.

Fue entonces cuando el destino vino en mi ayuda. Me estaba muriendo de sed. A mi mente acudieron las deliciosas bebidas que había paladeado durante la víspera, es decir, el Sekt, el Berenfang y otros exquisitos licores. De repente oí el típico ruido de botellas al chocar unas con otras y la boca se me hizo agua. Seguramente será café, o té o algunas de esas repugnantes bebidas, me dije a mí mismo, mientras me apoderaba de una de esas botellas. Pero cuando la tuve en mi mano, quedé pasmado: ¡era Schnaps! Y de una calidad tan excelente, que me bebí toda la botella.

«Si alguno de aquellos tipos se da cuenta de que me he bebido su exquisito licor, estoy listo», pensé. Por fortuna, aún me quedaban las suficientes fuerzas como para huir del tabuco y salir corriendo, amparado por la oscuridad de la noche, a lo largo de las vías de ferrocarriles. Había recorrido una buena milla cuando tropecé con uno de los maderos; caí al suelo como un saco de plomo, y sentí un inmenso dolor en todos los huesos de mi esqueleto. Mi caída tuvo que producir ruido forzosamente. Además, creo que grité y lancé un juramento. Sí, debían haberme oído. Instantes después, alguien me enfocaba a los ojos con una potente linterna.

-Por favor, apague la linterna -dije-. Tengo la costumbre de dormir sin lámpara ni vela.
-¿Qué es lo que estás haciendo aquí? -me graznó una voz seca y desagradable.
-Aquí no estoy haciendo nada, y por eso ahora mismo me voy; sí, debo irme.
-¿Y adónde debe ir el caballero?

No sé exactamente cómo, pero en aquel instante me vino a la mente el nombre de Drummer-Hinger, y se lo dije en voz alta, casi gritando. Entonces observé que la linterna se movió un poco, como si la mano que la sostenía temblase.

-No hable tan alto, compañero -respondió el individuo con voz repentinamente dulcificada-. Le ruego que no hable, caballero. Pronto vendré a buscarle. El tren que sale para... en fin, usted ya sabe hacia dónde, no llega hasta aquí. Suele detenerse cerca de la señal roja que ve usted allí.

La luz de la linterna desapareció en la oscuridad de la noche, y otra voz, llena de compasión, me dijo:

-Comprendo muy bien que un hombre tan borracho...
«¿Pero qué es lo que aquí sucede? -me dije-. Debe ser un sueño.»
Me dirigí hacia los abetos, me senté en un lugar cómodo y, poco a poco, me quedé adormecido.
-¡Vamos...! Llegó el momento.

Me pusieron de pie, pues apenas tenía fuerzas en mis piernas. Me sentía tan débil como una jovencita. Luego aquellos individuos me arrastraron.

-Por mi parte, me podéis arrastrar así hasta el día de mi muerte, pues apenas tengo fuerzas para andar por mis propios pies -les dije.
-Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés dentro del tren.
-¡Ah..., sí! Es verdad. Voy a ver a Drum...
-Cierra la boca. ¿Cómo es posible que puedas hablar con tanta ligereza de una cosa tan importante? ¡Cualquiera diría que estás contento con el viaje!

Aquella voz era despectiva, pero no severa. Incluso llegué a percibir cierto deje de compasión en ella. La señal roja brillaba en la oscuridad. Delante de mí había un tren negro muy largo. Sin fuego, ni luces, esperando que llegasen los viajeros. De repente oí que se abría la puerta de un vagón. Instantes después me depositaban, con delicadeza verdaderamente maternal, sobre un montón de cómodos cojines.

-¡Gracias! ¡Gracias! -dije; pero ya no había nadie que pudiera escucharme.

La locomotora se puso en marcha con lentitud. Luego, se abrió la puerta de nuevo y una forma vaga y confusa se precipitó dentro de mi compartimento. El tren empezó a aumentar su velocidad con una especie de chirrido quejumbroso, y pronto quedé sumido en un profundo sueño. Cuando desperté, me sorprendí al comprobar la débil luz que reinaba en el compartimento. Un viejecito de pequeña estatura y mirada bondadosa, vestido como un burgués, se hallaba sentado frente a mí y me hacía señales de aprobación con su cabeza.

-Buenos días -le dije-. ¿También va usted a.., cómo era... a Drummer-Hinger?
-¿Cómo dice usted? -respondió, extrañado.
-Drummer-Hinger -volví a insistir.
-Se trata de un nombre muy extraño -respondió el anciano, moviendo dulcemente la cabeza-, No creo haberlo oído mencionar nunca en mi vida.
-¡Esto es el colmo! ¡Ya no hay quién pueda soportarlo! Que yo no lo sepa es muy lógico, pues cuando me metieron en este tren estaba más borracho que un cosaco.
-¿Estaba usted borracho? Pues bien, me alegro de haberle despertado. Y ahora, quisiera hacerle algunas preguntas sobre este extraño viaje.
-Pues está usted listo, ya que yo sé tanto como usted, es decir, no sé nada. Puede que...
-Verá usted; yo tenía que hacer este viaje, cosa que ya de por sí es ridícula y a la que no estoy acostumbrado, pues nunca he viajado en toda mi vida. Soy profesor, y no tengo esposa ni hijos que me impidan hacer lo que me plazca. Lo único que amo en este mundo son los libros, y dentro de éstos, aquellos relacionados con la autigüedad. Precisamente tenía que leer un magnífico libro de Encke. ¿Conoce usted a Encke?
-¿Encke? ¡Cómo no! Es el segundo oficial del Frauenlob. Un auténtico marrano. Aún no me ha pagado un dinero que le presté en cierta ocasión.
-Está usted equivocado, caballero -respondió el anciano-. Encke es un célebre historiador de la antigüedad. Pero, en fin, todo esto no tiene nada que ver oon el asunto. Lo que yo me pregunto es cómo he podido emprender un viaje en el momento preciso en que me disponía a leer una obra tan famosa. ¿Yo, viajando? No tiene sentido, no lo comprendo.
-Bueno, no es para tanto. Yo siempre estoy viajando de una punta del mundo a la otra y, sin embargo, no veo nada extraño en ello.
-¿Es verdad? -dijo el anciano, con un tono algo despreciativo-. Espere un poco; tengo que acordarme. Me dirigía a la clase a dar un curso sobre historia universal, cuando he aquí que recibí un fuerte golpe. Fue un autobús...
El anciano se calló de repente, adoptando una postura como si estuviera soñando despierto.
-Sí, fue una cosa muy extraña -suspiró al fin-, pues justo después de aquel accidente me entraron unas ganas locas de salir de viaje. Partí de inmediato. ¿Pero adónde me dirijo en este momento? Recuerdo que pedí un billete en la estación de ferrocarril, pero nada más, no me acuerdo de nada más. ¡Ay, Dios mío, no sé lo que me ocurre, ni lo que estoy haciendo en este tren! Por favor, ¿señor...?
-Harvey Simenson -le respondí, presentándome-. Cuando alguien quiere halagarme me llama capitán Simenson; pero se lo confieso con sinceridad, no soy capitán.
-Capitán Simenson, ¿sería tan amable de pronunciar una vez más ese nombre de extrañas sonoridades?
-Drummer-Hinger.

Entonces, de repente. se produjo un misterioso cambio en las facciones del anciano. Sus labios temblaron y en sus ojos se reflejó una angustia indescriptible. Pero, momentos despues, en su rostro sólo podía verse una profunda resignación.

-Creo que ahora lo comprendo todo -murmuró entre dientes-. Sí, ahora lo sé todo; ya no me queda la menor duda. Estoy completamente convencido de que todos los que van en este tren... están muertos.
-Eso son tonterias -le respondí.
El anciano se encogió de hombros, y añadió:
-Además, en este momento nos dirigimos hacia el Gran Destino, nuestro último destino...

Aquellas palabras me parecieron tan solemnes, tan sombrías y tétricas, que tuve la impresión de que una ola de agua helada acababa de caerme encima. Pero al mismo tiempo, dentro de mi alma sentía que había dicho la verdad. Después de un prolongado silencio, me dirigí al viejecito y le dije, algo nervioso:

-La locomotora ya no hace ningún ruido. Las ruedas no chirrían. ¿Verdad que no se oyen las bielas? ¡No, no se oyen! Da la impresión de que el tren está bogando, ¿no le parece, caballero?
-Es muy posible -repuso con indiferencia-. Por el momento, estimado capitán, la única cosa que podemos hacer, lo único que nos está permitido, es pensar, sólo pensar. Claro que si pensamos con detenimiento, quizá tengamos una última oportunidad para... bueno, no vale la pena desperdiciar nuestro precioso tiempo y nuestras palabras. Capitán Simenson, si no tiene ningún inconveniente, preferiría estar callado.

A través de las pequeñas ventanas del vagón se percibía un claro día. El tren rodaba a través de una nube color lila que nos impedía ver el paisaje. De vez en cuando, a través de unos claros en aquella bruma, tuve la impresión de ver unas tierras sombrías, tenebrosas. De repente el tren disminuyó su marcha, y, sin poder contenerme, exclamé:

-¡Maldito sea el demonio! ¡Fíjese, caballero...! ¡Trenes! ¡No hay más que trenes! ¡Muchísimos trenes!

Mi compañero de viaje pareció no haberme oído. Sus ojos estaban fijos en mí, como si se extrañase de lo que acababa de decirle.

-No me mire de ese modo. Tiene usted el aspecto... no, no quiero decirlo, pero de todas formas, no me agrada que me mire de esa forma. Si tiene ganas de ver algo, contemple todos los trenes que están ahí fuera.
No me contestó nada. Su rostro estaba dominado por el terror.
-Los trenes, los trenes -repetía yo; pero el anciano seguía con los ojos fijos en mí, sin responderme.

De vez en cuando, y a través de aquellos claros en las nubes, se veían los trenes. Dirigí mi mirada hacia los cristales de las ventanas de esos vagones y quedé estupefacto y horrorizado al contemplar numerosos rostros apoyados en ellos; unos rostros deformados por el terror y la angustia.

-¡Muertos, todos están muertos! ¿Pero adónde los conducen? ¿Por qué están en esos trenes?
Ya no me atrevía a mirar al profesor. Su mirada se había hecho más horrible.
-Señor Simenson -me dijo de repente-, escúcheme...
-Es lo que estoy haciendo.
-Tengo la impresión -me respondió el profesor-, mejor dicho, el temor, de que ya me queda muy poco tiempo para conversar con usted. Es más, incluso pienso que, a partir de este instante, ya ni siquiera tengo el derecho de hablar con usted. Sin lugar a dudas, aún me queda una brizna de libertad antes de llegar al Gran Destino. Escúcheme, pues. Estoy convencido de que usted, sólo usted, no está muerto.
-¿Qué? ¿Cómo dice?
-¡Tiene que salir de inmediato de aquí! ¡Regrese cuanto antes a ese mundo al que usted aún pertenece! ¡Salte del tren!
-¿Pero por qué?
-¿Es que no comprendes nada, imbécil? ¿Es que no te das cuenta, ignorante criatura?

Si aquellas palabras me las hubiera dicho antes cualquier persona, se habría acordado de mí durante toda su vida; pero en aquel preciso instante, incluso un niño de pantalones cortos habría podido apalearme.

-De modo que no me comprende, ¿no es así? Pues bien, se lo diré de una forma más clara: los muertos odian a los vivos, y yo le odio. Huya, desaparezca, pues ya no puedo contenerme más. ¡Le odio, le detesto! Huya de inmediato o... ¡Voy a morderle!
Aquel viejecito, que hasta entonces me había parecido una persona simpática, empezaba a transformarse ante mis ojos en una horrible y amenazadora criatura, temblando de odio y de rabia de la cabeza a los pies.
-¡Voy..., voy a... debo morderle!

De un salto, se lanzó sobre mí. Lo rechacé con todas mis fuerzas e intenté abrir la puerta del compartimento. Unos instantes después, me hundía en las nubes, y al fin caí sobre una tierra húmeda que apestaba a algo mohoso y putrefacto. En la lontananza, vi que el tren desaparecía poco a poco en la bruma. Estoy convencido de que estuve errando allí por lo menos ocho días, envuelto en aquella bruma helada, caminando sobre una tierra húmeda y pegajosa, fría como un témpano de hielo. De vez en cuando, observaba unas sombras furtivas que parecían buscar alguna cosa con avidez. Y hubo un momento en que algo o alguien me atrapó en sus garras, y pude ver, a través de una espesa bruma, una especie de boca gris con dientes demasiado blancos, que crujían mientras se acercaban a mi garganta. Hice un esfuerzo y me liberé de ser atrapado por aquellas horribles fauces, y entonces oí gemidos y lloriqueos. De repente oí una campana, en medio de la espesa bruma. Sonaba con una claridad bastante extraña; los sonidos metálicos se sucedían unos a otros, con rapidez. Me dirigí de inmediato en dirección a los mismos. A causa de la espesa bruma, estuve a punto de romperme la nariz, al chocar contra un muro de piedras. Al final de aquel muro había una torre, en la que una campana sonaba con estrépito.

Un hombre de elevada estatura, vestido con un hábito de monje, tiraba sin parar de la cuerda de una campana, cuando aparecí ante él. Sus brillantes ojos reflejaron un rayo de alegría cuando me vio.

-¡Un hombre! -exclamó-. Estaba seguro de que alguien se había extraviado una vez más y por eso me puse a batir la campana, para orientarlo hacia aquí.
-¡Por el amor de Dios, ayudeme! -le supliqué, mientras observaba que todo su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol.
-Bueno... sí, sí..., ¡pero no puedo pronunciar una palabra!
-¿Es que... usted también... es un muerto? -dije temblando.
-¡No! -exclamó, dando un grito salvaje-. ¡Y nunca lo seré! ¡Soy Isaac Laquedem! ¡El Judío Errante! ¡Huya! -me dijo, mientras se retorcía las manos-. Aquí se encuentra usted en la misma frontera. Los muertos no pueden franquearla, pero Él, sí. ¡Huya, quizá no sea aún demasiado tarde!

Bruscamente, extendió su brazo, como queriendo indicar algo en la lontananza, donde no había bruma ni nubes. En el lugar que el monje me indicó estaba la mar; una mar tenebrosa y sin fin, a cuyas orillas se alzaban altos acantilados. En medio de aquellas aguas, un barco negro se deslizaba.

-El Holandés Volante. Ese tampoco morirá nunca -me dijo con tono quejumbroso, como aquel mar silencioso-. ¡Huya! Haga un esfuerzo, si aún puede, y trate...

Eché a correr como un loco. A medida que avanzaba, el suelo era más firme: Lancé un suspiro de alivio. Detrás de mí, los tañidos de la campana atravesaban la bruma, y se oían con más agudeza que nunca. Entonces me volví. ¡Nunca debí haberlo hecho! Nunca olvidaré la horrible visión que se presentó ante mis ojos, por muchos años que me queden de vida. A unos pasos del muro de piedra, donde Isaac Laquedem tiraba de la cuerda de la campana, se agitaba una masa infinita, un mar humano de siniestros personajes apretujándose los unos contra los otros. Millones de ojos en llamas me contemplaban con insistencia, de un modo siniestro, con rabia y furor. Millones y millones de miradas plenas de ese odio de los muertos al ver que un vivo había podido escapar de sus macabras garras. Sin embargo, por encima de aquel ejército de personajes siniestros, algo gigantesco estaba mirando. Algo de lo que nunca podré dar una descripción exacta. Era noche, fuego, tempestad, dolor. No, no creo que existan palabras que puedan describir lo que yo vi y sentí. El mismo pensamiento incluso no podría traducir una visión.

Aquella entidad -tengo que emplear esta palabra pues no encuentro otra más apropiada-, que no tenía ojos ni cuerpo, parecía, a pesar de todo, estar fijándose detenidamente en algo. Como una bestia salvaje perseguida durante una cacería, seguí corriendo, corriendo, corriendo, hasta que perdí el conocimiento. Dos pescadores del Báltico me encontraron en medio de un montón de desechos de pescados. Tuve que haber estado allí mucno tiempo, ya que las ratas de las cloacas ya me habían mordido profundamente en las manos y orejas.

Harvey Simenson nos contó esta historia en una taberna de Rotterdam.

-Ahora ya sé qué es la Muerte, la misma Muerte, la que me ha olvidado, como me dio a entender Isaac Laquedem.
Estas fueron sus últimas palabras, o casi...
-Ya sé que me tomarán por un idiota por haberles contado todo eso -añadió, con cierta tristeza en la voz.

Después de estas palabras, abandonó la taberna, dejándonos a todos nosotros a la puerta de la misma, en aquel bulevar húmedo y frío, donde el viento de otoño hacía revolotear las hojas y las gotas de agua. Pronto desapareció en la bruma. Nos quedamos largo tiempo contemplando el lugar por donde Simenson había desaparecido, y, de repente, un frío indescriptible se apoderó de todos nosotros. Una sombra larga, muy larga, sin fin, apareció de pronto, como si hubiese surgido de alguna de aquellas callejuelas adyacentes, y se puso a seguir al marino.

Nadie volvió a ver jamás a Harvey Simenson.

Jean Ray (1887-1964)


Más relatos de Jean Ray. I Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura:
El resumen del cuento de Jean Ray: La noche del gran secreto (La nuit du grand secret) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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