«La novia del espectro»: William Harrison Ainsworth; relato y análisis


«La novia del espectro»: William Harrison Ainsworth; relato y análisis.




La novia del espectro (The Spectre Bride) es un relato de fantasmas del escritor inglés William Harrison Ainsworth (1805-1882) —autor de: Auriol o el Elixir de la Vida (Auriol or The Elixir of Life)—, compuesto en 1821 y publicado en la antología de 1823: Cuentos de diciembre (December Tales).

La novia del espectro es un verdadero clásico de la literatura gótica, principalmente porque reafirma uno de los tópicos fundamentales del género: el amante-fantasma.

Muchos de los grandes escritores góticos se han sentido atraídos el arquetipo de la amante muerta. Uno de ellos fue William Harrison Ainsworth, dueño de un estilo más económico que expresivo, más mórbido que barroco, confirmándose como uno de los padres de las historias de amor de ultratumba.

Desde siempre el relato gótico ha incursionado periódicamente en aquellas historias de amor donde la tragedia y el fallecimiento de uno de los protagonistas es apenas el prólogo de una aventura sobrenatural, típicamente de ultratumba. Este es quizás uno de sus mejores ejemplos.

Aquí, la desdichada lady Clotilda se ve envuelta en una sórdida intriga con un misterioso huésped de su castillo. El amor, y acaso la curiosidad, la conducirán hacia un umbral donde la eternidad es posible, aunque el placer y la felicidad estén proverbialmente ausentes.

Tal es el destino infausto de todas las novias de Satanás.



La novia del espectro.
The Spectre Bride, William Harrison Ainsworth.

El Castillo de Hernswolf, a fines del año 1655, era el centro de la moda y la alegría. El barón del mismo nombre era el más poderoso noble en Alemania, e igualmente celebrado por los logros patrióticos de sus hijos, y la belleza de su única hija.

El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. Era una mansión almenada, de estilo gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico, y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por la alegre luz del sol.

Las campanas del Castillo repicaron en un alegre tañido ante la cercanía del crepúsculo invernal, y el guardián se apostó con su séquito en la galería de almenas, para anunciar el arribo de los visitantes que habían sido invitados a compartir las diversiones que reinaban entre las paredes. Lady Clotilda, la única hija del Barón, recién había cumplido sus diecisiete años, y se había invitado a un brillante auditorio para celebrar el cumpleaños.

Las grandes habitaciones abovedadas habían sido abiertas para la recepción de los numerosos invitados, y el alborozo de la tarde apenas había comenzado cuando el reloj de la torre comenzó sus repiques con solemnidad inusual, e inmediatamente un forastero alto, vestido con un traje negro, hizo su aparición en el salón de baile. Se inclinó cortésmente a uno y otro lado, pero fue recibido por todos con la más estricta reserva. Nadie sabía quien era ni de donde venía, pero era evidente por su apariencia, que era un noble de primer rango, y aunque su presentación fue aceptada con recelo, fue tratado por todos con respeto. Se dirigió particularmente a la hija del Barón, y era tan inteligente en sus comentarios, tan jovial en sus salidas, y tan fascinante en su discurso, que rápidamente interesó los sentimientos de su joven y sensible oyente. Finalmente, luego de alguna vacilación por parte del anfitrión, quien, con el resto de los visitantes, era incapaz de acercarse al extraño con indiferencia, fue invitado a permanecer unos pocos días en el castillo, invitación que fue alegremente aceptada.

Cuando cundió el silencio de la noche y todos se hubieron retirado a descansar, la monótona y pesada campana se oyó oscilando a uno y otro lado en la torre gris, aunque era apenas un aliento para mover los árboles del bosque. Muchos de los invitados, cuando se encontraron la mañana siguiente en la mesa del desayuno, aseguraron que hubo sonidos de la música más celestial, mientras que la mayoría persistieron en afirmar que habían oído ruidos horribles, provenientes, al parecer, de la habitación ocupada en aquel momento por el extraño.

Este pronto hizo, sin embargo, su aparición en el círculo del desayuno, y cuando se hizo alusión a las circunstancias de la noche precedente, una oscura sonrisa de significado inexpresable jugueteó en sus lóbregas facciones. Y luego recayó en una expresión de las más profunda melancolía. Dirigió su conversación principalmente a Clotilda, y cuando habló de los diferentes climas que había visitado, de las soleadas regiones de Italia, donde los simples hálitos de la fragancia de las flores, y la brisa del verano suspiran sobre una tierra de dulces, cuando le habló de esos países deliciosos, donde la sonrisa del día se hunde en la blanda belleza de la noche, y la hermosura del cielo nunca es oscurecida ni por un instante, provocó lágrimas sentimentales en su hermosa oyente, y por primera vez ella lamentó nunca haber salido de su hogar.

Los días se sucedieron, y a cada momento aumentó el fervor de los inexpresables sentimientos que le inspiraba el extraño. El nunca habló de amor, pero se veía en su lenguaje, en sus maneras, en los insinuantes tonos de su voz, en la suavidad de su sonrisa, y cuando comprobó que había tenido éxito en infundir en ella sentimientos favorables, una mueca del más diabólico significado apareció por un instante, y murió luego en su oscuro semblante. Cuando la veía en compañía de sus padres, era al mismo tiempo respetuoso y sumiso, y era únicamente cuando estaba solo con ella, en su paseo a través de los oscuros recovecos del bosque, que asumía el aspecto del más apasionado admirador.

Mientras estaba sentado una tarde con el Barón en la habitación revestida en madera de la biblioteca, sucedió que la conversación giró hacia un tema sobrenatural. El extraño permaneció reservado y misterioso durante la discusión, pero cuando el Barón en una forma jocosa negó la existencia de espíritus, e imitó satíricamente su apariencia, sus ojos brillaron con un fulgor sobrenatural, y su forma pareció dilatarse aún más de sus dimensiones naturales.

Cuando la conversación hubo cesado, se produjo una pavorosa pausa de pocos segundos y se escuchó un coro de armonía celestial sonando a través del oscuro bosque. Todos se extasiaron de gozo, pero el extraño estaba perturbado y lúgubre, miraba a su noble anfitrión con compasión, y algo parecido a una lágrima cruzó sus ojos. Después del lapso de unos pocos segundos, la música agonizó suavemente en la distancia, y todo se serenó como antes. Poco después el Barón dejó la estancia, y fue seguido casi inmediatamente por el extraño. No había estado ausente mucho tiempo, cuando se oyó un ruido horrible, como el de una persona en agonía de muerte, y el Barón fue descubierto muerto extendido a lo largo de los corredores.

Su semblante estaba convulsionado de dolor, y el apretón de una mano era visible en su garganta ennegrecida. Se dio la alarma instantáneamente, el castillo fue revisado en todas direcciones, pero el extraño no fue vuelto a ver. El cuerpo del Barón, mientras tanto, fue calladamente entregado a la tierra, y el recuerdo de su horrenda transacción, recordado solo como una cosa que una vez fue.

Luego de la partida del extraño, quien ciertamente había fascinado sus sentimientos en extremo, los ánimos de la gentil Clotilda evidentemente declinaron. Ella amaba caminar tarde y temprano en los senderos que él había frecuentado una vez, para recordar sus últimas palabras; detenerse en su dulce sonrisa; y deambular por el sitio donde ella había hablado de amor con él una vez. Evitaba toda sociedad, y nunca parecía estar contenta sino cuando estaba sumida en la soledad de su cuarto.

Era entonces cuando descargaba su aflicción en lágrimas; y el amor que su orgullo de doncella disimulaba modestamente en público, explotaba en los momentos de privacidad. Tan bella, y aún tan resignada en su justo luto, que parecía ya un ángel liberado de las redes del mundo, preparada para realizar su vuelo al cielo.

Ella estaba una tarde de verano vagando por el sitio aislado que había elegido como lugar favorito, lentas pisadas avanzaron hacia ella. Se dio vuelta, y para su infinita sorpresa descubrió al extraño. Él dio un paso alegremente a su lado, y comenzó una animada conversación.

—Cuando partiste —exclamó la niña alborozada—, pensé que toda la alegría se había fugado para siempre de mi lado, pero ahora regresaste y, ¿no deberíamos estar contentos de nuevo?

—Contentos —replicó el extraño, con una desdeñosa explosión de sarcasmo—, podré alguna vez ser feliz de nuevo, podré, pero disculpa la agitación, mi amor, y atribúyelo al placer que experimento al encontrarte. ¡Oh! Tengo tantas cosas que contarte, ¡sí! Y muchas palabras afectuosas que recibir, ¿no es así, cariño? Ven, dime la verdad, ¿no has estado feliz en mi ausencia? ¡No! Lo veo en esos ojos hundidos, en ese semblante pálido, que el pobre vagabundo había cobrado al menos algún leve interés en el corazón de su amada. He deambulado por otros climas, he visto otras naciones, me he encontrado con otras damas, hermosas y exitosas, pero no he encontrado sino un ángel, y ella está aquí ante mí. Acepta esta simple ofrenda de mi afecto, queridísima —continuó el extraño, arrancando una rosa de su tallo—. Es hermosa como las flores silvestres que adornan tu pelo, y dulce como el amor que te tengo.

—Es dulce, por cierto —replicó Clotilda—, pero su dulzura tiene corta vida, como el amor manifestado por el hombre. Que no sea este, entonces, el tipo de tu afecto, tráeme la delicada siempreverde, la dulce flor que florece durante todo el año, y yo diré, mientras la enrollo en mi pelo: «Las violetas han florecido y muerto, las rosas han florecido y decaído, pero la siempreverde todavía está joven, ¡y así es el amor de mí corazón!» Tu no podrás abandonarme. Yo no vivo sino en tí, tú eres mi esperanza, mis pensamientos, mi existencia misma. Y si te pierdo, pierdo mi todo. Yo no era sino una solitaria flor silvestre en la tierra salvaje de la naturaleza, hasta que tú me transplantaste a un suelo más amigable, y puedes ahora romper el corazón tierno al que enseñaste primero a brillar con pasión.

—No hables de ese modo —contestó el extraño—, se me desgarra el alma misma al escucharte, déjame, olvídame, evítame para siempre, o sobrevendrá tu ruina eterna. Yo soy una cosa abandonada de Dios y el hombre, y tú no ves sino el corazón lastimado que late apenas dentro de esta móvil masa deforme; deberías escapar de mí, como si fuera una víbora en tu camino. Aquí está mi corazón, amor, siente qué frío está, no tiene pulso que delate su emoción, porque todo está helado y muerto como los amigos que alguna vez conocí.

—Tú eres infeliz, amor, y tu pobre Clotilda estará para socorrerte. Piensas que puedo abandonarte en tu desgracia. ¡No! Deambularé contigo a través del mundo entero, y seré tu sirviente, tu esclava, si eso es lo que quieres. Yo te protegeré de las noches frías, y que el viento no sople demasiado fuerte en tu cabeza desprotegida. Yo te defenderé de la tormenta que aúlle alrededor, y aunque el mundo consagre tu nombre al escarnio, aunque los amigos se separaren, y se unan mustios en la tumba, habrá un corazón tierno que te ame mejor en tu desgracia, y te valore, y aún te bendiga.

Ella se detuvo, y sus ojos azules se bañaron en lágrimas, mientras se volvía resplandeciente de afecto hacia el extraño. Él desvió su cabeza de su mirada, y una sonrisa sardónica de la más oscura, la más mortífera malicia cruzó sobre su delicado semblante. En un instante, la expresión declinó, su vidriosa vista fija retomó su frío sobrenatural, y se volvió una vez más hacia su acompañante.

—Es la hora del crepúsculo —exclamó—, la hora suave, la más hermosa, cuando los corazones de los amantes están felices y la naturaleza sonríe en armonía con sus sentimientos, pero para mí ya no sonreirá más, antes de que mañana amanezca yo estaré muy lejos de la casa de mi amada, de las escenas que mi corazón atesora, como en un sepulcro. ¿Pero debo dejarte a ti, queridísima flor silvestre, para ser presa de un torbellino, víctima de la explosión de la montaña?

—No, no nos separaremos —replicó la apasionada niña—. Donde tú vayas, yo iré, tu casa será mi casa, y tu Dios será mi Dios.

—Promételo, promételo —volvió a la carga el extraño, mientras la aferraba de la mano—; promételo por el espantoso juramento que yo te dictaré.

Entonces él le pidió que se arrodillara, y sosteniendo su mano derecha en una actitud amenazante hacia el cielo, y arrojando hacia atrás sus oscuros rizos negros, exclamó en amargas imprecaciones con la espantosa sonrisa de un demonio encarnado:

—Que las maldiciones de un Dios ofendido —gritó— te persigan, te aferren en la tempestad y en la calma, en el día y en la noche, en la enfermedad y en el pesar, en la vida y en la muerte, si te desviaras de la promesa que has hecho aquí de ser mía. ¡Qué los espíritus oscuros de los condenados al Infierno aúllen en tus oídos los coros malditos de los demonios, que el aire torture tu seno con las llamas inextinguibles del infierno! ¡Qué tu alma sea como el lazareto de la corrupción, donde el fantasma del placer ausente sea venerado, como en una tumba: dónde el gusano de las cien cabezas nunca muere, donde el fuego nunca se extingue! ¡Qué el espíritu del demonio controle tu mente, y proclame a tu paso: ESTA ES LA ABANDONADA DE DIOS Y DEL HOMBRE, qué espantosos espectros te persigan en la noche, qué tus amigos más queridos desciendan a la tumba día a día, y los maldigas en su aliento moribundo! ¡Qué todo aquello más horrible en la naturaleza humana, más solemne que el lenguaje pueda enmarcar, o los labios puedan pronunciar, que esto, y más que esto, sea tu parte eterna, si violases el juramento que aquí has hecho!.

Él se detuvo, apenas sabiendo lo que ella hizo, la niña aterrorizada accedió al horrendo juramento, y prometió fidelidad eterna a aquel que sería su señor de allí en adelante.

—Los espíritus de los condenados te agradecen por tu ayuda —gritó el extraño—. He cortejado bravamente a mi bella novia. Ella es mía, mía para siempre. Si, cuerpo y alma son míos, míos en la vida y míos en la muerte. ¿Por qué lloras mi dulzura, antes de que haya pasado la luna de miel? ¡Por qué! Ciertamente tienes motivo para sollozar: pero cuando próximamente nos encontremos deberemos firmar el contrato nupcial.

Luego imprimió un frío saludo en la mejilla de su joven novia, y amortiguando los horrores impronunciables de su semblante, le pidió que lo encontrara a las ocho esa misma noche en la capilla adyacente al castillo de Hernswolf. Ella se volvió hacia él con un suspiro ardiente, como implorando su protección, pero el extraño se había ido.

Al entrar en el Castillo, se la observaba afectada por la más profunda melancolía. Sus parientes se esforzaron en vano para acertar con la causa de su desconsuelo, pero el tremendo juramento que había prestado había paralizado completamente sus facultades, y estaba temerosa de traicionarse aún por la más leve entonación de su voz, o la menor variación en la expresión de su semblante.

Cuando la noche hubo concluido, la familia se retiró a descansar, pero Clotilda, que era incapaz de reposar, dada la agitación de su ánimo, pidió que la dejaran sola en la biblioteca contigua a su habitación.

Todo era ahora noche profunda, cada sirviente se había retirado a descansar hacía largo tiempo, y el único sonido que se podía percibir era el tétrico lamento del perro guardián cuando aullaba a la luna. Clotilda permaneció en la biblioteca en actitud de profunda meditación.

La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias. El reloj de la esquina norte del Castillo repicó la hora a las doce, y el sonido hizo eco de manera lúgubre en la solemne quietud de la noche.

De pronto el picaporte de la puerta de roble del extremo más lejano de la habitación se levantó suavemente, y una figura pálida, ataviada con las vestimentas de la tumba, avanzó lentamente por la habitación. Ningún sonido anticipaba su aproximación, mientras se movía con pasos silenciosos hacia la mesa donde estaba ubicada la dama. Al principio ella no lo percibió, hasta que sintió una mano helada de muerte aferrar rápidamente la suya, y oyó murmurar una solemne voz en su oído, Clotilda.

Ella levantó la vista, una figura oscura estaba parada a su lado, intentó gritar, pero su voz era desigual al esfuerzo empleado; su vista estaba fija, como si fuera magia, en la forma en que, lentamente removía el atuendo que ocultaba su semblante, y revelaba los ojos lívidos y forma esquelética de su padre. Parecía contemplarla con pena y sentimiento, y exclamó melancólicamente:

—Clotilda, los vestidos y los sirvientes están listos, la campana de la iglesia ha repicado, y el sacerdote está en el altar, pero ¿dónde está la novia comprometida? Hay una habitación para ella en la tumba, y mañana ella estará conmigo.

—¿Mañana? —vaciló la niña distraída.

—Los espíritus del infierno deben haberlo registrado, y mañana el enlace debe ser cancelado.

La figura se detuvo, retirándose lentamente, y pronto se perdió en la oscuridad de la distancia.

La mañana, noche, llegó, y cuando el reloj de la sala marcó las ocho, Clotilda estaba en su camino a la capilla. Era una noche oscura y sombría. Espesas masas de nubes oscuras navegaban a través del firmamento, y el rugido del viento hacía eco horriblemente entre los árboles del bosque. Ella alcanzó el lugar fijado, una figura la estaba esperando, esta avanzó, y descubrió los rasgos del extraño.

—¡Por qué!

—Está bien, mi novia —exclamó con una risa sardónica—, y bien voy a recompensar tu cariño. Sígueme.

Avanzaron juntos en silencio a través de las ventosas naves de la capilla, hasta que alcanzaron el cementerio contiguo. Aquí se detuvieron por un instante, y el extraño, en un tono suave, dijo:

—Solamente una hora más y la lucha quedará atrás. Y aún este corazón de malicia encarnada puede sentir, cuando se consagra un espíritu tan joven, tan puro a la tumba. Pero debe, debe ser —prosiguió— como si la memoria de su amor pasado se precipitase en su mente, porque el demonio al cual obedezco lo ha deseado así. Pobre niña, te estoy conduciendo a tus nupcias, pero el sacerdote estará muerto, tus padres los esqueletos descompuestos que se desmoronan en pilas alrededor, y los testigos de nuestra unión, los gusanos perezosos que se regocijan en los huesos cariados de los muertos. Ven, mi joven novia, el sacerdote está impaciente por su víctima.

Mientras avanzaban, una débil luz azul se movía velozmente delante de ellos, y exhibió en el extremo del cementerio los portales de una cripta. Estaba abierta, y entraron en ella en silencio. El viento cavernoso se precipitó a través de la lúgubre residencia de la muerte, y por todos lados se apilaban los restos descompuestos de los féretros, los que caían pieza por pieza encima de la húmeda.

Cada paso que daban era sobre un cuerpo muerto, y los huesos blanqueados rechinaban horriblemente bajo sus pies. En el centro de la bóveda se levantaba una pila de esqueletos sin enterrar, sobre la que estaba sentada, una figura tan horrenda aún para ser concebida por la imaginación más oscura. Mientras se aproximaban a ella, el hueco de la cripta resonó con una carcajada infernal, y cada cadáver descompuesto pareció cobrar una vida perversa.

El extraño hizo una pausa, y luego aferró a su víctima con la mano, estalló un suspiro desde su corazón. Una lágrima resplandeció en su ojo. No fue sino por un instante, la figura frunció horriblemente el entrecejo ante su vacilación, y agitó su mano descarnada.

El extraño avanzó, hizo ciertos círculos místicos en el aire, articuló palabras misteriosas, e hizo una pausa, desaforado por el terror. Súbitamente levanto su voz y exclamó salvajemente:

—Novia del espectro de la oscuridad, unos pocos momentos son todavía tuyos, para que puedas saber a quién te has encomendado. Yo soy el espíritu imperecedero del miserable a quien maldijo el Salvador en la cruz. Me miró en la última hora de su existencia, y esa Mirada aún no ha transcurrido, porque yo estoy maldito en toda la Tierra. Estoy eternamente condenado al infierno y debo abastecer el paladar de mi maestro hasta que el mundo sea abrasado tal y como un pergamino, y los cielos y la tierra hayan muerto. Yo soy aquel al que debes haber leído, y aquel de cuyas proezas has oído. Un millón de almas me ha condenado mi maestro a atrapar, y cuando mi pena sea cumplida, yo conoceré el reposo de la tumba. Tú eres la milésima alma que he atrapado. Te he visto en tu hora de pureza, y te he marcado de inmediato para mi casa. Tu padre al que mate por su temeridad, y permití que te advirtiera de tu destino: y yo mismo he sido seducido por tu inocencia. ¡Ha! El hechizo trabaja briosamente, y tú pronto lo verás, mi dulce, a quien has encadenado tu eterno destino, porque mientras las estaciones se muevan en su curso natural, mientras los relámpagos destellen, y los truenos rujan, tu pena será eterna. Mira abajo y vé a lo que estás destinada.

Ella miró, la bóveda se abrió en mil distintas direcciones, la tierra bostezó en pedazos, y el rugido de aguas potentes se oyó. Un océano viviente de fuego derretido brilló en el abismo debajo de ella, y se mezcló con los alaridos de los condenados al infierno, y los gritos triunfantes de los demonios, representaban un horror más horrible que la imaginación.

Diez millones de almas estaban retorciéndose en las llamas ardientes, y mientras las oleadas hirvientes los lanzaban violentamente contra las rocas ennegrecidas e inflexibles, maldecían con blasfemias desesperadas, y cada maldición hacía eco con los truenos.

El extraño se precipitó hacia su víctima. Por un instante la sostuvo sobre la vista llameante, mirando tiernamente en su cara y sollozó como si fuera un niño. Eso no fue sino un impulso momentáneo, nuevamente la aferró en sus brazos, la arrojó violentamente con furia, y mientras su última mirada de partida se fundía con bondad en su rostro, vociferó con fuerza:

—No es mío el crimen, pero la religión que tú profesas, ¿no dice que hay un fuego de eternidad preparado para las almas de los malvados, y no has incurrido tú en sus tormentos?

Ella, pobre niña, no escuchó, no hizo caso de los gritos del blasfemador. Su delicada forma rebotó de roca en roca, sobre oleadas, y sobre espuma, mientras sentía, que el océano se zamarreaba como si estuviera victorioso de recibir su alma, y mientras ella se hundía profundamente en la fosa ardiente, diez mil voces reverberaron desde el fondo del abismo:

—¡Espíritu del mal! Aquí hay ciertamente una eternidad de tormentos preparada para ti, porque aquí el gusano nunca muere, y el fuego nunca se extingue.




Más relatos de William Harrison Ainsworth. I Relatos góticos.


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El análisis y resumen del relato de William Harrison Ainsworth: La novia del espectro (The Spectre Bride) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

3 comentarios:

solitude dijo...

Ooh! que hermoso relato!
Muchas gracias por deleitarnos !
Me llego tanto al corazon, e hiso que mi imaginacion volase, hasta me senti presente, interna y viendo con mis propios ojos lo que estaba leyendo .
Muchas gracias de nuevo !
Lindo, sencillamente, lindo !

Anónimo dijo...

Me estremecio este relato, agudizo mis sentidos, que tetrico y tragico...
Me ha fascinado.
Atte.
Peka.

Anónimo dijo...

Su relato me asusto



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