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«Un asunto de otro tiempo»: John Galsworthy; relato y análisis


«Un asunto de otro tiempo»: John Galsworthy; relato y análisis.




Un asunto de otro tiempo (A Long-Ago Affair) es un relato costumbrista del escritor inglés John Galsworthy (1867-1933), publicado originalmente en la edición del 4 de abril de 1923 de la revista Cassell’s Weekly, y luego reeditado en la antología de 1925: Caravana (Caravan).

Un asunto de otro tiempo, uno de los grandes cuentos de John Galsworthy, narra la historia y el desarrollo de un recuerdo, de un pasaje en la vida del protagonista que se revive, o se reinventa, desde la memoria.




Un asunto de otro tiempo.
A Long-Ago Affair; John Galsworthy (1867-1933)

Cuando en el verano de 1921 Hubert Marsland, el paisajista, regresaba de pasar el día haciendo bosquejos junto al río, tuvo que detener su coche de dos plazas a unas diez millas de Londres para una pequeña reparación; y, mientras lo arreglaban, se alejó del taller para echar un vistazo a la casa donde solía pasar sus vacaciones cuando era niño. Después de franquear una verja y de dejar a su izquierda una gravera, llegó en seguida ante la casa, que se alzaba en medio del jardín. ¡Cuánto había cambiado!

Resultaba más pretenciosa y menos acogedora que cuando sus tíos vivían allí, y él jugaba al cricket en el terreno de enfrente, que parecía haberse convertido en un campo de golf. Era tarde... hora de cenar, y, como no vio a ningún jugador, se adentró en el campo y empezó a reconocer sus rincones. Allí debía de haber estado la vieja caseta. Y un poco más lejos, aún cubierto de césped, el lugar donde había bateado tan bien la pelota y, después de marcar trece puntos, había terminado su turno, el último del equipo, sin ser eliminado. Hacía treinta y nueve años, el día que cumplía dieciséis. ¡Con qué claridad recordaba sus nuevas espinilleras! A. P. Lucas había jugado contra ellos y sólo había marcado treinta y dos; en aquellos días todos copiaban su estilo: el pie delante del bate, un poco hacia fuera, con elegancia; algo que ya no se veía, afortunadamente... ¡puede uno sacrificar tanto en aras del estilo! Ahora, sin embargo, se tendía a lo contrario; el estilo era quizá algo totalmente pasado de moda.

Retrocedió hacia el sol y se sentó en la hierba.

¡Qué paz! ¡Cuánta quietud! La neblina que cubría las lejanas colinas resultaba visible entre la antigua casa de su tío y la vivienda vecina. Y en el lado opuesto estaba el grupo de olmos, tras los que se pondría el sol como en los viejos tiempos. Hundió la palma de las manos en el césped. Un verano maravilloso, muy parecido a aquel otro verano de su adolescencia. Y la calidez de la hierba, o tal vez del pasado, se apoderó de su corazón y sintió cómo le invadía la nostalgia.

Debía de haberse sentado en aquel mismo lugar después de su turno de lanzamiento, junto a los pies de la señora Monteith, que asomaban por debajo de un vestido de volantes. ¡Dios mío! ¡Qué necios eran los jóvenes! Y ¡cuán precipitados e imprudentes sus afectos! Un poco de dulzura en una voz o en una mirada, una sonrisa, un pequeño roce o dos, ¡y ya eran unos esclavos! Necios, pero también generosos. Y, detrás de la silla de la señora Monteith, podía ver con claridad al capitán MacKay, ese otro ídolo, con su rostro de color marfil oscuro (exactamente igual que aquel colmillo de elefante de su tío, que con el tiempo se había vuelto tan amarillo), su soberbio bigote negro, su corbata blanca, traje de cuadros, clavel en la solapa, polainas cortas, bastón de Malaca... ¡todo tan fascinante!

La señora Monteith, «la separada», ¡así la llamaban! Recordaba el modo en que la gente la miraba, el tono de sus voces. ¡Y era tan hermosa! Se había enamorado de ella a primera vista, de su perfume, de su voz, de su elegancia.

Y aquel día en el río, cuando ella le hizo tanto caso, y el capitán MacKay estuvo tan pendiente de Evelyn Curtiss que todos pensaron que iba a declararse. ¡Qué época tan extraña! Entonces empleaban la palabra «cortejar», y vestían faldas amplias y corsés muy, altos; y él llevaba un cinturón elástico de color azul alrededor de su cintura de franela blanca. Y aquella noche su tía le había dicho, con una sonrisa maliciosa:

—¡Buenas noches, tontuelo!

Y la verdad es que lo era, con aquella flor que la señora Monteith había dejado caer al suelo entre su mejilla y la almohada. ¡Qué locura!

Y el domingo siguiente, deseando ir a la iglesia, cepillando con fervor su sombrero de copa; había pasado todo el servicio espiando su pálido perfil, dos bancos delante de él, a la izquierda, entre su tío Hallgrave, un anciano con barba de chivo, y su gorda y sonrosada tía de pelo blanco; ideando cómo acercarse a ella cuando saliera, indeciso, acecharte, sin conseguir más que una sonrisa y el frufrú de sus volantes. ¡El menor detalle significaba tanto en aquella época!

Y su último día de vacaciones, la noche en que por primera vez entrevió la realidad. ¿Quién dijo que la era victoriana estuvo llena de inocencia?

Marsland se llevó la mano a la mejilla. ¡No, el relente todavía no se notaba! Y, de igual modo que un hombre remueve y sacude el heno para airearlo, sintió que algo se removía en su interior y sacudía los recuerdos de otras mujeres; pero nada despertaba en él un sentimiento parecido a aquella primera experiencia.

¡El baile de su tía! Su primer chaleco blanco, comprado ad hoc en la sastrería local; la corbata con la que trataba de emular a su héroe, el capitán MacKay. Se acordaba tan bien de todos los detalles en medio de aquella paz: la expectación, el tímido y discreto nerviosismo, la petición de un baile con voz entrecortada, el nombre de la señora Monteith escrito dos veces en su pequeña libreta de bordes dorados con el diminuto lápiz blanco con borlas; la lentitud con que ella movía el abanico, su sonrisa.

Y el primer baile; su infinito cuidado para no pisar las puntas de sus zapatos de satén blanco; la emoción cuando el brazo de ella apretaba el suyo en medio del tumulto. Qué grande su embeleso, especialmente en la primera parte de la velada, cuando todavía le quedaba otro baile. ¡Si hubiera podido hacerla girar en ambos sentidos, como su héroe el capitán MacKay! Su exaltación fue en aumento al acercarse el segundo baile, lo que le hizo despedirse bruscamente de su pareja.

Recordaba con claridad el frescor del aire y el aroma de la hierba en la oscura terraza, el zumbido de los abejorros, la asombrosa altura de los álamos a la luz de las estrellas y el cuidadoso arreglo de su corbata y chaleco, la vigilante limpieza del sudor de su rostro. Un respiro hondo, y entrar en la casa a buscarla. El salón de baile, el comedor, las escaleras, la biblioteca, la sala de billar, y todo en vano. Los músicos seguían tocando el vals Estudiantina, y él vagando por las habitaciones con su chaleco blanco, como un joven fantasma. ¡Ah, el invernadero! ¡Cómo corrió hacia allí!

Y luego aquel instante del que seguía guardando, incluso ahora, una impresión borrosa, muy confusa. El sonido de voces ahogadas entre las flores:

—La he visto.

—¿Quién era el hombre?

La visión momentánea de un rostro de color marfil, de un bigote negro. Y entonces la voz de ella:

—¡Hubert!

Y una mano febril tomando la suya, acercándolo a ella; su perfume, su sonrisa forzada. Cuchicheos detrás de las flores, aquella gente espiando; y, súbitamente, los labios de ella en su mejilla, el beso resonando en sus oídos, su voz exclamando con dulzura:

—¡Hubert, querido muchacho!.

Los susurros disminuyeron, cesaron.

¡Qué minuto tan largo y silencioso entre los helechos y las flores, en aquella penumbra, con el semblante de ella junto al suyo: pálido, inquieto, antes de ser conducido nuevamente a la luz, comprendiendo poco a poco que ella le había utilizado. Un muchacho, demasiado joven para ser su amante, ¡pero no para salvar su reputación y la del capitán MacKay! El beso de ella, el último de muchos, pero no en sus labios, en sus mejillas.

¡Qué duro había sido darse cuenta del engaño! Besar a un muchacho, sin importancia, un muchacho que, al día siguiente, volvería al colegio, ¡para que él y ella pudieran reanudar su relación libres de sospecha!

Después de ver su amor cubierto de fango, ¿cómo se había comportado el resto de la velada? Apenas lo recordaba. ¡Traicionado con un beso! ¡Dos ídolos caídos!

¿Acaso se preocuparon ellos de lo que él sentía? En absoluto. ¡Su única inquietud fue servirse de él para ocultar sus relaciones! Sin embargo, no sé por qué motivo, él nunca había dado a entender a la señora Monteith que lo sabía. Sólo cuando terminaron de bailar y alguien vino en busca de ella, huyó a su pequeño dormitorio, se arrancó los guantes, el chaleco; luego se tendió en la cama y le asaltaron amargos pensamientos. ¡Le había llamado muchacho!

Siguió allí, con el runrún de la música en sus oídos, hasta que finalmente se fue desvaneciendo, los carruajes se marcharon y la noche quedó en silencio.

Poniéndose en cuclillas sobre la hierba, todavía tibia y seca, Marsland se frotó las rodillas. ¡Nada tan generoso como un muchacho! Con una pequeña sonrisa, se acordó de su tía al día siguiente, y de la mezcla de ironía y de inquietud con que ésta le había dicho:

—No está bien, querido, sentarse en rincones oscuros y bueno, es posible que la culpa no fuera tuya, pero, a pesar de todo, no está bien, no está nada bien....

Y cómo se había detenido de pronto, contemplando el rostro de su sobrino, mientras los labios de éste anunciaban su primera risa sarcástica. Su tía jamás le había perdonado aquella reacción. ¿Le habría creído un joven y cínico Lotario? Y Marsland pensó: «¡Vivir para ver!». ¿Qué habría sido de los dos? ¡La era victoriana! Sabían cubrirse las espaldas, pero hablar de inocencia! ¡Habrase visto!

¡Ah! El sol estaba a punto de ocultarse y se sentía el relente.

Hubert se levantó, frotándose las rodillas para quitarse el entumecimiento. Más allá, en el bosque, las palomas zureaban. Una ventana de la antigua casa de su tío brillaba como una joya entre los álamos, bajo los últimos rayos de sol. ¡Ah! ¡Aquel insignificante asunto de otro tiempo!

John Galsworthy (1867-1933)




Relatos góticos. I Relatos de John Galsworthy.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de John Galsworthy: Un asunto de otro tiempo (A Long-ago Affair), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

John Galsworthy: relatos, novelas, libros


John Galsworthy: relatos, novelas, libros.




John Galsworthy (1867-1933) fue uno de los más destacados escritores ingleses de la literatura victoriana. Escribió novelas, obras de teatro, y algunos libros y relatos que le permitieron adjudicarse el Premio Nóbel de literatura.

En esta sección reuniremos a los mejores relatos de John Galsworthy, así también como buena parte de sus novelas y libros.




John Galsworthy: obras completas:
  • Un asunto de otro tiempo (A Long ago Affair)
  • Abracadabra (Abracadabra)
  • Alegría (Joy)
  • Bajo el manzano (The Apple Tree)
  • Caballos en las minas (Horses in Mines)
  • Calidad (Quality)
  • Capturas (Captures)
  • Caravana (Caravan)
  • Castillos en España (Castles in Spain)
  • Cinco cuentos (Five Tales)
  • Criada en espera (Maid in Waiting)
  • Cuarenta poemas (Forty Poems)
  • Desde los cuatro vientos (From the Four Winds)
  • Despertar (Awakening)
  • Direcciones en américa (Addresses in America)
  • Dos ensayos sobre Conrad (Two Essays on Conrad)
  • El bosque (The Forest)
  • El canto del cisne (Swan Song)
  • El espíritu del castigo (The Spirit of Punishment)
  • El final del capítulo (End of the Chapter)
  • El fugitivo (The Fugitive)
  • El hombre de Devon (A Man of Devon)
  • El jardín de invierno (The Winter Garden)
  • El juego de la piel (The Skin Game)
  • El litigio (Strife)
  • El hijo mayor (The Eldest Son)
  • El mono blanco (The White Monkey)
  • El patricio (The Patrician)
  • El pequeño hombre (The Little Man)
  • El pequeño sueño (The Little Dream)
  • El pichón (The Pigeon)
  • El progreso del santo (Saint's Progress)
  • El propietario (A Man of Property)
  • El show (The Show)
  • El tejado (The Roof)
  • El veranillo de San Martín de un Forsyte (Indian Summer of a Forsyte)
  • En el tribunal (In Chancery)
  • Escape (Escape)
  • Esperanzas juveniles
  • Exiliado (Exiled)
  • Forsytes, Pendyces y otros (Forsytes, Pendyces and Others)
  • Fraternidad (Fraternity)
  • Humores, canciones y aleluyas (Moods, Songs, and Doggerels)
  • Inglés Antiguo (Old English)
  • Jocelyn (Jocelyn)
  • Justicia (Justice)
  • La caja de plata (The Silver Box)
  • La casa de campo (The Country House)
  • La creación de un personaje en la literatura (The Creation of Character in Literature)
  • La cuchara de plata (The Silver Spoon)
  • La flor oscura (The Dark Flower)
  • La multitud (A Motley)
  • La posada de la tranquilidad (The Inn of Tranquillity)
  • La saga de los Forsyte (The Forsyte Saga)
  • La salvación de un Forsyte (The Salvation of a Forsyte)
  • Las fundaciones (The Foundations)
  • La turba (The Mob)
  • Lealtades (Loyalties)
  • Los fariseos de la isla (The Island Pharisees)
  • Los Freelands (The Freelands)
  • Lucha (Strife)
  • Más allá (Beyond)
  • Más allá del rio (One More River)
  • Poemas escogidos (Collected Poems)
  • Por amor a las bestias (For Love of Beasts)
  • Prado florido (Flowering Wilderness)
  • Relatos cortos escogidos (Selected Short Stories)
  • Se alquila (To Let)
  • Transeúntes (Passers-By)
  • Una comedia moderna (A Modern Comedy)
  • Una gavilla (A Sheaf)
  • Una justificación para la censura de obras (A Justification for the Censorship of Plays)
  • Un comentario (A Commentary)
  • Un cortejo silencioso (A Silent Wooing)
  • n hombre de familia (A Family Man)
  • Un poco de amor (A Bit o' Love)
  • Un río más (One More River)
  • Ventanas (Windows)
  • Versos nuevos y viejos (Verses New and Old)
  • Villa Rubein (Villa Rubein)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: John Galsworthy: relatos, novelas, libros fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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