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¡Maridos en fuga! paradoja del "abandónico" y una guía para la esposa abandonada

¡Maridos en fuga!
Reseñas orales del profesor Lugano.



Maridos abandónicos: guía para la esposa abandonada (Runaway Husbands: The Abandoned Wife's Guide to Recovery and Renewal) es un libro de psicología y autoayuda de la investigadora Vikki Stark, publicado en 2010.

—El libro me perturbó profundamente —sostuvo el profesor Lugano en rueda de embutidos—, menos por su contenido que por el empleo de la palabra "abandónico".

Lo que no impresionó al profesor Lugano de Maridos abandónicos: guía para la esposa abandonada, es el estudio estadístico de 400 esposas abandonadas por sus maridos; y menos aún las estrategias de supervivencia que deben desarrollar las mujeres abandonadas.

—El libro menciona algo sobre un Síndrome de la esposa abandonada (Wife Abandonment Syndrome) —tosió el profesor en un inglés áspero, medieval—; especie de comportamiento obsesivo que se produce inmediatamente después del abandono intempestivo del esposo, si me permiten el vernaculismo, "de la noche a la mañana", caracterizado por una mezcla combustiva de enojo y agresión.

—Bueno, a nadie le gusta que lo abandonen. —dijo el licenciado Masticardi.

—No vaya a creer —dudó el profesor—, pero ése no es el punto. El Síndrome de la esposa abandonada se intensifica cuando el "marido abandónico" rehace su vida con otra mujer, casi siempre más joven, más hermosa, más adecuadamente boluda. Y no solo eso, al parecer, estos maridos en fuga también poseen un síndrome propio: el Síndrome del marido abandónico (Runaway Husbands); especificidad no ausente de cierta lógica, y que permite a las esposas abandonadas creer que sus parejas las abandonaron por algo, una enfermedad, por ejemplo, y no por otra, por cualquier otra.

—De modo que recomienda el libro.

—No, pero tampoco lo desaconsejo. De hecho, no lo leí.

—¿Pero cómo se atreve a reseñar un libro que no ha leído? —estalló Masticardi— No solo demuestra una falta de ética, sino un profundo desconocimiento de la reseñología, oficio que solo aprecian las editoriales y ciertos concilios ecuménicos.

—No objeto su objeción —dijo el profesor Lugano—, pero insisto; tampoco desaconsejo su lectura. En este caso, mi interés se desvió hacia la palabra "abandónico", término caído en desuso durante muchos años pero que ha regresado, como casi todas las resurrecciones formales, con un sentido perfectamente inverso al original.

Abandónico... —musitó Masticardi— No estoy familiarizado con el término.

—Fíjese qué curioso —dijo el profesor Lugano—, hoy en día todo el mundo habla de "personalidades abandónicas", como si el término hiciese referencia al "abandono" en cualquiera de sus formas, es decir, a la persona que manifiesta una marcada tendencia a abandonar lo que sea, desde una hembra a una partida de tute o pelota vasca

—¿Y esto no es así?

—Tomado como adjetivo, o sustantivo, sí; pero en realidad la palabra "abandónico" es un tecnicismo empleado en el psicoanálisis para describir solo una perturbación del Yo. Fue acuñado por Germaine Guex en su libro (que tampoco tuve el desagrado de leer) La névrose d’abandon, de 1950.

—Hasta aquí no advierto ninguna discrepancia, quiero decir, toda persona que abandona sistemáticamente a sus parejas manifiesta una perturbación del Yo.

—Pero en un sentido inverso.

—No estoy seguro de seguir su razonamiento.

—Mire —dijo el profesor, ya visiblemente irritado—, las "personas abandónicas" no son las que dejan a sus parejas, todo lo contrario. Por la causa que sea (neurosis, baja autoestima, deplorables correspondencias astrológicas), ciertos individuos sienten un miedo irracional a ser abandonados. Esto presenta un conjunto de síntomas que no viene al caso mencionar. El punto central de la discusión es que el "abandónico" no es el que irresponsablemente se raja, tradúzcase: abandona a su pareja; sino el que tiene miedo de ser dejado.

—¿Y esto qué tiene que ver con la reseña del día de hoy?

—Que justamente es una falacia escribir un manual para personas abandónicas cuando estas no son las abandonadas, sino las que abandonan. Y eso, mi querido Masticardi, es un arte que se aprende por experiencia.






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