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El hombre lobo del cementerio de París

El hombre lobo del cementerio de París.



No debemos retroceder hasta la Edad Media para hallar uno de los casos más impactantes de licantropía de toda la historia francesa.

Esta serie de hechos escandalosos se produjo en la ciudad de París, en 1849. Fueron consignados con minuciocidad en las crónicas de la época, y aunque resulten demasiado escabrosos y repugnantes para citarlos en detalle daremos aquí un repaso general.

En el otoño de 1848 ocurrió algo extraño. 

En distintos cementerios ubicados en las afueras de París se hallaron varias tumbas profanadas. Al principio, el hecho fue atribuido a un grupo de estudiantes de medicina que solían comercializar cadáveres con la universidad. Sin embargo, las profanaciones no incluían saqueos ordenados, es decir, los cuerpos no habían desaparecido por completo. 

En los ataúdes abiertos se hallaron rastros de piel, huesos y extremidades, que parecían haber sido masticadas por alguna criatura salvaje.

Se realizaron rondas nocturnas y patrullas lideradas por cazadores, bajo la suposición de que los ataques habían sido perpetrados por un lobo. 

Los más prestigiosos cazadores declararon que en las cercanías de las tumbas efectivamente se habían encontrado huellas sobre la tierra blanda, pero ninguna correspondía al andar de los lobos.

Eran, de hecho, huellas humanas.

El cementerio de Père Lachaise, notorio por sus leyendas de vampiros, recibió un nuevo y sorpresivo ataque del profanador, habida cuenta de la vigilancia que custodiaba el lugar. 

En esta ocasión se hallaron nuevos restos horriblemente mutilados.

Ya en el invierno de 1848 se realizaron nuevos descubrimientos macabros en el cementerio de Montparnasse. Se decidió entonces colocar hombres armados, ocultos entre las tumbas, para intentar atrapar al voraz profanador.

En marzo de ese año, el vigilante nocturno del cementerio de Montparnasse oyó un alarido inhumano en la oscuridad. Con gran cautela se dirigió hacia allí, armado con un pico y abriendo los velos de la niebla nocturna con una linterna.

Posteriormente declaró haber visto a un hombre visiblemente herido saltando el muro del cementerio. No pudo precisar su rostro, aunque sostuvo que vestía un manto militar.

Ya a la luz del día se siguió el rastro de sangre dejado por el visitante, y se obtuvo un pedazo de tela de sus ropas, lo cual permitió identificar al menos su rango militar.

Al día siguiente la policía realizó una investigación en el cuartel general de París. En la enfermería se identificó a un herido de bala, un joven oficial del regimiento de infantería que, sostuvo, había sufrido un accidente con su arma reglamentaria.

Su nombre era Bertrand.

Tras recuperarse del disparo Bertrand fue juzgado por una corte marcial, donde lo confesó todo.

Bertrand, educado en Langres, había fracasado en su intento de cursar el seminario, de modo que a los veinte años se inscribió en el ejército. Sus compañeros de armas lo describieron como un muchacho distante, proclive a sufrir repentinos ataques de depresión y melancolía.

En febrero de 1847, mientras paseaba con un compañero por el cementerio de Père Lachaise, visitó la tumba de una mujer enterrada en la víspera. Sintió entonces un deseo inexplicable de ver su rostro, de tocarla, de besarla. Con excusas se deshizo de su compañero y luego logró sustraer una pala de la casilla de los sepultureros.

Protegido por la noche, Bertrand desenterró el cuerpo de la mujer. 

Se sentía afiebrado, declaró, con el cuerpo cubierto por un sudor frío que aumentaba con cada palada de tierra que extraía de la tumba. 

Finalizó el trabajo cavando con sus propias manos. 

El lunático Bertrand realizó allí, sobre el cuerpo todavía íntegro de la muerta, las mayores atrocidades. Luego de saciar sus impulsos repugnantes comenzó a sentirse mejor, de hecho, declaró luego, se sentía espléndidamente, como revitalizado por una fuerza indescriptible que latía en su interior.

Fue entonces que Bertrand alzó la mirada hacia la luna, fija en el cielo nocturno como un ojo sin párpados, y aulló como un lobo.

Ya poseído por la idea obsesiva de que era, después de todo, un licántropo, Bertrand comió la carne de aquella pobre desgraciada, cuyo descanso se vio corrompido por los apetitos macabros de la bestia.

En los días sucesivos Bertrand regresó al cementerio en búsqueda de nuevos banquetes diabólicos. 

Prefería, cuando las condiciones eran adecuadas, los cuerpos de mujeres jóvenes y recién enterradas. Su dieta infernal incluía como plato predilecto el cuerpo de aquellas pobres mujeres que habían muerto en el parto.

El caso de Bertrand despertó la indignación pero también el interés mórbido de la opinión pública. Se editaron largas crónicas sobre los hábitos del licántropo y cómo se cebaba en aquellos festines de mutilación y canibalismo.

Naturalmente se lo encontró culpable de al menos doce profanaciones; sin embargo, al no ser juzgado por la justicia civil sino por una corte marcial que no albergaba en sus leyes mayores castigos para la profanación de tumbas, se lo sentenció solo a un año de prisión.






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El artículo: Bertrand: el hombre lobo del cementerio de París fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Anónimo dijo...

no era Bertrand,era Besnard.