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"Contagio": Janet Asimov; relato de vampiros de la esposa de Isaac Asimov

Contagio (Contagion) es un relato de vampiros de la escritora norteamericana Janet Opal Jeppson, más conocida por su nombre de casada, Janet Asimov (1926- ) —esposa del maestro de la ciencia ficción, Isaac Asimov—; publicado en la antología de 1991: El mito de Drácula (The Ultimate Dracula).

Contagio es, quizás, uno de los mejores relatos contemporáneos de ciencia ficción relacionados con los vampiros.

Aquí, Janet Asimov relaciona la robótica y el estudio de la telepatía con el resurgimiento del mismísimo conde Drácula, rara asociación donde una médica psiquiatra (llamada Mina, para mayores analogías) busca en aquella estirpe maldita la clave para desarrollar aptitudes sobrenaturales.





Contagio.
The Contagion, Janet Asimov (1926- )

Del Diario de la doctora Mina:

Precisamente en el momento en que me las había arreglado de modo que mi nueva ocupación me permitiera dedicar algún tiempo a trabajar en mi proyecto secreto, me han asignado un caso que parece particularmente difícil. No puedo pedir más horas libres porque sospecharían, en especial dado que yo presento diferencias demasiado obvias, y aquí las cosas son como son. Pero ya les enseñaré, si el nuevo caso no me roba demasiado tiempo.

Por si servía de algo, me quejé con moderación a mi supervisor.

–Según la información existente sobre este paciente, es probable que insista en dormir de día y velar de noche, y eso afectará a mis horas libres...

–Sabe usted muy bien que todos los especímenes recién despertados necesitan terapia, y ese orgánico en particular no sólo no es una excepción, sino que además, por ser único, requerirá un trabajo especial. Estoy seguro de que podrá usted reajustar su horario para trabajar de noche.

–Sin duda algún otro terapeuta...

–Los orgánicos responden mejor a los cuidados de los médicos que se parecen a ellos.

–Este paciente varón presenta un historial de relaciones extrañas con hembras, y yo, me guste o no, soy una hembra.

–Sin embargo –dijo el supervisor Seis, en un tono tan estúpidamente razonable como de costumbre–, la elección de usted como el médico más adecuado era lógica, puesto que es la única psicoterapeuta del Centro Médico Galáctico que reúne las calificaciones exigidas.

En ese momento, mi localizador personal empezó a zumbar.

–Doctora Mina, la requieren en la sección cinco. Su paciente empieza a despertar de su letargo post–descongelación.

–Es extraño –comenté–, todavía hay luz diurna. Será mejor que vaya a echar una mirada al caso.

Cuando me dirigía ya hacia la puerta, el supervisor Seis apretó con uno de sus brazos multiarticulados un punto de su cuerpo hexagonal de metal, de modo que me detuve para escuchar un último consejo no solicitado:

–Recuerde su infortunada tendencia a emplear en la terapia intuiciones y emociones. Le aconsejo que trate este caso con una rigurosa adhesión a la lógica.

Por supuesto, el supervisor Seis no me deseó suerte.

En la suite con jardín que le habían asignado, el paciente llamado Drácula estaba totalmente despierto, sentado sobre el diván y vestido con ropas negras y brillantes que realzaban su figura aristocrática, notablemente masculina.

–¿Dónde diablos estoy? –fueron las primeras palabras que me dirigió.

Tal como se señala en toda la literatura relativa al caso, tenía una nariz estrecha, de puente alto y aletas en arco, y una frente prominente y despejada. Las cejas pobladas y rizadas, a pesar de juntarse excesivamente en el centro, constituían un admirable contrapunto a su barbilla firme y sus orejas puntiagudas.

–Mira, muchacha, sé que se supone que mi cara ha de provocar rubores y escalofríos en cualquier hembra, pero te quedaría agradecido si dejaras de mirarme con la boca abierta y respondieras a un par de preguntas.

Me senté en la silla situada junto a la cabecera del diván.

–Por favor, tiéndase, señor Drácula...

–Conde. Conde Drácula. Ahora que el comunismo ha mordido el polvo, estamos decididos a revivir la nobleza.

–Muy bien, conde. Tiéndase, por favor. Limítese a decir lo primero que le pase por la mente, y...

–¡Oh, no! Después de las molestias de hacerme congelar, no querrán hacerme soportar a otra terapeuta freudiana. –Me miró de arriba abajo–. Pensándolo mejor, me gustas, y... dime, ¿qué tipo de lenguaje estoy usando?

Cometí el doble error de responderle y de revelarle demasiadas cosas al hacerlo.

–Mientras estaba usted inconsciente, se le imbuyó el aprendizaje del lenguaje galáctico estándar, que es el que utilizamos aquí, en el Centro Médico.

Los ojos de Drácula –de un tono azul intenso, según había podido apreciar– se estrecharon.

–El Centro Médico Galáctico, supongo.

–Correcto. Y si desea que aborde su caso desde una perspectiva no freudiana, puedo hacerlo. Mis credenciales en...

–Probablemente no me lo vas a decir, de modo que déjame adivinarlo... O bien nosotros nos fuimos de nuestro sistema solar, o bien entraron en él alienígenas. ¿Es así?

Ignoré la pregunta.

–Veo que sus colmillos no son puntiagudos.

–Fueron limados y empastados. ¿Me han descongelado en una época en la que puede darse tratamiento a mi problema bioquímico familiar?

–Ya ha habido una corrección de la malformación genética que le forzaba a ingerir sangre fresca. Si le parece, empezaremos por discutir los traumas de su infancia...

–Mi infancia fue normal y aburridísima.

–Sin duda ha necesitado reprimir los recuerdos...

–Fue normal, como he dicho, pero al entrar en la pubertad descubrí mi tendencia al vampirismo. Fui de médico en médico, esperando curarme. Acabé por enrolarme como trabajador voluntario en un banco de sangre, en mis horas libres, y robaba pequeñas cantidades de sangre de cada donante.

–¿Qué puede decirme de la seducción de mujeres inocentes, cuyos cuerpos quedaban tan sometidos al suyo que no sólo sentían lo mismo que sentía usted, sino que llegaban a desear que usted les chupara la sangre?

–Ha visto demasiadas películas. Me cuesta creer que haya leído el libro original, porque nadie lo lee...

–Yo sí. Es usted el conde Drácula, el humano que vive eternamente a menos que sea decapitado y atravesado por una estaca, cosa que al parecer le ocurrió a un sosia suyo. Usted, presumiblemente, continuó su carrera de violencias, asesinatos y, por supuesto, seducciones...

Drácula se inclinó hacia adelante y me dio unos golpecitos en la rodilla.

–Mire, niña, me disgusta decepcionarla, pero soy únicamente un descendiente. Los genes irregulares se activan cada tres generaciones. No sólo no soy el conde Drácula original, sino que además soy una copia defectuosa. Incluso duermo a mis horas regulares, por las noches.

–Y nunca ha cometido usted...

–Ni violencias, ni asesinatos, ni... –suspiró– seducciones.

–En ese caso, el proceso terapéutico será rápido y sencillo...

–Habla como el anuncio de un producto laxante.

–Conde, soy su médico. Tal vez podría comenzar por informarme del año en que fue sometido a congelación rápida.

–¿Por qué pregunta? ¿No tienen ustedes los médicos del futuro chismes en los que pueden leerse todos los datos almacenados en el cerebro de una persona?

–No existen scanners de memoria que dejen intacta la mente orgánica. Bastará simplemente con que responda a mis preguntas.

–Perdone, pero no me siento de humor para pasar por pruebas psiquiátricas al minuto de haberme despertado. Sin duda las ropas de diseño en piel negra y el reloj digital le indicarán que fui congelado en la última década del siglo veinte.

–En la Tierra –dije, cometiendo un nuevo error.

Drácula se puso en pie y cruzó las puertas de plastiglás que daban al jardín privado, y tapiado, de la suite. Echó una ojeada a su alrededor, y gruñó:

–Un jardín europeo al estilo antiguo. Las espuelas de caballero y las rosas son muy notables. ¿Lo han hecho por mí?

–Sí.

–¿Y esa tapia tan alta, también está puesta para mí?

–Pensamos que se sentiría más seguro en un lugar cerrado.

–O bien que el Centro Médico estaría más seguro de mí –dijo con tristeza Drácula–. ¿Tiene dudas sobre la eficacia de sus remedios bioquímicos? ¿Es que los efectos son meramente temporales?

–Son permanentes. Nunca volverá a sentir la compulsión de beber sangre. Ahora vuelva a tenderse en el diván, y charlemos...

–No. Hoy, no. ¿Hay comida dentro de ese trasto del rincón?

–Sí. Las instrucciones son muy sencillas y figuran impresas en la puerta. Nuestro ordenador principal le proporcionará cualquier cosa que desee.

–A diferencia de mi maldito antecesor, yo consumo alimentos normales. ¿Será una falta contra la ética médica el que se quede a almorzar conmigo?

–Volveré después del almuerzo.

–No, no lo haga, por favor. Necesito un día de descanso completo para despertar del todo a la realidad. ¿Hay televisión que ayude a ese proceso?

–El equipo de reproducción holográfica que tiene junto a esa pared le pasará las cintas que usted desee, incluidas todas las películas de Drácula.

–¡Puaj! ¿Puedo ver programas actuales?

–Están prohibidos a los pacientes, al menos hasta que se acerca ya el momento de soltarlos.

–¿Prohibidos? ¿Soltarlos? ¿Estoy en una prisión?

–¡Claro que no! El Centro Médico Galáctico cuenta con las técnicas terapéuticas más avanzadas de la galaxia, muy por delante del CMG del M31, para no mencionar...

–La creo. Pero estoy aquí encerrado.

–Por su propio bien, señor... conde Drácula. Despertar en una nueva era puede convertirse en una experiencia traumática, en especial –iba a cometer un nuevo error– para los orgánicos.

Tal vez le hubieran limado los colmillos, pero la inteligencia de aquel hombre seguía teniendo un filo notable.

–¿Hay una inteligencia no orgánica?

–Ciertamente.

–¿Y seres humanos inteligentes no orgánicos? ¿Aquí?

–La respuesta es sí, en los dos casos.

De repente rompió a reír, y un súbito ardor iluminó los pómulos salientes de su pálida faz.

–Supongo que ninguno de los demás seres orgánicos (o de cualquier otra especie) serán, por casualidad, vampiros.

–No exactamente. Tenemos encapsulado a un paciente de Altair que no ha superado psicológicamente su necesidad transicional pubescente de probar los fluidos corporales de cualquier orgánico que tenga a su alcance.

–Qué lástima que no disponga de bancos de fluidos corporales. –Drácula volvió a suspirar–. Mi vieja aberración bioquímica mejoró después de las curas que me aplicaron para los síntomas más molestos que presentaba. Ahora ya no soy contagioso. ¿Y cuándo es ese ahora en el que me encuentro?

–Después tocaremos ese punto –dije, al tiempo que me dirigía a la puerta–. Cuando se muestre más cooperativo. Vendré a verle mañana.

–¿Tiene usted nombre, doctora?

–He elegido uno apropiado para usted. Soy la doctora Mina.

–¿Mina Murray Harker?

–Sólo Mina.

Sonrió y agitó la mano en señal de despedida. Yo seguí mi ronda habitual y luego regresé a mi laboratorio privado dispuesta a trabajar un poco en mi proyecto, pero me es difícil concentrarme en algo que no sea el conde Drácula. De hecho, para emplear el término psiquiátrico preciso, estoy obsesionada.

¿Es esto amor? ¿O es simplemente la misteriosa habilidad draculina para infectar a las mujeres con una obsesión que rige sus vidas? Este conde Drácula es únicamente una copia defectuosa de su malvado antecesor, pero encuentro su presencia compulsiva, su rostro lleno de atractivo, su sonrisa seductora... Me estoy volviendo ridícula.

Debo recordar que, desde mi doctorado, no he tenido nunca el menor problema con la ética médica. Y ciertamente no debería meterme en líos ahora, con todo lo que está en juego.

El día de hoy empezó con la supervisión. Ignoro –se supone que no debe hacerse ese tipo de preguntas– qué especie de qué planeta empezó a manufacturar robots para encargarse de tareas de administración psiquiátrica, pero definitivamente el supervisor Seis podría mejorarse.

Emitió un chasquido de desaprobación cuando le entregué mi informe, y luego preguntó:

–¿Quién era Mina Murray Harker?

–La única mujer que sobrevivió y pudo restablecerse de los ataques del Drácula original. Fue también la responsable de su muerte, porque consiguió conducir hasta Drácula a las personas que lo ejecutaron.

–¿Cómo?

Tan sólo era una sencilla pregunta. Hay veces en que me cuestiono el grado real de mi inteligencia, porque hasta que el supervisor Seis lo preguntó, yo no me había dado cuenta de las peligrosas implicaciones que tenía. Intenté responder con sinceridad porque Seis tenía el molesto hábito de comprobar las respuestas de sus supervisados a intervalos imprevisibles, consultando todos los registros y demás datos disponibles. Me es imposible destruir todo lo que el banco de datos bibliográfico del ordenador contiene sobre el tema de Drácula.

–Al parecer Mina Harker, de soltera Murray, consiguió no convertirse en vampira después de que Drácula la mordiera; pero quedó más o menos ligada mentalmente a él.

El supervisor Seis sacudió todos sus brazos. Si hubiera sido orgánico, habría respirado hondo y soltado un bufido.

–¡Telepatía! Tiene que tener un cuidado exquisito...

Los circuitos cognitivos del supervisor Seis parecían estar sobrecargados, de modo que me apresuré a tranquilizarle.

–No hay ninguna evidencia de capacidad telepática en este descendiente draculino –dije.

–Cualquier posible talento telepático deberá ser cuidadosamente vigilado. Aunque en todos los seres orgánicos conocidos la telepatía es primitiva, siempre plantea dificultades. Yo formé parte de un equipo de exploración que encontró un planeta con plantas telepáticas que interferían las vibraciones electrónicas de los cerebros positrónicos con pensamientos orgánicos ilógicos, incitándolos a hundir en el estiércol un extremo, y a hacer brotar por el otro flores aromáticas capaces de atraer a criaturas aladas inconscientes que favorecieran la procreación. El equipo se vio obligado a huir de allí a toda prisa.

–¡Pobres! –me compadecí.

–También encontramos un planeta de telépatas vegetarianos que se comunicaban poesías mentales mientras rumiaban. No es que critique los poemas (se trataba de himnos en loor de los sistemas digestivos orgánicos, insistiendo especialmente en la producción de gases), pero le aseguro que las especies orgánicas telepáticas son inherentemente peligrosas.

Tomé cuidadosa nota mental de lo fácil que resultaba interferir los circuitos cognitivos de los supervisores.

–La cuestión –siguió diciendo el supervisor Seis– es que no debemos dejar que los telépatas se envalentonen. Sería posible que la evolución de telépatas inteligentes les permitiera apoderarse del control de toda nuestra civilización cibernética.

–¡Qué horror! –dije–. Pero ¿hemos de controlar el desarrollo de la telepatía orgánica para preservar la paz mental de la galaxia, o bien por el hecho de que aún no se ha inventado la telepatía no orgánica?

El supervisor Seis, además de absolutamente refractario al sentido del humor, también es impermeable al sarcasmo.

–Seguimos intentando inventar una telepatía robótica. Hace mucho tiempo se probaron unos circuitos robóticos emotivos, pero resultaron perjudiciales en muchos aspectos. Yo mismo –el supervisor Seis hizo chasquear una de las articulaciones de sus mandíbulas– estoy completamente libre de circuitos emotivos.

–Me temo que acabo de ser insultada.

–Esa apreciación es ilógica. Sus circuitos emotivos la convierten en una terapeuta hábil con orgánicos, y en cambio bastante inadecuada con algunos no orgánicos.

–Al menos –dije, algo más calmada–, puedo empatizar con la disonancia cognítiva y el trauma emocional de Drácula, al despertar en una era radicalmente diferente.

–Usted no nos había informado anteriormente de que sus circuitos emotivos sufrieran desarreglos por el hecho de haber sido retirada de la estasis en la que fue colocada en el siglo veintitrés de la Tierra.

–¡Me encuentro perfectamente! –dije, casi a gritos–. Me gusta mi trabajo y me gusta este siglo.

–Pero no debe dejar que su empatía escape a su control.

«Algún día te controlaré a ti, Seis, maldita computadora andante», pensé, pero no lo dije, y salí en dirección a la suite de Drácula.

Sentado, pero no tendido en el diván, me saludó cortésmente y dijo:

–Doctora Mina, tengo la sensación de que no va a satisfacer usted mi curiosidad sobre mis presentes circunstancias, de modo que yo satisfaré la suya. Me preocupa el futuro porque el trabajo que yo hacía habrá quedado desfasado sin ningún género de duda...

–¿Habla usted de su trabajo en el banco de sangre?

–No, aquello se debía al deseo de seguir siendo un vampiro sin hacer daño a nadie. Me refiero a mi auténtica profesión, la ingeniería de ordenadores, incluida la investigación sobre la inteligencia artificial.

–En efecto. –Me esforcé en conseguir que mis circuitos emotivos no generaran una agitación perceptible en el mecanismo del habla, y procuré cambiar de tema para darme a mí misma algún tiempo de reflexión–. Los individuos de su estirpe suelen sentirse ligados a lo que llaman su propio hogar. ¿Ha tenido usted una sensación de ese género con respecto a la casa de sus antepasados?

–¿Se refiere al castillo de Drácula, en lo que fue Transilvania? Sentía curiosidad por aquel lugar, pero no un deseo irresistible de vivir en él. Me establecí en el único lugar donde nadie se extraña por las rarezas que pueda tener una persona: en Manhattan. Y me gustaría saber dónde me encuentro ahora. Desde el jardín, da la sensación de que el Centro Médico está cubierto por una cúpula.

–Todo el planeta es el Centro Médico Galáctico, y está enteramente protegido por una cúpula: era la única solución factible, dado que tratamos tanto a orgánicos como a no orgánicos. ¿Visitó alguna vez Transilvania?

–Sí. El viejo castillo en ruinas seguía estando allí, la hiedra invadía las almenas y los grajos graznaban en la torres, pero el lugar se ha convertido en la atracción principal de un complejo turístico llamado El Escondite del Horror. Incluso practican saltos simulados con paracaídas desde el borde del acantilado. Me deprimió.

Compuse mis facciones en una expresión conveniente de simpatía, porque él seguía sentado, mirándome a los ojos.

–¿Le he dicho ya que soy alérgico al ajo? –dijo.

–¿Como el conde original?

–No. Probé a llevar un diente de ajo, pero no me impidió desear beber la sangre de mis donantes. Lo que me desagrada es comer el ajo... me produce una gastritis horrorosa. ¿Es ése de verdad el tipo de cosas que desea usted escuchar?

–Continúe. Hable de lo que mejor le parezca...

–Mi mente se ve constantemente invadida por ideas sexuales. Quiero decir, desde que me desperté. Desde que la vi, doctora Mina.

Espiaba mis reacciones, pero yo seguí impasible.

–Prosiga.

–Hasta el momento en que fui congelado, llevaba una vida de abstemio en lo referente al sexo. Tenía que ocultar mi sed de sangre, de modo que me resultaba imposible entablar cualquier tipo de relación que implicara intimidad emocional, y los contactos sexuales con desconocidas me asustaban, porque soy un tanto hipocondríaco. Las mujeres se sentían atraídas hacia mí, pero nunca pude comprender por qué, hasta un día en que paseaba por delante de un edificio en el que se celebraba una convención sobre la ciencia–ficción, y una adolescente gritó: « iMirad esas orejas! ¡Debe de ser eso!»

–¿Eso?

–No todas las adolescentes de finales del siglo veinte utilizaban con precisión la gramática. Me vi asaltado por una nube de preciosas muchachas, que querían mi autógrafo y me hacían preguntas idiotas sobre Vulcano. Después de aquello me dejé el pelo largo, para taparme las orejas.

–No entien...

–No importa. –Se inclinó hacia adelante, y sus ojos adquirieron una fuerza hipnótica–. Doctora Mina, ¿está usted casada? ¿Dice alguna vez a su marido lo que Mina Harker decía al suyo: que era un sucio patán comparado con mi antecesor?

La sesión de terapia no avanzaba por ninguna vía ortodoxa, y no ayudé a enmendar esa circunstancia cuando dije:

–No estoy casada. ¿Y qué era lo que decía ella?

–¡Ah, doctora Mina! Su tocaya decía: «¡Cómo no van a enamorarse las mujeres de los hombres, cuando ellos son tan amables, tan sinceros, tan valerosos!»

–¿Es usted amable, sincero y valeroso?

–Por desgracia, lo soy. El valor está bien, pero ser amable y sincero es (lo era, en mi siglo) sinónimo de tonto.

No pude resistir por más tiempo su penetrante mirada azul, su figura varonil, su rostro atractivo. Me levanté de mi silla y fui a postrarme de rodillas a sus pies.

–¡Drácula! ¡Te quiero! ¡Tómame! ¡Inféctame!

–¿Infectarte? ¡Pero si no soy contagioso!

–Tu sed de sangre ha desaparecido, pero fue la única anormalidad genética que se corrigió. Posees otras. ¡Úsalas!

Drácula libró sus pies de mi abrazo, se levantó y se inclinó para ayudarme a ponerme en pie.

–Cariño, debes de ser nueva en este oficio, o bien es que los pacientes ya no ponen demandas por mala conducta profesional.

–¡Tengo circuitos emotivos! –grité–. ¡Hazlos vibrar! ¡Utilizaremos el sexo para establecer contacto!

Se soltó de mi abrazo, se acercó con largas zancadas a las puertas transparentes, las abrió y fue a sentarse entre las espuelas de caballero del jardín. Yo le seguí.

–Váyase, doctora Mina. Me está usted utilizando. No alcanzo a comprender cuáles son sus motivos, pero estoy condenadamente seguro de que es así. Váyase.

Me fui. He pasado toda la noche estudiando mi acceso de locura. Pero lo más extraño es que la simple imposición de sus manos sobre mi cuerpo hizo brotar alguna especie de contacto. Ya no es sólo que piense continuamente en él, sino que me siento parte de él. Todos los antiguos libros terráqueos que he leído dirían que esto es amor. Pero no quiero amarle; ¡quiero utilizarle, maldita sea!
Hoy la tercera sesión de terapia con Drácula empezó muy mal. Yo fingí que mi comportamiento de ayer era un artificio terapéutico dirigido a hacerle sentirse querido en este siglo, pero en ningún momento picó el anzuelo.

–Mina..., no voy a llamarte doctora porque creo que conmigo has renunciado con toda evidencia al trato profesional..., quiero saber la verdad. ¿Me amas, o estás intentando utilizarme para objetivos inconfesables que te interesan exclusivamente a ti?

–¿Por qué me lo pregunta? –dije, insistiendo en ocultarme detrás de la fachada analítica.

–Porque creo que eres una vampira.

–¡Cómo!

–Toqué tus manos ayer, y estaban frías. Doy por supuesto que pudo ser debido a una emoción excesiva, aunque el aumento súbito de hormonas debería más bien haberlas calentado; pero luego toqué tus brazos, y también estaban fríos. Y me di cuenta de que no parecías respirar..., no había movimiento respiratorio en el pecho, por admirablemente modelado que esté.

–Pero...

–Yo soy tan sólo un vampiro insuficiente –continuó diciendo Drácula–. Tengo sombra, y mi imagen se refleja en los espejos. ¿Quieres tener la amabilidad de acercarte aquí, a la luz, para que yo pueda ver si tienes sombra? Y también si tienes pelo en la palma de las manos. Yo no lo tengo.

–Todos esos síntomas son supersticiones sobre los vampiros en general –dije indignada–, y estoy empezando a pensar que su famoso antepasado era sencillamente un fraude.

–¡No lo era! ¡Maldición, ojalá no me hubieran limado los colmillos, me encantaría morder tu cuello! Supongo que de todas formas podría... –Se acercó a mí, me levantó de mi silla y estudió mi cuello–. No hay latido de la carótida. Pero tú misma me invitaste a..., cómo dijiste..., ¿a infectarte? Y la leyenda dice que nosotros los Dráculas tenemos que ser invitados por nuestra víctimas. ¿Eres tú mi víctima, o yo soy la tuya?

–No soy un vampiro. Soy un robot.

–¡Cómo!

Drácula tragó saliva y se dejó caer en el diván. Yo seguía agarrada a él, y caí a su lado. El diván era cómodo y acogedor.

–Soy el único robot humanoide en existencia –dije–. Cuando la estupidez de los humanos acabó por convertir la Tierra en un lugar inhabitable, yo estaba en un laboratorio orbital, trabajando en problemas de la inteligencia artificial. Mi jefe humano insistió en que entrara en una cámara de estasis. Todos los humanos y los robots lo hicieron, pero o bien yo fui la única cuya cámara se conservó intacta, o bien uno de esos condenados alienígenas se ocupó de que ningún humanoide (orgánico o robot) sobreviviera. A mí me revivieron como experimento.

–¿Cómo pude entonces sobrevivir yo?

–Durante un período de reacción fundamentalista ocurrido en el siglo veintiuno, muchas personas consideradas sospechosas fueron ejecutadas, incluso las que habían sido congeladas. Al parecer se temió que no fuera posible matar convenientemente a un Drácula, de modo que su unidad de refrigeración fue proyectada al espacio exterior, y allí permaneció flotando hasta que una nave de carga de este siglo la encontró. Es usted el único humano orgánico superviviente.

Drácula se estremeció.

–La galaxia parece inhóspita. Un humano y un robot humanoide..., eso es todo lo que queda de la Tierra.

–Peor aún –dije–. Los robots lo controlan todo, y cuidan de que los orgánicos no destruyan sus planetas. Los robots obedecen las leyes de la robótica, pero consideran la telepatía un elemento peligroso, de modo que anulan toda tendencia a investigar en ese sentido. Creo además que esos robots alienígenos están celosos, pero nunca lo admitirán.

Drácula se apartó de mi cuerpo y se sentó. Yo seguía tendida en las regiones inferiores del diván. Él me acarició la mejilla.

–Pareces tan natural.

–Mi sensopiel está provista de retroalimentación a mi cerebro positrónico...

–Te refieres a las predicciones de aquel escritor...

–El santo patrón de la robótica.

–¿Y tiene tu sintopiel indentaciones...?

–Se extiende a todos los orificios relevantes. Mis circuitos emotivos son capaces de producir reacciones tanto humanas como específicamente femeninas.

–Quieres decir que...

Me senté en el diván, apartándome de él.

–Supongo que eso es lo que lo ha estropeado todo. Con el fin de ampliar mis trabajos secretos para crear robots telepáticos, yo esperaba utilizar tus poderes telepáticos draculinos latentes con el fin de estimular todas las energías aprovechables de mi propio cerebro. Supongo que se trataba de una idea absurda, y en realidad lo que ha sucedido es sencillamente que me he enamorado de ti. Nunca conseguiremos apoderarnos de esta galaxia horriblemente siniestra...

Drácula me atrajo hacia él, me quitó el uniforme y me demostró de una forma práctica que las conexiones cerebrales de mi sensopiel eran mejores aún de lo que yo había esperado. Fue en la conclusión climáctica del experimento cuando quedé positivamente infectada por sus poderes telepáticos draculinos.

–¡Lo conseguimos! –grité–. ¡Sexo! ¡Telepatía! ¡Mañana el universo!

–Pero, Mina, amor mío, el tiempo no corre a mi favor.

–Al contrario –dije–. Cuando te canses de ser orgánico, colocaré tus pautas cerebrales en uno de mis robots humanoides.

–¡Que habrá de ser amable, sincero, valeroso y telepático! –añadió Drácula. Y luego me besó, y volvió a recomenzar todo el experimento desde el principio.

Vete al diablo, supervisor Seis.

Janet Asimov (1926- )





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El análisis y resumen del cuento de Janet Asimov: Contagio (The Contagion) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que buena historia, que talento de Janet. Interesante alusión a Asimov.

Muy buena la determinación de Janet, para vencer a esos robots. Vete al diablo, supervisor Seis. Y es para enamorarse de ella.

Ricardo Corazón de León dijo...

Que curioso ver mezclada la robótica, el vampirismo y el amor. Me ha gustado mucho el relato. Gracias por compartir.
Un saludo.