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El hombre que rechazaba a las mujeres

El hombre que rechazaba a las mujeres.


Nos costó mucho pero finalmente lo conseguimos. Enrique Mendizábal, hombre pulcro, atildado, rabiosamente perfumado, aceptó nuestra propuesta.

Durante años lo vimos rechazar mujeres apoyándose en los más variados pretextos. En ocasiones se escondía en la psicología, otras, en vagas sincronías astrológicas; pero siempre, en todos los casos, desechaba a las mujeres que se interesaban genuinamente en él.

El baile comenzó con cierta afectación, con cierta teatralidad, como todos los bailes.

Apelando a la retórica más contundente logramos que varias muchachas aceptaran entablar un diálogo coloquial con Mendizábal.

Él se deshizo de todas.

Los argumentos para el rechazo fueron variados. A unas las descartó por lindas, a otras por feas, por altas, por gordas, por flacas, por cristianas. Mendizábal incluso ensayó combinaciones insospechadas, esgrimiendo pruebas contradictorias para rechazar posibles candidatas. El caso más notable fue el de Noemí Vizcaíno, descartada por ser desagradablemente hermosa.

Ya bien entrada la madrugada solicitamos la intervención del profesor Lugano.

Se acercó a Mendizábal y examinó su modus operandi.

La indagatoria duró varios minutos.

Los rechazos se sucedieron, uno tras otro. En vista de semejante espectáculo incluso varios hombres se arrimaron a Mendizábal, confundiendo sus apetitos y recibiendo, en última instancia, el mismo descarte lacónico.

Finalmente el profesor Lugano obtuvo de Mendizábal una confesión que anuló cualquier conjetura posterior.

Nos retiramos sigilosamente del baile; en puntas de pie, se diría, sin obtener otra cosa que un puñado de anécdotas y una cifra escandalosa de rechazos, en nuestro caso, indeseados.

En la bruma que anticipa el alba, perfilados sobre los adoquines húmedos y todavía fríos entendimos que Mendizábal carecía de soberbia, que sus gustos no eran en absoluto refinados, y que su temperamento abúlico no se correspondía con una excesiva valoración de sí mismo.

Mendizábal, como tantos otros, jamás aceptaría a una mujer capaz de desear a un hombre como él.


Más filosofía del profesor Lugano. I Egosofía.


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