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La muñeca: Vernon Lee (Violet Page)

La muñeca (The Doll) es un relato fantástico de la escritora inglesa Vernon Lee, seudónimo de Violet Page (1856-1935), publicado en 1900.

La muñeca es básicamente la historia de un coleccionista. El objeto de colección que dispara los resortes del relato es una extraña muñeca que perteneció a un conde viudo. No se trata aquí de una muñeca común, sino de un maniquí de dimensiones humanas que fue peinada y vestida con las ropas de la condesa muerta. Cuando su poseedor finalmente se encontró con su amada en la otra vida, la muñeca fue recluida en un armario, y solo volvió a ver la luz del día cuando este coleccionista la halló casi por casualidad.

Indignado por el hallazgo de semejante objeto en un lugar tan inapropiado, el coleccionista deberá vérselas con la posibilidad de que la muñeca sea quemada, algo que tal vez no sea del todo irracional teniendo en cuenta que esta muñeca realmente sufre su condición artificial.


La muñeca.
The Doll, Vernon Lee -Violet Page- (1856-1935)

Estoy convencida de que esto es el último bric-a-brac (1) que voy a comprar en mi vida -dijo, cerrando el joyero renacentista-, esto y el juego para postre chino que hemos usado hace un rato. Creo que he perdido el entusiasmo por estas cosas. Y me parece que sé por qué. Junto con los platos y el cofrecito compré una cosa (no sé si debo llamarla cosa) que me ha quitado las ganas de seguir hurgando entre las pertenencias de los muertos. Quise hablarte de ello en varias oportunidades, y no lo hice por miedo a parecerte tonta. Pero a veces me pesa, como si fuera un secreto. Así que, tonta o no, creo que voy a contarte la historia. Por favor, llama para que nos traigan más leña y pon ese biombo delante de la lámpara.

Me ocurrió hace dos años en Foligno, en Umbría. Era otoño y yo estaba sola en la posada, porque, como sabes, mi marido está demasiado ocupado para acompañarme en mis búsquedas de antigüedades, y la amiga que iba a venir se enfermó y no viajó hasta más tarde. Foligno no es lo que se dice un lugar interesante, pero a mí me gustó. Hay muchos pueblecitos pintorescos en los alrededores, y montañas altas y agrestes de piedra rosa, cubiertas de encinas, desde donde hacen rodar los haces de troncos para luego soltar la armadía al cauce del torrente. Hay un pequeño río impetuoso y caudaloso que pasa a un lado de las murallas tapizadas de hiedra; y hay frescos del siglo XV, que seguramente tú conoces muy bien. Pero, claro, lo más importante para mí es que posee varios magníficos palacios antiguos, con sus entradas labradas en esa piedra rosa, sus patios con columnas y sus ventanas con hermosas rejas, y, como Foligno es un mercado y un punto de encuentro, una suerte de metrópolis en medio del valle, están casi todos en muy buen estado.

Además, y muy especialmente, Foligno me gustó porque descubrí a un delicioso anticuario. No me refiero a una tienda, porque no tenía nada para vender que valiera veinte francos, sino a él, un anciano encantador, delicioso. Su nombre de pila era Orestes, y eso para mí fue suficiente. Tenía una barba larga y blanca, unos bondadosos ojos marrones y unas manos bellísimas, y llevaba siempre un braserillo de barro debajo de la capa. Se había iniciado en el negocio de las antigüedades, después de haber sido maestro albañil, porque sentía una verdadera pasión por las cosas hermosas y el pasado de su tierra natal. Conocía todas las crónicas antiguas (me prestó la de Matarazzo), y sabía con exactitud dónde había tenido lugar cada hecho ocurrido en los últimos seiscientos años. Hablaba de los Trinci, que habían sido los déspotas locales, de santa Ángela, que es la santa del lugar, de los Baglioni, de César Borgia y de Julio II como si los hubiera conocido. Me mostró el sitio donde san Francisco predicó a las aves y allí donde Propercio (¿fue Propercio o Tibulo?) tuvo su granja. Cuando me acompañaba en mis recorridos en busca de bric-a-brac, se detenía en una esquina, o debajo de un arco, y me decía: «Ve usted, de aquí se llevaron a las monjas de las que le hablé; allí apuñalaron al cardenal. Aquel es el sitio donde demolieron el palacio después de la masacre, pasaron la reja del arado por el suelo y desparramaron la sal». Y todo eso lo decía con una expresión vaga, lejana y melancólica en los ojos, como si viviera en aquella época y no en esta. Fue él quien me ayudó a conseguir el cofrecito de terciopelo con los broches de hierro, que por cierto es una de las mejores cosas que tenemos en esta casa. Ya ves, fui muy feliz en Foligno. De día batía el terreno, curioseando por todas partes, y por la noche leía las crónicas que me había prestado Orestes. No me importaba tener que esperar a mi amiga, que, por otra parte, nunca apareció. Para decirte la verdad, fui absolutamente feliz hasta tres días antes de mi partida. Y ahora viene la historia de mi extraña adquisición.

Orestes, con la más absoluta naturalidad, se presentó una mañana para decirme que cierta persona noble de Foligno deseaba venderme un juego de platos chinos.

-Algunos están cascados, pero, en cualquier caso, podrá visitar el interior de uno de nuestros palacios más hermosos; sus habitaciones están conservadas tal como eran.No es que haya nada valioso, pero sé que la signora aprecia el pasado que permanece intacto.

Era, excepcionalmente, un palacio de fines del siglo XVII y parecía una barraca en medio de las elegantes casitas renacentistas. La parte superior de cada una de las ventanas estaba adornada con una enorme cabeza de león; tenía una entrada con sitio para dos carruajes, un patio donde hubieran podido estacionarse cien y una escalinata colosal, con estucos en las bóvedas representando a las virtudes. Había un zapatero remendón en la portería y una fábrica de jabón en la planta baja; al fondo del patio porticado había un jardín con vides amarillas y descuidadas y girasoles muertos.

-Grandioso, pero muy mazacote: casi del siglo XVIII -dijo Orestes mientras subíamos los estrechos escalones que crujían a nuestro paso.

En la vasta antecámara con el escudo de armas, sobre una consola de oro, habían colocado algunas piezas del juego de postre para que yo pudiera inspeccionarlas. Las miré y les pedí que prepararan el resto para que yo pudiera verlas al día siguiente. El dueño, una persona muy noble, pero medio arruinado (a juzgar por el estado de la casa, debía de estar completamente arruinado) residía en el campo y el único ocupante del palacio era una anciana que se parecía a una de esas viejas que apartan las cortinas de las puertas de las iglesias para que uno pase.

El palacio era inmenso. Había un salón de baile tan grande como una iglesia, varias salas de recepción con pisos sucios y mobiliario del XVIII, opaco y ajado, y un fastuoso aposento tapizado de satén amarillo y oro donde había dormido cierto emperador; unos estantes horribles con fotografías descoloridas en las paredes, dos biombos muy ordinarios y unos cojines de lana de Berlín delataban que habían vivido allí ocupantes más actuales.

Mientras la anciana destrababa una tras otra las brillantes persianas pintadas e iba abriendo cada una de las ventanas con pequeños vidrios verdosos, yo la seguía obedientemente, muy contenta porque me paseaba entre los fantasmas de personas muertas.

-La biblioteca está al fondo -dijo la anciana-, por aquí, si la signora no tiene inconveniente en pasar por mi habitación y por el cuarto de planchar; el camino es más corto que por el vestíbulo de atrás.

Asentí, y me disponía a cruzar lo antes posible el cuarto de la criada, que no estaba muy aseado que digamos, cuando, de repente, di un paso atrás. Enfrente había una mujer sentada, vestida como en 1820 y completamente inmóvil. Era una muñeca enorme. Tenía un rostro clásico, a lo Canova, como los retratos de Madame Pasta o de Lady Blessington. Estaba sentada con las manos cruzadas sobre la falda y miraba con fijeza.

-Es la primera esposa del abuelo del conde -explicó la anciana-. Esta mañana la sacamos del armario para quitarle el polvo.

La muñeca estaba vestida con extrema minuciosidad. Llevaba medias de seda, sandalias y mitones largos, de seda bordada. El cabello, apenas pintado, estaba partido al medio en dos bandas aplastadas que dibujaban su frente como un triángulo. Tenía un gran agujero en la nuca a través del cual se veía que estaba hecha de cartón.

-¡Ah! -dijo, como abstraído, Orestes-. ¡La imagen de la bella condesa! La había olvidado por completo. No la veo desde que era un muchacho -y, con infinita delicadeza, retiró una telaraña de las manos con su pañuelo rojo y añadió-: Antes la tenían guardada en su boudoir.
-Eso fue antes de mi época -respondió el ama de llaves-. Yo siempre la he visto en el armario, y hace treinta años que estoy aquí. ¿Querrá la signora ver la colección de medallas del anciano conde?

Orestes estaba muy pensativo cuando me acompañó de vuelta a casa.

-Fue una dama muy hermosa -empezó tímidamente a decirme cuando nos estábamos acercando al hotel-, me refiero a la primera esposa del abuelo del actual conde. Murió cuando hacía un par de años que se habían casado. Dicen que el viejo conde se volvió medio loco. Mandó hacer la muñeca a partir de un retrato y la guardó en el aposento de la infortunada. Todos los días se encerraba con ella durante varias horas. Pero terminó por casarse con una mujer que tenía en la casa, una lavandera, con quien había tenido una hija.
-¡Qué historia más curiosa! -dije.

Y no pensé más en ello.

Pero la muñeca volvió a ocupar mis pensamientos, ella y sus manos cruzadas, sus grandes ojos abiertos, y su esposo, que al final se casó con la lavandera. Al día siguiente, cuando volvimos al palacio para ver el juego completo de platos chinos antiguos, sentí de pronto un extraño deseo de ver la muñeca otra vez. Aproveché que Orestes, la vieja y el abogado del conde estaban ocupados en determinar si la tapa de una fuente que se le había caído a mi criada estaba o no previamente rota, y me eclipsé en busca del cuarto de planchar.

La muñeca seguía allí y aún no habían encontrado tiempo para quitarle el polvo. El traje de satén blanco, con una pequeña tira de encaje en el dobladillo, y su corsage corto se habían vuelto grises de tanta mugre incrustada. Los pobres guantes blancos de seda y las medias de seda blanca estaban prácticamente negros. De una mesa que estaba junto a ella se había caído un periódico sobre sus rodillas, o alguien lo había tirado allí, y daba la impresión de tenerlo en sus manos. Entonces se me ocurrió que la ropa que tenía puesta era la verdadera ropa de su original, la pobre muerta. Y cuando encontré sobre la mesa una peluca desgreñada y llena de polvo, con bandas de pelo estirado delante y un nido de elaborados ricitos detrás, comprendí al instante que estaba hecha con el verdadero cabello de la pobre dama.

-Está bien hecha ―dije tímidamente cuando la vieja, como era de esperar, entró a buscarme haciendo crujir el piso.

Como no pensaba en nada más que en complacer todos los caprichos que pudieran significarle una propina, sonrió con una mueca horrible y, para demostrarme que la muñeca merecía realmente mi atención, procedió a doblarle los brazos articulados y a cruzarle las piernas por debajo de la falda de satén blanco. Era espantoso.

-¡Por favor, por favor, no haga eso! -le grité a la vieja bruja, pero uno de los pies, enfundado en su sandalia, quedó colgando y se movía produciendo un efecto horroroso.

Estaba asustada, por miedo a que mi sirvienta me encontrase mirando la muñeca. No hubiera podido soportar sus comentarios. Por eso, aunque fascinada por esa mirada oscura e inmóvil en su rostro de diosa de Canova, o de madonna de Ingres, me fui de allí a regañadientes y regresé a inspeccionar el juego de postre.

No sé qué me había hecho la muñeca, pero me di cuenta de que pensaba en ella el día entero. Me sentía como si acabara de iniciar una amistad, dolorosamente interesante, como si, de pronto, me hubiera lanzado a entablar una amistad con una mujer cuyo secreto había descubierto de manera casual, como suele ocurrir. Puesto que yo, en cierto modo, sabía todo sobre ella, y los primeros detalles que obtuve de Orestes -debo decir que sentía una necesidad irresistible de hablar de ella con él- no me aportaron absolutamente nada nuevo, sino que confirmaron lo que ya sabía.

La muñeca -yo no hacía ninguna diferencia entre el retrato y el original- se había casado no bien salió del convento y durante su corta vida de mujer casada, el amor loco que su marido le profesaba la mantuvo apartada del mundo, de manera que había seguido siendo la misma niña tímida, orgullosa e inexperta.

Y ella, ¿lo había amado? No me lo dijo enseguida. Pero poco a poco me di cuenta de que, de un modo profundo e inexpresable, él le importaba a ella más de lo que ella le importaba a él. Ella no sabía cómo responder a esas expresiones garruladoras y desbordantes de afecto que él le prodigaba sin cesar. El no podía permanecer ni dos minutos sin hablarle de su amor mientras que ella nunca encontraba las palabras para expresar el suyo, y sufría porque ansiaba pronunciarlas. Y no porque él quisiera. Él era una persona brillante, carente de voluntad, una especie de lírico que nada sabía de los sentimientos de los demás; lo único que le importaba era hundirse y disolverse en los propios. En los dos años que duró su amor absorbente, ese éxtasis locuaz que ella le inspiraba, el conde no sólo renegó de la sociedad y descuidó completamente sus asuntos, sino que jamás intentó enseñar a esta criatura joven e inexperta a ser una compañera, ni mostró curiosidad alguna por saber si su ídolo era inteligente o tenía algún carácter. La condesa explicaba esa indiferencia por la estúpida e inconcebible incapacidad que ella tenía para expresar sus sentimientos. ¿Cómo podía él adivinar su deseo de saber, de comprender, si ella ni siquiera era capaz de decirle lo mucho que lo amaba? Por fin, un día el sortilegio se rompió: las palabras llegaron y con ellas la fuerza para expresarlas; pero fue en su lecho de muerte. La desdichada joven murió mientras daba a luz a un niño; ella, que apenas era una niña.

¿Ves? Sabía que también tú pensarías que esto es una estupidez. Conozco cómo es la gente, cómo somos todos, y sé lo imposible que es realmente que otros sientan lo mismo que uno. ¿Crees que yo habría podido contarle este asunto de la muñeca a mi marido? Y, sin embargo, sobre mí le cuento todo siempre, y no dudo de que habría sido muy bueno y respetuoso. Me he comportado como una tonta embarcándome en la historia de la muñeca con cualquiera; debió seguir siendo un secreto entre Orestes y yo. Él, estoy segura de ello, tuvo que haber entendido perfectamente los sentimientos de esta pobre dama, o ya los conocía, tan bien como yo. En fin, supongo que si he empezado, debo continuar.

Yo sabía todo acerca de la muñeca, quiero decir, la dama, cuando vivía, y ahora necesitaba saber todo sobre ella después de muerta. Pero creo que no voy a contártelo. Basta: el marido mandó hacer la muñeca, la vistió con sus ropas y la colocó en su boudoir, donde las cosas habían quedado tal como estaban en el instante de su muerte. No dejó que nadie entrase allí (él mismo se encargó de asearlo y de quitar el polvo), y pasaba horas cada día llorando y lamentándose delante de la muñeca. Luego, poco a poco, volvió a contemplar su colección de medallas y reanudó sus cabalgadas, pero jamás volvió a ver a sus amigos ni dejó de pasar una hora en aquel aposento con la muñeca. Después sucedió lo de la lavandera. ¿Fue entonces cuando mandó la muñeca al ropero? ¡Oh, no! No era esa clase de hombre. Era un idealista, un sentimental, un débil, y el amorío con la lavandera creció gradualmente, amenazado por la pasión inconsolable por su esposa. No se hubiera casado nunca con otra mujer de su propio rango, ni le hubiera dado una madrastra al hijo de ella (al hijo lo enviaron a una escuela lejana y fue de mal en peor); cuando se casó con la lavandera ya estaba medio senil y lo hizo porque ella y los curas lo forzaron amedrentándolo para que legitimara a la otra hija. Siguió visitando a la muñeca durante mucho tiempo, mientras el idilio con la lavandera seguía tranquilamente su curso. Después, al hacerse viejo y perezoso, la visitaba cada vez menos; enviaba a otros a que le quitaran el polvo y al final nadie más volvió a ocuparse de limpiarla. Acabó peleándose con su hijo y viviendo como un patán, viejo y débil, en la cocina la mayor parte del tiempo, hasta que murió. El hijo -el hijo de la muñeca-, un descarriado, se casó con una viuda rica. Ella fue quien volvió a amueblar el aposento de la dama y retiró de allí a la muñeca. Pero la hija de la lavandera, la ilegítima, que a la sazón se había convertido en una especie de ama de llaves del palacio de su medio hermano, abrigaba una dudosa estima por la muñeca, en parte porque el viejo conde había hecho de eso toda una cuestión, en parte porque debió de haber costado mucho dinero, y también porque la auténtica había sido la dama. Por eso, cuando cambiaron el mobiliario del boudoir, ella vació un armario y metió dentro la muñeca. A veces la sacaba para quitarle el polvo.

Bien, mientras yo tomaba conciencia de todas estas cosas, llegó un telegrama de mi amiga en el que me comunicaba que no vendría a Foligno y me pedía que me reuniese con ella en Perugia. El cofrecito del Renacimiento había sido enviado a Londres; Orestes, mi sirvienta y yo habíamos embalado los platos y los fruteros chinos en canastos de paja. Yo había encargado una colección del Archivio Storico como regalo de despedida para mi querido Orestes -jamás se me habría ocurrido regalarle dinero, una traba de corbata o algo por el estilo- y ya no había motivos para permanecer en Foligno ni una hora más. Por otra parte, al final me sentía algo deprimida -supongo que nosotras, pobres mujeres, no podemos quedarnos solas seis días seguidos en una posada, por más entretenidas que estemos buscando bric-a-brac o leyendo crónicas, asistidas por criadas devotas- y sabía que no me pondría bien hasta que me fuera de ese lugar. Pero irme me resultaba difícil, mejor dicho, imposible. Lo confesaré sin ambages: no podía abandonar a la muñeca. No podía dejarla, con ese agujero en su pobre cabeza de cartón, con su cara de madonna de Ingres juntando polvo en el mugriento cuarto de planchar de esa vieja. Era del todo imposible. No obstante, debía irme. Entonces mandé llamar a Orestes. Yo sabía exactamente lo que quería; pero me parecía algo imposible y en cierto modo me daba miedo pedírselo. Me armé de valor y, como si fuera lo más natural del mundo, le dije:

-Estimado signor Orestes, quiero que me ayude a efectuar una última compra. Deseo que el conde me venda el... el retrato de su abuela, quiero decir, la muñeca.

Había preparado un discurso para que Orestes entendiera sin problema que una figura de tamaño natural, enteramente ataviada con el traje original de una época pasada, tendría muy pronto el más alto interés histórico, etc. Pero sentí que no me hacía falta decir nada de eso. Orestes, que se había sentado a la mesa frente a mí -yo lo había invitado a compartir mi cena en el hotel, pero no aceptó más que una copa de vino y un pedazo de pan-, Orestes, digo, asintió primero y luego abrió mucho los ojos, como si quisiera abarcarme entera con la mirada. No me sorprendió. Estaba reflexionando, me sopesaba, a mí y a mi oferta.

-¿Será muy difícil? -pregunté-. Tendría que haber pensado que el conde...
-El conde -contestó secamente- vendería su alma, si tuviera una, no digamos a su abuela, por el precio de un nuevo caballito de trote.

Entendí perfectamente lo que decía.

-Signor Orestes -la mirada del querido anciano me hacía sentir una niña-, no hace mucho que nos conocemos, de manera que no puedo esperar que confíe en mí para algunas cosas. El hecho de comprar muebles que provienen de casas de gente muerta para acomodarlos en la propia tal vez no sea la mejor recomendación del carácter de una persona. Pero quiero decirle que soy, en consonancia con mis principios, una mujer honesta, y quiero que, en este asunto, usted confíe en mí.

Orestes asintió respetuoso.

-Lo intentaré y persuadiré al conde para que le venda la muñeca -dijo.

Ordené que la enviaran en un carruaje cerrado a la casa de Orestes. Detrás de su tienda había un jardín que llegaba hasta la vera de un pequeño viñedo; desde allí se veía el círculo de las majestuosas montañas de Umbría; en esto había estado pensando.

-Signor Orestes -dije-, ¿sería tan amable de pedir que lleven a la viña algunos manojos de leña? He visto en su cocina unos muy hermosos, de mirto y laurel. -Y añadí-: ¿Puedo arrancar unos crisantemos?

Apilamos los haces de leña al fondo de la viña, colocamos la muñeca encima y pusimos los crisantemos sobre sus rodillas. Estaba allí sentada, vestida con su traje de satén blanco estilo Imperio que volvía a ser blanco y resplandecía bajo el brillante sol de noviembre. Sus ojos negros se fijaban, como maravillados, en las vides amarillas y los durazneros de hojas rojizas, en el brillo de la hierba humedecida bajo el resol azul de la mañana y en la bruma azul del anfiteatro de montañas en torno nuestro.

Orestes prendió una piña de pino con un fósforo, lentamente. Cuando la piña empezó a arder me la alcanzó en silencio. Las ramas secas de mirto y laurel ardieron y chisporrotearon despidiendo un refrescante olor a resina. Un velo de fuego y humo cubrió la muñeca. En pocos segundos la llama se consumió y las ramas se deshicieron en ascuas. La muñeca se había ido. En su lugar, entre los rescoldos, había algo pequeño y brillante. Orestes lo levantó y me lo entregó. Era un anillo de boda, de una forma anticuada, que seguramente estaba oculto debajo de uno de los guantes de seda.

-Guárdelo, signora -dijo Orestes-; usted ha puesto fin a sus penas.

(1) Expresión francesa que en Inglaterra se utilizaba para designar a ciertos objetos antiguos.

Vernon Lee -Violet Page- (1856-1935)




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El resumen del relato de Vernon Lee: La muñeca (The Doll) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Impresionante relato. La muñeca incinerada gracias a dios descansa en paz. Pero su marido no creo que se haya salvado de estar ardiendo suplicando al menos una lagrima para calmar la sed en las llamas del infierno.