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El faro: Edgar Allan Poe

El faro (The Light-House) es un relato fantástico inconcluso del escritor norteamericano Edgar Allan Poe, de hecho, es el relato que E.A. Poe estaba escribiendo cuando la muerte lo alcanzó prematuramente en 1849.

El título del cuento es casi optativo, ya que nadie sabe cómo iba a llamarlo su autor. El faro se ubica hacia el año nuevo de 1796 en algún lugar de Escandinavia, quizás en los fríos mares noruegos. Como no podía ser de otro modo, el último relato de Edgar Allan Poe plantea muchos enigmas e incertidumbres. Para algunos puede tratarse del inicio de una novela, para otros de un cuento de terror tradicional. Las especulaciones son muchas, acaso demasiadas, para apenas el esbozo de una obra cuyo desarrollo y conclusión continuarán siendo un enigma.

Para agregar nuestro grano de arena a las polémicas y conjeturas alrededor de El Faro, nos parece que aquí Edgar Allan Poe pensaba abordar dos de sus tópicos preferidos: el aislamiento y la paranoia. En este sentido, el guardián del faro no sería otro más que el propio E.A. Poe, expresando sus propios sentimientos de soledad y reclusión. Al ser apenas un borrador, El faro no sorprende por su lenguaje llano, directo, poco asociable a un escritor como Edgar Allan Poe, aunque tal vez esto tenga objetivos prácticos que no se alcanzan a vislumbrar en los párrafos que sobreviven.

Sea cual sea el destino pensado por Edgar Allan Poe para su faro, el relato sirve no sólo desde la anécdota, sino como una invitación a descubrir el proceso creativo, el material en crudo, tosco, imperfecto, pero en el cual se vislumbra la mirada aguda del autor, tal vez ignorante del destino funesto que lo acechaba por aquellos días.


El faro.
The Light-House, Edgar Allan Poe (1809-1849)

1º de enero de 1796

Hoy, mi primer día en el faro, hago esta anotación en mi diario, según lo acordado con De Grät. Llevaré el diario con la mayor regularidad posible, aunque Dios sabe lo que podría sucederle a alguien tan solitario como yo... Podría enfermar, o algo peor...

Hasta ahora, todo bien. La balandra se salvó por poco, pero ¿por qué pensar en ello si estoy aquí sano y salvo? Mi ánimo mejora sólo con pensar que estaré- al menos una vez en mi vida- completamente solo, pues por grande que sea Neptuno, es obvio que no se le puede considerar parte de la “sociedad”. Sabe el cielo que nunca he confiado en la sociedad ni la mitad de lo que confío en este perro. Si lo hubiera hecho, la “sociedad” y yo no nos habríamos separado ni siquiera por un año... Lo que más me sorprende es la dificultad que tuvo De Grät para conseguirme este puesto... ¡a mí, un noble del reino! No es probable que el consejo tuviera dudas sobre mi capacidad para dirigir el faro. Un solo hombre lo había atendido antes y se las ingenió tan bien como los tres que por lo general asignan a la tarea. Las obligaciones son nimias, y las instrucciones absolutamente claras. No sería lo mismo si me hubiera acompañado Orndoff. Jamás habría podido avanzar con mi libro teniéndolo cerca, con su intolerable cotilleo, por no hablar de su sempiterna pipa de espuma de mar. Además, quiero estar solo... Es curioso que nunca hasta ahora hubiera reparado en el triste sonido de la palabra “solo”. Casi me parece que hay algo extraño en el eco de estos muros cilíndricos..., ¡pero no!, es absurdo. Sé que mi aislamiento me inquietará, pero no lo permitiré. No he olvidado la profecía de De Grät. Ahora, a trepar al fanal y a echar un vistazo para “ver lo que pueda ver”... Ver lo que pueda ver, en efecto..., no demasiado. Creo que la marea está bajando un poco, pero de todos modos la balandra tendrá un viaje de regreso turbulento. Difícilmente avistará la tierra del norte antes de mediodía de mañana, aunque sólo está a 190 o 200 millas.

2 de enero- He pasado el día en una especie de éxtasis casi imposible de describir. Mi pasión por la soledad no podía haber tenido mayor gratificación. No digo satisfacción, pues dudo que pudiera sentirme saciado de una dicha como la que he experimentado hoy... El viento amainó al alba y por la tarde el mar se había retirado... No se veía nada, ni siquiera con el telescopio, salvo océano, cielo y alguna que otra gaviota.

image 3 de enero- Calma chicha durante todo el día. Hacia el atardecer, el mar parecía de cristal. Avisté unas cuantas algas, pero absolutamente nada más en todo el día, ni siquiera el menor rastro de una nube... Me entretuve explorando el faro... Como compruebo a mi pesar cada vez que tengo que subir por sus interminables escaleras, es muy alto; casi cincuenta metros, diría yo, desde la marca inferior del nivel del agua hasta lo alto del fanal. Sin embargo, desde el fondo del foso debe de ser de al menos cincuenta y cinco metros, puesto que el suelo está a unos cinco metros por debajo de la superficie del mar, incluso con la marea baja... Creo que deberían haber rellenado el fondo hueco con mampuestos. En tal caso el edificio sería mucho más seguro..., pero, ¿en qué estoy pensando? Una estructura como esta es lo bastante segura en cualquier circunstancia. Debería sentirme a salvo incluso si arreciara el más furioso huracán. Sin embargo, he oído decir a los marineros que ocasionalmente, con viento del sudoeste, el mar ha subido más aquí que en cualquier otro punto del globo, con la sola excepción del paso occidental del Estrecho de Magallanes. Pero el mar por si solo no podría con este sólido muro roblonado en hierro que, a quince metros de la línea de aguas altas, tiene un espesor de al menos un metro veinte... La base sobre la cual descansa la estructura se me antoja tiza...


Edgar Allan Poe (1809-1849)




Más relatos de E.A. Poe. I Relatos de terror.


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El resumen del relato de Edgar Allan Poe: El faro (The Light-House) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

nyctidromus albycollis dijo...

Es una lastima que el maestro Poe no pudiese terminar el cuento, pues me ha dejado en zozobra, gracias espejo por publicarlo