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El autómata escritor de Pierre Jaquet-Droz

El autómata escritor de Pierre Jaquet-Droz.


Los autómatas siempre han estado vinculados al relato de terror. Basta repasar el cuento clásico de E.T.A. Hoffmann, Los autómatas (Die Automate) para advertir la poderosa influencia que estos artilugios son capaces de evocar. Sin embargo, no todos los autómatas se ajustan a la literatura fantástica, hay otros, acaso más reales, que despertaron una fuerte controversia en su tiempo.

Tal es el caso del más célebre hacedor de autómatas de la historia, Pierre Jaquet-Droz (1721-1790), científico suizo del siglo XVIII. Entre sus maravillas figuran tres obras maestras del automatismo: La Pianista, El Dibujante y El Escritor. Las tres causaron asombro y estupor, a tal punto que todas ellas recorrieron las cortes y los palacios más lujosos de Europa y Oriente.

El primero de estos autómatas fue La Pianista, básicamente una mujer que tocaba el órgano pulsando las teclas sin ningún tipo de sonido previamente grabado. Este autómata -dicen- estaba compuesto por mas de dos mil piezas móviles e incluso podía dirigir la mirada hacia sus manos, inclinar el cuerpo, hinchar el pecho como si respirase, y finalmente hacer una pequeña reverencia con la cabeza al finalizar cada pieza.

Para los que desconfían de la eficacia de estos prodigios les recomendamos consultar el museo de Musée d'Art et d'Histoire de Neuchâtel, donde hay una sala exclusiva para los autómatas de Pierre Jaquet-Droz.

Su segundo autómata fue El Dibujante. Tenía la forma de un niño sentado en un pupitre. Podía dibujar de diferentes formas -aunque sobre solo cuatro motivos: el rostro impertérrito de Luis XV, un perro, Eros y una pareja-, desde borradores con lápiz hasta un tipo de sombreado exquisito. Mientras dibujaba era capaz de mover los ojos y hasta soplar para remover los restos de carbón del lápiz que iban quedando sobre el papel.

Pero el más interesante de los autómatas de Jaquet-Droz es El Escritor; artilugio que le llevó casi seis años de trabajo y que requirió alrededor de 6.000 piezas diseñadas especialmente.

Al igual que El Dibujante, el Escritor tenía la forma de un niño. Podía escribir tanto en francés como en inglés, e incluso realizar algunos dibujos rudimentarios. Poseía un mecanismo interno basado en la estructura de una rueda integrada que seleccionaba los caracteres de forma secuencial, permitiéndole "escribir" brevísimos textos de unas treinta o cuarenta palabras.

Entre otras habilidades, el Escritor podía encarnar algunos movimientos propios de su tarea, como mojar la pluma en el tintero y escurrir el sobrante para no manchar el pergamino; hasta se dice que era capaz de alzar la pluma a la altura de la cabeza imitando el gesto de un escritor que piensa antes de escribir.

De más está decir que el autómata escritor de Pierre Jaquet-Droz causó una fuerte conmoción. Muchos pensaron en el apocalipsis de la literatura humana, relegada en un futuro a máquinas capaces de componer odas completas sin la asistencia de la imaginación tal como la concebimos. Este pavor por el automatismo, por cierto, muy comprensible, tiene antecedentes en una de los pensadores y filósofos más extraordinarios de la historia, René Descartes; quien había desarrollado una rara obsesión por un autómata, creado para reemplazar a su hija muerta y de este modo atenuar su terrible sufrimiento por la pérdida.



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