Soledad compartida


Soledad compartida.




Imaginemos una habitación, un habitáculo sórdido y húmedo, un espacio cúbico de sábanas ásperas, tibias, como el sudario de un cadáver que se niega a aceptar su naturaleza fría. Allí descansa alguien. Duerme. Podría ser una puta, o vos misma, obstinada, cuando la serena confianza del dolor te llevó por caminos extraños. La oscuridad se retira, una mortaja de luz cae sobre el otro, una silueta que yace inerte, ocupando el vacío de aquel otro reducto, todavía vivo, dentro de tu pecho.

Todos conocemos la habitación. El decorado siempre es espartano. Hombres estreñidos trotan sobre un charco verde. Un cuadro ridículo y, sin embargo, grave, los contiene. Empañados por el hálito de mil sudores aguardan los espejos. Reflejos aéreos y laterales, repeticiones insensatas que rodean el lecho.

La puta y el ciego duermen sin soñar. Ambos urden una sinfonía hecha de anhelos, de esa esperanza pequeña que no reclama nada. Altares antiquísimos en su vientre. Ofrendas lácteas que se sacuden con cada movimiento. Un beso táctil, estratégicamente casual, cae sobre ella.

Así mueren, como cada mañana, las efímeras circunstancias que trazaron el encuentro. Otros tantos se suceden alrededor del orbe. Cambian los signos, la secuencia de sonidos, pero la escena se repite. Una habitación que se sucede eternamente. Despertares lentos y anestesiados. Ambos emergen con múltiples formas, rodeando aquel espacio de reflejos monótonos.

Ella corre, evalúa los hongos entre los azulejos. De lejos lo oye cambiarse. Huye.

Un suspiro infantil flota sobre el vagón. Alguien —yo, a lo mejor— la rescata del olvido. Quizás porque conocí —como vos— las siluetas angulares de la habitación. El joven se sienta frente a mi. Ella se ha ido y él se sumerge en la frivolidad matutina. Viaja.

No puedo disimular cierto hastío, y hasta vergüenza, ante la mirada triste y moribunda del joven. Esta solo, horriblemente solo. Un amanecer lleno de ternuras evita que piense en espejos. Leo la noche en aquella mirada crepuscular. Advierto los contornos, los aromas, la figura arquetípica. Observo el dulce anonimato entre ambos, y me alegro de ser yo el que escribe estas líneas.




Diario Éxtimo.


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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnífico.
Tiene ese dejo de inmundicia humana, esa nostalgia pesada y dulzona.
Te felicito.



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