La muñeca de porcelana embrujada


La muñeca de porcelana embrujada.




En esta ocasión tendremos una experiencia diferente en el Consultorio Paranormal de El Espejo Gótico. En general, compartimos correos de nuestros visitantes, pero en esta vez recurrimos a una vieja amiga y colaboradora de este espacio, cuya experiencia personal con una muñeca de porcelana embrujada, durante su infancia, sencillamente nos parece merecedora de tener su lugar aquí. Gracias por compartir tu experiencia, y soportar nuestra insistencia para que lo hagas.

Al final, como siempre, analizaremos el caso con mayor profundidad.


***

Mi madre coleccionaba muñecas de porcelana. Crecí alrededor de su colección, de manera que nunca encontré que las muñecas fueran particularmente espeluznantes, a pesar de lo que parecen predicar las películas de terror. Siempre me han dado una sensación de seguridad, por extraño que parezca. Recuerdo pasar corriendo por el infame cuarto de las muñecas por la noche para usar el baño y sentirme segura bajo esas miradas vigilantes y sin vida.

Era una chica rara, lo admito.

Había una muñeca de porcelana, sin embargo, que quedó grabada en mi memoria; no por generarme esa energía dulce y protectora, sino por la incomodidad que me hacía sentir.

Era una muñeca de porcelana que había pertenecido a mi abuela, no a mi madre (es importante aclarar que ambas, y yo misma, somos wiccanas). Cada vez que la veía era como un recordatorio constante de que mi abuela estaba muerta. Una parte de mí, supongo, creía que su alma estaba atrapada dentro de la muñeca, incapaz de gritar para salir.

Por supuesto, esto era mi mente infantil produciendo ideas infantiles, pero lo cierto es que la cara extremadamente pálida de la muñeca, sus ojos vacíos, me recordaban a los de mi abuela en la última etapa de su enfermedad. Tampoco ayudó que mi madre insistiera en que esa muñeca era mi protectora.

Me da escalofríos incluso escribirlo.

Aquí viene la parte donde todos creen que estoy loca.

La cuestión es que recuerdo claramente cómo la muñeca de porcelana se movía cuando yo estaba jugando en la sala de estar. Miraba hacia abajo, desde su estante, durante una fracción de segundo, y luego, cada vez que volvía a mirarla, sus ojos se enfocaban directamente en los míos. Juro que puedo recordar haberla visto parpadear.

No sé por qué mi madre decidió colocar esta muñeca de porcelana en la sala, y no en el cuarto donde guardaba su colección. Lo cierto es que apenas la colocó allí, me sentí incómoda estando cerca. No importaba cuánto insistiera mi madre en que era inofensiva, no le creía.

Cosas raras comenzaron a suceder en mi casa.

La canastita que la muñeca tenía en la mano empezó a aparecer en el piso, sobre la alfombra, sobre los muebles. Después de un tiempo, la propia muñeca empezó a aparecer en lugares al azar, siempre dentro de los límites de la sala de estar. Mi madre estaba convencida de que era yo quien la movía, hasta que un día la muñeca apareció encima de un mueble donde evidentemente yo no podía llegar.

Una noche, mientras dormía, me despertaron una serie de golpes en la puerta de mi habitación (ver: Algo golpea la puerta de mi habitación). Asumí que era la madera dilatándose —mi madre insistía en que todos los ruidos extraños se debían a eso—, y cerré los ojos para volver a dormir. Fue entonces cuando sentí algo, un peso, presionando sobre el colchón, como si se sentara en mi cama (ver: Una sombra se sienta en el borde de mi cama).

Como lo hacen los niños, me escondí debajo de las sábanas, paralizada por el miedo. Intenté decirme a mí misma que solo era una pesadilla.

Luego sentí un empujón, más agresivo esta vez. Me acurruqué más profundamente en mis sábanas. Entonces, algo empujó desde abajo de la cama, tan fuerte que el colchón se levantó y un dolor agudo me recorrió la espalda.

Corrí a la habitación de mi madre al otro lado del pasillo, sin mirar hacia atrás.

No quería que pensara que era una bebé (estaba en cuarto grado, así que estaba en esa etapa donde quería demostrar que ya era grande), de modo que entré en el cuarto de mi madre sin despertarla y me acurruqué a su lado, diciéndome a mí misma que me despertaría al llegar la mañana y me iría antes que mi madre despierte.

No salió como lo había planeado.

Mi madre se sobresaltó al verme. Me desperté con un jadeo, mientras ella me preguntaba si estaba bien. Con lágrimas en los ojos, le expliqué las circunstancias que me llevaron a buscar refugio en su cuarto.

Después de contarle mi historia, ambas entramos en la sala de estar. Me senté a ver dibujos animados mientras mi madre preparaba el desayuno. Le pregunté si podía mirar en mi habitación antes de que yo volviera a entrar para cambiarme.

En ese preciso instante escuchamos un grito.

El sonido era indescriptible. Era como el chilido del metal pero más agudo. Giramos la cabeza hacia la dirección desde donde provenía el ruido y vimos a la muñeca en su lugar. Lo que pasó entonces sucedió muy rápido, casi como en cámara lenta. En un movimiento fluido, la muñeca movió su brazo derecho y dejó caer su canastita, giró la cabeza para miranos con sus ojos opacos y adelantó el pie izquierdo, ligeramente, como si se estuviera preparando para caminar.

Mi madre hizo lo que cuaquier persona racional haría en su lugar: agarró a la muñeca de porcelana, la arrojó al patio y la golpeó con una escoba hasta que no fue más que una masa irreconocible. En su interior había una sustancia gelatinosa, de color marrón oscuro, que se esparció sobre las baldosas.

El olor que despedía era espantoso, rancio (ver: Entidades que se manifiestan a través del olor)

Todavía tengo pesadillas con esa muñeca de porcelana. Mi madre no habla sobre ella; a lo sumo, cuando saco el tema, admite que era una muñeca bastante desagradable, pero sobre el incidente de aquella mañana jamás logré sacarle una palabra.

***


Existen historias sobre muñecas embrujadas desde hace siglos (ver: 10 muñecas malditas con las que no conviene jugar). En teoría, una muñeca embrujada debe estar hecha a mano, o intervenida de algún modo, de forma tal que pueda ser maldecida o poseída por alguna entidad.

La sustancia marrón que recuerda nuestra amiga puede ser vista como una evidencia de esa intervención.

Las muñecas de porcelana embrujadas utilizadas en la Wicca generalmente tienen fines ceremoniales. No tienen nada que ver con las muñecas vudú, aunque al ser utilizadas en rituales mágicos pueden cargarse, y hasta representar simbólicamente a una persona en particular, en este caso, probablemente a la abuela de nuestra amiga.

Más allá de estas cuestiones, vinculadas a la brujería, es interesante mencionar que la psicología también se ha ocupado del fenómeno de las muñecas embrujadas, y elaborando algunas conclusiones realmente asombrosas.

Algunas personas sienten una particular aversión por las muñecas de porcelana, y esto se relaciona con el principio de la incertidumbre, una sensación que podría describirse como el sentido de que algo es peligroso pero sin estar seguro de que lo sea realmente.

Nuestro cerebro sabe que las muñecas no son humanas, pero su aspecto estimula esta reacción de incertidumbre a nivel cognitivo; de modo tal que una parte de nuestro cerebro sigue sospechando si es humana o no. Esto conduce a sentimientos de rechazo y miedo.

No es mucho más lo que podemos decir acerca del caso de nuestra amiga sin comprometer en cierto modo a su abuela. Siendo practicante de la Wicca, es posible que esa muñeca de porcelana haya sido cargada para un fin determinado —no necesariamente negativo— y que eventualmente la energía acumulada haya buscado la forma de manifestarse.

Cargar objetos, sobre todo amuletos y muñecas, es una práctica común dentro de la Wicca.

Independientemente de lo exiguo del análisis, la historia es sencillamente demasiado atractiva como para no compartirla en esta sección.




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