El hueso de tu cuerpo que vas a necesitar el Día del Juicio


El hueso de tu cuerpo que vas a necesitar el Día del Juicio.




Cuando la ciencia y la religión se enfrentan a menudo surgen teorías asombrosas, cuando no directamente desatinadas, que buscan justificar los pasajes más extraños de los mitos bíblicos, de modo tal que se adapten, aunque sea a la fuerza, a las nuevas hipótesis acerca del universo.

Uno de estos debates tiene que ver con el Día del Juicio Final, y un hueso que, supuestamente, todos los seres humanos tenemos en nuestro cuerpo, y que nos permitiría ser evaluados en tiempo y forma por la justicia divina.

En resumen: se dice que los muertos se levantarán de sus tumbas para ser juzgados en el Apocalipsis. Esto presenta algunas dificultades, entre otras, que los cuerpos se deterioran con el transcurso del tiempo, se degradan, hasta que finalmente desaparecen por completo.

¿De qué forma, entonces, podría levantarse de la tumba alguien que vivió en la Antigua Grecia, o en la Edad de Piedra, por tal caso, si sus cuerpos han sido completamente desintegrados por los gusanos y los siglos?

Ciertos eruditos pensaron en este problema, y encontraron en los mitos hebreos una solución, no demasiado elegante, hay que decirlo, pero una solución al fin.

El Talmud sostiene que en cada cuerpo humano existe un hueso llamado Luz, cuya característica principal es la de ser indestructible, y que por lo tanto puede permanecer inalterable hasta el Día del Juicio Final. Entre otras facultades asombrosas, este hueso permitiría que nuestros cuerpos se reconstruyan tal como estaban antes de morir.

De esta forma, la incómoda realidad de la degradación de los cuerpos quedaba soslayada, a pesar de que la conjetura se basa en una interpretación un tanto audaz de un pasaje del Génesis, donde Luz es evidentemente el nombre de un lugar y no un hueso.

Un viejo libro prohibido hebreo, el Breshith Rabboth, narra una anécdota significativa al respecto.

Mientras dirigía una invasión a Judea, el emperador romano Adriano se encontró con el rabino Jehoshuang, y le preguntó cómo Dios levantaría a los muertos en el Día del Juicio.

—De Luz, respondió el rabino.

El emperador no quedó satisfecho, y exigió explicaciones más razonables. Entonces Jehoshuang le dio un hueso, y lo desafió a romperlo. El emperador lo sometió a la acción del fuego, lo golpeó con un martillo, e intentó quebrarlo de diversas maneras, pero no pudo destruirlo.

La teoría causó cierto revuelo en el mundo cristiano, aunque muchos estuvieron dispuestos a aceptarla. En cualquier caso, el mayor problema consistía en determinar dónde se ubicaba en nuestro cuerpo ese hueso indestructible.

Los rabinos aseguraron que estaba situado en la parte inferior de la espalda, y que tenía el tamaño y la forma de un guisante. Filósofos gentiles admitieron esa propuesta, pero imaginaron que Luz era en realidad una de las vértebras, otros, el sesamoideo, en el dedo gordo del pie. Finalmente, en la Edad Media se creyó que formaba parte de uno de los huesos triangulares en la parte superior del cráneo.

En 1728 se dijo la última palabra al respecto. Corresponde al libro: La religión de un librero (The Religion of a Bookseller), de John Dunton.

Allí se afirma que los talmudistas creían que Luz no sufre los efectos de la putrefacción, y que es capaz de permanecer incorruptible hasta el Día del Juicio Final, pero también que en su núcleo se encuentra una especie de código, una síntesis, si se quiere, capaz de reconstruir todo nuestro organismo.

Sin tener noción de la existencia del ADN, los talmudistas explican que, en el Día del Juicio, Luz será impregnado por una especie de Rocío Celestial, capaz de diseminar la Virtud divina y de activar el código escondido en su interior.

Una vez activado, Luz comenzará a atraer a todos los átomos (en términos griegos) que antiguamente constituían el cuerpo, aunque estén dispersos en los rincones más alejados del universo, ordenándolos en la misma secuencia que tenían antes de su disolución.

John Dunton comenta esta posibilidad, pero no la suscribe del todo. En definitiva, la existencia de Luz no responde a una necesidad operativa, sino a cierta desprolijidad, inadmisible en Dios, en los eventos que se sucederán en el Apocalipsis.

La idea de que los ángeles, en el Juicio Final, deban ejercer el desagradable oficio de exhumadores, barriendo tumbas y rastrillando cada átomo perdido en el cosmos para restituir un cuerpo humano, era indecorosa, además de poco práctica.

Luz vino a resolver estas dificultades de forma tal que, cuando Dios sonara la alarma, sean los propios elementos los que se restablezcan a sí mismos para que, por ejemplo, Sócrates o Alejandro puedan ser juzgados por herejes, aún cuando hubiesen nacido mucho antes de Cristo.

De esto se desprende una conclusión: legislar retroactivamente, en especial sobre alguien que ha muerto, y que no conoció, en vida, la punibilidad de los actos que se le adjudican, es tan disparatado como creer que puede existir algo humano capaz de sobrevivir al paso de los eones.




Mitos bíblicos. I Misterios miserables.


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