Mis vidas pasadas con una vocacional anudadora de corbatas


Mis vidas pasadas con una vocacional anudadora de corbatas.




Las características de nuestras vidas pasadas se reflejan en las pequeñas habilidades ordinarias que todos tenemos, pero también en la incompetencia con la cual abordamos otras tareas.

Hay hombres que, por ejemplo, son capaces de resolver una ecuación matemática compleja sin despeinarse, pero que se esfuerzan en vano para desabrochar un corpiño. ¿Cuál de esas dos características, la competente o la desmañada, refleja mejor los hechos de sus vidas pasadas?

Podemos ir todavía más lejos, y preguntarnos también por qué una mujer que advierte que su pareja forcejea inútilmente con su corpiño, como si maniobrara un telar indescifrable, será un amante capaz.

¿Acaso esa señal de ineptitud no es evidencia suficiente de una impericia posterior? No, el cerebro de la mujer es complejo, y perfectamente capaz de atribuirle a la torpeza del hombre un carácter de ternura que no posee.

Personalmente, creo que las vidas pasadas se reflejan mejor en aquellas actitudes que la gente asume voluntariamente, la mayoría de las veces, frente a problemas más bien miserables.

Ejemplo: en una reunión, el anfitrión saca una botella de sidra de la heladera. Sin que nadie lo refiera, alguien —llamémosle Hugo— se precipita hacia adelante, electrificado, y asume el rol de destapador oficial. Este tipo de sujetos puede incluso llegar a manifestar un comportamiento agresivo si alguien le arrebata ese privilegio.

Pongamos otro ejemplo:

En un grupo de personas que se frecuentan cotidianamente, nadie necesita preguntar en términos generales quién tiene una aspirina (o un caramelo, o cualquier cosa). Uno sabe que las aspirinas (o los caramelos) las tiene Noemí. Noemí también lo sabe, y no solo eso, sino que asume el compromiso de tener SIEMPRE aspirinas (o caramelos). No tenerlas implicaría el bochorno, la vergüenza pública.

Es odioso recurrir a anécdotas personales, pero de todos modos diré que en mi casa, durante mi infancia, mi abuelo había asumido el oficio de recargar el sifón. Sentado a la cabecera de la mesa, con el semblante orgulloso, el viejo se empeñaba en lo suyo y nosotros mirábamos extasiados ese procedimiento, que parecía simple para el ojo profano, pero que nadie, aún en sus fantasías más alocadas, habría osado desafiar. Hacer renegar a la abuela, incluso pegarle un recto a la mandíbula frente a él, le habría causado un disgusto menor.

Podemos desplazar este principio hacia una variedad casi infinita de actividades: está el que hace el asado (indudablemente un pirómano en una vida pasada), el que conoce cómo llegar a cualquier parte y cuál es el medio de transporte público más rápido, el que tiene afinidad con los animales, el que dobla las cajas de pizza ya vacías, el que abre frascos de mermelada. En fin: pequeños roles que, equivocadamente, juzgamos propios, pero que se corresponden con nuestras vidas pasadas.

Podemos reconocer la influencia de las vidas pasadas en la ansiedad que muestran estos individuos cuando se presenta la ocasión para demostrar sus habilidades. Basta que se queme una bombilla eléctrica, que haya que reventar un grano, para que tal o cual se incorpore súbitamente, dejando de lado cualquier otra cosa que esté haciendo, como si un deber patriótico lo llamara.

Recientemente descubrí algo sobre mis vidas pasadas, y lo hice de forma casual, como ocurren la mayoría de estas cosas.

En ese momento yo estaba en pareja, desde hacía muy poco tiempo, con una mujer que nunca me había visto vestido de manera elegante. Con ocasión de asistir a un casamiento —o a un velorio, francamente no lo recuerdo—, comencé a vestirme, y fue entonces que noté esa ansiedad sobrenatural en ella, un éxtasis, un destello que fulguraba en sus ojos y que traslucía, ahora lo sé, un eco de sus vidas pasadas.

Se arrojó sobre mí, expeditiva. Con destreza, tomó ambos extremos de la corbata, y la anudó con el mismo aplomo con el que mi abuelo recargaba el sifón. Yo observaba sus movimientos, casi virtuosos, cuando perdí el conocimiento.

Lo recuperé pocos minutos después. Ella estaba encima mío, sobre la cama, tratando de reanimarme. Supe entonces que su vocación latente de anudar corbatas, aunque desconocida para mí hasta entonces, revelaba una posibilidad inquietante en sus vidas pasadas: el oficio de verdugo.

No fue el hecho de presenciar la habilidad con la que ella me ahorcó —desde luego, involuntariamente— lo que me aterrorizó al recuperar la conciencia, sino mi propia pasividad, mi grado de entrega, de mansedumbre, el placer indecible que experimenté justo antes de perder el conocimiento. Si esa vocacional anudadora de corbatas había sido verdugo en otra vida, yo, sin dudas, fui uno de sus ejecutados.




Egosofía. I Club del Antilibro.


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