«La calleja tenebrosa»: Jean Ray; relato y análisis


«La calleja tenebrosa»: Jean Ray; relato y análisis.




La calleja tenebrosa (La ruelle ténébreuse) es un relato de terror del escritor belga Jean Ray (1887-1964), publicado en la antología de 1932: El crucero de las sombras (La croisière des ombres), y posteriormente en El Gran Nocturno (Le Grand Nocturne).

La calleja tenebrosa, uno de los grandes cuentos de Jean Ray, narra la historia de un caminante urbano que se topa con un misterioso manuscrito, el cual, a su vez, relata las apariciones de una criatura desconcertante, un fantasma, quizás, que asume la silueta incierta de un niño.




La calleja tenebrosa.
La Ruelle Ténébreuse; Jean Ray (1887-1964)

En un muelle de Rótterdam, los cabrestantes extraían de las bodegas de un barco una carga fardos de papeles viejos. El viento los erizaba de banderas multicolores cuando, de repente, uno de ellos estalló. Los trabajadores del muelle contuvieron la avalancha voladora, pero una gran parte fue abandonada a la alegría de los niños judíos que espigan el eterno otoño de los puertos. Entre los papeles dispersos había hermosos grabados de Pearson cortados en dos por orden de la aduana; paquetes verdes y rosas de acciones y obligaciones, últimos vestigios de resonantes bancarrotas; libros estropeados cuyas páginas habían permanecido unidas como manos desesperadas.

Mi bastón merodeaba entre este inmenso residuo del pensamiento, donde ya no existía la vergüenza ni la esperanza. De toda aquella prosa inglesa y alemana retiré algunas páginas pertenecientes a Francia: números del Magazin Pittoresque, sólidamente atados y un poco chamuscados por el fuego. Fue hojeando la revista tan primorosamente ilustrada y tan lúgubremente escrita, como descubrí los dos cuadernos: uno, redactado en alemán; el otro, en francés. Sus autores, al parecer, no se conocían; sin embargo, hubiérase dicho que el manuscrito francés vertía un poco de claridad sobre la angustia negra que emanaba del primer cuaderno como humareda deletérea. ¡Para que la luz pudiese hacerse sobre este relato que parecía asediado por las peores fuerzas hostiles! La tapa del cuaderno llevaba un nombre: Alphonse Archiprête, seguido de la palabra Lehrer. Traduje las páginas alemanas:


El manuscrito alemán:

Escribo esto para cuando Hermman regrese del mar. Si no me encuentra; si, con mis desgraciadas amigas, me he hundido en el misterio feroz que nos rodea, quiero que conozca nuestros días de terror por medio de este cuadernillo. Será la prueba más sincera de mi cariño, porque es preciso en una mujer un valor real para escribir un diario en semejantes horas de locura. Lo redacto también para que rece por mí, si cree que mi alma está en peligro

Después de la muerte de mi tía Hedwige, no he querido continuar viviendo en nuestra triste mansión del Holzdamm. Las señoritas de Rückhardt me ofrecieron su casa de la Deichstrasse. Ocupan un amplio apartamento en la espaciosa mansión del consejero Hühnebein, un viejo solterón que no abandona el piso bajo, repleto de libros, de cuadros y de litografías. Lotte, Eléonore y Méta Rückhardt son unas adorables solteronas que se desviven por hacerme la vida agradable. Conmigo ha venido nuestra criada Frida, que le ha caído en gracia a la anciana Frau Pilz, la admirable cocinera de las Rückhardt, de la que se dice que ha rechazado ofertas ducales por permanecer al humilde servicio de sus amas.

Aquella noche…

Aquella noche, que introdujo en nuestra querida y tranquila vida el más horroroso de los espantos, no quisimos acudir a una fiesta en el Tempelhof porque llovía a cántaros. Frau Pilz, a quien le gusta que nos quedemos en casa, nos hizo una cena famosa: truchas asadas a fuego lento y un budín de gallina. Lotte había realizado un verdadero registro en la bodega para buscar una botella de aguardiente de El Cabo, que envejecía desde hacía veinte años. Una vez quitada la mesa, el precioso licor oscuro fue vertido en copas de cristal de Bohemia. Eléonore sirvió té de China, del Su-Chong, que nos trae de sus viajes un anciano marino de Brema. A través de las ráfagas de lluvia oímos dar las ocho en el reloj del campanario de Saint-Pierre. Frida, que estaba sentada junto al fuego, hincó la nariz en la Biblia ilustrada que no sabía leer, pero cuyos grabados le gustaba mirar, y pidió autorización para irse a acostar. Las cuatro restantes nos quedamos eligiendo sedas de colores para el bordado de Méta.

En el piso de abajo, el consejero cerró su habitación con doble vuelta de llave. Frau Pilz subió a la suya, situada al fondo, y le dimos las buenas noches, añadiendo que el mal tiempo nos impediría, seguramente, tener pescado fresco para la comida del día siguiente. De la casa vecina, el roto canalón dejaba caer una pequeña catarata que golpeaba las losas de la calle con gran ruido. Del fondo de la calle llegó la fuerte galopada del huracán. Desaparecida, el sonido de la caída del agua se hizo más sonoro, y una ventana golpeó en los pisos superiores.

—Es la de la buhardilla —dijo Lotte—. Apenas cierra.

Luego levantó la cortina de terciopelo y miró a la calle:

—Nunca hizo una noche semejante —dijo.

A lo lejos, el carro de un sereno anunció la media.

—No tengo sueño —continuó Lotte—. Pero, aunque lo tuviera, no sentiría deseo alguno de meterme en la cama. Me parecería que me seguía la oscuridad de la calle, acompañada del viento y la lluvia.

—¡Tonta! —dijo Eléonore, que no era muy expresiva—. Bueno, puesto que no nos acostamos, hagamos como los hombres: volvamos a llenar las copas.

Después, el silencio invadió la sala. Eléonore fue a poner velas que dieron fama al fundidor de cera Sieme y que lucían con una hermosa llama rosada, expandiendo un delicioso olor a flores y esencias. Me daba cuenta de que se quería dar a aquella noche, tan lúgubre en el exterior, un tono de fiesta y de alegría que no llegaba a cuajar, no sé por qué. Veía la cara enérgica de Eléonore, provista de una sombra repentina de mal humor; me parecía también que Lotte respiraba dificultosamente. Sólo el rostro de Méta se inclinaba plácidamente sobre su bordado. Sin embargo, la notaba atenta, como si tratara de detectar un ruido en el fondo del silencio. En ese preciso instante, la puerta se abrió. Entró Frida. Se acercó vacilante a la butaca colocada al lado del fuego y se dejó caer en ella, con los ojos huraños fijos, a intervalo, en cada una de nosotras.

—Frida —grité—, ¿qué pasa?

Suspiró profundamente, murmurando a continuación algunas palabras inteligibles.

—Está dormida todavía —dijo Eléonore.

Frida hizo un enérgico signo negativo. Hacía violentos esfuerzos por hablar. Le alargué una copa de aguardiente, que bebió de un trago. En cualquier otro momento nos hubiera ofendido, más o menos, aquel gesto vulgar; pero Frida tenía un aspecto tan desconsolado y, además, desde hacía algunos minutos nos desenvolvíamos en una atmósfera tan deprimente, que aquello pasó inadvertido.

—Señorita —dijo Frida—, hay…

Su mirada, calmada por un momento, volvió a recobrar su expresión huraña.

—No sé —murmuró.

Eléonore golpeó la mesa.

—No, no puedo decir eso —continuó Frida.

Eléonore lanzó una exclamación de impaciencia.

—¿Pasa algo? ¿Qué ha visto u oído usted? En fin, ¿qué le sucede, Frida?

—Hay, señorita —Frida pareció reflexionar profundamente—, no sé expresarlo como yo quisiera, pero hay un enorme miedo en mi habitación.

—¡Ah! —exclamamos las tres, tranquilizadas e inquietas a la vez.

—Ha sufrido usted una pesadilla —dijo Méta—. Conozco eso. Cuando uno se despierta de ella, esconde la cabeza debajo de las mantas.

Pero Frida negó de nuevo.

—No es eso, señorita. Yo no había soñado. Me desperté simplemente, y entonces fue… ¡Oh! ¿Cómo haría para que me comprendieran? Pues bien: había un enorme miedo en mi habitación.

—¡Dios mío, pero eso no explica nada! —dije yo a mi vez.

Frida movió la cabeza con desesperación:

—Preferiría pasarme toda la noche sentada en la puerta, soportando la lluvia, antes que volver a esa maldita habitación. ¡Oh, no volveré!

—Pues yo iré a ver qué pasa —dijo Eléonore, echándose un chal por los hombros.

Titubeó un instante delante de la vieja tizona de papá Rückhardt, colgada entre los títulos universitarios; se encogió de hombros y, tomando el candelabro de las velas rosadas, salió dejando tras sí un rastro perfumado.

—¡Oh, no la dejen ir sola! —gritó Frida, asustada.

Con lentitud nos acercamos a la escalera. El resplandor producido por las velas se perdía en el descanso de las buhardillas. Permanecimos solas en la semioscuridad de los primeros escalones. Oímos a Eléonore empujar una puerta. Hubo un minuto de silencio agobiante. Sentí que la mano de Frida se crispaba en mi cintura.

—No la dejen sola —gemía.

Al mismo tiempo estalló una risa tan horrible que preferiría morir a oírla de nuevo. Casi al mismo tiempo, Méta, alzando una mano, exclamó:

—¡Allí!... ¡Allí!... Una cara… Allí…

Inmediatamente la casa se llenó de rumores. El consejero y Frau Pilz aparecieron en medio de la aureola amarilla de velas blandidas.

—Mademoiselle Eléonore —hipó Frida—. ¡Dios mío! ¿Cómo vamos a encontrarla? Aterradora pregunta, a la cual responderé yo inmediatamente: No la encontramos jamás.

La habitación de Frida estaba vacía. El candelabro estaba colocado en el suelo y las velas continuaban ardiendo. Registramos la casa, los armarios, los tejados. Jamás volvimos a ver a Eléonore. Se comprende rápidamente por qué no hemos podido contar con la ayuda de la policía. Encontramos despachos invadidos por una muchedumbre enloquecida, muebles caídos, cristales rotos y funcionarios sacudidos como peleles. Porque aquella misma noche desaparecieron ochenta personas: unas al volver a su domicilio; otras, en sus propias casas. Con el mismo golpe, el mundo de las hipótesis corrientes se cierra, quedándonos solamente el de las aprehensiones sobrenaturales.

Han pasado algunos días de aquel drama. Vivimos una existencia triste, llena de lágrimas y terror. El consejero Hühnebein ha mandado colocar una espesa pared de madera de pino que cierra el piso de las buhardillas.

Ayer yo buscaba a Méta. Empezábamos a lamentarnos temiendo una nueva desgracia, cuando la encontramos acurrucada delante de la pared de madera, con los ojos secos y una expresión de ira en su rostro, de ordinario tan dulce. Tenía en la mano la tizona de papá Rückhardt y parecía disgustada por haber sido importunada. Hemos intentado preguntarle sobre la cara que había entrevisto, pero nos ha mirado como si no nos comprendiese. Por lo demás, permanece sumida en un mutismo absoluto, y no sólo no responde ya, sino que parece ignorar nuestra presencia a su alrededor.

Miles de historias corren por la ciudad. Se habla de una liga secreta y criminal; se acusa a la Policía de negligencia y de algo peor; los funcionarios han sido obligados a dimitir. Como es lógico, eso no ha servido para nada. Se han cometido crímenes extraños. Cadáveres destrozados con furia se descubren al despuntar la aurora. Las fieras no podrían demostrar un encarnizamiento mayor que el manifestado por los misteriosos asesinos. Si algunas de las víctimas son despojadas de sus objetos de valor, la mayoría de ellas no lo son, y eso extraña a todo el mundo. Pero yo no quiero ocuparme de lo que pasa en la ciudad. Se encontrará mucha gente que lo cuente de viva voz. Quiero ceñirme al cuadro de nuestra casa y de nuestra vida, que, para ser tan reducido, no está rodeado de mucho menos terror y desesperación.

Los días pasan. Abril ha llegado, más frío, más ventoso que el peor mes invernal. Permanecemos agazapadas cerca del fuego. A veces, el consejero Hühnebein sube a hacernos compañía y a darnos lo que él llama valor. Consiste eso para él en temblar por todos sus miembros, con las manos extendidas hacia la lumbre; en beberse enormes jarros de ponche; en sobresaltarse a cada ruido y en exclamar, cinco o seis veces a la hora:

—¿Han oído ustedes? ¿Han escuchado ustedes?

Frida ha destrozado su Biblia, y en cada puerta, en cada cortina, en el rincón más absurdo, hemos encontrado páginas de ella pegadas o sujetas con alfileres. Ella espera, de tal forma, conjurar los espíritus del mal. La dejamos hacer, y como han pasado algunos días en paz, no dejamos de encontrar buena la idea. De esa forma, toda imagen santa está expuesta ahora a la luz del sol… ¡Ay! Nuestro desencanto debía de ser terrible. La jornada había sido tan sombría, las nubes tan bajas, que la noche cayó muy temprano. Yo salía del salón para poner una lámpara en el enorme descansillo, porque desde la noche terrorífica cubrimos la casa entera de luminarias y los vestíbulos y las escaleras permanecen alumbrados hasta la aurora, cuando oí un murmullo en el piso alto. Aún no era completamente de noche. Subí valerosamente y me encontré ante las caras espantadas de Frida y de Frau Pilz, que me hicieron señas de que me callase, señalándome la pared recientemente construida. Me puse al lado de ellas, adoptando su silencio y su atención. Entonces oí un ruido indefinible al otro lado de la pared de madera, como si caracolas gigantes hiciesen alternar sus tumultos de muchedumbres lejanas.

—Mademoiselle Eléonore —gimió Frida.

La respuesta llegó en seguida, arrojándonos, aullando, escaleras abajo. Un prolongado grito de terror se dejó oír, pero que no llegaba del otro lado de la pared de madera, sino de abajo, de las habitaciones del consejero. Al mismo tiempo le oímos pedir socorro con todas sus fuerzas. Lotte y Méta corrían ya por el descansillo.

—Tenemos que acudir —dije, valerosa.

No habíamos dado tres pasos cuando se oyó un nuevo grito de angustia, esta vez por encima de nuestras cabezas.

—¡Socorro! ¡Socorro!

Estábamos rodeadas de llamadas de pavor: abajo, las de Herr Hühnebein; en el piso y de arriba, las de Frau Pilz, ya que habíamos reconocido su voz.

—¡Socorro! —oímos gritar más débilmente.

Méta había cogido la bujía que yo había colocado en el descansillo. A medio camino de la escalera encontramos a Frida sola. Frau Pilz había desaparecido.

Al llegar a este punto de mi relato debo expresar mi admiración por el tranquilo valor de Méta Rückhardt.

—Ya no podemos hacer nada aquí —dijo, rompiendo un silencio obstinado de varios días—. Vamos abajo.

Llevaba en la mano la tizona paterna y no hacía grotesco. Se notaba que ella se serviría de la espada como un hombre. La seguimos subyugadas por su fuerza y valentía. El gabinete de trabajo del consejero estaba iluminado como para una kermesse de feria. El pobre hombre no había dejado a la oscuridad ningún lugar donde introducirse. Dos enormes lámparas de globos de porcelana blanca flanqueaban la chimenea como dos lunas. Una pequeña araña, estilo Luis XV, colgaba del techo, arrojando los reflejos de sus prismas como si fueran puñados de piedras preciosas. En cada rincón, en el suelo, un candelabro de cobre o de gres portaba una vela encendida. Sobre la mesa, una hilera de velas largas parecía velar un catafalco invisible. Nos paramos deslumbradas, pero fue en vano que buscásemos al consejero.

—¡Oh! —exclamó de pronto Frida en voz baja—. Miren. Está allí. Escondido detrás de la cortina de la ventana.

Con ademán brusco, Lotte descorrió la pesada cortina. Herr Hühnebein estaba allí, inmóvil, inclinado fuera de la ventana abierta. Lotte se acercó. Inmediatamente retrocedió lanzando una exclamación de espanto:

—No miren, no miren… ¡Por amor de Dios, no miren! ¡Él… no tiene… ya… cabeza!

Vi a Frida vacilar, a punto de desvanecerse y caerse, cuando la voz de Méta nos volvió a todas a la razón.

—¡Atención! ¡Aquí hay peligro!

Nos apretamos junto a ella, sintiéndonos protegidas por su presencia de ánimo. De pronto, algo guiñó en el techo y vimos, llenas de terror, que la sombra había invadido los dos rincones opuestos de la habitación, donde las luces acababan de apagarse súbitamente.

—¡Rápido! —exclamó Meta—. ¡Proteged las luces!.. ¡Oh!.. Allí… allí está…

Al mismo tiempo, las lunas de la chimenea estallaron, escupieron un chorro de llama humosa y se desvanecieron. Méta permanecía inmóvil, pero su mirada recorría la habitación con rabia. Soplaron a las velas de la mesa. Sólo la araña continuaba despidiendo una luz tranquila. Vi que Méta no le quitaba ojos. Y, de repente, su tizona cortó el aire y, en un movimiento impetuoso de furor, lanzó una estocada al vacío.

—¡Proteged la luz! —gritó—. Le veo, te tengo ya… ¡Ah!

Entonces vimos cómo la tizona hacía unos movimientos extraños en la mano de Méta, como si una fuerza invisible tratara de arrancársela. La inspiración feliz y extraña que nos salvó aquella noche procedió de Frida. De pronto, lanzó un grito y, agarrando uno de los pesados candelabros de bronce, saltó al lado de Méta y se puso a golpear el vacío con su reluciente mazo. La tizona quedó inerte, algo muy ligero pareció arrastrarse por el suelo; luego, la puerta se abrió sola y un clamor desgarrador se elevó.

—Uno —dijo Méta.

Se me podría preguntar: ¿Por qué se obstinaban ustedes en habitar una casa embrujada? Más de cien casas se hallan en el mismo caso. Ya no se cuentan los crímenes ni las desapariciones. Apenas si se comentan. La ciudad está entristecida. Las personas se suicidan por docenas, prefiriendo esta muerte a la que dan los verdugos fantasmas. Y, además, Méta quiere vengarse. Es ella, ahora, quien acecha a los invisibles. Ha vuelto a caer en su obstinado mutismo; solamente nos ha ordenado que, una vez caída la noche, cerremos puertas y contraventanas. En cuanto oscurece, las cuatro ocupamos el salón, convertido en dormitorio y en comedor. De allí no salimos hasta por la mañana. He preguntado a Frida sobre su curiosa intervención armada; pero sólo me ha dado una respuesta confusa.

—No sé —dijo—. De repente me pareció haber visto una cosa, una cara. Se detuvo apurada.

—No encuentro palabras para expresar lo que es —continuó—. Pero sí: es el gran miedo que, durante la primera noche, estaba metido en mi habitación.

Es todo cuanto obtuve de ella. Pero nuestros corazones debían conocer hasta el fin todos los sufrimientos. A mediados de abril, una noche en que Lotte y Frida tardaban en volver de la cocina, Méta abrió la puerta del salón y les gritó que se dieran prisa. Vi que las sombras habían invadido ya el descansillo y el vestíbulo.

—¡Ya vamos! —respondieron ambas—. ¡Ya vamos, sí!

Meta entró y cerró la puerta. Se hallaba atrozmente pálida. De abajo no llegaba ningún ruido. Esperé en vano el de los pasos de las dos mujeres. El silencio pesaba como agua amenazadora contra la puerta. Méta la cerró con llave.

—¿Qué haces? —le pregunté—. ¿Y Lotte y Frida?

—Es inútil esperarlas —respondió con voz sorda.

Sus ojos fijaron la mirada sobre la espada, inmóviles y terribles. La noche llegó, siniestra. Fue así como Lotte y Frida desaparecieron a su vez en el misterio.

¡Dios mío! ¿Qué es esto? Existe una presencia en la casa, pero una presencia sufriente y herida, que trata de que le presten ayuda. ¿Duda Méta de ella? Está más taciturna que nunca, pero atranca puertas y ventanas de una forma que más bien me produce la impresión de que quiere evitar una fuga que una intrusión. Mi vida se ha convertido en una soledad espantosa. La propia Méta tiene la apariencia de un espectro irónico. Durante el día, me encuentro a veces con ella en corredores inesperados. Siempre lleva la espada en la mano derecha; en la otra, una potente linterna eléctrica cuyo rayo de luz introduce en todos los rincones oscuros. Una vez, después de uno de estos encuentros, me dijo con bastante mal humor que sería mejor que me fuese al salón, y como yo obedeciese a pasos lentos, me gritó con voz furiosa, a mi espalda, que no me metiese jamás en sus proyectos… ¿Conocería Méta mi secreto?

Ya no era el rostro plácido que se inclinaba, apenas hacía unos días, sobre el bordado de sedas brillantes, sino un rostro salvaje donde ardía una doble llama de odio que a veces lanzaba sobre mí. Porque yo poseía un secreto. ¿Fue la curiosidad, la perversidad o la piedad lo que me hizo actuar? ¡Oh! Ruego a Dios con todo mi corazón que sea un sentimiento de caridad el que me haya animado; bondad, lástima, y nada más.

Acababa de echar agua limpia en el lavadero cuando una queja ensordecida llegó a mis oídos.

—¡Ay! ¡Ay!

No pensé más que en nuestras desaparecidas y miré a mi alrededor. Había allí una puerta bastante bien disimulada que conducía a un reducto en donde el infortunado Hühnebein amontonaba cuadros y libros, entre el polvo y las telarañas.

—¡Ay, ay!

Ese lamento procedía del interior. Entreabrí la puerta y sondeé con la mirada la penumbra grisácea del lugar. Todo allí era normal y tranquilo. El lamento había cesado. Di algunos pasos… y, de repente, me sentí agarrada por el vestido. Di un grito. Inmediatamente, el lamento se produjo más cerca de mí, doloroso, suplicante:

—¡Ay, ay!..

Y en el cántaro que yo llevaba propinaron algunos golpecitos. Lo dejé en el suelo. Oí un ligero chapoteo, como si un perro bebiese tranquilamente, y, en efecto, el líquido del cántaro disminuía. ¡La Cosa, el Ser, bebía!

—¡Ay, ay!..

En mi cabello sentí una caricia; un roce más suave que un hálito.

—¡Ay, ay!..

Entonces el lamento se convirtió en llanto humano, en sollozos de niño, y sentí piedad por el monstruo invisible que sufría. Pero sonaron pasos en el vestíbulo. Me puse las manos en los labios y el Ser se calló. »Sin ruido, cerré la puerta del reducto secreto. Méta avanzaba por el pasillo.

—¿Has gritado? —preguntó.

—Se me escurrió el pie…

Me había convertido en cómplice de un fantasma.

Llevé leche, vino y manzanas. Nada se produjo. Cuando regresé, se habían bebido la leche hasta la última gota; pero el vino y la fruta continuaban intactos. Luego, una especie de brisa me rodeó y pasó largamente sobre mis cabellos… Volví una y otra vez, llevando siempre leche fresca. La dulce voz no lloraba ya; pero el roce de la brisa era más intenso, más ardiente hubiérase dicho.

Méta me mira, al parecer, sospechosa; ronda alrededor del reducto de los libro. He elegido un refugio más seguro para mi enigmático protegido. Se lo he explicado por signos. ¡Qué raro parece eso de hacer gestos en el vacío! Pero me comprendió. Me seguía como un soplo a lo largo de los pasillos cuando, bruscamente, tuve que esconderme en una rinconera. Una débil luz de fotóforo yacía sobre las losas. Vi a Méta bajando una escalera de caracol situada al fondo de un pasillo. Andaba a pasos de lobo, ocultando a medias la luz de su proyector. La espada relucía. Entonces sentí que el Ser, que estaba a mi lado, tenía miedo. La brisa se movió alrededor de mí, febril, nerviosa, y escuché de nuevo la queja:

—¡Ay, ay!..

Los pasos de Méta se perdieron en resonancias lejanas. Hice un gesto tranquilizador y gané el nuevo refugio: una especie de gabinete que creo casi desconocido y, sobre todo, jamás visitado. El soplo se posó durante un minuto en mi boca y sentí una extraña vergüenza. Llegó el mes de mayo. Los seis metros cuadrados de jardincillo, que el pobre y querido Hühnebein empapó con su sangre, están cuajados de florecillas blancas. Bajo el magnífico cielo azul, la ciudad apenas bulle. Sólo un paciente rumor de puertas que se cierran, de cerrojos que se corren y de llaves que se echan, responden a los chillidos de las golondrinas.

El Ser se ha vuelto imprudente. Trata de verme; de repente lo noto a mi alrededor. No puedo describir eso: es una sensación de enorme ternura la que me rodea. Intento hacerle comprender que temo a Méta, y lo siento desaparecer como una brisa que cesa. Soporto mal la mirada inflamada de Méta.

Día 4 de mayo. Fue el fin brutal.

Nos hallábamos en el salón con las lámparas encendidas. Yo cerraba las contraventanas. De repente, noté su presencia. Hice un gesto desesperado y, al volverme, me encontré con la mirada de Méta terriblemente reflejada en el espejo.

—¡Traidora! —gritó.

Y cerró la puerta con rapidez. Él estaba prisionero con nosotras.

—Lo sabía —silbó Méta—. Te vi salir con cuencos llenos de leche, hija del diablo. Tú le has dado fuerza mientras se moría de la herida que yo le inferí la noche de la muerte de Hühnebein. ¡Porque tu fantasma es vulnerable! Va a morir ahora mismo, y creo que, para él, morir es tan atroz como para nosotras. ¡Después te llegará a ti el turno, desastrada! ¿Me oyes?

Había gritado eso en frases entrecortadas. Inesperadamente, desenvolvió su fotóforo. El rayo de luz blanca atravesó la habitación y vi evolucionar dentro de él un ligero humo gris. La espada golpeó este humo con toda su fuerza.

—¡Ay, ay! —exclamó la voz desgarradora.

Y, de pronto, sin habilidad, pero con acento de ternura, se oyó pronunciar mi nombre. Avancé y, de un puñetazo, arrojé la linterna al suelo. El rayo de luz desapareció.

—¡Méta! —supliqué— Escúchame... Ten piedad.

La cara de Méta se convulsionó en una máscara de furor demoníaco.

—¡Traidora! —rugió.

La espada dibujó una letra fulgurante ante mis ojos. Recibí una estocada encima del seno izquierdo y caí de rodillas. Alguien lloró a mi lado, suplicando extrañamente a Méta. De nuevo se alzó la hoja. Traté de encontrar las palabras de contrición suprema que nos reconcilian para siempre con Dios; pero vi congelarse súbitamente la cara de Méta y de sus manos caer la espada. Algo susurró cerca de nosotros, y vi una débil llama desenrollarse como una cinta y prender vorazmente en las tapicerías.

—¡Ardemos! —gritó Meta—. Todos juntos... ¡Malditos!

Entonces, en ese segundo donde todo iba a sumergirse en la muerte, se abrió la puerta y entró una anciana, descomunal, inmensa, de la que sólo veía los terribles ojos verdes brillando en una cara inaudita. Una mordedura de fuego atravesó mi mano izquierda. Mientras mis fuerzas me lo permitieron, retrocedí. Vi aún a Méta en pie, inmóvil, con una extraña mueca en la cara, y comprendí que su alma también había volado.

Luego, los ojos sin pupilas de la monstruosa anciana registraron, lentamente, la habitación, que invadía el fuego, y su mirada se posó en mí.

Termino de escribir este relato en una casita desconocida. ¿Dónde estoy? Sola. Sin embargo, todo esto está lleno de ruidos; una presencia invisible, aunque desenfrenada, está en todas partes. Él ha vuelto. He oído pronunciar de nuevo mi nombre de esta forma inhábil y dulce...

(Así termina, como cortado a cuchillo, el manuscrito alemán)

Jean Ray (1887-1964)




Relatos góticos. I Relatos de Jean Ray.


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El análisis y resumen del cuento de Jean Ray: La calleja tenebrosa (La ruelle ténébreuse), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Chamo (me perdonaras mi aire coloquial, pero no puedo, ni podre controlarlo) esta historia es sumamente hermosa.
Ciertamente el carajo se boto. Buenisimo.
me la vacile completica!
muy romantica!
muy bien escrita y traducida.
gracias Aelfwine.
saludos desde venezuela!

Anónimo dijo...

Ay ay ay sebastian !!! Donde quedo el otro manuscrito, el frances??? Quede cortada x la mitad!!!! Nunca habia leido a este autor ni lo conocia, y despues de leer esto sacrifique mi siesta buscando el resto y no lo pude encontrar en google !!! Me siento estafada muchachito, serias tan amable de publicar el manuscrito en frances?? Para cerrar el ciclo, digo. Perdon x el acoso che, saludos, lu.



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