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La chica de la calesita cuántica


La chica de la calesita cuántica.




El universo de las calesitas —o carruseles— admite dos especies de pasajeros: los inconstantes, aquellos que cambian una y otra vez de montura, pasando de una jirafa cimarrona a una cebra deslucida; y los imperturbables, es decir, aquellos que se conforman con lo primero que encuentran y jamás cambian de posición.

Debo confesar que yo pertenecí a la primera clase. Ninguna montura me conformaba. Ninguna equivalía a la emoción de ir cambiando de posta o de correr en el sentido inverso al de la calesita a través de esa estampida de animales de madera.

Tampoco me importaban los posibles riesgos que se desprendían de este hábito. Uno podía ser fácilmente desalojado por el calesitero o bien denunciado por un padre demasiado cuidadoso. Los matones, que siempre patrullan el perímetro de todas las calesitas, también podían ser alertados por ese alboroto y, acto seguido, proceder a la incautación de bienes, como pochoclo y garrapiñada, o directamente al reparto de golpes.

Ninguno de esos peligros logró que cambiara mis preferencias. El cambio sólo se produjo gracias a ella.

—¿De qué te escapás? —me preguntó.

Ella montaba una yegua panzona, con los ollares muy dilatados y las crines revueltas.

—De nada. —respondí, encogiendo un poco los hombros.

—Claro —dijo, y luego agregó, señalando a un leoncito rancio justo al lado de ella—. Vení. Sentate acá.

Hice lo que se me ordenaba.

Dimos una o dos vueltas en completo silencio, hasta que ya no pude soportarlo.

—¡Esto es aburridísimo!

Ella me miró con cierta indulgencia, del mismo modo en el que un adulto evalúa el garabato indescifrable de un chico.

—Eso te pasa porque sos muy inquieto —dijo—, y porque no entendés cuál es el momento más divertido de la vuelta.

—¿Y cuál es?

—Cerrá los ojos y te vas a dar cuenta.

No lo advertí inmediatamente, pero después de algunas órbitas más empecé a sentirlo como un nudo en el estómago. Desde entonces ya no volví a cambiar de montura.

Dar vueltas en la calesita es divertido, pero la mejor parte siempre es cuando la órbita te lleva lo más lejos posible de tu madre.




Diarios de antiayuda. I Egosofía: filosofía del Yo.


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