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El mejor jugador de escondidas de la historia


El mejor jugador de escondidas de la historia.




A propósito de la llegada al barrio de una asamblea evaluadora del premio Guiness, la cual rastreaba datos para encontrar la mejor partida de escondidas de la historia, anotamos la siguiente anécdota:

Edgar Allan Poe compadrea en La carta robada (The Purloined Letter) que el mejor sitio para esconder algo es a la vista de cualquiera. No obstante, lo que es aceptable en el relato de detectives no necesariamente es aplicable en estrategias más urgentes. Todos los que alguna vez jugaron a las escondidas se ubicaron osadamente en las inmediaciones del que cuenta, con resultados francamente decepcionantes.

En 1972 se organizó en Buenos Aires el mayor juego de escondidas que registra la historia y, como tal, requirió una serie de reglas muy estrictas para poder desarrollarse con normalidad; a saber:

Para no demorar excesivamente su desenlace, el juego se realizó dentro de los límites del barrio de Chacarita. Los participantes que se aventuraran en escondrijos aledaños, por ejemplo, en baldíos de Colegiales o terraplenes de La Paternal, serían expulsados por el comité organizador.

Se inscribieron exáctamente 400 jugadores. El escribano local, de apellido Chiaretti, fue el encargado de que el juego no se desluciera debido a errores administrativos, llevando en todo momento un registro contable de los sujetos que ya habían sido descubiertos y cuáles se mantenían a resguardo.

Habida cuenta de la cantidad de jugadores se estableció una sola ronda, es decir, una sola partida que terminaría de manera arbitraria cuando el último jugador fuese encontrado; caso contrario, si alguien lograba evadir al buscador, el juego se reiniciaría con la reincorporación inmediata del resto.

El comité organizador eligió al profesor Lugano como el encargado de contar y rastrear a los fugitivos.

El juego comenzó al mediodía. El profesor, casi de inmediato, demostró sus tremendas habilidades como sabueso. Podía detectar cogoteos a varios metros de distancia, risitas nerviosas, reajustes logísticos, amontonamientos entre cuatro o cinco participantes en un mismo escondrijo, abandonos prematuros del refugio, y todos los errores típicos que cometen los jugadores inexpertos.

Muchos intentaron cantar «piedra libre» —también conocido como «pica»— desde ubicaciones ilícitas, pero la estrategia conservadora del profesor, que rara vez se alejaba más de diez metros de la piedra, fue decisiva para delatar a los infractores. Por su parte, el buen escribano objetó no menos de doce gritos de «¡Sangre!» pronunciados de forma fraudulenta.

Al promediar la tarde 385 personas habían sido desalojadas de sus escondites.

A la medianoche, 399.

Muchos participantes descubiertos se quedaron en las inmediaciones para observar el final del juego, pero las horas pasaron, largas, frías, monótonas, sin que el último jugador fuese encontrado.

El profesor examinó cada centímetro del barrio, cada ochava, cada zaguán. Algunos sostienen que allanó varios domicilios privados y que incluso se aventuró en catacumbas olvidadas del Cementerio del Oeste, donde exhumó uno o dos ataúdes dudosos.

Pero nada.

Ya sobre el filo de la madrugada, en esa hora incierta que precede al amanecer, el profesor exigió un recuento oficial de las personas halladas. El escribano, que a duras penas se mantenía en pie, confirmó el faltante: la licenciada Safo, que además de ser una hembra audaz, casi felina en su andar, era la novia del profesor.

—Fue así que la apasionante disciplina del juego de las escondidas se desvirtuó para siempre en el barrio —le dijo el profesor Lugano a la asamblea evaluadora—. Pasaron las horas, los días, las semanas, y yo seguí buscando; al principio con interés, luego con preocupación, y finalmente con cierto desgano. Han pasado más de cuarenta años y aún no cicatriza la derrota. Ella fue la mejor jugadora de escondidas que he conocido. Si de casualidad llegan a encontrarla, por favor, avísenme.




Filosofía del profesor Lugano. I Crónicas de la licenciada Safo.


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1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

El tema es que ese cuento de Poe ha sido masivamente leído, no sólo por los que se ocultan, sino también por los que los buscan.
La licenciado Safo, descrita como una mujer interesante, parece haber descubierto una nueva forma de usar ese recurso, escondiendose en su propia sección.
Saludos.