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El exitoso arte de fracasar en (casi) todo


El exitoso arte de fracasar en (casi) todo.




Constantemente le reprochaba actitudes, ausencias, pequeños delitos domésticos cuya comisión era, en la mayoría de los casos, dudosa. A veces ella le daba órdenes imposibles de cumplir, como limpiar su cuarto, sólo para verlo fracasar y luego reprochárselo con evidencias.

También hay que decir que él no se destacaba en nada, salvo en la indolencia, en cierta nostalgia por los árboles, y no mucho más. Fracasaba con tanta frecuencia que el éxito, aún el más modesto, le producía vértigo.

Un día, sin embargo, entre tantos fracasos bochornosos él encontró una habilidad insospechada. No me refiero a cierto grado de talento burgués o de facilidad para una tarea, sino de infalibilidad.

Desde luego, él verificó varias veces esta habilidad, por lo menos hasta evacuar la cifra de la casualidad. Lo hizo aquí y allí, en sus ratos libres, cuando ella desparramaba reproches hacia otros objetivos y su padre, destinatario vespertino de ese fuego, estaba lo suficientemente aturdido como para que no advierta que él, con el disimulo de los gatos, se llevaba el arma.

Su puntería superaba largamente la estadística de lo casual. Podía acertarle a todo, desde la distancia que fuese, bajo cualquier condición climática.

Primero se cansó de tirarle a las cerezas, nueces y otros frutos a unos cien metros o más del árbol; después buscó desafíos mejores. Sus víctimas iniciales fueron los cables de alta tensión, allá lejos al costado de la ruta. Luego se le dio por tirarle a la soga en la que doña Mercedes colgaba la ropa, cuya casa estaba a unos buenos seiscientos metros. Su tasa de aciertos fue, y sigue siendo, perfecta.

Al principio, pensó en salir corriendo y contarle a su madre este extraordinario talento, decirle que se había equivocado, que después de todo sí era bueno para algo, al menos; pero después creyó que la mejor forma de que ella realmente lo entendiera era demostrándoselo.

Para garantizarse cierto grado de espectacularidad lo haría adelante de todo el pueblo: que todos vieran que él era quien había apretado el gatillo.

Hubiese podido hacerlo en casa, desde luego, en presencia únicamente de sus padres; pero eso sería privar a los demás de su talento extraordinario. Además, tampoco era cuestión de mantener la reserva en estos asuntos.

Tarde o temprano todos sabría que fue él quién disparó el arma, de modo que lo más práctico era convertirlos a todos en testigos del hecho.

Era domingo. No objetó que lo vistieran de manera acorde; incluso se dejó engominar. Anduvieron entre los payasos, esos tipos que caminan sobre zancos larguísimos, insoportables mimos y sujetos capaces de tragarse una cimitarra. Trató, en lo posible, de que la ansiedad no se apoderara de él, aunque los dedos le quemaban.

Entonces sí, se detuvo entre la multitud, se soltó de las manos sudorosas de sus padres, se retiró unos metros, los suficientes como para terciar la escopeta, apuntar y presionar el gatillo...

Todos oyeron el estampido.

Todos, con indisimulable asombro, vieron caer al osito de peluche.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de Antiayuda.


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