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Primer aniversario: Richard Matheson; vampiros con problemas de pareja

Primer aniversario (First Anniversary) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Richard Matheson —autor de: Acero (Steel), Ecos mortales (A Stir of Echoes) y En algún lugar del tiempo (Bid Time Return)—, publicado en 1960.

Richard Matheson ya se había acercado a la literatura vampírica a través de un par de relatos que llegarían a convertirse en clásicos del género: Vampiro (Vampire) y Los vampiros no existen (No Such Thing as a Vampire).

Sería injusto hablar de Primer aniversario como un relato clásico de vampiros, se trata más bien de un relato de vampirismo con algunos ingredientes típicos de la notable obra de Richard Matheson.




Primer aniversario.
First Anniversary, Richard Matheson.

Justo antes de que él saliera de casa el jueves por la mañana, Adeline le preguntó:

–¿Por qué me dijiste que te sabía agria? Norman la miró sorprendido ante su reproche.

–¿Lo dije?

Estrechó su cintura y la besó en el cuello.

–No me has respondido –dijo Adeline. Norman la miró con sumisión.

–¿A qué viene eso, querida? –preguntó.

–Bueno, cariño, dijiste que te sabía agria... Y precisamente hoy, en nuestro primer aniversario...

Pegó su mejilla a la de ella.

–Así que dije eso –susurró–. ¿No me lo puedes perdonar?

–Sigues sin responder a mi pregunta.

–¿Que sabes agria? ¡Pues claro que no! –la estrechó fuertemente y sintió la fragancia de su cabello–. ¿Lo olvidamos?

Ella le besó la punta de la nariz, sonriéndole una vez más de aquella manera que lo hacía sentir afortunado por haberse casado con una mujer como ella, una magnífica esposa. Iniciaban su segundo año de matrimonio y parecían disfrutar aún de la luna de miel.

Norman la besó en los labios.

–Me siento mal –dijo.

–¿Y eso? ¿Qué te pasa? ¿Quizá te sigo sabiendo agria?

–No –dijo él, confundido–, no es que me sepas agria... Es que no puedo saborearte del todo, no me sabes como antes... Quizá no me sabes a nada...

–O sea, que su mujer no le sabe igual que antes –dijo el doctor Phillips.

Norman sonrió.

–La verdad es que, dicho así, suena ridículo –admitió.

–Bueno, es un caso único, me parece... –respondió Phillips.

–Más de lo que usted cree –dijo Norman, sonriendo amplia pero trabajosamente.

–¿Y eso?

–No tengo problemas cuando saboreo otras cosas... El doctor Phillips lo interrumpió.

–¿Puede olerla? –preguntó.

–Sí.

–¿Está seguro?

–Sí, claro que lo estoy, ¿cómo no? –Norman hizo una pausa y prosiguió–: Usted quiere decir que los sentidos del gusto y el olor actúan a un tiempo...

Phillips asintió.

–Si usted puede olerla, también puede saborearla...

–Puede... –dijo Norman–. Pero lo cierto es que no la saboreo. El doctor Phillips pareció emitir un gruñido.

–Estoy confundido –admitió.

–¿Ni una idea? –preguntó Norman.

–De momento, no –dijo Phillips–. Quizá sea alergia, algo así; una alergia, pero no sé de qué tipo.

Norman pareció molesto.

–Pues confío en que se me pase pronto –dijo.

Adeline estaba en la cocina cuando Norman llegó a casa.

–¿Qué te ha dicho el doctor Phillips?

–Que te tengo alergia...

–No ha podido decir eso –rió ella.

–De veras...

–Anda, no bromees.

–Me tengo que hacer pruebas para ver de qué alergia se trata...

–No creerá que se trata de algo grave, ¿no? –dijo Adeline.

–No.

–¡Menos mal!

Adeline pareció aliviada.

–Nada importante, seguro –trató de animarse él–. Tu sabor es para mí la cosa más placentera de este mundo.

–Anda, estate quieto –protestó ella entre risas apartando las manos de Norman, pero él siguió acariciándola, besándola en el cuello, pasándole la nariz por el cabello, por los hombros...

–Quiero saborearte, me encanta tu sabor –dijo. Ella se volvió y unió su mejilla a la de Norman.

–Te quiero –le dijo.

Norman se contrajo en un espasmo, emitiendo un sonido extraño.

–¿Qué te ocurre? –dijo ella. Norman olisqueó el aire.

–¿Qué es eso? –preguntó mirando a su alrededor–. ¿Has sacado la basura?

–Claro, Norman –respondió ella.

–Pues algo huele mal... Quizá sea... –se interrumpió al ver la expresión de su esposa, que tenía los labios apretados–. Cariño, no creas que pretendo decir...

–¿Seguro que no? –dijo ella, molesta.

–Claro que no, Adeline...

–Primero te supe agria, ahora... Calló él su boca con un beso.

–Te amo –dijo Norman–. ¿De acuerdo? Te amo... No creerás que he querido ofenderte.

–Pues lo has hecho, me has herido –susurró apartándose de él.

Norman la apretó contra su pecho y olió sus cabellos. La besó con dulzura en los labios, en el cuello, en los ojos... Y le dijo una y otra vez que la amaba.

Trataba de olvidarse de aquel olor.

De pronto se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos y de que oía. ¿Estaba despierto? Volvió la cabeza y se giró en la cama. Cuando la tocó, Adeline se movió entre sueños.

Norman se apretó contra ella. La abrazó para sentir más la tibieza de su cuerpo mientras deslizaba su mano hasta la cadera. Tenía la cara pegada a la espalda de Adeline e intentaba dormirse de nuevo.

De repente volvió a abrir los ojos. Espantado, pegó la nariz a la piel de su mujer y la olió. No sintió nada; una fría y absoluta sequedad le golpeó el cerebro. «Dios mío, pero ¿qué pasa?», se dijo. Volvió a intentar olerla, con mayor fuerza. Adeline se movió de nuevo y él abandonó el intento. Seguía junto a ella, sin moverse, procurando no asustarse.

Podría ser que tuviera atrofiados los sentidos del gusto y del olfato, cabía admitirlo. Pero le resultaba difícil aceptarlo, por la simple razón de que no era así. Incluso allí, en la cama, seguía sintiendo el sabor fuerte del café que había tomado aquella noche. Y olía perfectamente el acre hedor que desprendían las colillas y la ceniza de los cigarrillos en el cenicero que tenía sobre la mesita de noche. En un último intento por cerciorarse de que no le había abandonado el sentido del olfato, olió la lana de la manta con que se cubrían.

¿Qué sucedía entonces? Adeline era lo más importante de su vida. Por eso le torturaba, le golpeaba, le destrozaba que ella resultara repelente a sus sentidos.

Tenían un restaurante favorito desde los días de su noviazgo. Les gustaba la comida que servían allí, el ambiente tranquilo, la pequeña pista de baile. Norman había pensado que sería el mejor lugar donde discutir el problema... Pero estaba realmente atribulado. Aquel ambiente no pudo hacer que cediese la tensión que sentía. Y que no la expresara.

–¿Qué diablos será lo que me pasa? –se preguntó, apartando el plato que aún no había tocado–. No puede ser físico... Temo que sea cosa de mi mente...

–¿Por qué dices eso, Norman?

–Quizá porque sé lo que me pasa; quizá porque es lo que te he dicho.

Ella le tomó la mano.

–Por favor, no te preocupes –trató de tranquilizarle.

–¿Cómo  podré  superarlo?  –se  preguntó  él–.  Es  una pesadilla... He perdido algo de ti, Adeline.

–No digas eso, cariño –le rogó ella–. Me duele mucho verte triste.

–Sí, estoy muy triste –reconoció Norman repasando el mantel con los dedos–. Creo que necesito ir a un analista que aclare mi mente –y miró al techo–. Estoy seguro de que el mal está en mi mente, y lo siento, ¡maldita sea! Quiero arrancarme de raíz eso, sea lo que sea.

Al ver que los ojos de su mujer se llenaban de lágrimas, Norman trató de sonreír.

–¡Bah, al diablo con lo que sea! –dijo–. Iré a un analista y ya está... Él me curará... Vamos a bailar, cariño.

Ella se esforzó en devolverle la sonrisa.

–Jovencita, es usted maravillosa –dijo Norman a Adeline cuando empezaron a bailar.

–Te quiero mucho –le susurró ella.

Aún no había acabado la pieza que bailaban cuando notó el mismo hedor repugnante de la cocina. Norman la apretó contra sí aún con mayor fuerza y pegó su mejilla a la de Adeline para que no pudiera ver la expresión de asco que tenía.

–Así que no tiene tacto –dijo el doctor Bernstrom.

Norman expulsó una bocanada de humo mientras aplastaba la colilla del cigarrillo en el cenicero.

–En efecto –dijo triste.

–¿Cuándo lo notó?

–Esta mañana –respondió Norman, que mostraba un aspecto macilento–. No tengo gusto, tampoco tengo olfato –suspiró hondamente–. Y ahora no tengo tacto... ¿Qué me pasa, doctor? ¿Qué enfermedad tengo?

–Ninguna que no sea diagnosticable, seguro –dijo Bernstrom. Norman lo miró ansioso.

–¿Entonces? –dijo–. Recuerde lo que le he dicho: sólo me ocurre con mi esposa. Al margen de ella...

–Ya lo sé –dijo Bernstrom.

–¿Entonces? –repitió Norman.

–¿Ha oído usted hablar de la ceguera de raíz histérica?

–Sí.

–Es un mal puramente histérico, sin raíz física.

–Sí, pero...

–Habrá alguna razón, igualmente, para que sufra usted un brote histérico relacionado con los otros sentidos.

–Bien, pero ¿por qué?

El doctor Bernstrom sonrió.

–Claro, supongo que esa pregunta es la que lo ha traído hasta aquí para consultarme...

Tarde o temprano volvería a pasarle. Ni siquiera el amor que sentía por ella lo evitaría. No podía dejar de pensar en ello mientras leía el periódico.

Recordó fríamente los hechos. El miércoles por la noche la había besado, después de lo cual le dijo: «Sabes agria, cariño». Ella, sorprendida, se apartó de él, mirándole extrañada. Al tiempo, se mostró lógicamente molesta. Ahora trataba de recordar Norman el comportamiento de su esposa tras aquello.
El jueves por la mañana le pareció que Adeline no sabía a nada. Norman se dirigió a la cocina con un fuerte sentimiento de culpa. La casa estaba en completo silencio, sólo se oían sus pasos.

Trataba de seguir analizando con calma los hechos. Se recostó en la silla y siguió repasándolos. Fue el sábado cuando comenzó a sentir aquel hedor fétido. Ella pareció molesta cuando él le preguntó si había tirado la basura, como si creyera que le decía que olía mal. Pero no había dicho nada de eso, podía estar tranquilo.

Después, en la cama, cuando intentó oler su aroma de siempre, no lo consiguió.

Norman cerró los ojos. Se arrepentía, en el fondo, de pensar en todo aquello, pues eso no hacía más que recordarle que había ofendido a su esposa. Amaba a Adeline, la necesitaba... Por nada del mundo quería que se sintiera culpable de lo que le pasaba.

Después, en el restaurante, mientras bailaban, cuando él no pensaba en nada de aquello, la notó fría y distante. Como si temiera que no pudiese olvidar él la palabra fétido.

Y luego, aquella misma mañana...

Norman arrojó el periódico. «¡Basta!» Y se puso a dar vueltas por la habitación, tembloroso, enfadado, con los ojos llenos de rabia contra sí mismo. «¡Soy yo el que está mal, soy yo!», se repetía. No podía consentir que su mente enferma destruyese lo más hermoso de su vida. No estaba dispuesto a consentirlo...

Fue como si se hubiera vuelto de piedra, partidos sus labios, desmesurados sus ojos, completamente blanco... Entonces, lentamente –tanto que escuchó el leve ruido de los huesos de su cuello–, se volvió para mirar hacia la cocina. Vio que Adeline se dirigía allí.

Pero no había oído los pasos de su esposa.

Apenas tenía conciencia de su cuerpo, allí de pie. Caminó desde la sala de estar a la cocina, pasando por el comedor, deslizándose sobre la alfombra, sin oír en ningún momento sus propios pasos. Se detuvo ante la puerta de la cocina, luchando contra sus sensaciones y tratando de escuchar el ruido que sin duda Adeline hacía allí.

Todo era silencio. Abrió la puerta. Adeline estaba ante la nevera, que acababa de abrir. Se volvió y le sonrió.

–Ahora iba a llamarte –le dijo, deteniéndose en seco al verle– ¿Te ocurre algo, Norman?

No pudo responder. Seguía de pie en la puerta de la cocina, mirándola. Retrocedió unos pasos, aterrado.

–¿Qué pasa, Norman?

Se agitó violentamente, sollozando. Adeline dejó en la mesa el platillo con el pudin de chocolate y corrió hacia él. Seguía estremeciéndose y llorando violentamente, con las facciones contraídas.

–Norman, ¿qué te ocurre?

–No lo sé –murmuró él, apenas audible.

Ella trató de abrazarlo mientras seguía llorando. El gesto de Adeline se crispó entonces, como si intuyese algo que la disgustaba.

–Quiero saber qué te ocurre, de una vez por todas –le dijo. Norman sólo podía mover la cabeza.

–¡Quiero saberlo todo, Norman!

–No –apenas musitó él, aterrado, estremecido. Ella apretó los labios con rabia.

–Esto me parece insoportable, Norman, no puedo aguantarlo.

El trató de sujetarla cuando pasó a su lado. La vio subir la escalera, horrorizándose al oír los sonidos de su cuerpo cuando se movió rauda sobre los peldaños. Se tapó entonces los oídos con las manos y empezó a gritar: «¡Soy yo, soy yo, el mal está en mí, sólo en mí!»

Escaleras arriba, la puerta del dormitorio se cerró violentamente. Norman dejó caer sus manos a ambos lados del cuerpo y comenzó a subir los peldaños. Adeline tenía que saber que la amaba, que todo era cosa de su mente, que el mal estaba en sí mismo, no en ella... Tenía que hacérselo comprender...

Abrió la puerta del dormitorio, dio unos pasos en la oscuridad y se detuvo junto a la cama. La oyó moverse y supo que le miraba.

–Lo siento, cariño –dijo Norman–. Estoy enfermo.

–No –replicó ella con la voz descorazonada, casi carente de vida.

–¿Qué? –dijo Norman.

–No hay problemas con los demás –dijo ella–, con nuestros amigos, con los tenderos... Claro que no me ven tanto como tú... Contigo es diferente. Estamos juntos mucho tiempo. La tensión que sufro por intentar que no te enteres de nada me está destrozando. Un año entero ha sido demasiado tiempo. He perdido el poder de controlar tu mente. Todo lo que puedo hacer ya es anular tus sentidos uno a uno.

–No querrás decir...

–¿No querré decir que esas cosas ocurren de verdad? Pues sí. Lo digo. Ocurren, son reales... El gusto, el olfato, el tacto... lo que has oído antes... Piensa en todo ello.

Permanecía inmóvil, frente a ella en la oscuridad.

–Debí despojarte de tus sentidos al principio, cuando nos conocimos –dijo Adeline–. Hubiera sido mucho más fácil para mí hacerlo entonces... Pero ahora ya es tarde.

–¿De qué hablas? –preguntó él, que ya podía expresarse mejor.
–No hablo de fantasías, créeme –dijo ella en un sollozo–. He sido una buena esposa para ti, ¿por qué tengo que irme? ¡No quiero irme! Volveré a conocer a alguien y no quiero cometer el mismo error la próxima vez.

Norman dio unos pasos en dirección a la pared, para encender la luz de la habitación.

–¡No enciendas la luz! –le ordenó Adeline.

No obedeció.

La luz le hirió los ojos. Sobre la cama no había más que algo parecido a un montón de restos viscosos que desprendían un olor nauseabundo. Norman ni siquiera pudo gritar, como si el grito se le hubiera coagulado en la garganta al descubrir aquella hedionda podredumbre.

–¡De acuerdo! –sintió aquellas palabras como una explosión en su cerebro–. Pues si has encendido la luz, ahora me conocerás realmente.

Todos sus sentidos parecieron abandonarlo de golpe. El aire olía a ella. Norman lo supo, lo sintió, hizo balance del tiempo que habían pasado juntos. Vio aquella masa viscosa deslizarse desde la cama para dirigirse a él. Su mente parecía consumirse en una oscuridad absoluta, como si estuviese a punto de desmayarse, o de caer en una ciénaga tan negra como la noche, perseguido por aquella voz suplicante que le decía:

–No quiero irme, no quiero irme... Ninguno de los dos quiere que me vaya... Ámame, deja que siga a tu lado... Ámame, ámame, ámame..

Richard Matheson.




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El resumen y análisis del relato de Richard Matheson: Primer aniversario (First Anniversary) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que talento el de Richard Matheson.
Ser vampiro puede tener sus complicaciones. Que original enfoque.

Anónimo dijo...

Nuestra cultura se trata de muchas cosas no bebemos sangre sino la energia de los demas suena un poco egoista pero me gusto este libro at Erinias