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Cuando ellas nos miran

Cuando ellas nos miran.


La escena nos sorprendió, por lo dramática pero especialmente por lo inesperada.

Flavio Pauperi, hombre súmamente avaro, pusilánime, miserable y cobarde en exceso, reaccionó como una fiera salvaje durante el extravío de un garbanzo en una partida de truco.

El Pauperi que conocíamos jamás hubiera reaccionado así, y menos frente a hombres para quienes los golpes de puño solo son un preludio del acero.

Lo cierto es que Pauperi saltó de su silla y acometió, como un perro rabioso, sobre su contrincante más cercano. Golpeó, mordió, arañó, trituró todo lo que se cruzó en su camino, no siempre del modo más elegante, sino más bien con la eficacia devastadora de una fuerza de la naturaleza.

Fueron necesarios dos testigos neutrales para sujetarlo y evitar que se cometiera un crimen indecoroso en el salón del bar.

Incluso cuando intervino la fuerza policial, encarnada en el comisario Pierucci, uno de los tertulianos de aquella madrugada, Pauperi no se dejó arrear hacia el calabozo, sino que prometió, como los guapos de antaño, presentarse al día siguiente para recibir el castigo acordado para semejante contravención a la cortesía.

Cuando la escaramuza finalizó nos acercamos al profesor Lugano para interrogarlo sobre aquel suceso formidable.

—¿De dónde habrá sacado el coraje? —se preguntó alguien— Pauperi siempre fue un cobarde.

—Y un miserable.

—Y un pusilánime.

—Y un hombre súmamente avaro.

El profesor Lugano alzó una mano.

—Esta noche ningún hombre era más peligroso que Pauperi.

Reflexionamos sobre aquellas palabras, ominosas, por cierto, pero no hallamos ninguna explicación satisfactoria de por qué el miserable Pauperi repentinamente se había convertido en un sujeto peligroso.

Algunos aventuraron conjeturas audaces, por ejemplo, que Pauperi había perdido su fortuna, sus bienes, su casa, su cordura, que se hallaba al borde de la muerte, de la cárcel, del exilio, pero ninguna especulación logró arrancarle un guiño de asentimiento al profesor.

—Profesor —exigió alguien—, sea claro al respcto. ¿Cómo el pusilánime de Pauperi consiguió un cambio tan radical en su personalidad?

—¿Ustedes se dieron cuenta de quién vino esta noche?

Enumeramos a los parroquianos habituales.

El profesor negó con la cabeza, y luego añadió:

—Me refiero a una persona insual por aquí.

Tras varios desaciertos uno de los acólitos dio en el blanco.

—... Noemí Sosa.

—Exacto.

—Pero, profesor, Noemí es una chica que jamás podría despertar semejante salvajismo en un hombre.

—Usted quiere decir que Noemí es fea.

—Feísima.

—Entiendo. ¿Y si yo le digo que Noemí se pasó toda la noche mirando a Pauperi?

—No cambiaría nada. Pauperi la odia, la aborrece, la desprecia, manifiesta por ella la más enérgica repulsión.

—Posiblemente, pero nunca olviden lo siguiente: no hay prodigio que un hombre no pueda realizar cuando una mujer, aún la más fea del mundo, lo está mirando.



Filosofía del profesor Lugano. I Crónicas de la licenciada Safo.


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