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La mujer del rincón: Gertrude Colmore

La mujer del rincón (The Woman in the Corner) es un relato fantástico de la escritora inglesa Gertrude Colmore -seudónimo de Gertrude Renton (1855 – 1926), publicado en antología de 1913: El señor Jones y la gobernadora (Mr. Jones and the Governess), patrocinada nada menos que por la Women's Freedom League; organizacón británica que luchaba por la igualdad de género y el acceso al voto femenino.

Gertrude Colmore es una de esas autoras que fue barrida por el tiempo, aunque de hecho tuvo un peso determinante en el desarrollo de los derechos de la mujer a lo largo del siglo XX. Además de su faceta como escritora, fue sufragista y temible defensora de los derechos de los animales. Su novela más conocida acaso sea Sufragista Sally (Suffragette Sally), posteriormente publicada como Sufragistas: la historia de tres mujeres (Suffragettes: A story of Three Women).

Basta repasar superficialmente estos antecedentes para adivinar la naturaleza de La mujer del rincón, un relato corto verdaderamente imperdible.


La mujer del rincón.
The Woman in the Corner, Gertrude Colmore (1855-1926)
Era una mujer de muy buena presencia y bien vestida, no ostentosamente, pero con ropa buena. Estaba sentada en el rincón de un compartimento en un vagón de segunda de un tren suburbano, un tren que llegaba a la estación de Waterloo entre las siete y las siete y media, un tren que traía a los teatros de Londres a muchos residentes de las afueras.

Había otras seis personas en el compartimento: una pareja joven, claramente marido y mujer, dos mujeres de mediana edad un parlamentario, de unos cincuenta años, con frac y sombrero de copa, y un clérigo de la Iglesia anglicana. Marido y mujer hablaban de teatro, de vez en cuando dirigiéndose al parlamentario que les contestaba de un modo mecánico; las damas de mediana edad comentaban el último escándalo de las sufragistas en términos reprobatorios; el clérigo y la mujer del rincón guardaban silencio. El clérigo leía un periódico de la tarde, la mujer escuchaba retazos de las conversaciones.

—¿Usted no irá a algo tan frívolo como es el teatro supongo? —dijo la esposa volviéndose hacia el parlamentario.

Éste se había sacado de la cartera un papel con anotaciones que estudiaba con la ayuda de un monóculo.

—No —dijo—, no, al teatro no —gesticuló solemnemente con la cabeza—. Nada de eso, señora mía.
—A la Cámara entonces, supongo. No, claro que no. No hay sesión esta tarde.
—Si desea usted saberlo, le diré que voy a una reunión (a una reunión abierta al público) a hablar sobre la trata de blancas.

A la joven se le descompuso la cara.

—Ay, ¿sí? —y luego, tanteando—. ¿Cree usted que... que eso existe?
—Sin lugar a dudas, en cierta medida, en cierta medida.
—Está algo exagerado, sin duda —dijo el joven marido—. Cuando las mujeres toman partido por un tema como ése... y la verdad es que están tomando partido en gran medida...
—La hija de uno de mis feligreses desapareció hace un mes —dijo el clérigo—, y no hemos conseguido dar con ella.
—Quizás... ¡Algunas jovencitas son tan alocadas! —sugirió una de las damas de mediana edad.
—Si esas sufragistas se dedicaran al trabajo de reinserción... —dijo la otra, y dejó que su audiencia imaginara el resto de la frase.
—He oído decir —señaló el marido—, que la trata de blancas es lo que está detrás de todo este asunto del sufragio.
—Y así es —dijo la mujer del rincón.

Era la primera vez que hablaba, y todos los presentes se volvieron a mirarla.

La dama que estaba a su lado se apartó un poco.

—¿Es usted, si me permite la pregunta —dijo con educación un tanto insolente—, es usted sufragista?
—Ay, no, no. Pero sí que sé algo de la trata de blancas.
—¿De veras? —dijo el parlamentario, mirando desde su rincón, por encima del monóculo, a donde la mujer estaba sentada—. ¿Ha hecho usted un estudio sobre este tema?
—Un estudio práctico... sí —dijo ella.
—¿Y qué piensa...?
—A mí me gustaría oír más bien la opinión que tiene usted sobre cómo debiera tratarse todo esto.
—Bueno, bueno, pues... hay leyes... hay un Proyecto de Ley que se ha presentado a la Cámara. La reunión de esta noche es precisamente sobre ese Proyecto de Ley; y... bueno... con las cláusulas sobre los azotes, tiene que... bueno... tiene que dar resultado.
—¿De verdad cree usted que el Proyecto de Ley... con las cláusulas sobre los azotes pondrá punto final a esto? —la mujer esbozó una sonrisa de manera extraña—. ¿De verdad supone usted que la ley, cuando se apruebe, se cumplirá?
—Por supuesto, madam, por supuesto. Las leyes de Inglaterra son las que mejor se cumplen del mundo.
—Cómo no. Pero, ¿no existe ahora una ley contra el secuestro de jovencitas menores de dieciséis años? ¿Quién le presta atención a esta ley? Ningún traficante de blancas que yo sepa.
—Tiene usted toda la razón, madam —dijo el clérigo—. Las leyes sin base religiosa son, relativamente hablando, inútiles. Tenemos que instruir a nuestras jovencitas según las doctrinas de San Pablo...
—Bien dicho —murmuró una de las damas.
—...y a nuestros jovencitos a que vivan en temor de Dios.
—Yo les aconsejaría —dijo la mujer—, que empezaran con los jovencitos. Va a llevarles bastante tiempo, a juzgar por lo que han conseguido ustedes hasta ahora.

El clérigo la miró frunciendo el ceño.

—¿Duda usted del poder de la religión? —preguntó.
—Y del trabajo de reinserción —sugirió una de las damas.

La mujer se encogió de hombros.

—Tanto el trabajo de reinserción como la instrucción religiosa se pueden poner en el mismo montón ¡vamos, anda! Y al traficante de blancas no le importa un bledo nada de eso —dijo, haciendo como que chascaba los dedos con su mano bien enguantada.
—¿Le puedo preguntar, por tanto —dijo el pariamentario—, puesto que ni las leyes, ni la religión ni el trabajo de reinserción tienen efecto alguno, le puedo preguntar qué recomendaría usted, ya que dice haber estudiado el tema?
—¿Recomendar? —contestó la mujer quedamente—, eso no es de mi incumbencia. Pero si desean saber lo único que podría terminar con la Trata de Blancas, se lo diré: Poner a la mujer al mismo nivel que el hombre, ponerla donde el hombre no la mire como si se tratara de un animal que puede utilizar y con el que jugar, darle la oportunidad de cuidarse a sí misma, darle el voto.
—¡Pero pensaba —las palabras sonaron como si procedieran de un coro—, pensaba que estaba usted en contra del sufragio!

El tren aminoraba la marcha mientras se iba deslizando paralelo al andén de Waterloo. La mujer posó la mano en el tirador de la puerta.

—¡Y tanto que lo estoy! —dijo—. Totalmente en contra. Lo odio y lo temo porque sé de qué va.

El tren se había parado y bajó al andén; entonces se volvió hacia el compartimento y lanzó el siguiente comentario:

—Soy una alcahueta, y yo sí que sé muy bien de qué va.

Gertrude Colmore (1855-1926)




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El resumen del relato de Gertrude Colmore: La mujer del rincón (The Woman in the Corner) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com