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El secreto de la felicidad (según Epicuro)


El secreto de la felicidad (según Epicuro)

Vivimos en una era de innumerables recetas para alcanzar la felicidad. En todas partes habitan gurús y sabios que aseguran poseer el secreto de la felicidad, y más aún, el único camino para alcanzarla de un modo eficaz. Los medios de comunicación nos aturden con dispositivos y consignas cuya consecuencia inevitable, afirman, es la felicidad aséptica del consumidor satisfecho. Incluso en el terreno cenagoso del amor nos hemos visto maniatados por las sugerencias de otros.

Afortunadamente todos los artificios modernos pueden ser cuidadosamente arrasados por un hombre austero al que se le atribuyen dones de bon vivant: Epicuro de Samos.

Epicuro puede jactarse de haber descubierto el secreto de la felicidad. Como prueba irrefutable de la veracidad de su hallazgo hay que decir que detrás de cada comercial, de cada campaña publicitaria, de cada pulsión tecnocrática, de cada ideal absurdo sobre la felicidad como una meta, de cada frase repugnante en labios de todos los maestros espirituales a lo largo y ancho del orbe, se encuentra el gérmen del viejo Epicuro, quien jamás sospechó que su hipótesis sería manifestada justamente por aquellos que intentan demorar al hombre con adminículos extravagantes en su jornada oscura por el mundo.

Epicuro afirma que la felicidad, un concepto poco claro y acaso inaccesible, se construye con valores sencillos, de hecho, los únicos que buscamos constantemente. Toda su filosofía puede resumirse en un concepto básico: la infelicidad surge a partir de un apetito que el sujeto no puede saciar; y el ideal, menos impactante de lo que pensamos, es un estado que el filósofo denomina como Ataraxia, un estado imperturbable, es decir, la ausencia de turbación.

Epicuro distingue tres clases de apetitos:
  • Los naturales y necesarios: alimento, abrigo, comodidad.
  • Los naturales pero no necesarios: amistad, pensamiento, amor, sexo.
  • Los no naturales ni necesarios: ambición, prestigio, búsqueda de reconocimiento.

El filósofo razona que detrás de estos simples apetitos yace el gérmen de la Rueda Humana, el motor que nos impulsa a conseguir algo, un algo impreciso, incierto, difícil de objetivizar.

Si bien la filosofía de Epicuro no era teórica, sino práctica, ya que él mismo y su comunidad vivían bajo sus ideales; su influencia lentamente fue adoptada por todo occidente, en mayor o menor medida, y se convirtió en la regla general para discernir aquello que puede acercarnos a la felicidad.

Quizás el lector habituado a los bombardeos mediáticos acaso rechace la subsistencia de esta filosofía basada en apetitos señalando un sinnúmero de individuos que buscan otras cosas. Sin embargo, detrás de las luces convulsivas de todo comercial se halla la idea esencial de Epicuro, siempre asociada al objeto que se nos intenta vender.

Aquí y sólo aquí se halla el esquema exitoso que la publicidad ha encontrado para penetrar en nuestra conciencia, un esquema que jamás podría haber sido diseñado fuera del epicureísmo. Es así que vemos un grupo de amigos en un comercial de cerveza (o en todos), precisamente porque lo que nos importa, a nivel esencial, es la amistad, la camaradería, la compañía y el reconocimiento de nuestros pares. O una mujer hermosa mirando seductoramente a un caballero rasurado a la perfección, cuestión estética de nulo valor, pero que estimula nuestros deseos de ser codiciados y admirados por el sexo opuesto. O quizás la pose segura de un hombre de negocios al volante de un nuevo modelo de automóviles, con la estampa de quien ha superado las pretenciones banales de abrigo y alimento de las clases menos favorecidas...

Epicuro está en cada comercial, en cada campaña publicitaria, y el hombre, dócil ante la fuerza de su filosofía, cede como un infante hacia deseos mal encarrilados, confundiendo el mensaje por el objeto que se le intenta imponer. "Solo a través de ésto puedes conseguir aquello", es el lema dominante.

Si bien el filósofo se obsesionó con el ideal de felicidad, siempre supo que éste era, en definitiva, una quimera fácilmente desmontable por la tragedia y las desdichas de la vida. En su comunidad, solventada por ricos mercaderes culposos, se cultivaba el equilibrio como método para atisbar la felicidad. Después de todo, alcanzar la felicidad no es realmente meritorio, lo importante es aprender a reconocerla en una sobremesa, en una conversación, en una idea.




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