«La calavera»: Emilia Pardo Bazán; relato y análisis


«La calavera»: Emilia Pardo Bazán; relato y análisis.




La calavera (La calavera) es un relato fantástico de la escritora española Emilia Pardo Bazán, publicado en la antología de 1894: Cuentos nuevos.

La calavera, uno de los cuentos de Emilia Bazán más interesantes, es una especie de homenaje al relato de terror de Guy de Maupassant: ¿Él? (Lui?), donde la locura parece apoderarse de una casa y sus habitantes.




La calavera.
La calavera, Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

El chiflado habló así:

Desde que, por imitar a Perico Gonzalvo, que la echa de elegante y de original, puse en mi habitación, sobre un zócalo de terciopelo negro, la maldita calavera (después de haberla frotado bien para que adquiriese el bruñido del marfil rancio), empecé a dormir con poca tranquilidad, y a sentirme inquieto mientras velaba. La calavera me hacía compañía y estorbo, lo mismo que si fuese una persona, y persona fiscalizadora, severa, impertinente, de esas que todo lo husmean y censuran nuestros menores actos en nombre de una filosofía indigesta y melancólica, de ultratumba.

Cuando por las mañanas me plantaba yo frente al espejo para acicalarme, tratando de reparar, dentro de lo posible, el estrago de los cuarenta en mi rostro y cuerpo, no podía quitárseme del magín que la calavera me miraba, y se reía silenciosa y sardónicamente cada vez que aplicaba yo cosmético al bigote y traía adelante el pelo del colodrillo para encubrir la naciente calva. Al perfumar el pañuelo con esencia fina, al escoger entre mis alfileres de corbata el más caprichoso, oía como en sueños una vocecilla estridente, sibilante, mofadora, que articulaba entre la doble hilera de dientes, amarillos todavía, implantados en las mandíbulas: ¡Imbéciiil de vaniiiidoso!

Será una tontería muy grande; pero lo cierto es que me molestaba de veras.

Por las noches, al recogerme, noté que la calavera se ponía más cargante, entrometida y criticona. Su respingada nariz y su boca irónica, tan parecidas (salvo la carne) a la expresiva fisonomía de don Cándido Nocedal, me preguntaban y acusaban con una chunga despreciativa, capaz de freír la sangre al hombre más flemático:

—¿Por dónde has andado, vamos a ver, grandísimo perdido, botarate de siete suelas? ¿Qué nido era aquel donde entraste esta tarde tan de ocultis? ¿Se puede saber quién te esperaba allí? ¿Y te crees buenamente, presumido, que con tu calvita y tus arrugas y tus cuarenta del pico estás ya para seducir a nadie? Por los monises, por las sangrías que te dan al bolsillo, campas tú, que si no... Vamos a ver: ¿qué te sacaron hoy con tanta zaragatería de la cartera? ¿No fue un billete de a cien? ¿No salió luego otro de a cincuenta por contrapeso? ¡Ah, memo Paganini, caballo blanco! ¡Lo que se divertirán con ese dinero a cuenta tuya!...

Le aseguro a usted que la calavera, en este punto, entreabría el tenazón de sus mandíbulas, y se reía bajo, sin que las ondas de su silenciosa carcajada agitasen el aire. Apretando los dientes otra vez y adoptando el énfasis doctoral de quien sermonea sobre las miserias y locuras del mundo —mientras yo procedía a mis abluciones nocturnas o buscaba en el armario de luna la camisa de dormir—, continuaba:

—Y después, ¿a qué más andurriales te condujo tu flaqueza? Lo sabemos, lo sabemos, aunque usted se lo tenga muy bien callado. Al Congreso, a adular al ministro Calabazote y al general Polvorín. A arrastrarte por los suelos, a ofrecerte incondicionalmente para todo lo que te ordenen y manden, a mendigar un distrito, ese soñado distrito que nunca llega, ni llegará, porque a ti te emboban con buenas palabritas y te sostienen hace cuatro años con la boca abierta esperando el higuí... Del Congreso... ¡No me lo niegues, porque estoy muy bien informada! Del Congreso te fuiste a la Redacción de El Estómago, diario ministerial que cobra cinco subvenciones y media, a que te insertasen un sueltecito de tu puño, donde te das bombo, incluyéndote en el grupo de personas caracterizadas que se disponen a prestar incondicional apoyo a la política de nuestro ilustre jefe Calabazote. Y a renglón seguido...

Aquí me revolví furioso contra la intransigente censora, diciendo:

—Bueno, ¿a renglón seguido, qué? Y a renglón seguido me fui a comer con unos amigos ¡Me parece que cosa más inocente y natural!

—¡Tate, tate! —replicaba la calavera insufrible—. Las cosas dichas así parecen lo más sencillito. Pero a mí, no me la das tú, aunque vuelvas a nacer cien veces. Ya soy vieja. Ya se me ha caído todo el pelo. La experiencia me hace sagaz. Fuiste a comer en casa del banquero Tagarnina, no porque sea amigo tuyo ni porque le estimes, pues bien persuadido estás de que su riqueza la granjeó arruinando a muchos infelices y saqueando al país con contratas y empréstitos, sino porque tiene buen cocinero y exquisita bodega, y también porque su mujer, ¡que es una mujer de patente!, has soñado tú que te mira con buenos ojos, cuando lo que hay es que los tiene preciosos, y no ha de ponerse a bizcar si los fija en tu cara. La verdad desnuda. ¿A que no se te ocurre ir a hacer penitencia con tus amigos los de Martínez, que te ofrecerían un modesto pucherito? Tagarnina ya es otra cosa; aquel borgoña añejo, aquel rin de principios de siglo, aquellas trufas de la poularde. Vamos, que aún se te hace agua la boca, compañero, si de eso te acuerdas. ¿Eh? ¡Qué magníficas estaban! Aún te relames epicúreo. Y ahora, ¿qué tal? ¿Vas a acostarte para digerirlas como un prior?

¡Acostarme!

No, y ello es que no había más remedio. Encendida mi lamparilla, entreabría con cuidado las sábanas, me descalzaba, y ¡zas!, me hundía en el lecho blando. El primer momento era de bienestar incomparable. Mi cuarto y todos mis muebles son confortables y regalones, como de solterón egoísta que adorna y prepara un rincón a su gusto, a fin de vivir en él hecho un papatache, saliendo fuera a comer y almorzar y teniendo su criadito que por las mañanas limpie y arregle. En la cama había puesto especial cuidado, considerando que la mitad de nuestra vida se desliza en ella. La lana más rica, para el colchón; el plumón más caro, para edredones y almohadas; mantas suaves, que se ciñen al cuerpo y no pesan; un cubrecama antiguo, de seda bordada de colores; en suma: una cama de arzobispo que padece gota y se levanta tarde.

¡Ay! ¡Qué bien me sabía la camita deliciosa, antes que por rutina, por ese espíritu de plagio, que es el cáncer de nuestra sociedad, incurriese yo en la tontuna de traerme a mi cuarto una porquería como la dichosa calavera!

Apenas empezaba a conciliar el primer sopor entre el grato calorcillo de las amorosas mantas, la calavera, antes tan campechana y bromista, mudaba de registro, se ponía trágica y balbucía -en honda y cavernosa voz, que sonaba cual si girase entre las descarnadas vértebras por falta de laringe- cosazas pavorosas y tremendas. De las cuencas llenas de sombra parecía brotar diabólica chispa. Los dientes castañeteaban como estremecidos por el pavor. Yo sepultaba la cabeza entre las sábanas temiendo oír; pero el caso es que oía, oía; la voz de la calavera penetraba al través de aquel muro de lienzo, y, deslizándose como una sierpe en el hueco de mis oídos, llegaba a mi cerebro excitado por el estúpido temor y la sugestión del insomnio, que se convierte muy luego en el insomnio mismo.

—¡Hola! ¿Qué es eso? ¿No duermes, no te entregas como otras veces al placer de roncar a pierna suelta, después de hacer tu gusto todo el santísimo día? ¿Es acaso mi proximidad lo que te desvela? ¡Ah bobo! ¡Inconsecuente! ¿Pues no piensas tú, para mayor comodidad tuya, para quitarte los escrúpulos y vivir según te acomoda y no privarte de nada, que yo soy únicamente un poco de fosfato de cal, la cáscara de una nuez ya digerida por el tiempo? Pues si soy eso, ¿por qué cavilas tanto en mí, hombre pusilánime? ¿Hase visto fantasmón? Explícame por qué se te ocurre a veces cavilar qué será de mi alma, por dónde andará rodando. Con que mucho de despreocupación, y espíritu fuerte, y materialismo de Cervecería Inglesa y Café de Viena, y apenas apaga usted la palmatoria ya le tenemos acordándose de...

Los dientes de la calavera —o tal vez los míos— se entrechocaban con fuerza convulsiva, y salían entrecortadas estas dos palabras tremendas:

—¡La Muerte! ¡El Infierno!

La calavera prosiguió más bajito aún:

—El Infierno... quedamos en que no crees en él. ¿Creer en esas papas? Está bueno para las viejas y los niños. Un hombre como tú, ilustrado, moderno, se ríe de semejantes farsas. ¿Tenazazos, llamas, calderas, gemidos, demonios rabudos, eternidad de penas? A otro perro con ese hueso. Corriente: descartemos el Infierno. Mandémoslo retirar a toda prisa. No sirve ya. Al cesto con él.

Daba yo una vuelta en la cama, buscando postura mejor, y la calavera susurraba:

—Pero lo que es en lo otro, en la de la guadaña. Vamos, lo que es en ésa, crees a puño cerrado. ¿Acerté?

Un soplo glacial acariciaba mis sienes. En la raíz de mis cabellos, gotitas de sudor se cuajaban. Mis nervios, encalabrinados, gritaban con furia:

—Cualquiera duerme hoy.

—Vamos, que de esta vez he puesto el dedo en la llaga —recalcaba la calavera—. ¿A que sí? No la eches de guapo, compañero; aquí no estamos a engañarnos. Nos conocemos, camará. Tus medranitas te pasas de cuando en cuando, acordándote de la hora que ha de sonar sin remedio alguno. Porque ¡mira tú qué cosa más diabólica! Nunca te llegará, probablemente, la de salir diputado, gracias a la influencia de Calabazote; es regular que tampoco suene la de tu primera cita con la señora de Tagarnina, el banquero; casi puede jurarse que no verás la de cobrar aquel pico que te deben, ni la de que te adjudiquen la hacienda del Encinarejo, ni la de colgarte la gran cruz, ni ninguna de esas horitas que tu vanidad desea. ¡Pero, en cambio, la hora, aquella en que no quieres pensar nunca, aquella que te empeñas en suprimir con la imaginación; lo que es ésa, aunque se descompongan todos tus relojes, ha de sonar, más fija, más puntual, más exacta! ¡Ni un segundo de atraso, ni uno!

Temblor general se apoderaba de mis miembros, y en las sienes parecía que me pegaban furibundos martillazos.

—Hace pocos días —continuaba la voz— viste morir de una pulmonía fulminante al bueno de Paco Soto. La víspera de caer en cama corristeis una broma en Fornos con la Belén Torres. ¡Ya ves si tengo yo informes! A mí no se me escapa ni esto. ¡Cuánto se reía Paquillo! Bueno; pues tú llevaste una cinta de su féretro. ¿No te acuerdas? Y estuviste en la Sacramental, y viste cómo le metieron en el nicho. ¿A ti te gustaría que te soplasen en un nicho? ¿A que no? Más calentita está la cama tuya y más blanda, ¿eh? Pero lo del nicho tiene que llegar... Y ¿qué me dices? ¿Por dónde andará Paco Soto, con aquellas guasas que gastaba y aquella afición suya a cazar y a comer y a beber seco? ¿Crees tú que es enteramente imposible que el alma de Soto? ¡Ah! No me acordaba de que eso del alma se te hace a ti muy duro de tragar, muy durillo. Bueno; admitido que eso del alma... Pero si en cerrando el ojo se acaba toda la fiesta, ¿por qué diantres me tienes así... este respetillo, este pavor, este...? Mira, ahora calo yo tu conciencia, hasta lo más hondo de ella. Mañana has determinado echarme al pozo. ¡Qué vergüenza! ¡Cobarde! Me has tomado miedo, miedo supersticioso, pero cerval. ¡Ja, ja! Miedo, miedo. Como se lo tienes a lo otro, al final, al desenlace de la comedia. Por eso me echarás al pozo; porque yo soy una vocecita misteriosa que te habla de lo que hay por esos mundos desconocidos, y, mal que te pese, ¡chúpate esa!, reales, reales, reales.

Me incorporé en la cama, con los pelos erizados.

—Bribona, mañana te juro que te vas por la ventana a la calle. Espantajo del otro barrio, yo te ajustaré las cuentas. A tu sitio, que es la tierra; a pudrirte, a disolverte, a hacerte polvo impalpable. Lo que es de mí no te ríes tú. Ahora a la perrera, a la leñera. A la basura, que es tu sitio.

Encendí fósforos, la palmatoria, el quinqué.

Así el cráneo y lo arrojé con ira al cajón de la leña. Lo célebre es que no me atreví a volver a acostarme. Pasé el resto de la noche en un sillón, azorado, nervioso, como si custodiase el cuerpo de un delito, la prueba de un crimen.

Rayó el alba, y en el mismo sillón concilié algunos minutos de agitado sueño. Así que fue día claro, saqué la calavera, que me pareció a la luz del día un trasto ridículo: la envolví en un número de La Correspondencia; salí de casa, tomé un simón y dí orden de ir por la ronda de Embajadores, hasta topar con un sitio retirado. Cerca de unas yeserías arrojé el bulto, que al caer dio contra una piedra, y desenvolviéndose del periódico, rebotó con ruido seco y lúgubre.

—¡Ah recondenada calavera! Ya no volverás a darme quehacer. Poco me importa que creas que te temo. No es a ti, fúnebre espantajo; es a mi propio, a mi imaginación, a mi cabeza loca, a quien tengo un poco de miedo; por lo demás. Ahí te quedas, hasta que te descubra algún chicuelo que juegue contigo a la pelota.

Con qué gusto me metí aquella noche en la cama! Iba a dormir, a reposar deliciosamente.

—¿Y reposó usted?

—¡Ay señora! —contestó a mi interrupción el chiflado—. La calavera ya no estaba en su zócalo de terciopelo. ¡Pero si viese usted! De la habitación no había salido. Estaba más cerca de mí, estaba precisamente en el sitio de donde yo quise arrojarla. ¡Aquí, aquí! -repitió, golpeándose la frente y el pecho.

Emilia Pardo Bazán (1851-1921)




Relatos góticos. I Relatos de Emilia Bazán.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Emilia Pardo Bazán: La calavera (La calavera), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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