Porqué los hombres buenos son un mito.


Porqué los hombres buenos son un mito.




Aquella noche asistimos a un baile organizado por las personas más respetables del barrio. Naturalmente, no fuimos invitados, pero el profesor Lugano logró hacernos entrar mediante una estratagema. Una vez dentro del salón principal nos confundimos entre la multitud. Con cierto asombro descubrimos que se trataba de un baile de máscaras.

—¿Qué hacemos, profesor? ¡No tenemos máscaras!

—Por supuesto que sí —dijo el profesor.

Y se perdió entre el gentío que bailaba, bebía y reía como si quisieran olvidar algo horroroso.

El resto de nosotros permaneció en una formación compacta; macedónica, se diría. El baile era cada vez más vigoroso.

De repente, el profesor Lugano regresó con el rostro desencajado.

—Colegas —anunció—, en las dependencias interiores se dice que en cuestión de minutos se desarrollará una orgía con reglas inquebrantables: solo los «hombres buenos» podrán participar del comercio colectivo. El resto, me temo, será expulsado inmediatamente del establecimiento.

—¿Existe alguna posibilidad de que califiquemos como «hombres buenos»?

—No lo sé —dijo el profesor—. Si se fijan bien, las mujeres del baile están claramente separadas en dos grupos. El primero, compuesto por mujeres solteras, sostiene unánimemente que los «hombres buenos» están casados. El segundo grupo, integrado por mujeres casadas, asegura que sus maridos son unos perfectos cretinos.

—¿Entonces?

—Huyamos antes de que sea tarde. Cuando los dos grupos compartan observaciones el fraude quedará expuesto.




La filosofía del profesor Lugano. I Egosofía.


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