La mujer que siempre soñaba con sus ex


La mujer que siempre soñaba con sus ex.




Mi mujer tiene un problema: sueña todas las noches con sus ex. En ocasiones son pesadillas, es cierto, pero la mayoría de las veces se trata de sueños muy agradables, a juzgar por lo mucho que se mueve en la cama mientras sueña y el semblante alegre, casi pletórico, que tiene a la mañana.

No es que yo sea un tipo celoso. En absoluto. Soy, más bien, un sujeto particularmente interesado en el tema de los sueños. De hecho, a mi mujer la conocí en terapia.

Yo era el terapeuta.

De manera clandestina, por decirlo de un modo elegante, me contacté con algunos de los ex de mi mujer para averiguar si ellos también soñaban con ella. Sencillamente no pude resistir la tentación de confirmar, o de rechazar de cuajo, la posibilidad de que realmente existan los sueños compartidos.

Lamentablemente, mis investigaciones arrojaron resultados concluyentes al respecto: mi mujer soñaba con sus ex, pero sus ex no soñaban con ella; de hecho, algunos mostraron serias dificultades para recordarla.

Desde hace un año, aproximadamente, llevo un minucioso registro de los sueños de mi esposa. Todas las mañanas, mientras desayunamos, le preguntó qué soñó, y ella me lo cuenta con lujo de detalles.

Solo mi temple de erudito en el tema de los sueños ha logrado impermeabilizarme contra las indiscreciones oníricas que mi mujer me narra. No entraré en confidencias, pero baste decir que rara vez he registrado un sueño que no concluya con algún refriegue amoroso.

De mis investigaciones puedo concluir que:

a) Mi mujer solo recuerda aquellos sueños en los que aparecen hombres con los cuales estuvo involucrada sentimentalmente, ya sea de manera directa o bien simbólica.

b) Que esos sueños ocurren siempre en el mismo escenario: la casa de su padre, y más precisamente en el interior del dormitorio principal.

Evidentemente, su padre —un hombre trastornado, sádico— es una figura central en las manías oníricas de mi mujer. Los encontronazos ocasionales ocurren invariablemente en el único lugar prohibido de la casa: la cama matrimonial; de manera tal que podemos concluir que los ex con los que sueña mi esposa son simples sustitutos de la figura paterna.

Este es, en líneas generales, el hilo conductor de todos los sueños que mi mujer recuerda. Pero todo cambió hace una semana.

Como todas las mañanas, nos disponíamos a desayunar en la cocina. Tomé mi cuaderno de anotaciones, esperando el relato de sus aventuras nocturnas:

—Soñé que estaba con Leo —dijo—, mi novio de la secundaria. Nos besamos en una plaza, y después fuimos caminando hasta la casa de papá.

—Bien —dije, dejando el lápiz sobre el cuaderno—. ¿Y entonces?

—Y entonces nada —dijo ella.

—¿Cómo que nada? Quiero detalles de lo que pasó adentro de la casa.

—No pasó nada —dijo ella, mientras llevaba las tazas al lavabo.

—Bueno —dije, procurando ser lo más analítico posible—. Estamos en presencia de algo que no habíamos visto hasta ahora: tus sueños siempre terminaban dentro de la casa de tu padre, en el dormitorio principal.

—Sí —dijo ella—. Hasta ahora.

—Es decir que lo… hicieron, en otra habitación.

—No. Nunca entramos a la casa.

Me precipité a tomar nota de ese dato.

—Notable, realmente —dije—. Es decir que llegaron caminando a la casa pero no entraron. ¿Y qué hicieron entonces?

—No lo recuerdo muy bien. Es confuso.

Con el tiempo uno aprende a reconocer los distintos tonos y matices en la voz de su mujer —y de sus pacientes—, y esa mañana en la cocina era el tono de una mentira.

—¿De verdad querés saberlo? —preguntó ella, después de algunos minutos de sagaz insistencia de mi parte.

—Claro que quiero —dije—. Es un cambio extraordinario en la dinámica de tus sueños.

—Está bien, te lo voy a contar.

Apoyé la punta del lápiz sobre el papel.

—Pasó que llegamos a la puerta de la casa de papá —dijo, mientras fregaba las tazas—. Busqué mis llaves pero no las tenía. Entonces toqué el timbre…

Mi ansiedad me hizo interrumpirla.

—Y tu papá abrió la puerta —dije—. Pasemos a lo nuevo. Esta secuencia es normal en tus sueños.

—Es que esta vez no fue como siempre. Esta vez fuiste vos el que abrió la puerta.

—¿Yo? —murmuré, totalmente perplejo.

—Sí, vos —dijo ella— Toqué el timbre y vos abriste la puerta —y después añadió—. Tenías un cuchillo ensangrentado en la mano.

Reflexioné sobre aquello durante unos segundos.

—Esto puede significar que: a) consciente o inconscientemente tomaste la decisión de dejarme y, por lo tanto, ya soy tu ex —dije—. Por eso aparezco en el sueño

—O b) —interrumpió ella— porque apareciste en mi sueño es que voy a dejarte. Pero eso no es lo que me molesta de todo este asunto.

—¿Y qué es?

Con un movimiento súbito, mi mujer se dio vuelta.

Oí el quejido de una taza al romperse contra el lavabo. Un dedo acusador, cubierto de detergente, me apuntó directamente al rostro.

—¿Se puede saber qué le hiciste a papá?




Diccionario de sueños. I El lado oscuro de la psicología.


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5 comentarios:

Anónimo dijo...

Disculpen si parezco descortés con esta pregunta ¿El autor de esta historia es Sebastiàn Beringheli?
De cualquier forma felicito al autor de esta historia, por su imaginación. Me parece una historia inquietante.

Sebastián Beringheli dijo...

Para nada una descortesía, anónimo. La respuesta es sí. Saludos.

Delia Juarez dijo...

Cuentazo, Bastian.

Anónimo dijo...

Que alguien me lo explique. Entonces ¿el marido mató al padre en el sueño o también en la realidad?

Sebastián Beringheli dijo...

Gracias, Les!



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