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El hombre que postergó lo impostergable

El hombre que postergó lo impostergable.


Una tarde conocimos a Bernardo Sierra, autor de un opúsculo titulado: Mejor mañana, y reeditado con numerosas variantes, entre otras: El lunes empiezo, En otro momento, Más tarde, Después, quizás y A lo mejor otro día.

Lo conocimos esa tarde, aunque pudo ser cualquier otra.

Bernardo Sierra había sido desalojado de su departamento, según algunos, por demorar el pago de los servicios públicos. Nos sorprendió su desaseo. Nunca se bañaba, dijo, alegando otras ocupaciones urgentes que exigían de él una postergación absoluta.

Lo cierto es que Bernardo Sierra se había convertido en un maestro en el sutil arte de postergar lo impostergable.

Todos sus proyectos eran aplazados; todos sus deseos, aún los más inmediatos, eran demorados sucesivamente. Llegaba tarde a entrevistas, reuniones; cancelaba audiencias, asistía a obras teatrales cuando éstas ya habían concluido, ingresaba a las salas de cine sobre el final de las películas. Incluso los festejos por el día de su cumpleaños eran reprogramados en fechas que luego nunca se concretaban.

Bernardo Sierra nunca amó, o mejor dicho, amó con una fatal discrepancia cronológica.

Recién actuaba cuando las mujeres que inexplicablemente se mostraban interesadas en él ya habían contraído nupcias con sujetos más expeditivos.

El hábito de retrasarlo todo hizo de Bernardo Sierra uno de los hombres más longevos de la región. La muerte estaba entre sus postergaciones más exitosas.

La tarde en la que conocimos a Bernardo Sierra coincidió con su funeral, cuyo entierro se había retrasado una semana por asuntos burocráticos.

En el hastío de aquella prórroga póstuma nos pareció que su filosofía de la postergación no carecía de lógica, y sobre todo de fe en la inmortalidad del alma; cuya desmesura cronológica pronostica que todo, hasta lo más nimio, será realizado en tiempo y forma.


Filosofía del profesor Lugano. I Egosofía.


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