La sutil atracción de las intermitencias


La sutil atracción de las intermitencias.




Soy invisible.

Aclaro: no es que sea incorpóreo como esos personajes de ciencia ficción. La luz se refracta en mi materia, y cualquiera con ojos puede verme. Yo mismo, sin ir más lejos, me observo claramente en el espejo todas las mañanas. Lo que quiero decir es que soy espiritualmente traslúcido, impalpable, en términos metafísicos.

Todos dejamos impresiones en los demás. Cualquiera que pase a su lado probablemente lo notará, y eso se debe, en general, a esas pequeñas afinidades y desagrados que usted manifiesta sin querer con su lenguaje corporal. El deseo, el desagrado, nos vuelven más corpóreos, más densos; sin embargo, existen personas que, como yo, son de naturaleza más bien inmaterial, precisamente porque aquello que deseamos no puede manifestarse claramente en ningún lenguaje posible.

Hay atracciones indisimulables, sobre todo aquellas que nos llevan a asumir un comportamiento visible hacia el objeto de deseo. Algunas atracciones, las más detestables, recaen en la órbita de la perversión, categoría demasiado amplia para mi gusto, pero que obligatoriamente debo asumir como parte de mi conducta. Soy un perverso, sí, pero un perverso de las intermitencias.

Esta fascinación me ha permitido pasar desapercibido. Soy invisible, indetectable, y ninguna mujer que se cruce en mi camino puede advertir, siquiera inconscientemente, que sufro esta grave condición.

De hecho, atravesé mi juventud, y buena parte de mi vida adulta, siendo considerado un verdadero caballero. Mientras mis amigos volteaban la cabeza ante una mujer hermosa que pasaba por la calle, en ocasiones tan repentinamente que uno casi podía oír un súbito crujido cervical, yo permanecía sereno, imperturbable.

Algo similar ocurría con las mujeres que formaban parte de mi grupo de amistades. Mi carácter impasible, en apariencia, ante la belleza, transmitía un aire de seguridad, de manera tal que mi proximidad no suponía un riesgo. Esto, desde luego, generó algunos rumores maliciosos entre mis amigos. El simple hecho de no manifestar abiertamente el deseo por una mujer, a través de la palabra o de una actitud, me volvió alguien sospechoso.

No me molestó ser el objeto de estas sospechas, por otro lado, totalmente anacrónicas, acerca de mi hombría. Sabía apreciar la belleza, y la deseaba, desde luego, pero de un modo muy singular.

Verá, creo que los hombres nos sentimos atraídos, en principio, por elementos aislados de la mujer, y que cada una de esas partes genera un tipo de comportamiento específico en nosotros. El amor, en todo caso, es la capacidad de unir todos esos elementos. Intentaré explicarme sin caer en groserías.

El hombre que, por ejemplo, siente una particular atracción por las t**as de la mujer, en general adopta un gesto de fruncimiento de los labios, un buche, si se quiere, como si estuviera dispuesto a succionar algo; seguramente un reflejo del instinto del lactante. Por otra parte, el sujeto que dirige su atención hacia reverso femenino, dobla las rodillas, apenas un poco, inconscientemente, como si de algún modo se imaginara saltando sobre ella de repente; hábito execrable, por cierto, y que, según los antropólogos, predominaba en la Edad de Piedra.

En este sentido, el objeto de mi deseo me permitió adoptar una actitud distante, inexpresiva. Tal es el comportamiento de aquellos que, como yo, sienten atracción por las intermitencias.

No es sencillo explicar en qué consisten exactamente esas intermitencias. Digamos, en principio, que en el terreno de la perversión predomina lo literal, lo textual. Algo atrae, algo concreto, aunque sea un elemento aislado de otro ser humano, y eso es lo que se desea. Mi caso, en cambio, es más sutil.

No hay zonas definidas de la geografía femenina que me atraigan particularmente. Ninguna de ellas, por sí misma, despierta mi atención; es más bien en las regiones fronterizas, en las intermitencias de la piel que resplandecen entre dos prendas, en el contraste, en el roce imaginado, donde experimento una particular e inexplicable atracción. Ese destello de la piel, casi accidental, es lo que me seduce.

Supongo que debe haber muchos más como yo, pero nuestra naturaleza imperceptible impide que podamos reconocernos.

Uno podría suponer que en una sociedad, como la nuestra, donde la mayoría juega un rol demasiado obvio, incluso cuando hablamos del deseo, la negativa a seguir cualquiera de esos estándares seguramente despertará cierto interés en los demás. Lamentablemente, esto solo funciona a nivel teórico.

Lo sé porque soy invisible.

La imposibilidad de enfocar mi deseo en algo tangible, aun en algo socialmente reprobable, aun en una actitud cosificadora, me hace indetectable. Cada vez que me aproximo a una mujer, e intento interactuar con ella, ésta reacciona con sorpresa, incluso con un indisimulable sobresalto, como si hubiese aparecido de repente, materializado desde la nada misma.

Es ingrato el destino de aquellos que nos sentimos atraídos por las intermitencias. Uno puede ser encantador o descarado, educado o provocador, y producir en el otro el mismo sobresalto, la misma consternación. Entonces me disuelvo, sí, me desvanezco otra vez en ese deseo indefinible que destella y se apaga, intermitente. Y desde esa oscuridad, furtivo, te miro.




Egosofía. I Crónicas del profesor Lugano.


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