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Trabajo para escritores

Julio Ribonetto lo escribió todo.

Pocos autores pueden jactarse de la misma adaptabilidad narrativa, ya que Ribonetto pasó por todas las variantes que la literatura puede ofrecerle a un joven talentoso y abúlico. Comenzó de manera frugal, redactando opúsculos para una revista parroquial, seguido de un breve y erudito catálogo para una pescadería del barrio de Coghlan, donde desparramó todo su caudal poético en la búsqueda incesante de nuevas aplicaciones adverbiales para metaforizar sobre las virtudes nutritivas -y acaso afrodisíacas- de la raba.

Pero su peregrinaje literario no finalizó allí, como afirman sarcásticamente algunos canallas analfabetos con sede en Vicente López. Ribonetto se embarcó en otras loables ramas de la literatura. Resumimos lo más notable de aquel período experimental:

¿A ver, en dónde morfás cómo acá? Égloga crítica y persuasiva, que abre con la descripción de las ventajas filosóficas de la pizzería Evaristo, ubicada en Parque Chas, sobre cualquier otro establecimiento de la zona.

Después de la una, cagaste. Rotunda parábola en cuatro actos, en donde se aclaran implícitamente los horarios de la remisería El Chonca, de Liniers.

¡Paraguayita, esta! Ensayo cáustico, al estilo de Stevenson, que, con enorme discreción, debate sobre los aranceles de la whiskería Los Toldos, cuya dirección nos reservamos.

Notas incendiarias. Tragedia en veintisiete actos, donde se declaran sutilmente las ventajas de comprar un matafuego Arregui.

Claro que existieron algunos espíritus ociosos que criticaron la faceta mercantil de Ribonetto. -Un trabajo para escritores -acotó cierta vez, respondiendo a estas acusaciones- requiere de escritores, no de boludos. El hombre de letras no existe. Tampoco el hombre de melodías. Apenas podemos hablar de un hombre que ama las letras, aunque estas lo rechacen. Lo mejor de mi obra está por venir...

Y así fué. Ribboneto concluyó sus días escribiendo epístolas amorosas, que vendía en el subterráneo, artículos necrológicos, predicciones meteorológicas, y algún que otro tratado de numismática. Murió en la pobreza, sin amigos, y con unos pocos seguidores flemáticos que costearon la parcela del cementerio. Años después, un hombre con mucho tiempo libre publicó un ensayo que reveló toda la magnificencia de Ribonetto. Allí se dice que nuestro escritor utilizó un libro hecho de adoquines y asfalto, de azulejos y baños públicos, para enmarcar su obra. El lienzo de Buenos Aires, arrebatado por leyendas indelebles, declara la gloriosa genialidad de Ribonetto en cualquier esquina, y en una en particular.

En el vértice de Córdoba y Uruguay puede leerse su última sentencia, tal vez profética, escrita sobre un poste de luz.

A veces vuelven...


Aelfwine.


Otros misterios miserables.