«Los Susurradores»: Algernon Blackwood; relato y análisis.
«Los Susurradores estaban de pie justo al lado de su cama.
La habitación estaba llena.»
La habitación estaba llena.»
Los Susurradores (The Whisperers) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado originalmente en la edición de mayo de 1912 de la revista The Eye-Witness, y luego reeditado en la antología de 1914: Cuentos de diez minutos (Ten Minute Stories). Más adelante volvería a aparecer en El libro de cuentos de fantasmas (The Mammoth Book of Ghost Stories).
Los Susurradores, uno de los cuentos de Algernon Blackwood menos conocidos, relata la historia de un escritor cuya habitación es asediada por una multitud de susurros.
Jones [Es lícito suponer que se trata del propio Blackwood] necesita una habitación vacía, estéril de voces, para componer sus historias. Siempre parte de una idea sólida, que debe capturar antes de que se desvanezca. En este contexto, es invitado a trabajar en casa de un amigo, la cual cuenta con una habitación —un ático— con esas características. Una vez dentro, de noche, es atacado por un coro de susurros que luchan por controlar y dirigir su imaginación.
Esto es un problema, porque Jones, además de ser un escritor imaginativo, es extremadamente sensible a los vendavales psíquicos. Necesita aislamiento porque sus ideas con delicadas, y cualquier estímulo externo puede barrerlas hacia el olvido. De pronto, ya instalado en aquel ático de la ciudad de Jura, empieza a percibir un tímido pero creciente murmullo que brota de las paredes. Él los llama Los Susurradores [The Whisperers], presencias incorpóreas que lo agreden con ideas intrusivas mientras intentan apoderarse de su mente y, en úitima instancia, suplantar aquella frágil idea original con algo completamente nuevo.
En esencia, Los Susurradores es una historia que transita una delgada línea entre la inspiración artística y el ataque psíquico.
Algernon Blackwood rompe aquí con la premisa gótica de que los fantasmas son los espíritus de los difuntos [ver: El ABC de las historias de fantasmas], y los transforma en energía residual, o residuos psíquicos, que invaden la habitación y fuerzan un enlace con la imaginación del protagonista. En este sentido, Jones es algo así como un médium, solo que en vez de recibir una suave brisa de inspiración sobrenatural es acosado por poderosas influencias etéreas que, además, no contienen un discurso unificado, sino un coro disonante de cientos y cientos de voces con sus respectivas ideas.
La revelación final es, digamos, algo previsible para nosotros, más de cien años después de la publicación de esta historia, pero Los Susurradores no depende de que el descubrimiento final resulte sorprendente. En resumen: la habitación donde Jones recibe a estos extraños visitantes albergó hace tiempo una gran biblioteca. Los susurros son las voces residuales de los libros:
« A menudo pienso —añadió con ligereza— que cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo las mentes que los escribieron deben inquietarse.»
Si bien es una historia original, Los Susurradores recicla la obsesión de Algernon Blackwood por la percepción de insinuaciones fantasmales. Por ejemplo, en El oyente (The Listener) encontramos el diario personal de un escritor, quien anota los extraños acontecimientos que experimenta en una vieja casa de Londres, donde oye pasos, repetidamente, o tal vez el sonido de alguien arrastrándose en la puerta de su habitación [ver: Experiencia aparicional]. Esta presencia lo sigue a otros lugares, lo espía, manteniéndose justo fuera de su campo de visión. Ya al final de la historia llegan los susurros, y la revelación final del pasado macabro de la casa [ver: Psicología de las casas embrujadas]
Otro ejemplo es Un caso de oídas (A Case of Eavesdropping), donde un hombre llamado Jim Shorthouse alquila una habitación en una pensión de Nueva York [a un precio inusualmente bajo], y es perturbado por incesantes conversaciones nocturnas en el cuarto contiguo [ver: Espíritus que imitan la voz humana]
Es curioso que Algernon Blackwood vuelva a utilizar el apellido «Jones» en Los Susurradores. Este escritor/médium/psíquico no parece ser el mismo Jones que protagoniza La locura de Jones (The Insanity of Jones). Este último es un hombre callado y de modales apacibles que trabaja en una oficina de seguros y empieza a tener sueños muy vívidos sobre crueldades de siglos pasados, lo que despierta en él una personalidad oculta [ver: Memoria del Lugar vs. Teoría de la Cinta de Piedra]. Ambos son sensitivos, es cierto, pero uno es empleado y el otro se codea con un estrato social más alto. De todos modos, nunca se sabe.
Como dato final hay que mencionar que Hugh B. Cave escribió un cuento con algunas similitudes con la historia de Blackwood, titulado [también]: Los susurradores (The Whisperers), donde se cuenta la historia de Peter y Annie Winslow, una pareja de recién casados que se muda a su nuevo hogar, al principio inconscientes de las criaturas que viven en el sótano, susurrando sin cesar.
Los Susurradores.
The Whisperers, Algernon Blackwood (1869-1951)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Ser demasiado impresionable es una fuente de debilidad tanto como ser hipersensible: llegan tantos mensajes, unos tras otros, que el resultado es la confusión; la mente se atasca y la imaginación se congestiona.
Jones, como escritor imaginativo, era muy consciente de ello, pero no siempre podía evitarlo; pues si embotaba su mente ante una impresión, corría el riesgo de volverla insensible a todas las demás. Proteger su idea principal y asegurar su buen curso en medio del hervidero de añadidos que acudían constituía un rompecabezas psicológico que a veces desbordaba su capacidad de selección crítica.
No obstante, se preparaba para ello. Un editor le pedía un relato —«unas cinco mil palabras, ya sabe»— y Jones respondía: «Se lo enviaré con mucho gusto... cuando llegue». Conocía demasiado bien su dificultad como para prometer más. Nunca faltaban ideas, pero la extensión de su desarrollo dependía de un mecanismo interno al que no podía forzar. Estaban vivas; se negaban a someterse a los caprichos de los editores. A mitad de un relato que, en su germen original, se presentaba cristalino y definido, irrumpía un torrente de nuevas impresiones que, o bien ahogaban la concepción inicial, o bien la transformaban hasta hacerla irreconocible.
A menudo, un relato breve se ramificaba de forma explosiva, escapando a su control. Empezaba uno sin saber nunca adónde le llevaría. Siempre era una aventura. Como la planta de habichuelas de Jack el Matagigantes, crecía en secreto durante la noche, alimentada por todo cuanto él leía, veía, sentía u oía. Jones era demasiado impresionable; recibía demasiadas impresiones, y con demasiada facilidad.
Por esta razón, cuando trabajaba en una idea concreta y breve, prefería una habitación vacía —sin cuadros, muebles, libros ni nada que resultara sugestivo— y con una claraboya que ocultara el paisaje exterior: solo tinta, papel en blanco y la imagen nítida en su mente. Intentaba regular su propio mundo interior, libre de los estímulos de los géiseres de la vida externa; aunque, incluso en estas condiciones favorables, la tarea no resultaba sencilla, dada la prodigiosa capacidad de una mente sensible para engendrar ideas.
Su experiencia en la habitación vacía de la casa del carpintero fue un caso curioso y revelador; ocurrió en el pequeño pueblo del Jura donde vivía su primo para educar a sus hijos.
«Aquí nos alojamos todos en una pensión encima de la oficina de correos —escribió el primo—, pero ahora mismo la casa está llena y, además, es bastante ruidosa. Te he alquilado una buhardilla en casa del carpintero, cerca del bosque. He tenido algunas cosas mías guardadas allí durante todo el invierno, pero esta mañana he retirado las cajas. Hay cama, escritorio, lavabo, sofá y una ventana de tejado; por lo demás, está vacía, tal como sé que prefieres. Puedes hacer las comidas con nosotros».
Aquello le venía como anillo al dedo a Jones, que tenía entre manos un trabajo de seis semanas para el cual necesitaba una soledad absoluta. Su «idea» era tenue y muy delicada; cualquier añadido habría ahogado fácilmente su clara expresión, por lo que su tratamiento debía ser sutil, sencillo y diáfano.
La habitación era, en realidad, una buhardilla, pero espaciosa, ancha y de techos altos. Al acostarse, oía el viento pasar con fuerza junto a la claraboya. Cuando el armario estaba abierto, también oía allí el viento, azotando las paredes exteriores y las tejas. Desde la almohada veía asomarse un retazo de estrellas que lo observaban. Jones sabía que las montañas y los bosques estaban cerca, pero no podía verlos. Y, lo que es mejor, tampoco podía olerlos. Se acostaba agotado, absorto en el tema en el que trabajaría a la mañana siguiente. Lo visualizaba hasta el final; casi habría podido prometer cinco mil palabras. Al amanecer se levantaría y se pondría manos a la obra, pues solía despertar muy temprano con la mente rebosante, como si el subconsciente hubiera madurado el material durante el sueño. Un baño frío, una taza de té y luego su escritorio; y cuanto antes llegaba a él, más rico era el contenido de su pensamiento imaginativo. Lo que le había desconcertado la noche anterior se aclaraba invariablemente por la mañana. Solo la enfermedad podía interferir en este proceso y en su rutina.
Pero esta vez fue distinto. Despertó y comprendió al instante, con una mezcla de sorpresa y decepción, que su mente tanteaba a ciegas aquella pequeña idea perdida. No sufría ningún mal físico; se sentía descansado, despejado y con la mente clara, pero su cerebro buscaba y buscaba, además, en medio de una multitud. Al intentar aferrarse al hilo de pensamiento que había soltado horas atrás, solo atrapaba una cáscara vacía y esquiva. La idea había cambiado por completo; o más bien, parecía sofocada por una avalancha de nuevas impresiones que se precipitaban sobre ella: nuevas formas de abordarla, puntos de vista, un desarrollo en toda regla. A la luz de estas ampliaciones y aspectos novedosos, su idea original se había transformado hasta volverse irreconocible. El germen se había desplegado de tal modo que solo un volumen entero podría expresarlo. Un ejército de nuevas sugerencias reclamaba ser expresado. Su subconsciente bullía de vida; hervía, activo, abarrotado, tumultuoso.
Y la oscuridad lo desconcertaba. Recordó la ausencia de las ventanas habituales, pero fue solo cuando la luz de la vela acercó a su vista la esfera del reloj —que marcaba las dos— que oyó un murmullo confuso en los rincones de la habitación y comprendió, con una leve punzada de miedo, que quienes susurraban acababan de estar de pie justo al lado de su cama. La habitación estaba llena.
Aunque la luz de las velas revelaba que la estancia estaba vacía —paredes desnudas, cinco muebles sin gracia y cincuenta estrellas asomando por la claraboya—, estaba innegablemente abarrotada de seres vivos cuyas mentes lo habían arrancado de un sueño profundo. Los susurros, naturalmente, se disiparon con el viento que azotaba el tejado y la claraboya, pero los Susurradores permanecieron allí. Habían intentado llegar hasta él; al despertar de golpe, los había sorprendido en plena faena. Y todos traían consigo nuevas interpretaciones; su pensamiento había cambiado radicalmente: la idea original quedó sepultada, nuevas imágenes inundaron su mente y su cerebro trabajaba con la intensidad propia de los momentos de creación.
Jones se incorporó, temblando ligeramente, y observó la habitación vacía que, sin embargo, estaba densamente poblada por aquellos Susurradores. Entonces comprendió algo asombroso: él era el blanco de su asalto deliberado, y decenas de otras mentes —mentes profundas, poderosas y muy activas— golpeaban con fuerza atronadora las puertas de su imaginación. La acometida fue tremenda y desconcertante; el ataque de ideas agresivas borraba su historia original bajo un torrente de nuevas sugerencias. La inspiración se había vuelto repentinamente torrencial, pero tan vasta que resultaba inmanejable, incoherente e inútil. Era como la tempestad de imágenes que provoca la fiebre. Su concepción inicial ya no le parecía «delicada», sino insignificante. Se había vuelto irreal y minúscula en comparación con el enorme abanico de posibilidades de tratamiento, extensión y desarrollo que ahora abrumaba su cerebro palpitante.
El miedo se apoderó de él mientras buscaba alguna explicación en el desván vacío. No había nada que justificara aquella tempestad de nuevas impresiones. Parecía que le hablaban todos a la vez, de forma algo confusa, pero insistente. Era más una obsesión que una inspiración; y resultaba tan dolorosamente, tan terriblemente real.
«¿Quiénes son?», susurró su mente a las paredes desnudas y a los rincones vacíos.
Desde el suelo y el techo le devolvieron el grito con un coro de imágenes que irrumpían con fuerza, clamando por expresarse. Jones permaneció inmóvil y escuchó; dejó que fluyeran. No quedaba nada más que hacer. Permanecía allí, tumbado: temeroso, negativo, receptivo. Todo aquello le sobrepasaba, ajustado a una escala de grandes logros que eclipsaba sus propias y modestas capacidades. Además, se presentaba como una serie de impresiones: distintas entre sí, pero a la vez entrelazadas de algún modo.
En vano intentó clasificarlas. Era como querer ordenar las olas de un mar agitado. Eran demasiado indómitas para someterlas a dirección o control alguno. Como animales salvajes —hambrientos, sedientos, voraces—, se precipitaban desde todas partes y se aferraban a su mente.
Sin embargo, las percibía siguiendo una cierta secuencia.
Pues, en primer lugar, aquella buhardilla desprovista de muebles estaba llena de pasión humana: de amor y odio, de venganza y astucia maliciosa, de celos, valor y cobardía; de toda emoción humana vital —ya fuera anhelada, disfrutada o frustrada— que clamaba por encontrar expresión. Atravesando todo aquello, entretejiéndose de forma incongruente, surgía después una ternura anhelante de belleza que suspiraba en los espacios vacíos de su corazón, implorando una realización imposible. Enormes interrogantes destellaban, se sumergían y retumbaban en un enredo salvaje pero estructurado, exigiendo ser desentrañados y aclarados. Es más: con cada grupo surgía una nueva forma de abordar aquella pequeña idea clara con la que se había acostado cinco horas antes.
Jones adoptaba cada una de ellas por turno. Su imaginación se retorcía y convulsionaba bajo la presión de aquellas posibles vías de expresión entre las que debía elegir. Su pequeña idea se desplegaba en múltiples volúmenes, generando trabajo suficiente para llenar una docena de vidas. Resultaba algo magníficamente estimulante, aunque irremediablemente inabarcable. Se sentía como si albergara muchas mentes en una sola.
Entonces surgió otra cadena de impresiones: violentas, pero firmes gracias a su profundidad. Las voces, las preguntas y las súplicas se transformaron en imágenes; y vio, emergiendo desde lo más profundo de su ser, a una multitud de personas que fluían como ríos —apiñadas, arreadas y zarandeadas de un lado a otro por alguna figura de mando imponente que las dirigía como si fueran agua en movimiento. Gritaban, luchaban y combatían, para luego desaparecer de la vista, amontonadas y aniquiladas en sangre.
Y sus lugares fueron ocupados al instante por multitudes de rostros blancos, de ojos brillantes y semblantes anhelantes, que trepaban por alturas escarpadas hacia un Resplandor que permanecía siempre oculto, como el amanecer tras unas montañas que luego devoran las nubes. El torrente de imágenes, con su estruendo y su embestida, resultó devastador; su pequeña idea inicial quedó ahogada y destrozada.
Jones se dejó caer hacia atrás, exhausto y totalmente desconcertado. Renunció a cualquier intento de selección.
La tormenta impetuosa lo atravesaba sin cesar, ora intensificándose, ora amainando, pero sin disminuir jamás y pareciendo tan infinita como el cielo. Giraba en círculos, como una rueda gigantesca. Todas las actividades con las que las mentes humanas han lidiado desde el origen del pensamiento irrumpían con estrépito y fuerza, pugnando por expresarse contra la materia imaginativa que constituía su propia mente. Las paredes empezaron a ceder y a derrumbarse. Era como el caos que trae consigo la locura. No opuso resistencia; dejó que aquello fluyera, manteniéndose abierto y receptivo, flexible y maleable ante cada detalle. La única vez que intentó obedecer, alargando la mano hacia el lápiz y el cuaderno que reposaban junto a la cama, desistió y volvió a hundirse en las almohadas con una risa nerviosa, casi temerosa. Pues la tempestad parecía entonces derribarlo y golpearle el cerebro mismo. Se vio envuelto en una confusión inextricable. Habría sido igual de inútil intentar tomar notas sobre toda la Biblioteca de Alejandría en media hora.
Entonces —y esto fue lo más singular de todo—, mientras sentía cómo el sueño del agotamiento se apoderaba de sus nervios, escuchó aquel sonido profundo y prodigioso. Aquel sonido recogía maravillosamente todo lo anterior, acogiéndolo con una dulzura que a su imaginación se le antojaba una madeja armoniosa y geométrica, contenedora de todas las actividades que las mentes humanas han conocido jamás. Apenas lo percibía, como algo que se distinguía desde una distancia infinita. En medio de las corrientes de aparente contradicción que pugnaban con tanta fuerza a su alrededor, aquello parecía aportar un atisbo de explicación unificadora y armoniosa. Y, aquí y allá, mientras el sueño lo envolvía, imaginaba acordes ensartados en hilos de cadencias que a veces rompían a cantar en melodía: una música que surgía por doquier de la vida y tejía el Pensamiento en un Todo homogéneo.
—¿Dormiste bien? —preguntó su primo cuando apareció muy tarde al día siguiente—. ¿Crees que podrás trabajar bien en esa habitación?
—Dormí, sí, gracias —dijo Jones—. Sin duda podré trabajar perfectamente... cuando haya descansado. Por cierto —preguntó poco después—, ¿para qué se ha utilizado el ático últimamente? ¿Qué había allí, quiero decir?
—Libros, solo libros —fue la respuesta—. He tenido mi «biblioteca» almacenada allí durante meses, sin oportunidad de usarla. Ya ves que me muevo mucho. Sacaron quinientos libros justo antes de que llegaras. A menudo pienso —añadió con ligereza— que, cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo, las mentes que los escribieron deben inquietarse y...
—¿Qué clase de libros eran? —interrumpió Jones.
—Ficción, poesía, filosofía, historia, religión, música. Tengo doscientos libros solo sobre música.
Algernon Blackwood (1869-1951)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.
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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: Los Susurradores (The Whisperers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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