Apariciones post-mortem.
«Quince apariciones he visto;
la peor, un abrigo colgado en una percha.»
[Las apariciones, W.B. Yeats]
la peor, un abrigo colgado en una percha.»
[Las apariciones, W.B. Yeats]
Hace un tiempo en El Espejo Gótico hablamos de las apariciones de crisis, que podrían describirse como visiones de personas vivas en situaciones de enfermedad grave, agonía o peligro mortal. Las «apariciones post-mortem» son visiones de personas fallecidas, en general, poco después su muerte y comúnmente interpretadas como despedidas. Por otro lado, las apariciones post-mortem no tienen por qué ser perturbadoras para quien las experimenta, aunque a veces lo son [ver: Comunicaciones post-mortem]
Por «aparición» se entiende, a grandes rasgos, un fenómeno visible que se asemeja en su aspecto al ser humano que la proyectó. Es un término algo engañoso, al igual que «fantasma». entidad a la cual se le atribuye cierta perduración, como el típico fantasma que ronda por una casa en particular y puede ser visto durante muchos años. En cambio, las apariciones post-mortem se producen una sola vez, durante unos segundos, y en ocasiones manifiestan efectos físicos como mover objetos o interactuar con el entorno, cuestiones que normalmente se asocian al comportamiento de los fantasmas [ver: Señales de que hay un espíritu en casa]
Las apariciones, bueno, aparecen [lat. apparere, «mostrarse»], es decir, son fenómenos visuales que pueden incluir otras manifestaciones sensoriales subordinadas [oído, olfato, gusto y tacto].
Si bien se considera que las apariciones post-mortem no interactúan demasiado con el entorno físico, debemos ampliar esa definición para incluir fenómenos auditivos y olfativos, además de los visuales. Entre los sonidos asociados se encuentran pasos, golpes, y muy ocasionalmente voces,. Entre los aromas se encuentran olores fuertes, no necesariamente desagradables, asociados a la persona cuando estaba viva, como café, perfume, tabaco.
Escasean los casos en los que la aparición diga más que unas pocas palabras, casi siempre nombres propios o lugares, a veces en un tono cordial, otras con un timbre autoritario, incluso irritado. Menos infrecuentes son las experiencias táctiles, desde leves caricias en el rostro, abrazos, a fuertes golpes o tirones de ropa [ver: Cuando algo invisible te toca]
La enorme mayoría de las apariciones post-mortem se producen pocas horas después de la muerte de la persona, aunque esta ventana puede expandirse a días o incluso meses. Interactúan directamente con una o dos personas de su entorno, familiares o amigos cercanos, y suelen tener un propósito explícito, a veces simplemente despedirse, otras comunicar un mensaje.
Cuando se habla de fenómenos paranormales se suele dejar de lado a las apariciones post-mortem por considerarlas experiencias demasiado subjetivas, pero lo cierto es que, más allá de una vaga sensación de presencia, las dos experiencias más comunes durante el duelo son «oír» y «ver» al difunto. De hecho, el duelo parece ser el combustible que permite establecer tal enlace, habida cuenta que las apariciones tienden a disminuir en frecuencia después del primer año desde la pérdida. En cambio, la sensación de «presencia» puede persistir durante muchos años, incluso durante toda la vida [ver: Experiencia aparicional]
El momento más propicio para las apariciones post-mortem no suele coincidir con los instantes de dolor crudo y desgarrador tras la pérdida, no en los momentos de absoluta tristeza y desolación, sino más bien en la desorientación posterior que forma parte del inicio del duelo. El contacto es inesperado e involuntario, es decir, no tiene que ver con la intensidad del dolor ni con el deseo de volver a ver a la persona fallecida. Simplemente ocurre, y cuando ocurre suele ser una experiencia reconfortante.
La literatura parapsicológica es extensa en lo que refiere a las apariciones post-mortem, en parte porque estas experiencias podrían estar relacionadas con el uso o activación de la percepción extrasensorial, en parte porque los fenómenos físicos asociados [sonidos, movimiento de objetos, proyección de sombras] podrían implicar la utilización de psicoquinesis.
Las apariciones post-mortem pueden producirse en cualquier sitio, no solo en la casa donde vivió el difunto. En esencia, están asociadas a una persona. En lugar de ser vistas en el ámbito doméstico, o en sitios donde trabajaron, las apariciones se dirigen a las personas que conocieron en vida. No tienen un vínculo estrecho con los espacios físicos, como ocurre con los fantasmas. La parapsicóloga Louisa E. Rhine acuñó en 1957 el término: «tipo espectador» (bystander-type) para aquellas apariciones que son observadas por un tercero, un espectador, que no es el destinatario del mensaje. Algo así como un testigo casual.
A diferencia del fantasma de la literatura gótica: difuso, hecho de sombras y niebla, las apariciones post-mortem son de aspecto sólido, siendo muy similares o idénticas a la persona cuando estaba viva. Sin embargo, esta «solidez» es aparente, y no está sujeta a las leyes físicas que conocemos. Pueden aparecer y desaparecer en espacios cerrados o atravesar objetos sólidos sin problema.
Los fenómenos táctiles son raros, y nulos cuando son buscados por la persona viva. Los intentos de tocar una aparición cortan de cuajo la experiencia, pero a veces la diluyen progresivamente. Por ejemplo, la aparición se presenta con un obstáculo entre ella y el testigo [un mueble, el cristal de una ventana, una calle], o bien evita el contacto. Siempre parece estar fuera del alcance de la mano, como si uno se estirara indefinidamente, hasta que por fin desaparece en un punto inaccesible. Esto resulta difícil de imaginar, pero quizás las apariciones post-mortem traigan consigo una distorsión más o menos aguda en la percepción del testigo. Tanto es así que todavía se discute si se trata de un fenómeno externo o meramente mental.
En resumen, podría decirse que los parámetros de la experiencia, la forma en que el testigo percibe a la aparición, están determinados por su propio estado mental en el momento del evento, y hasta condicionado por las intenciones de la aparición.
Los fantasmas o entidades asociadas a un lugar físico pueden comportarse de forma [aparentemente] errática, confusa, como si existiera cierto grado de desorientación espacial, pero las apariciones post-mortem muestran un comportamiento que sugiere consciencia de su entorno. Se mueven en una habitación evitando muebles, realizan acciones deliberadas como girar la cabeza para seguir los movimientos de la persona viva, etc.
Los avistamientos de apariciones tienden a disminuir rápidamente en los días posteriores al deceso [si no ocurre pronto, es probable que no ocurra nunca]. De hecho, los casos de apariciones post-mortem después del año del fallecimiento son raros, y su intensidad [la claridad o nitidez con la que se manifiestan] también se reduce drásticamente. Sin embargo, con el tiempo aumenta la frecuencia de fenómenos más subjetivos, como sensaciones súbitas de tibieza, frío, aire, que a menudo son experimentadas como una forma de tacto [ver: Toques espirituales]
La variabilidad de estas experiencias, así como su carga de subjetividad, atentan contra cualquier intento de esbozar una teoría unificada. Algunos sostienen que las apariciones post-mortem no representan la totalidad de la persona fallecida, sino un impulso, un sentimiento, algo de su personalidad que perdura un tiempo en nuestro plano y busca comunicarse con las personas con las que tuvo un vínculo emocional. De modo tal que si alguien es visitado por su padre fallecido, el visitante es la suma de todos los aspectos paternales de la persona, esa faz que solo existe en relación al testigo, en este caso, un hijo.
Tal vez debido a esto las apariciones post-mortem parecen incapaces de improvisar, o al menos desplazarse lateralmente de sus intenciones de comunicación. No oyen razones, no responden preguntas ni cumplen solicitudes. Hacen lo que han venido a hacer: despedirse y hacernos saber que están bien.
También existe una diferencia entre una aparición post-mortem y esta especie de «huella» o «registro» [o recuerdo impreso] que las personas dejan en ciertos lugares donde vivieron. Hasta podría decirse que la parapsicología tuvo su origen en la idea de que los lugares pueden conservar de alguna manera la «huella» de personas y eventos del pasado. Después de todo, los fantasmas, espíritus y entidades que pueblan los bestiarios parapsicológicos son rebanadas del pasado. No se registran, que yo sepa, fantasmas del futuro [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]
A finales del siglo XIX, la investigadora Eleanor Sidgwick propuso que existe «algo» en los espacios físicos habitados por personas, una «influencia sutil» que sirve de plataforma para que se produzca la aparición. Más que combustible, sería algo así como un sucesivo registro de impresiones que se extraen y consolidan para dar forma visible a la aparición. Estas ideas fueron la base para la teoría de la Cinta de Piedra, algo diferente, la cual propone que las apariciones vistas repetidamente, en patrones regulares, en un sitio determinado, son activaciones bruscas de energía residual almacenada. En otras palabras, las apariciones podrían ser fragmentos del pasado que han quedado grabados en el lugar [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]
Las apariciones post-mortem no se comportan de esta manera. No son fenómenos repetitivos, no siguen un patrón, y son conscientes del entorno, aunque sí se producen con mayor frecuencia en lugares donde pudo haber quedado algún tipo de rastro, vestigio o huella de la persona cuando estaba viva. Tampoco hablamos aquí de huellas de eventos traumáticos, como a menudo se expone en la ficción. Los registros de emociones que la persona viva va dejando impresos son sutiles y automáticos, como huellas dactilares en una copa.
Consultorio Paranormal. I Fenómenos paranormales.
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Bastante cuántico este asunto, realmente da mayor miedo el no poder entender si se trata de algo psíquico, externo, o provocado por causas desconocidas de alguna extraña ley del espacio-tiempo sobre la materia.
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